jueves, 22 de marzo de 2007

Solamente una vez

María es una morena de unos 30 años que se gana la vida detrás de un mostrador, en una cafetería donde lo mismo tiene que vender pan, croissant o café con leche y bocadillos. Es guapísima, sobre todo sensual. Tiene los ojos negros grandes, los labios carnosos y el cabello rizado, largo. Sus manos decepcionan: se come las uñas. Esto último es una señal de que ahí va a parar su tensión nerviosa. Parece fría, siempre me lo ha parecido, pero me doy cuenta por sus manos de que no lo es. Es tímida. Jamás me ha mirado a los ojos. Llevo más de tres meses visitándola cada mañana para tomarme un café. Cada vez que entro, tengo la sensación de que percibe mi presencia, de que me ha visto llegar a través del cristal, de que me espera preparada para no mirarme. He probado con darle los buenos días en castellano y en catalán. He dicho “Hola” y “¿Qué tal?” Le he dicho un piropo. He hecho silencio al entrar.
Nada. Siempre con la vista gacha. Me pregunta, sin mirarme, si nos pone lo de siempre. Me da la impresión de que ella sabe que yo la miro intensamente y que, según su vergüenza, eso basta para que no me mire, porque yo lo hago por los dos. Mientras tomo el café, hago como si leyera el periódico, y es cuando siento su mirada. La mirada pesa: la siento. Cuando levanto la vista, ya ella mira hacia otro lado. Nunca hemos coincidido. No me da tiempo.
Cuando suena mi teléfono, descuelgo y hablo en baja voz. Solo pronuncio un nombre de mujer un poco más alto para darle celos. Vuelvo a sentir su mirada. Actúo como si estuviera concentrado en la llamada. Giro la cabeza sin aparente interés, y está con la frente clavada en el fregadero. Me levanto en dirección al baño. Se me clavan sus ojos en la espalda. Me vuelvo rápidamente y la encuentro cabizbaja frente a la caja registradora. Decido leer de verdad el periódico.
Al marcharnos, llevo las tazas del café hasta su mostrador. Me da las gracias con voz de niña, sin mirarme. Le digo “Hasta mañana”. Me dice “Adiós” sin virarse, frente a la máquina del café.
He llegado a pensar que María me ha mirado a los ojos solamente una vez, la primera vez que entré a ese lugar, y que supo entonces cómo yo la miraría en lo adelante, aun cuando en aquella ocasión la miré sin interés. Supo que yo la descubriría después de que me sentara, cuando la confundiera con el olor del café.
Hoy, San Esteban, día feriado en Catalunya, los dos trabajamos. Me trajo el café y, como siempre, no la dejé ponerlo sobre la mesa. Lo tomé de sus manos, provocando un roce ligero. Puñeteramente remarcando mi presencia. Al poco rato, se me humedecieron los ojos pensando en lo solo que estaba, pensando en que ni siquiera Adoración me había dedicado unas horas en estos días. Todo el mundo está desplazado. Excepto María y yo. En la cafetería hay una pareja que se ve que acababa de salir de la cama, y además una familia con niños. Estan desayunando a las 11 y media de la mañana. María lleva unos zapatos de tacones altos. No sé si querrá indicarme que ha ido al trabajo sin dormir, o que se irá de paseo después de su jornada laboral. Sus pasos retumban en este espacio desangelado, más silencioso que nunca. No hay periódico del día. Mi mirada se pierde a lo lejos, a través del cristal. Escucho sus tacones acercarse a mi espalda. Pienso que viene a recoger las tazas de café, sin consultarme, porque siempre las llevo yo. Una vez cerca, me pregunta, mirándome:
-¿Puedo hacer algo por ti?
Yo tenía dos opciones: o descargar mi pena, o aprovechar para saber por qué me ignoraba con la mirada. Preferí la segunda:
-¡Sí, me gustaría que me personalices! -exclamé-. Ya basta con lo que pasa allá afuera. No podemos seguir ignorando las miradas en las cafeterías.
-Sé que cuidas a este señor y que no eres de aquí.
-¿De aquí de dónde, de L’Hospitalet?- pregunté sonriendo.
-No, de España- dijo ella, también con sonrisa.
-De alguna manera lo soy. Mis bisabuelos eran españoles.
María continúa sonriendo y me pide permiso para atender a unos clientes. Creo que esos clientes la sacaron de la situación incómoda en la que se ha metido. Minutos antes se me habían aflojado las lágrimas porque por estas fechas estoy más sensible. Porque me dolió verme a mí y a ella un día de fiesta en la cafetería, cuando debíamos estar en la cama tibia que ambos sabemos que existe. Me dieron ganas de preguntarle si quería estar en la cama conmigo, pero me corté.
Nos marchamos a tomar el frío y la humedad del ambiente exterior. Me despedí como siempre y volví a encontrarla de espaldas a la puerta y de frente a la cafetera. Su voz pronunció el “Adiós” de todos los días. Antes de salir me acerqué para no gritar y le dije:

-Tal vez mañana vuelva a llorar, para que me preguntes mi nombre.

No se giró. María preparaba el café más largo del mundo.


Diciembre 2005

3 comentarios:

Ysondra dijo...

Está narración me ha encantado especialmente.

Hace no mucho yo pensaba lo mismo, pero de un Starbucks...

Me ha gustado mucho tu manera de explicarlo.

Jorge Ignacio dijo...

Esta narración fue producto de un profundo sentimiento de soledada, pero eso pasa, por suerte. Ahí quedó es texto y el retrato de la escena. Ya hoy esos personajes, reales,no están siquiera a la vista. Fue una circunstancia. Gracias Ysolda. Me animas a contar más cosas. Un abrazo.

Silvita dijo...

A veces pienso que la pena, la soledad o la melancolía tienen algo hermoso: nos hace observadores, sensibles al detalle, nos conducen -o son- un estado alterado de consciencia en que lo vemos todo como es, con la fina atención de los sentidos.
He leído y me ha gustado, y he recordado algo que un amante me dijo hace tiempo: la seriedad de los sentidos.
Lo curioso es que no recuerdo a propósito de qué me lo dijo. Yo era mucho más joven, delgada, con el pelo muy corto y había un teléfono rojo en la habitación, y él con su voz profunda y exquisita habló de eso... la seriedad de los sentidos. Yo agrego hoy: la intensidad de la nostalgia.