lunes, 23 de julio de 2007

El ardid de los Valdés


Al poseer varias salidas viables, un grande de la música como lo es Chucho Valdés en su día dejó su histórica banda, Irakere, y se acorazó con un pequeño formato al uso, un quintet. Atrás quedaron los compases vertiginosos del latin jazz mezclado con el sabor cubano en particular, y con el afro ancestral desde su big band escuela. Al dejar aquella aventura que duró muchos años, todos nos preguntamos si Chucho no estaría en forma como para renunciar a algo tan rico. El sonido de una cuerda de metales haciendo juego a pequeñas letras urbanas y sociales (Bacalao con pan) era algo que promovía la envidia. Suponemos que dirigir una orquesta tan inmensa en todos los sentidos fue una obra maestra. El tiempo ha pasado y sus alumnos se han convertido en estrellas de la plataforma musical del mundo. Algunos se quedaron a pie de atril en Cuba, reformándose al compás de las épocas de la música allí, y otros se marcharon a hacer lo suyo, previa acreditación o consignación de la fuente. Chucho anda ahora con músicos jóvenes y medio tiempo, escogidos, eso sí, con absoluta selectividad. Hay mucha gente esperando por ese casting, pues en Cuba no faltan los instrumentistas de academia medio locos y excelentísimos.
Hasta que el gran Chucho se dio cuenta de que el tiempo, además de implacable, es irreversible, y le quedaban cabos sueltos en la vida. Llamó a su padre, o su padre lo llamó a él, da igual. Sumó a su hermana Mayra Caridad, la voz potente y también gritona del ambiente afro, una especie de show woman poco graciosa, la verdad, y, batiendo la misma sangre, ahora se mueven cómodos por el mundo. En esta ciudad aparecieron ayer domingo, ofreciendo una función extra dentro del festival El Grec, pues la actuación original ocurrirá hoy si las empresas competentes arreglan el fluido eléctrico en Barcelona. (En el momento de escribir estas líneas, llevamos casi seis horas sin luz en el 70 por ciento de la ciudad).
Con todo el cariño que nos inspira la personalidad de Bebo Valdés, uno de los viejucos más dulces de la escena cubana de todos los tiempos, no se puede eludir una verdad, y es que él ya no está para estos trajines. Los que fuimos a verlo al lado de sus hijos nos sentimos decepcionados, porque nos vendieron gato por liebre. El gran peso del espectáculo lo tuvieron Chucho y su banda, haciendo tiempo para cumplimentar el “metraje”, porque el venerable Bebo no salió si no hasta el final, tocó con su hijo tres o cuatro piezas y cayó el telón. Ya lo habíamos visto aquí en el Palau de la Música junto al bajista Javier Colina en un muy íntimo programa, y percibimos que Bebo perdía brillo, agilidad, memoria. Un anciano es un pilar, sin dudas, donde descansa una historia; pero no nos dejemos engañar: que los organizadores de estos conciertos indiquen bien de qué se trata, e iremos con muchísimo gusto, pero bien informados.
Después de que Fernando Trueba los juntara por primera vez en público en un documental, de que Bebo volviera a lucirse ante millones de gente en el proyecto discográfico Lágrimas negras, no podemos seguir pagando una entrada tan cara para que el padre de los Valdés salga media hora antes de acabarse el programa y vuelva a hacer junto a su hijo un mano a mano de Té para dos, un tema discreto pero que “da la letra”. Lo mejor de la noche, sumando el propio ambiente acogedor del anfiteatro donde actuaron –la fantástica gruta que es el Teatro Grec-, fue un solo de batería de Juan Carlos Rojas.
Amén de sentirnos engañados con un espectáculo exento de un extra de entrega, recemos porque sus retoños cuiden al gran Bebo de los largos viajes en avión y andanzas por carreteras. Él ya dio muestras de valentía al manifestarse abiertamente contrario al gobierno de La Habana. También al marcharse de su país, siendo aún joven, y comenzar una nueva vida en un Estocolmo tan frío y con tan poca luz solar.
Ya vivimos el culebrón sensiblero –y oportunista- que hicieron con Compay Segundo. No nos gustaría pensar que Cuba es un interminable surtidor de figuras “comercializables”, el banco de legendarios talentazos que entronca perfectamente con el boom de la onda retro.
Verano 2007

viernes, 20 de julio de 2007

Teruel es Teruel


Muchos escritores latinoamericanos, una vez en París, buscan la tumba de César Vallejo y se hacen allí una foto. Muchos intelectuales cubanos van tras la huella de Hemingway, Carpentier o Wifredo Lam; en el caso del escritor isleño, para tener una idea más urbana de cómo vivió afrancesadamente el erudito, que logró quedar bien –y con estilo- con la revolución comunista y con la finura de los cafés parisinos a la vez. Y sobre el chino Lam –que era mulato- nunca está de más una tentativa de cómo pudo captar la luz crepuscular y traducirla a figuras geométricas, mientras en aquellas calles se vivían aires de modernidad ya conglomerados y variopintos; preguntarle, de casualidad, a un pintor de las callejuelas de Montmatre si conoció a ese mestizo escapado de Sagua la Grande, si supo algo humano de él, algo vicioso, por ejemplo. Pero no: cuando subí a Montmatre por la tarde, de la mano de Isabelita, y vi a un pintor de caballete retratando a una bella mujer, un artista plástico con barba larga y suficientes años, con cara de intelectual de centro derechas y agarre posesivo al pincel, me dio por tomarle una foto y hasta dos; y por el visor lo sentí como me miró bastante enfadado y me ordenó: ¡Basta! Creo que lo capté en actitud desafiante. Ya veremos. Lo cierto es que no me quedaron ganas de investigar nada sobre la huella de nadie, entre otras cosas porque no fui a París a buscar nada en concreto.
O sí: tenía marcado en mi libreta de notas que me regaló Anna, que coincidentemente es una réplica de la libreta que usaba Le Corbusier, tenía marcado un telefonazo a Julián. Y fue lo primero que hice al llegar al lobby del Edén Magenta. Me saltó un contestador en francés con La Marsellesa delante. Le dejé un mensaje y continué reinventando la vida en el escote de Isabelita. Ya he dicho en estas páginas –o lo he sugerido- que Isabelita es una mujer muy tierna de 30 años que vivió en París un par de ellos y regresó a su Barcelona natal, buscándose a sí misma y un poco buscándome a mí sin saber nada de mí. Cuando nos encontramos, recapitulo un momentico, se nos cruzó delante una agencia de viajes que nos vendió tres noches en la preciosa urbe a orillas del Sena. Desde que la conocí, me di cuenta de que deseaba enormemente la entrada de la primavera para entregar su cuerpo a un poeta –podría ser yo- y también para descotarse. Me ha confesado que le encanta mostrar el pórtico de sus senos porque, sin más rodeos, le gustan sus pechos. Yo lo acepté como un regalo de bienvenida y tras esa recepción me fui hasta el día de hoy, me fui dejando llevar, pues aquella ventana con balcones a la calle me decía cosas sugerentes. Supuse que en París se vería mejor, ella en conjunto y particularmente su escote estacionario en forma de uve –no vea el lector, entre líneas, la palabra ubre. Isabelita es como yo, que no acepta que nada nos presione cuando estamos juntos.

-Ya te llamará- me sugirió dibujando una sonrisa también descotada.

Al final de la noche logré localizar a Julián en vistas de que éste no me llamaba. Insistí, claro. Siempre me quedaba la duda de que aquel contestador entonado no le hubiera pasado mi mensaje, de que hubiera cambiado de teléfono en una semana, de que se hubiera arrepentido de verme a última hora. Quiero decir sin exagerar que me importaba tanto conocer la ciudad como verlo. Además de haber sido mi cuñado en una época complicada y preciosa, sentía ganas de abrazarlo para compartir en un lugar neutral el peso de la nostalgia. Lo de neutral, obviamente, es un decir políticamente hablando. Sentía curiosidad por saber cómo se llevan quince años sin regresar a tu país, sin la certeza de cuándo podrá ocurrir el regreso, y Julián, en mi imaginario adolescente, me lo podría explicar muy bien. Me podría ofrecer un adelanto, la primicia que buscamos constantemente en tanta gente y pocos saben explicar, ya sea porque no te conocen lo suficiente o bien porque han perdido la posibilidad de explicarlo de tanto explicárselo a sí mismos. Mi amigo, aquel flaco que me preguntaba con ojos dislocados cómo entender a mi hermana, seguía puesto en el altillo de mis memorias juveniles, las más juveniles, quiero decir. Fue el intrépido y tímido muchacho que prefirió el escándalo institucional antes que claudicar políticamente, aunque siempre tuve la sospecha de que su rebeldía, temeraria, tenía también un componente de notoriedad. Los intelectuales a veces no se conforman con el anonimato –es una deuda que tengo conmigo mismo- y hacen saltar su nombre a toda costa. Cuando me encontré con él en París, y nos saludamos, uno de los primeros recuerdos que puntualizó fue que se tuvo que marchar de Cuba porque le censuraron su obra. Eso ya yo lo sabía. Esperaba, sinceramente, algo nuevo, alguna reflexión pesada sobre el devenir de los años y el nacimiento de una nueva vida. Como soy lento, me callé, pero no me arrepiento; porque si no me hubiera callado le hubiera dicho que yo me pasé diez años autocensurándome, y eso también él lo sabe. Lo encontré más gordo, enfundado de negro en riguroso Lacoste, rodando un Mercedes femenino en el que nos trasladó a Isabelita y a mí hasta la catedral de Notre Dame. Allí nos dejó cayendo la noche, porque tenía prisa.
En muchos años no había tenido noticias de él. Conocía su ubicación, pero nada más. Al desembarcar en Barcelona, con la ayuda de internet, me puse al corriente de la vida de muchos amigos desperdigados por el mundo.
A Julián lo estuve esperando una vez aquí, pues me enteré de que pasaría por Cataluña, pero no llegó. Antes, en el impasse que tuvimos en la isla –que ya va durando demasiado- encontré una referencia hacia él en una novela escrita por su mujer. No lo nombraba si no con un calificativo y lo presentaba como un pene. Me dio asco leer aquello, porque no le encontraba sentido a la descripción milimétrica del pene de mi amigo; lo veía efectista más que hiperrealista. Todos los que conocemos la historia que se narra –que parte de la realidad- sabíamos que aquel glande era Julián. Antes de tomar el avión hacia París, pensé en el pasaje fálico tan desagradable, siempre sobre la base de los resultados y no de las motivaciones literarias que no las conocía, ni me interesaban. Era un tema que incluso no valía la pena tocar. Incluso, no le había comentado nada a Isabelita sobre ese particular: sí le había hablado con emoción de la posibilidad del encuentro con mi amigo parisino.
Lo del contestador telefónico -nunca supe qué dijo la voz en francés- era un vaticinio, algo que debía alumbrarme para que no insistiera. Isabelita se quedó helada con la frialdad de Julián la única casi noche que lo vimos, porque no lo encontramos más. A ella ni siquiera la miró a los ojos. La ignoró. Y a mí me mantuvo en ascuas por teléfono hasta que me cansé -¡tenía tantas cosas que ver, entre otras el escote de Isabelita!-, y le pregunté entre dientes a mi guía:
-¿Pasamos de él?
A esas alturas de la contienda volvimos, por lo menos un par de veces más, a enjuagarnos la garganta con ron por nuestra habitación, en el barrio Magenta. Caminamos bastante la ciudad, y tomamos el metro sin que el subterráneo nos privara de París. Como lo hicimos, habría que preguntárselo a Isabelita, que arrastró solo unos pocos minutos mi cara de mierda cuando dije que pasaríamos de mi único objetivo claramente marcado en ese viaje. Enseguida sacó una baraja del pecho y me la regaló. Una preciosa carta que fue el toque citadino que yo andaba buscando, más allá de los sitios monumentales que, ciertamente, bien valen una misa. Isabelita sabía que me hacía mucha ilusión tomar un café con un habitante de la ciudad, que si le ofrecí ron al recepcionista del hotel, en plan de la calle, fue buscando ese acercamiento, que no me conformaría con ver a la gente pasar, con arrastrar la maleta hacia los trenes y al megaeropuerto de esa ciudad. Lo que más me gustó de todo fue que ella solo utilizó una ficha de cambio, con un valor incalculable, en el momento necesario. No estaba anunciado que almorzáramos una tarde de domingo en París en la casa de un matrimonio de Teruel, jóvenes como nosotros, muertos de nostalgia como yo. Con un telefonazo quedamos para la comida, luego de entregar la habitación y dejarle una notica a Ahmed, el recepcionista que quiso hablarnos en español.
Yo sentía enorme curiosidad profesional y no profesional por tomarme un café con alguien en su casa. Ese alguien fueron unos españoles que echaban de menos muchas cosas, como el jamón del país. Pero lo tenían, envasado al vacío y hecho en casa, como también tenían la música para la ocasión –la ocasión de ellos, que resultó la nuestra. Nos esperaron a pie de metro. Toño, matemático de profesión, agarró la maleta de Isabelita. Fue el primer detalle. Estela –de quien no me enteré qué hace y si lo dijo no lo escuché-, me integró a su nostalgia con la mirada. “Aquí no tenemos pandilla”, recuerdo que dijo. Pero no se amilanó. Estábamos escuchando La Oreja de Van Gogh, saboreando un par de vinos franceses de rigor y diferente calaña. Yo, obviamente, quería quedarme allí para siempre. Debo confesar –se lo confieso a Isabelita ahora- que jamás en todo este tiempo me había sentido tan identificado en términos de añoranza. Solo basta la coincidencia y las ganas de virarlo todo al revés. La causalidad también hay que saber buscarla y saber aprovecharla. Camino al aeropuerto –porque nos acompañaron en el tren-, Estela no pudo más y le preguntó a Isabelita que de dónde me había sacado. Toño enrojeció porque evidentemente sentía la misma curiosidad.

-De una cafetería- respondió Isabelita.
-El mundo es pequeño. ¡A ver si un día van por el pueblo y nos tomamos un vinito por allá!- se despidió Toño sobre el cemento de la estación que nos separaba a los cuatro de la buena vida.


Primavera 2006


miércoles, 18 de julio de 2007

Un posadero con vocación


El chofer que nos recogió en el aeropuerto Charles de Gaulle nos dejó en un hotel equivocado, en un Magenta de más estrellas, lo cual nos llamó poderosamente la atención. Con la duda y todo no dijimos ni media palabra y saltamos del microbús hacia tierra firme, aburridos como estábamos de pasar miedo con aquel loco con alas que manejaba la furgoneta como si llevara un papalote. En París –me dijo Isabelita- se conduce temerariamente. Buscamos el Edén Magenta arrastrando las maletas bajo un sol cariñoso, cansados porque la noche anterior la mal dormimos en mi casa. Lo encontramos por la misma zona, escondido en una calle estrecha que estaba en obras, con el asfalto aún por reponer. La fachada no era lo que parecía desde la pantalla del ordenador de la agencia de viajes de Barcelona. Se lo había dicho yo a la muchacha que nos vendió el paquete, que no confío en las imágenes virtuales. Era un hotelucho de dos estrellas tan pequeño como una casa de muñecas, empinado y exprimido entre dos edificios nada singulares que bien podían ser fábricas o almacenes. Ponía, de arriba hacia abajo, el nombre y la cantidad de estrellas en rótulos blancos y fondo rojo desteñido. Le comenté a Isabelita que lo único que nos faltaba para sentirnos en una verdadera posada era que el cartel fuera lumínico, en neones, y su parpadeo de letras se metiera de noche en nuestra habitación mientras hacíamos el amor.
Mi referencia con respecto al nombre del establecimiento era muy fuerte. No pude evitar todo el tiempo acordarme de las dos posadas más importantes de La Habana en cuanto al confort. Se llamaban Edén Abajo y Edén Arriba, e intencionalmente, supongo, fueron situadas a la salida de la capital, en la periférica carretera Monumental. Una posada en Cuba no es una estancia de camino en el imaginario de Cervantes, sino un sitio de mala muerte donde se tiran canas al aire, una caverna a la que últimamente los entendidos te recomiendan que lleves una bombilla de tu casa por si se han robado la del cuarto que te toque y no te das cuenta hasta media noche. Y, entre otros detalles verdaderamente pintorescos, servían allí un curioso cóctel de la casa llamado Telegrama. Era ron con crema de menta y hielo. Un explosivo. Sospecho que lo llamarían así por lo rápido que te subía a la cabeza. Desde que nos vendieron en Barcelona el Edén Magenta, y nos dijeron que no lleváramos secador de pelo porque en las habitaciones había, no hubo manera de quitarme de la mente la posibilidad de que este dos estrellas fuera una sucursal del complejo habanero, por mucho que Isabelita me pidió que no me predispusiera, porque lo de Magenta tenía que ver con el barrio parisino de igual nombre. ¿Y lo de Edén?
Es verdad que era un sitio digno porque estaba limpio. Un hombre multioficio, sin uniforme, atento y enrollado resultó ser el carpetero. Era un marroquí que llevaba más de la mitad de su vida en París; o sea, más de veinte años. Nos esperaba. Ya tenía controlados nuestros nombres y apellidos en el ordenador, pero nos dijo que nuestra habitación aún no estaba lista, que si podíamos aguardar en el salón. Nos tumbamos en un sofá de vinilo que quedaba a escasos metros de la recepción. Para entretenernos, comenzamos a trazar un recorrido tentativo por la ciudad con el mapa callejero sobre una mesita de cristal, y el hombre, que estaba muy atento, decidió salir de detrás del mostrador para sentarse con nosotros abiertamente. En realidad le apetecía practicar un poco el castellano. Yo me sentí en confianza y le pedí un vaso con hielo. No tenían hielo, pero, solícito, buscó un recipiente. Me trajo una copa de champán, vacía. Saqué una botella de ron de mi maleta e Isabelita sintió vergüenza ajena. Me moría de ganas por tomarme mi primer ron en París, y elegí ese momento absolutamente distendido para servirme un Havana cinco años, que coincidentemente había comprado en Barcelona a un coterráneo del recepcionista. El hotelero se llamaba Ahmed, como era de esperar.
Ahmed resultó un tipo simpático que todo el tiempo bromeaba con ofrecernos una habitación doble en lugar de una matrimonial. Le brillaban los ojos, se reía amplio y cómodo, y rebuscaba palabras en español para demostrarnos su multilingüismo. A ratos saltaba al fútbol, cosa que a mí no me interesa en lo absoluto, pero sin dudas es un tema práctico para establecer con alguien un lenguaje universal. Como nos encontró tan cansados, de repente se le ocurrió que podíamos subir a otra habitación, pero sin bañera; o sea, con plato de ducha. Nos tocó bromear a nosotros:
-Mira, Ahmed –pedí a Isabelita que tradujera textualmente-: a nosotros nos da igual lo de las camas porque, si hay dos, las unimos, y lo de la bañera no es algo que nos quite el sueño. Lo que sí nos interesa concretamente saber es si hay secador de pelo.
Ahmed se partió de la risa. Dijo que sí, que había secador de pelo.
Al poco rato subimos en un ascensor en el que solo cabían dos personas y dos maletas de las verticales. Todo estaba enmoquetado; el pasillo medía metro y medio de ancho. Isabelita, que llevaba la llave, no pudo abrir la puerta de nuestra habitación, la 202. Lo intenté yo y abrí a la primera vez.
-Es cuestión de maña. ¿Tú nunca has estado en una posada?
-No, aunque tengo una idea por lo que me has contado-respondió Isabelita todavía asombrada de lo fácil que abrí el cerrojo.
Entramos a un espacio de unos quince metros cuadrados, incluyendo el baño y la bañera. Cama matrimonial, dos mesitas de noche, una encimera sin gavetas, una nevera minúscula que no arrancó jamás su motor, un televisor de catorce pulgadas sujetado de la pared por un pie de amigo, un pequeño closet (armario empotrado, para más señas), dos ventanales bastante grandes proporcionalmente con la habitación, un cuarto de baño con espejo sin enmarcar, bañera sin cortina –no era cuento lo de Ahmed-, secador de pelo y lo mejor de todo eran los apliques de la habitación. Eran tres. Absolutamente cursi, no por el estilo de construcción inspirado en el Art Noveau francés –unas placas de vidrio opalino bordeadas de metal-, sino por la forma. Al final no supimos exactamente si tenían forma de abanicos sevillanos o si eran biombos en miniatura. Pero eran pliegues, sin dudas. Isabelita me estuvo fastidiando todo el tiempo con los dichosos apliques.
Dejamos las maletas y nos tiramos en la cama matrimonial con la ropa puesta. Estábamos hechos un trapo viejo del cansancio y del estrés que nos obsequió el conductor suicida. Apenas yo había visto la ciudad del aeropuerto al hotel. Me pasé todo el trayecto vigilando el tráfico y a otros conductores suicidas. Pero estábamos felices y, sobre todo, sin un orden del día, sin una agenda que cumplir, excepto localizar a un amigo mío que una vez fue mi cuñado y al que hacía unos quince años no veía. Por la suavidad con que pasaba el tiempo, por la luz excelsa que entraba a través de las cortinas –debían ser las tres de la tarde-, aquellas cuatro paredes eran el paraíso, el lugar perfecto para hacer de nuestras vidas un rincón inamovible. Podíamos incluso dejar París para otro viaje estando en una habitación de París. Estábamos molidos del madrugón que nos supuso viajar hasta allí, hasta ese lugar impreciso que podía estar en cualquier lugar del mundo –incluso en Cuba- con un musulmán en la entrada que no aceptó un trago de ron por cumplir con su religión, y que no paraba de hacernos bromas con entrelíneas sexuales.
¡Si Ahmed supiera que tan pronto caímos en la cama, vestidos, Isabelita me pidió que le mojara los labios con ron almacenado en mi boca, y que esa súplica es casi a lo único que no me puedo resistir; que no cerramos las cortinas a petición de Isabelita, que se nos olvidó el cansancio y nos desvestimos como pudimos por la urgencia que teníamos de volvernos a encontrar después de un viaje en avión de una hora y media, y otra media hora de tensión sobre el asfalto en dirección al Edén Magenta; que nos olvidamos del mundo incluyendo a París; que una camarera, despistada, abrió sin tocar antes y nos encontró en la estratosfera de cualquier espacio, enroscados y desnudos como Dios nos trajo al mundo; que nos bebimos media botella y no bajamos a París hasta la media noche; que perdimos el desayuno del hotel siempre que estuvimos allí; que, en fin, vivimos París a nuestra manera!
De algo debe haberse enterado si es que tiene buena comunicación con la camarera. Suponemos que la tenga, o, más exactamente, deseamos que la tenga, porque en cada turno no trabajan más que el recepcionista y la camarera.
Al cabo de dos días, cuando marchamos, no lo habíamos vuelto a ver. A Isabelita se le ocurrió dejarle una nota en francés que decía:

Ahmed: gracias por tu recibimiento, que fue algo más que una recepción. Sigue practicando el castellano y algún día sáltate las reglas y tómate un ron a nuestra salud. Te deseamos buena suerte en la vida. Dejamos la copa de champán en la habitación porque no te encontramos. Un abrazo:
Isabel y Jorge.
P. D. El secador de pelo no funciona.


Primavera 2006

lunes, 16 de julio de 2007

La cuarta pared

Isabelita es una muchacha muy tierna, candorosa, aunque con los pies bien situados sobre la tierra. Es muy práctica, como la gran mayoría de los catalanes que conozco; ágil de pensamiento, elíptica, como la gran parte de los catalanes a los que he tratado, pero tiene una caída de pestañas tan seductora que me hace suponer que es etérea. Tiene esa ambivalencia, la muy coqueta. Cuando nos abrazamos, vuela junto con una interjección que proyecta a media voz: “¡ah!”. Tan dulcemente se me escapa por los callejones del barrio gótico de Barcelona, amarrada a mí, claro, pero en fuga hacia los más recónditos espacios de la antigüedad medieval que tanto disfrutamos en ambientes vespertinos, poco antes de que ambos nos marchemos de vuelta al trabajo. Es la reina de la improvisación. Y es, por encima de todo, y dicho por ella misma, visionaria.
Nos conocimos una tarde en una cafetería de Las Ramblas. Según me ha confesado, mi alma la removió de su asiento cuando entré por la puerta. Dice que sintió una descarga sensacional de toda mi fuerza interna, un poderío inquebrantable y con mucha mecha del que me habló luego para mi información, porque ni yo mismo me reconozco en sus palabras. Tal debió ser la conexión espiritual –inalámbrica, ya todo va inalámbrico-, que caí a su lado en un sofá de dos plazas que tienen en la cadena norteamericana de café express Starbucks. Pedí permiso para compartir el mueble color pastel y dejé el vaso plástico sobre una mesita en la que ya descansaba su vaso plástico blanco. Si yo fuera a creerle al ciento por ciento, entendería que mi alma llegó primero al sofá y después mi cuerpo con el café. Supondría que, cuando se unieron de nuevo los dos sistemas, mi parte abstracta le perteneció a Isabelita durante el tiempo que compartimos el asiento, y mi volumen figurativo sólo ejecutaba los movimientos de llevar el vaso a la boca y cruzar una pierna encima de la otra alternativamente. Fui poseído. Pero yo no lo sabía. De eso me enteré después, otro día.
Comenzamos a salir de noche los fines de semana y a comer juntos de lunes a viernes, en distintas cafeterías de menú, y a tomar el café en los bares góticos, semigóticos, ultragóticos y ultramodernos (o sea, postmodernos) del barrio antiguo. Al cabo de quince días, mirando vidrieras, como siempre hacíamos, encontramos una oferta para un fin de semana en París con salida desde Barcelona, tiradísima de precio, la verdad. Isabelita había vivido allí dos años y hablaba el francés perfectamente, y le brillaron los ojos. Noté que tenía muy buenos recuerdos parisinos. Yo nunca había estado allí –creo que lo he mencionado antes en estas mismas páginas-, y de hecho, en el momento de escribir estas líneas, todavía no he llegado físicamente a esa capital. ¿Lo tomamos? Sí, lo tomamos. Salimos de la agencia de viajes con los billetes que incluían el avión de ida y vuelta, el transfer desde el aeropuerto al hotel -un hotel de dos estrella que, por el nombre, podía ser una casa de citas: Edén Magenta, ¡por Dios!-, y desayuno. Fue así de ran-pan-pan. Yo que toda mi vida había soñado con viajar a París en un tour organizado, resulta que en menos de un mes estaría allí con una deliciosa e inquietante mujer mucho más joven que yo, a la que casi acababa de conocer envuelta en los aromas hirvientes de un café de Las Ramblas.
Una noche fuimos a bailar al Velvet, en la calle Balmes, un sitio donde se puede disfrutar la música de los años 80 si no te fijas mucho en los brutales cortes –y malas costuras- del discjoker y te dedicas a rozarla a ella. A Isabelita le encantó. Le encantó la música y le encantó que nos rozáramos. Pasaba la noche a golpe de tónica, sin gin, y yo con mis legendarios rones a palo seco. Tenía exactamente 30 años; Isabelita, quiero decir, porque la música ya suma unos cuantos más. No me cuadraba que se supiera la mayoría de las letras de las canciones, por su edad. Entonces fue cuando tomé más en serio su dotación natural, y me refiero al poder de la mente. Ella debía transportarse en el tiempo con gran facilidad, penetrar o absorber las vibraciones de los demás y, a través de ese canal, llegar a poseer las mentes, como sucedió conmigo. Con la salvedad, me aseguró, de que no le ocurría con cualquiera. En efecto: Isabelita era un médium. Y yo un conducto.
Cerramos el Velvet. Nos echaron, para decirlo con más exactitud, pasadas las cuatro de la madrugada. Mi médium estaba tonificada de pies a cabeza. Sus cachetes enrojecieron con la noche, y su caída de ojos resultó fulminante cuando encendieron las luces del local. Estaba yo en mis dieci pocos años, tarareando a los Bee Gees, a Electric Light Orquesta. Estaba en mi punto álgido de la nostalgia mezclado con el hurto de mi corazón a cuenta de Isabelita. En la calle Balmes, amarrados a una farola –si no hay farolas me la acabo de inventar- me dijo resuelta, envolvente: “¡Llévame a tu casa!”.
-Me lo pones fácil –armonicé-. Vivo a dos pasos de aquí.
-Para luego es tarde- murmuró tirando de mi chaqueta.

Nunca compro tónicas. Me adelanté a pensar por el camino qué ofrecerle. Me acordé de que tenía algo especial guardado en el doble fondo de un armario pero tenía que solicitar un permiso extraordinario. Pregunté a Isabelita:

-¿Tú crees que será posible establecer una conexión con La Habana ahora mismo?
-Hombre, desde una cabina...-respondió señalando uno de los muebles urbanos de Telefónica.
-No, mi niña, tiene que ser espiritual.
-Pues sí. ¿Qué pasa?
-Tengo guardada una botella que forma parte de una reserva especial de un ron que tiene 12 años de añejo. Me la regalaron por mi 40 cumpleaños y juré descorcharla con mi padre. ¿Tú crees que se pueda obtener una dispensa?
-Yo debería aconsejarte que mantengas la promesa, pero creo que tendremos que abrirla hoy. Intentaré conectarme con La Habana. ¿Cómo se llama tu padre?

Subimos a mi piso con la música del Velvet por dentro. En el ascensor bailamos, de aquella manera concupiscente, tumultuosa. Entré directo al refugio del añejo. Palpé, acaricié la botella, se la mostré a la muchacha con un gesto premonitorio. Ella sonrió. Busqué dos vasos, pusimos música y dejamos la puerta del dormitorio abierta para que entrara el alba directamente desde la curvatura de la Tierra que se ve desde mi ventana del salón. Amaneció por fin. La sesión de desnudos, que era lo que tocaba a continuación, la iniciamos con una luz rojiza que nos remontó nuevamente al Velvet con su estética kitch: las banquetas altas de cuero sintético, dos barras en semicírculo, lámparas planas y unos focos direccionales que alumbraban las caras de las camareras enfundadas en satén colorado. El ron era exquisito. Bajaba balsámicamente. Isabelita se mostraba ahora con el torso al aire, dejándome poca imaginación por si yo hubiera querido exagerar la belleza de sus pechos. Los veía venir. Los había tocado antes, en el Velvet verdadero. Sus pechos eran como ella: tiernos, aparentemente intocados, redondos, enarbolados. Rodamos por mi dormitorio rompiendo objetos mal aparcados. Me miró fijamente, mojó sus labios de ron y me dijo, otra vez resuelta:

-Hay un problema.
-No te has podido conectar con el Caribe- bromeé.
-Eso está resuelto hace rato. El problema es que soy virgen.

Yo que soy lento esa vez no actué así. Parece que, con la cercanía, Isabelita había estado provocando mis revoluciones, esa fuerza interna que yo no me veo pero ella sí, y repliqué en el acto una frase sencilla, oportuna, nunca mejor encontrada:

-Déjate llevar, mi niña, ser virgen no es un problema cuando deseas a alguien...Estamos a mano.

Claro, fue una reacción inmediata para inspirarle confianza en los dos, primeramente para que no se sintiera mal por algo soluble y tierno. Pero enseguida actué como si fuera yo mismo, el de todos los días, el conservador y protector que suelo ser:

-Espera. ¿Por qué no lo dejamos para París, para que te lo pienses mejor? Aquella es la ciudad donde está permitido romper esquemas y otras pieles...-propuse.
-No has entendido nada. Tiene que ser ahora. Si he llegado hasta aquí es porque tiene que ser ahora.
-Bien, pues así será, pero te confieso que es mi primera vez.
-¿No me digas que también eres virgen?
-No. Lo que quiero decir es que jamás he desvirgado a nadie.
-Te lo has encontrado todo hecho.
-Sí, en el sentido rompedor gráficamente dicho sí. Cuando tenía dieciséis o diecisiete años tenía una novia que me pidió lo mismo que tú y no fui capaz de complacerla. Me temblaba todo el cuerpo en ese momento y no llegué a entrar. Recuerdo que no podía quitarme la imagen de su madre de la mente, de cuando se enterara, de la paliza que nos iba a pegar...y no fui capaz. De esto hace más de veinte años. Hoy en día aquella chica tiene dos hijos y vive en Helsinki, y me quiere mucho, ¿sabes?
-¿La has vuelto a ver?
-No. Hablamos por teléfono. Estuvo una noche en Barcelona con su marido y me llamó, precisamente desde Las Ramblas. Le inventé una excusa. Le dije que estaba fuera de la ciudad.
-Bien, muchacho de ojos brujos: aquí tiene que consumarse la desfloración. Ni tú conoces a mi madre, ni yo te voy a dejar escapar.

A partir de entonces me quedé con la duda de si Isabelita, que no es muy católica que digamos, me eligió por la fuerza de la entrada de mi alma en un espacio cerrado, o porque pensó, esquemáticamente, que un cubano nunca se negaría. Es muy sintomático: hoy en día es muy raro llegar virgen a los 30 años.
El viaje fue absolutamente limpio de obstáculos. Al menos yo lo sentí así. Estábamos tan a gusto explorándonos que se nos pasó el tiempo sin darnos cuenta. Recuerdo que nos quedamos dormidos a plena luz del día, y también que dos o tres horas más tarde Isabelita me despertó de un sueño dulce haciéndome el amor inconsultamente. Me estaba violando otra vez, como cuando violó mi lugar en el espacio y me colocó con su mente en un sofá matrimonial de una cafetería. Fue pleno, desasosegado el encuentro de nuestros cuerpos. Intentamos guardar fuerzas para el viaje a París, y, en lugar de tónica ella y ron yo, estamos tomando muy a menudo una infusión de jengibre que nos recomendaron en el barrio gótico, para aumentar la potencia. Todavía, cuando me despierto, añoro ese momento intangible en el que crucé su cuarta pared sin darnos cuenta, la frontera que nos separaba físicamente del punto de encuentro donde debemos estar tomándonos un café por tiempo indefinido. He pensado en no lavar las sábanas y las fundas de las almohadas. Me gustan esos dibujos alegres.


Primavera 2006

viernes, 13 de julio de 2007

Pasajeros en tránsito

Suponiendo que mi cuerpo cumpla con las expectativas de vida de este lado del mundo –a mi mente no la menciono, por si acaso-, en mí habría ocurrido un antes y un después justo en la mitad de mi existencia. A los 40 años, cifra nada despreciable, marqué esa frontera, sin quererlo, con el propio hecho de emigrar de mi país. Yo no era consciente de este análisis, por supuesto; fue casual que alguien me tendiera un puente a esta edad para conocer un mundo nuevo, con todos los inconvenientes y novedades que se ponen en juego. Antes de salir de Cuba, y justo en el momento de dejarlo todo allí, yo podía vislumbrar cómo iba a ser mi futuro profesional y, más o menos, el afectivo. Estaba, digamos, muy bien encaminado en el oficio que me gustaba hacer, llegando casi a la cúspide de lo que en el mundo de hoy han dado en llamar verticalidad profesional. Me estaba convirtiendo en un especialista de un tema concreto y, a la vez, comenzaba a dominar un mundo de cosas del periodismo cultural, que era lo mío; sabía algo de los vericuetos del gremio, incluía entonces algunos ardides tópicos para “marcar la tarjeta”, o lo que es lo mismo, para presentar un trabajo decente después de una tremenda juerga. Me conocían los creadores del sector artístico que habitualmente cubría; me hacían agasajos que consistían en entradas gratis a las funciones de teatro; recibía invitaciones a hoteles de provincia para, en otros casos, cubrir los eventos locales; me llamaban por teléfono al fijo de la casa para proponerme un tema intempestivamente; los creadores me abrían una puerta, sin darse cuenta y sólo por necesidad elemental, hacia el saber multidisciplinario de nuestra cultura popular. Podía escoger mis destinos dentro de la isla –siempre y cuando cumpliera antes con los objetivos editoriales de mi jefe-, y pude favorecer a alguien en particular si hubiera querido. Era joven –todavía lo soy-, finalista en mis obligaciones, poco ambicioso y bastante bohemio. Tenía poder, un poder relativo, como casi todo, pero lo tenía.
Una vez, en la fiesta inaugural de un festival internacional de teatro, recibí una bofetada a traición. Fue típico: me tocaron el hombro por detrás y, al girarme, obtuve la descarga iracunda de una actriz bastante mala a la que no le gustó lo que dije por escrito. Luego consiguió mi teléfono fijo (móviles no teníamos, por suerte) y me insultó por esa vía, gritando, una y otra vez, que yo tenía la sartén por el mango. Aquello me llamó sobremanera la atención. Jamás en mi vida me había dado cuenta de eso. Un amigo me recordó que la prensa es el cuarto poder. O sea, recibí el fruto contraproducente del oficio sin haber disfrutado de eso que la actriz llamaba poder. Al recordar esta anécdota, acabo de llegar a la conclusión de que mi vida ha sido una cadena de eventualidades, desde el puesto de trabajo que ocupé por casualidad –nunca fui buen estudiante-, hasta el viaje de “ida” que realicé hace seis años a esta ciudad. Y aquí me quedé, sin saber nada del asunto. En esta otra parte de mi vida, la que recién comienza según se ve, me llegaron bofetones de todos tipos y colores pero, en lugar de una dama con saña, fue el día a día el autor. Aquí, aunque tengo un teléfono móvil en el bolsillo, estoy más incomunicado que antes, o, para ser justo, estoy subcomunicado. Es necesario asumir que lo que acabo de contar arriba pasó, que podría volver, aunque lo que tengo delante es el proyecto con mi mujer de abrir un negocio propio, enfocado más bien hacia la venta de artículos del hogar.
Barcelona, como ciudad, también tuvo un antes y un después –la frontera fueron las olimpíadas del 92. En esto estaba pensando cuando me quedé solo unos minutos en la sala de espera del aeropuerto de Madrid, aguardando por mi vuelo para acá. Mi mujer fue al baño y me perdí a lo lejos recordando cosas de mi vida. Acababa de regresar de La Habana –con ella- después de seis años de dejar todo y saltar al vacío. Mis amigos estaban iguales, en sus casas de toda la vida, a las que llegamos de memoria porque no se me había olvidado ni un detalle. Es algo parecido a aprender a montar bicicleta. Mis amigos, debí decir, estaban iguales excepto que tenían hijos. Nos reunimos con ellos como si se tratara de una cita habitual y no hubo que desdoblarse en ningún aspecto. El ron seguía sobre la mesa; y la lluvia tan caliente como siempre, tan salvaje, con su misma personalidad. El olor a las calles mojadas me hizo creer que yo no había movido un pie de mi ciudad, que había estado trabajando en casa un tiempo y había desconectado el fijo. En todo el viaje que hicimos mi mujer y yo, no quise pensar, pero al quedarme solo detrás de unos cristales panorámicos y ver el movimiento incesante de un aeropuerto internacional, caí en la cuenta, detrás de la nostalgia, de que al llegar a Barcelona me esperaba la otra mitad de mi vida.

Julio 2007