viernes, 5 de octubre de 2007

Insularidad, descaro y cintas de video



La gente, por lo general, cuando es enrollada y tiene ganas de hablar, da por seguro que soy canario. Muchos se van del lugar donde yo trabajo con la certeza, y otros tienen el valor de preguntarme.
Recuerdo, por si acaso, que escribo desde Barcelona, un territorio marcado por la sequedad o introversión catalana, por la desconfianza “endémica”, por la distancia o por las reservas del común de los lugareños, para ser más cauteloso con las palabras que utilizo. Lo cierto es que cuesta entrar.
Y luego están los estereotipos: para no pocos de los locales, es bastante habitual que a un hombre de tez blanca, aunque morena, como soy, lo separen del contexto cubano. No. El cubano aquí es de tez negra; en rebajas, hasta mulato. Pero siempre de cabello duro. Así que tengo el contratiempo de que no me ubican a golpe de vista, con mi acentillo me envían al archipiélago español de donde emigraron, hacia Cuba, gran parte de nuestros antepasados. Las mujeres se vuelven locas con la dulzura del acento canario, con el deje musicalizado exento de zetas.
Estoy de cara al público ocho horas diarias y por delante de mis ojos pasa de todo. Como no me han entregado todavía el uniforme reglamentario, voy en “ropa de calle” enseñando mis combinaciones de otoño. Un otoño que no acaba de aterrizar, aunque lo fuerzo un poco con mis mangas largas entreveradas con lo informal. El público que pasa se cree que soy el jefe. La circunstancia de ser nuevo en esa plaza me deja un poco de tiempo libre y aprovecho, cuando se me acercan, para enrollarme. Termino vendiendo casi siempre. Soy comunicador de antes de la guerra –de mi batalla migratoria, quiero decir-, y, por idiosincrasia, tengo la lengua suelta a gusto y lo estaba deseando hace mucho tiempo.
Antes de llegar adonde trabajo ahora -vendo electrodomésticos de corriente alterna y corriente directa-, me hicieron pruebas en una emisora de radio latinoamericana. Y no les di el perfil. Buscaban a un discjockey que fuera capaz de operar cientos de botones simultaneando una venta de sueños tropicales, a base de bachata y merengue. A mí me gusta un ratico esa musiquita, pero no es mi estilo esencial. Ellos se dieron cuenta y me dejaron en la reserva, y eso encadenó, energéticamente, que fuera a parar a una tienda.

-¿Tú eres canario, verdad?
-No, no, soy cubano.

Ese es uno de los diálogos cotidianos ahora, incluyendo un intercambio que tuve con un nativo de aquellas islas. Me gustaría saber por qué se nos parece el acento. El clima, desde mi modesta opinión, justificaría en todo caso la gastronomía similar, ¿pero el acento y los giros lingüísticos no tendrán más que ver con los viajes de antaño de ida y vuelta?
De momento no me aprovecho ni siembro la duda intencionalmente. Solo me dedico a vender equipos de imagen y sonido, en algún lugar de esta ciudad en donde entré como quien atraviesa una puerta para solicitar un poco de agua, y luego se queda a comer.

Siguiendo la idea de varias líneas de conexión, mi vida ha dado un vuelco otra vez hacia la comunicación en abierto. Me gustaría pensar que estoy haciendo radio en el sentido de que las vendo, y de que hablo, mucho, más de la cuenta, aunque con el oyente en cuerpo real.
Una estrategia que utilizo a veces para vender unos ordenadores portátiles que también me asignaron es comenzar por la zona Wi-Fi.

-Tiene el sistema Wi-Fi incorporado –me adelanto- Y en Las Palmas de Gran Canaria, según me han dicho, el ayuntamiento ofrece conexión gratis a orillas del mar.

Y por ahí sigo sin dejar de sonreír suavemente. Y a veces hasta palpo al cliente como si fuera de la familia. Algún día, vivir por ver, alguien me regañará.


Otoño (retenido) de 2007

martes, 2 de octubre de 2007

Corriente alterna



Cierta vez acompañé al médico al señor Coll, de quien hablaré particularmente otro día. Fuimos al oftalmólogo de la seguridad social, en su centro de atención primaria. Allí, como casi siempre ocurre, nos tocó entrar una hora un poco más avanzada de la que indicaba la cita, pero, en cambio, participamos de una junta de vecinos instructiva y un tanto asombrosa. Yo no sabia que en los policlínicos acostumbran a cruzar las salas de espera entre el oculista y el pediatra. Al señor Coll, con 93 años, lo ubicaron en un recinto de atenciones neonatales hasta que lo llamara el especialista, y a los bebés que esperaban su turno, en otro lado frente a la puerta de optometría. Supuse que la idea era motivar a los ancianos para idealizar un viaje a la semilla por unos largos minutos, pero no, era para que los niños no se asustaran con el llanto doloroso de los otros bebés.
Había un silencio tremendo hasta que llegó una chica de unos 30 años con un jolongo en cabestrillo. Primero comenzaron los murmullos a nivel particular, hasta que una señora que iba con su marido rompió el enigma, al parecer movida por la curiosidad que todos los demás teníamos: ¿llevaría un animal atado a su cuerpo? Pero, claro, no estábamos en una clínica veterinaria.

-¿Portas un nen petit?-preguntó en catalán a la chica.
-Sí, una nena. Sólo tiene 24 días.

Y se explayó la joven madre a relatarnos en voz alta y con pelos y señales cómo había sido su parto. En realidad el silencio la llevaba incómoda. Ella estaba rebosante de alegría y quería compartirla, quería echarnos en cara una serie de cuestiones que, por lo menos a mí, me parecieron contracorriente. Había parido en su propia casa el día 24 de diciembre a las 5 y media de la madrugada, y lo había hecho así por deseo propio. Por supuesto, asistida por una comadrona. Previamente al parto, según nos contó, había tomado un curso de cómo dar a luz en el propio hogar, según opciones alternativas y filosóficas al uso que buscan lo natural, o, por lo menos, tratan de acercarse lo más posible a ello. ¿Y si se complica el parto y urge una cesárea? Ya sabemos de antemano que en las zonas rurales e incluso en las urbanas y hasta no hace mucho tiempo iba la comadrona a casa, pero ¿por qué negar la asistencia institucionalizada gratuita? ¿Por solo el hecho de parir a tu medida y además tener la oportunidad de hacerlo de pie? Pero, bueno, en realidad el alumbramiento de la chica no fue lo que más me preocupó, sino su necesidad de gritar a los cuatro vientos que era una madre en producción independiente. Claro que ni siquiera la osada señora que primero la interpeló se atrevió a preguntarle si había localizado unos espermatozoides en un banco de semen, así que nos quedamos con la duda de cómo había sido el proceso de fecundación.
La misma chica se interrumpió para contestar su teléfono. Siguió el mismo tono de voz con el que se dirigía a nosotros. La conversación, después de indicar con lujo de detalles la dirección exacta de su casa –por cierto, vivía en la acera de enfrente del señor Coll- terminó más o menos así:

-Vale, vale, Roser, te espero el jueves...Y, recuerda, ve sola...O sea, con el niño. Pero no lleves a tu marido, que será una fiesta únicamente para las madres.

Bien: esto último me confirmó la sospecha. La chica era una snobista que, ya sea por fracasos personales o por rebeldía antisistema con o sin causa, había
decidido actuar por cuenta propia y había nombrado a su hija Serena que, nunca mejor dicho, sí que lo era. A la niña no le importaba viajar en una bolsa de canguro, y tampoco le molestaba el llanto provocado por las inyecciones. Porque su mamá, como es tan alternativa, la tenía en la sala de espera para oftalmología, o sea, con los ancianos.
¿Y por qué llevarla al pediatra de la seguridad social si, según nos contó la madre, ya Serena tenía su pediatra de cabecera proporcionado por el mismo grupo naturalista?
¿Acaso sería por los medicamentos?
De regreso a casa, el señor Coll me comentó que su vecina estaba de vuelta y media. Para ser mamá por cuenta propia, lo cual es muy loable, me dijo, no hay que ser tan excéntrica. Yo recordé una canción de los Matamoros que es un son y le regalé al abuelito el estribillo, bastante desafinado por mi parte:
“¡Como cambian los tiempos, Benancio! ¿Qué te parece?”.

Nota:
Jolongo : en algunos países latinoamericanos: cesta de tela para recolectar viandas y frutos.


Enero 2006

domingo, 30 de septiembre de 2007

Nitrato de plata



Una turista perdida en la ciudad se me acercó educadamente con un mapa mal encarado. Lo llevaba al revés. Me preguntó que si hablaba inglés y le dije que muy mal, tratando de dibujar una sonrisa para no ser descortés, pero creo que no me salió natural el gesto. En situaciones normales, siempre, levanto mis gafas de sol para comunicarme directamente con la mirada, como apoyatura. Pero esta vez no lo hice en seguida. Necesitaba estar solo y me senté en un banco a orillas de la playa para hacer tiempo, esperando a que llegara la hora de entrar a trabajar en un puesto sin mucha importancia si no fuera porque se trataba de mi primer contrato laboral al cabo de seis años viviendo en una especie de ostracismo involuntario. Llegué hasta el mar casi obligado por mis pies. No soporto sentarme solo en un banco cualquiera de un parque, mucho menos después de haber almorzado sin compañía en un restaurante. Ese día no tenía otra alternativa porque me habían dado hora para una pequeña intervención quirúrgica al mediodía. Hacía años que no almorzaba solo. Debe ser eso lo que me llevó a una introspección delicada a la intemperie, con el salitre mojándome el rostro, mientras miraba constantemente mi reloj de pulsera. Deseaba que pasara volando la hora que me quedó colgada entre una cosa y otra. Pero las manecillas de ese contador terrible de agujas apenas se movían.
Entonces, melancólico como estaba, saqué del bolso un aparato de música minúsculo y, como hace todo el mundo, me puse unos cascos, también diminutos. Empezaba a entrar el otoño con un viento suavemente frío, aunque se veían nadadores valientes o quizá personas que utilizaban el mar como terapia de choque. A mí lo que me mató fue el contexto, el contrapunteo entre el viento y el reloj. Sé que no es bueno pensar en pretérito cuando uno está retraído en un banco, a cielo abierto, mucho menos el primer día confirmado de otoño. Pero no me apetecía leer y no quería hacer llamadas por teléfono para decir cualquier cosa.
Hay un pequeño –por intimista- espacio recurrente en el que nos encontramos disfrutando de la melancolía. Es cuando, sin querer, nos ponemos a sacar cuentas de lo que ha sido nuestra vida, hasta dónde hemos llegado, qué hacemos donde estamos. Darme cuenta de que ese banco a orillas de la Barceloneta era algo más que circunstancial me removió el alma.
Me acordé, por supuesto, de mi padre, del primer rompecabezas que armamos y que nos llevó meses. Tenía una superficie de un metro y medio de largo por uno de ancho, y habíamos montado casi un laboratorio de trabajo en el que entrábamos hasta de madrugada, con los desvelos que tiene cualquiera. Cuando colocábamos una pieza, el grito de alegría se escuchaba en la otra punta de la casa. El puzzle se basaba en una imagen del Mediterráneo muy parecida a la que yo tenía delante, sentado sin saber exactamente por qué preferí aislarme. Dos mil piezas de un pasatiempos familiar que, después de terminado, mi padre enmarcó y colgó en una pared, y allí permaneció durante años, protegido por una película de nylon.
La conclusión que saqué, después de hablar con la turista que me interrumpió el viaje, fue que es necesario estar deshabitado de vez en cuando para que afloren estos recuerdos. La extranjera (lo digo como si yo no lo fuera) se retiró un poco cuando vio que me corrían lagrimones por debajo de las gafas de sol. No me dio tiempo a tirar de mis auriculares porque me hizo una señal de disculpas medio avergonzada, pero, así y todo, le hablé y le mostré mis ojos antes de que se fuera. Señaló con un dedo el lugar en el plano y maltraté el british con una voz acuosa y lejana. Me dio las gracias.
Cuando miré el reloj de nuevo, casi era la hora. Eché un vistazo al horizonte y noté que la luz me molestaba, incluso con los cristales protectores puestos. Una hora atrás había pasado por un quirófano de cirugía ambulatoria en el que me habían extirpado una pequeña verruga de un párpado. Por eso no fui a almorzar a mi casa y por eso llegué hasta la playa un día de trabajo en un horario inusual. La doctora me había dicho que se me quedaría una marca negra por unas horas, hasta que el agua corriente se encargara de retirar el nitrato de plata, la sustancia que ponen para cauterizar la piel. Lo que no sospechaba la facultativa –ni yo- era que, como bien titula un poemario cubano, alguien tiene que llorar, y eso puede ocurrir en cualquier momento.
Otoño 2007

jueves, 27 de septiembre de 2007

El peso de la piel desnuda



La última vez que hablé con ella fue hace un año y medio, y fue por teléfono. Estaba en Madrid y había llegado allí procedente de Zurich, lo que significa que sobrevoló Barcelona. Me llamó intempestivamente para comunicarme que dos días más tarde estaría aquí, en la Ciudad Condal, en la gran metrópolis donde nos conocimos y donde vivimos juntos seis meses. Se me asustó el corazón con la noticia de su viaje y rápidamente me compré ropa nueva, zapatos nuevos y reservé una mesa en un restaurante de diseño de la calle Enric Granados. Era verano. Nosotros nunca nos habíamos visto en verano. Nos tocó encontrarnos bajo un edredón prácticamente todas las noches de ese semestre en el que yo pensé que me moría de placer. Creí llegar a los últimos instantes de mi vida y no me importaba para nada tocar el fin con mis huesos sobre su piel.
Así pasé ese medio año, entre el edredón y sus poros abiertos de par en par.
Todas las noches, al terminar mi trabajo, viajaba en el último metro para encontrarla con un ropón de dormir azul por encima de las rodillas. Cuando se cansó de esperarme para cenar, me dio las llaves de su casa y me dijo que dispusiera de todo lo que encontrara en la nevera y que la despertara suavemente para hacer el amor. No capté la señal. Le hice caso y seguí tomando el último metro de la noche con destino a la periferia de la ciudad, donde ella vivía en un apartamento minimalista. No sé cómo pude regalarle medio año a una mujer de la que únicamente recuerdo tres frases y un cuerpo ardiente, pero a la que no he podido olvidar. Lo peor es que, de todo ese tiempo de mi vida, no recuerdo nada más.
La primera frase que memorizo es una gran torpeza, porque supongo que haya sido una torpeza:
“Mi madre no te quiere porque tú no tienes dinero”.
Lo que hice fue llorar, francamente. Era la segunda vez que me decían algo semejante en la cara. La anterior ocurrió hace muchos años, cuando yo tenía más o menos 18 y me iba al servicio militar. La novia que tenía entonces, nerviosa, angustiada, me confesó que su mamá quería para ella un estudiante universitario. Y me dejó. Hasta cierto punto encontré lógico que una chica tan atractiva como era aquella no quisiera salir con un recluta. Entonces me resigné y traté de olvidarla, porque otra cosa no podía hacer. Se llamaba Ivón. Todavía la puedo visualizar con su pelo crespo, negro, delgadita, con caderas anchas y los dedos largos. Nunca más la vi.
La segunda frase que todavía oigo pronunciar también es metálica, y salió de su boca suavemente, como solía hablar, con un tono bajo, con una sonrisa espectacular, mojada en saliva color rosa y brillaban sus labios, sin lugar a dudas:
“No quisiera perderte, pero he decidido volver a Zurich porque aquí gano poco dinero”.
La oí pero no la escuché. Estaba ella poniendo kilómetros de por medio. Esa noche, lo recuerdo perfectamente, volví a tomar el metro que cierra las estaciones. Por una parte esto último es una metáfora y por la otra no. Se me acabó el invierno y todo terminó.
¿A qué fui aquella noche? A lo mismo que no debía haber ido antes. Y a algo peor: a alimentar su tercera frase inolvidable.
Cuando ocurrió el terrible atentado a los trenes en Madrid, un 11 de marzo, hace ahora dos años, esa misma mañana yo dormía en su cama. Fue ella quien me dio la noticia por teléfono. Por la noche, cuando nos encontramos bajo su edredón, después de copular como bestias, le escuché decir la tercera que para mí es una mezquindad, porque supongo que haya sido una mezquindad:
“¿Ves? Con el atentado que ha ocurrido hoy tengo una razón más para marcharme de aquí”.
Y no tuve valor para vestirme, ir al cajero y localizar un taxi a esa hora de la madrugada.
Después de que se marchó definitivamente a su Zurich natal, su piel me estuvo persiguiendo largos meses y larguísimas noches. Quinientas noches, como diría el poeta. Pero logré salir de su envoltura por una sencilla razón: yo había sobrevivido a miserias mayores.
Hasta ese día en que me llamó de Madrid diciendo que pasaría por aquí, y me compré ropa nueva de verano, y reservé en un restaurante. Todo eso que hice no fue más que un acto reflejo de lo que me hubiera gustado hacer con una mujer inolvidable, pero ésta que venía no lo era, por mucho que hasta la fecha de hoy en que escribo estas líneas no he podido olvidarla. Y creo que no podré olvidarla mientras yo viva en este país y mientras yo viva en el mundo y cada año tenga un 11 de marzo.
Por fin reaccioné. Tomé el teléfono, también intempestivamente, y la llamé antes de que volara a Barcelona para comunicarle que no quería verla nunca más.


casi primavera de 2006

martes, 25 de septiembre de 2007

Perfume de Obbatalá



El último día de nuestras entrevistas, después del café en jarro caliente y ferroso, me tomó de la mano sin permiso y me dijo, halándome:

-Ven, te voy a enseñar mi altar.

Me condujo hasta una estancia pequeña ubicada al final de la vivienda, detrás de todo el orden doméstico de las cosas o, mejor, de sus cosas. Era un cuartucho sin ventanas, separado por una cortina de tela en el que solamente dormía una mujer, rodeada de flores y objetos diversos y, a veces, de comida. Entré amilanado, con una mezcla de susto y respeto. Y entonces centré la vista en una imagen de madera, mediana, toda blanca, con rostro femenino y vestido largo. A sus pies, bandejas aparentemente de plata sosteniendo varias masas de coco fresco. El olor era el que siempre sentí en esa casa, y que no sabía de dónde provenía.
Nadie me había explicado nunca por qué el hogar de los negros huele fuerte, particularmente raro, indescifrable. Ese día supe que ese olor es una mezcla de materia orgánica que habitualmente tiramos a la basura o ingerimos. Frutas, animales muertos, dulces caseros, flores, hierbas del bosque o del traspatio. Todo fresco o descompuesto. Y deja un efluvio permanente.
Los negros, por supuesto, sentirán un olor extraño en casa de los blancos.
En Cuba, aparentemente, está todo mezclado. Pero no es así.
La simbiosis se da en contadas ocasiones, cuando un “mundo” se acerca a otro gracias a un nexo espontáneo.
El altar que tenía delante era la representación concreta de Obbatalá, una figura originalmente masculina trasfigurada en mujer, debido al sincretismo religioso de la isla. Mi anfitriona se llamaba Mercedes, y era porque nació el día de la santa virgen.
Debió sentirse muy comprendida para llevarme a ver su espacio privado, el que le daba fuerza, donde pedía y agradecía a la vez, un dominio místico inédito en los días de mi vida, siendo yo, incluso, ya un hombre. Como me notó algo tenso, me fue explicando el significado de cada uno de los objetos (piedras y metales) sin soltarme la mano, mirándome a los ojos sin pestañar. Comprendí que, siendo una esponja como efectivamente soy, podía sugestionarme fácilmente entre esas cuatro paredes, y el olor, cada vez más fuerte, podía resultar vomitivo.
Me mostró, alejándose un poco, su ritual ordinario, más parecido a un carácter gestual de teatro que a un hecho intimista. Eso fue lo que percibí entonces, a conveniencia, aunque ahora lo repienso de otra manera. Vivíamos en un país cuyo gobierno nos había robado la fe en cualquier cosa que no fuera la doctrina marxista/leninista. A mí, no a ella. Por eso me resultaba difícil creerle, tomarme en serio su introspección. Le profesé, no obstante, el debido respeto.
La mujer, la mujer real, poco a poco, se fue entonando en un rezo lo suficientemente claro como para escucharse en ese ámbito, a pesar del susurro de donde provenía. Comenzó a danzar, ante la mirada estupefacta de quien escribe. Se concentró en la deidad religiosa que tenía enfrente y habló en una lengua desconocida para mí. Se giró de golpe y me dijo:

-¡Ya está! He pedido un camino para ti, en el que puedas realizar tus sueños.

Avanzó y me abrazó. Antes de marcharme, me invitó a su fiesta de cumpleaños, a la que asistí, y en la que sólo estábamos dos o tres blancos de la treintena de personas que había. No supe después si pudieron despacharse la cantidad de comida que pusieron en el cuarto de Obbatalá.

Aquella ocasión, evidentemente, almacené el santo de Mercedes en mi memoria, pero no quise, o no pude, tomármelo a pecho. Una vez aquí en otro mundo, en otro camino, como me dijo ella, he vuelto a recordarla en medio del tumulto que deambulaba por Barcelona buscando donde poner un huevo. Esta ciudad, físicamente, no daba abasto para tanta gente remolcada por la patrona, la Mercé, que, tradicionalmente, instala un festivo espectacular en el que la noche se hace eterna. Cerrando los ojos, trasportándome, alcancé una ráfaga de aquella emanación salvaje que una vez percibí, y que formaba parte de un mundo tan lleno de gloria como este otro.



Otoño de 2007


Nota: La evocación de Mercedes corresponde a una serie de entrevistas que realizamos Alina Méndez Bravet y un servidor en casa de Cheché, sobrina directa del célebre músico cubano Arsenio Rodríguez, hace quince años.