domingo, 11 de octubre de 2009

Whatever Works


Nunca es tarde
Después de ver "Vicky/ Cristina/ Barcelona" pensé que yo no vivía en esta ciudad, o, de lo contrario, que el genial Woody Allen había rodado en otra parte. Entonces me sentí engañado, timado por un talentoso director que sabe captar las “atmósferas” mejor que nadie. Le dije adiós, sin más.
Pero me reconcilié.
Este año realizó una fabulosa historia neoyorkina que acabo de ver ayer sábado, desgraciadamente, y por vagancia, en una sala que solo proyecta copias dobladas. Aún así, salí del cine con ese buen sabor de boca que dejan las cintas inteligentes de Allen.
Aunque parezca más de lo mismo –de cierta manera lo es-, el sentido del humor de sus filmes neoyorkinos está muy bien construido y siempre nos dejamos llevar; incluso, por un tipo tan insoportable como es el nihilista que protagoniza "Whatever Works". Un tipo desgraciado por su inadaptación al medio social. Un tipo incluso comunista, incluso en estos tiempos. Desagradable, ríspido, procaz. Un tipo que le habla a la cámara como burlándose del último fantasma que anda por ahí. Ah, pero Woody Allen sabe envolver al espectador y mostrar la psicología de sus personajes sin que esto parezca una hazaña.
Más de lo mismo porque, al igual que en “Melinda and Melinda”, la historia parte de una mesa redonda donde se discuten asuntos coloquiales. También porque vuelve a utilizar el recurso del cine dentro del cine, porque Allen repite hasta el cansancio su interés en exponer la doble moral, pero –será con los años- ya no utiliza esos enormes planos secuencias de los interiores de las viviendas, de los que se valía para dar una perspectiva más íntima y teatral. Aunque, si nos fijamos bien, en "Whatever Works" hay cierto aliento del cine documental.
Otra vez Nueva York y otra vez la “captura” de excelentes locaciones que nos dejan ver la ciudad sin abrir demasiado el encuadre. Y de nuevo un exquisito reparto. Esos actores que encajan tan bien con sus personajes y que muchas veces nos dan la impresión de que su mundo ideal es el teatro, ya sea por el trabajo de dirección o por la madera de ellos mismos.
Jamás olvidaré esa pareja imposible construida por Allen, ese destartalado hombre senil (Larry David) y esa bellísima ninfa que parece no haber salido aún de la pubertad (Evan Rachel Wood), y sus excelentes diálogos, claro.
Incluso el director se permite textos tan de comedia de cabaret -"Dios es gay”- mezclados con otros tan exquisitos como “pareces sacada de una novela de Faulkner”. Y la mención a Obama, a la crisis económica, por aquello del tono documental. Funciona todo muy bien.
Luego, la cinta incorpora un menàge a trois, un ligue homosexual y un encuentro divino con el más allá en nombre del amor. Una serie de personajes pintorescos, anormales que, gracias al discurso resolutivo y el buen ensamblaje de Woody Allen, vemos que esos personajes están en todas partes, o por lo menos pueden estar.
Confieso sin que me quede nada por dentro –¡qué pretencioso soy!- que prefiero mil veces las tomas del barrio chino, de las pescaderías a pie de calle de Nueva York que las especulaciones de este mismo director en los emplazamientos de la cámara en Barcelona.
Y, bueno, de la comparación entre las historias que narran las dos películas mejor ni hablar.
Con Allen, ya está dicho, prefiero quedarme en Manhattan.



Nota: Siempre espero algo más de los inexplicables títulos comerciales en España. A esta película le pusieron “Si la cosa funciona”. Coloquial, pero cursi.


jueves, 8 de octubre de 2009

La última vez que lo vi



Viajaba por la zona del puerto de La Habana en un automóvil del periódico cuando nos cruzó un ciclista. Nuestro carro estaba detenido en un intercambiador de vías de tren desahuciadas. El hombre superó los raíles rebotando sobre una bicicleta china, que eran las que había entonces.
Tengo la mala costumbre –según mi mujer- de mirarlo todo. Así que, cuando pasó delante del parabrisas, dejé lo que leía y alcé la barbilla. Lo vi sin que me viera, como quien está sentado en un palco guarnecido por la circunstancia del espectador.
Era él, sudado como cualquiera de los ciclistas de la ciudad y, como todos, llevaba una mochila llena de cosas.
El semáforo parecía atascarse, o tal vez la dilatación del tiempo fue un instinto de seguir al ciclista con los ojos hasta que se perdiera entre los camiones del puerto, el hollín, la grasa y el arcoíris a contraluz que proyectan los restos de combustible en el asfalto.
Mientras lo estudiaba, pensé que podíamos haberlo llevado si nuestro automóvil tuviera un maletero más grande para la bicicleta. Me pareció surrealista que un profesional de esa talla anduviera en medio del tráfico de la zona del puerto maniobrando sobre dos ruedas, porque sabía muy bien que él no estaba haciendo deporte, sino que iba para su trabajo, desde Mantilla hasta el Vedado, unos diez kilómetros, aunque quizá pueda exagerar.
Era él, Leonardo Padura, escritor prolífico de sagas policíacas, un ejemplo del periodismo de investigación de aquel momento y, además, hizo de oponente en la discusión de mi tesis de grado, algo así como un fiscal en un juicio.
Todos íbamos en bicicleta. Cuando el automóvil del periódico me dejara en la redacción, me esperaba un ciclo igual que el que llevaba mi insigne colega. Bueno, no debemos exagerar. No todos íbamos en bicicleta, pero a Padura no sé por qué nunca lo había imaginado pedaleando.
Años después supe que el gobierno le había dado la posibilidad de comprar un coche, como se llama en España un vehículo automotor de cuatro ruedas de tamaño medio. Sin embargo, aquella fue la última vez que lo vi, así, como el más común de los ordinarios ciclistas de la ciudad.
En estos días estuvo en Madrid, promoviendo su más reciente investigación literaria –le encanta la novela histórica-, un libro que intenta descubrir la trama que fabricó Stalin para asesinar a Trotsky en México. El periódico El País le ofreció un espacio para responder preguntas de los lectores casi en tiempo real. Vi que esa era mi oportunidad para preguntarle si el personaje de su saga policíaca Mario Conde tiene algo que ver con el ex banquero/ex convicto español. Y, por supuesto, le lancé la interrogante. Pero Padura no me respondió. O el sistema de la versión digital de El País no pasó mi duda. No sé.
Espero que la vida nos ponga cara a cara alguna otra vez. Se lo preguntaré. Mientras tanto, le deseo éxito con su nuevo título. Padura es uno de los intelectuales cubanos que ha preferido quedarse a vivir en la isla, mientras otros, tal vez demasiados, nos marchamos de allí prácticamente sin mirar atrás. Por lo menos a este servidor, la bicicleta, el hastío, la falta de perspectivas, de libertad de palabras y la alimentación básica se le hacían una cuesta arriba.

lunes, 5 de octubre de 2009

Ciudad impersonal



A la misma hora, en el mismo lugar, está el hombrecillo de piel cobriza, con la mirada fija en un punto de la pared de enfrente. Su escenario es un largo pasillo sin ventanas, enterrado unos diez metros, justo debajo de una gasolinera, debajo de uno de los cruces más importantes de la ciudad.
Su cuerpo permanece quieto como su mirada. Casi inerte. Sus manos pulsan las cuerdas de una guitarra de cajón, en cuyo interior se esconde un micrófono que va conectado a un amplificador portátil. No tiene algún atractivo. Es indio, un indio latinoamericano. Tiene alrededor de cincuenta años y parece llevar una prótesis debajo del pantalón, en el lado derecho. Aunque la pierna artificial ha sido realizada e instalada con sumo cuidado, la rigidez es evidente de la parte derecha.
Las personas pasan corriendo a esa hora. Alguna gente choca con el estuche de su guitarra en la maniobra que hacen para esquivar a los que viajan en sentido contrario. Otra gente salta el estuche que está abierto y donde se depositan las monedas de caridad.
El pasillo es demasiado estrecho en hora punta. Fue construido cuando la cuidad solo tenía un millón de habitantes. Ha sido restaurado pero todavía no lo han ensanchado. No es un lugar para estar. Es solo un camino de tránsito que sirve de enlace entre las dos líneas de metro que discurren por allí, dos de las más importantes.
A esa hora el movimiento de pasajeros es frenético, de manera que el cuerpo del hombrecillo queda arrinconado en un área ínfima que es como una campana de cristal, instalada a mitad del trayecto del intercambiador. Nadie se fija en él. La mayoría son personas que van a trabajar o a las escuelas. Casi todos llevan auriculares, un bolso cruzado y un paraguas.
El pasadizo está enchapado de azulejos blancos y en algunas paredes han pegado publicidad, fundamentalmente de viajes al exterior del país. Aunque hay anuncios de estrenos de cine.
El músico está allí aferrado a la idea de que arriba del túnel hay más competencia, más ruido y menos personas comprimidas por metro cuadrado. Alberga la esperanza de que caigan algunas monedas en el estuche negro de su guitarra, como en efecto caen, de manos diferentes que hurgan dentro del bolso cuando la figura del hombrecillo aparece a lo lejos y en perspectiva. Luego esas manos arreglan el pelo, sacuden la lluvia de los abrigos y ajustan los auriculares en el pabellón auditivo.
Él está allí a la misma hora de siempre y siempre pasan los mismos que hacen el mismo recorrido para llegar a tiempo al trabajo o a la escuela. Es un espectro familiar, un maniquí de ojos tristes y recurrente, sombrío, un cuerpo inerte que interrumpe el paso por una determinada zona del túnel. Siempre queda sincronizada con la escena una misma canción. Su voz es fuerte, valiente, segura. Las personas en su gran mayoría se pierden el texto, una pieza de León Gieco que dice:


Sólo le pido a Dios
que el dolor no me sea indiferente,
que la reseca muerte no me encuentre
vacío y solo sin haber hecho lo suficiente


Lo bordean, corren escaleras abajo al final del pasillo, saltando los peldaños para alcanzar el sonido de un tren que, sin embargo, superó los decibelios del altavoz del hombrecillo y penetró por los oídos taponados de una mar de personas con rostros alarmantes que no tienen tiempo siquiera para ofrecerle gracias a la vida.




Nota: Para Mercedes Sosa, que acaba de morir a los 74 años y había nacido en Tucumán, tierra indígena de Argentina. Llegó a cantar "Caruso" con Luciano Pavarotti. También creyó en el socialismo cubano, pero, por suerte, el tiempo le alcanzó para descubrir detrás de la revolución una dictadura. In memorian, "Negra".

viernes, 2 de octubre de 2009

Olímpicamente



El fin de semana pasado estuvimos conversando con unos madrileños en la barra de un bar. Era una pareja tan amena y culta que daba gusto estar allí recostados a la vuelta del tiempo, en ese momento impreciso donde fluyen las armonías por razones sensoriales y nada más.
Hablamos de política, por supuesto, pero no hablamos de fútbol.
Mi mujer se comportó como siempre, ecuánime, locuaz y reservada. Antes de conocerla ignoraba totalmente que se puede llegar a ser así. Ella es catalana de las nuevas hornadas nacionalistas, pero no le ciega la pasión. Sabe escuchar, observar y, sobre todo, respetar al prójimo.
Los madrileños estuvieron estupendos, también cautos y locuaces. Era una pareja joven de la generación de mi mujer; o sea, de las nuevas hornadas de la capital.
Esta tarde los recordé cuando Jacques Rogge, presidente del Comité Olímpico Internacional, desveló la tarjeta blanca donde estaba impreso el nombre de Río de Janeiro. Hasta ese momento, por muchas razones seguramente subjetivas, mi ánima volaba con Madrid y con la pareja que encontramos, porque no hay nada igual que conocer a alguien personalmente y en lo adelante conceder a esa persona el deseo de bienestar que es imposible tener para uno.
Uf, esto es menos egoísta de lo que parece, pero es egoísta al fin y al cabo.
No sé por qué, pero en los eternos minutos de deliberación para el otorgamiento de la sede olímpica del 2016 me sentí mucho más cerca de Madrid que de Río, cuando se supone que debería ser al revés.
Mi mujer, por su parte, en el momento en que Jacques Rogge enseñó la tarjeta blanca, exclamó:
-¡Ay, los pobres!
Se refería a los madrileños.
Sin embargo, no hubo en mi casa una catarsis ni algo por el estilo. No hubo un seguimiento nervioso y sí el lamento de que la programación emergente anuló un programa trivial que vemos a esa hora.
España sigue siendo un país de países, como mismo, en el ámbito periodístico, el reportaje sigue siendo el género de los géneros. Es así.
Aquí en Cataluña no dolió tanto la pérdida, no dolió tanto la decepción que se vio a todas luces en la aglomeración de la Plaza de Oriente. Entre otras cosas porque Barcelona tuvo sus olimpiadas. Y la cuidad cambió. Se habla de un antes y un después.
Mientras tanto, este que está aquí continúa en los bares buscando miradas y gestos neutrales.
Sigo en el empeño de mezclar los embutidos, los quesos y los vinos de todas las regiones para, por lo menos, regalarme la buena gastronomía que vengo mereciéndome desde hace mucho tiempo.
En este sentido, se pudiera decir que me vale todo.

jueves, 1 de octubre de 2009

El lado más visceral



"Dry", literatura en la coctelera

La lectura de un libro que me regalaron por mi cumpleaños me ha dejado pensando hasta dónde podemos llegar, hasta qué punto es válido contar nuestra vida guiado por el instinto de que la narración sea útil a la gente y la historia hasta sirva de escarmiento.
Este es un libro escrito en primera persona por un alcohólico, internado por voluntad propia en un centro de rehabilitación al darse cuenta de que había tocado fondo y estaba a punto de perder su magnífico trabajo. Pero hay más: el narrador es gay, contracultural, solitario, abandonado por su familia.
Y es un publicista de Nueva York que gana mucho dinero.
No sé si verdaderamente todos estos ingredientes pudieran coexistir dentro de una misma persona. Quizá sí. Pero lo primero que me vino a la cabeza en el primer tercio del libro fue que estaba viendo una película norteamericana con un guión extraordinario, de esos filmes a los que se les perdonan el ensamblaje tan bien pensado porque al final logran hacer de nosotros un objetivo, más que un espectador. El hecho de que la novela esté contada en primera persona y el nombre del protagonista sea el mismo del autor nos hace sospechar que algo raro pasa con este libro.
Generalmente, las almas que tienen una historia tremenda detrás no están bien dotadas para escribir; quiero decir, para escribir con tanta excelencia, oficio y “garras” como lo hace este hombre. Y entonces, o se van de este mundo con su historia contada en petit comité, o se la entregan a un biógrafo para que haga con ella lo que pueda, lo que quiera o lo que el “dueño” le deje hacer.
A pesar de lo duro del tema, de la manera descubierta con que ha sido tratado, leí el volumen de un tirón y con ansiedad. Y, de vez en cuando, miraba la foto del autor para comprobar si coincidían sus declaraciones con la expresión de su mirada. Decidí entonces, pasando páginas a toda prisa, que me dejaría llevar sin ánimos investigativos. Fue una buena decisión porque el estilo narrativo ágil –lo que no quiere decir descuidado-, directo, irónico y muchas veces divertido aderezan una historia tan desagradable que de otra manera hubiera sido imposible dedicarle tiempo. A mí no me gusta regodearme en el descalabro; sólo asegurarme de que existe y de que hay que tratar de evitarlo.
El éxito de este libro está precisamente en que no se aproxima siquiera al melodrama. Siendo tan descarnado, consigue compasión sin que sea gratuita. Hay que tener presente que cualquiera de los mortales puede caer en desgracia, por muy bien que se sepan hacer las cosas. No obstante, y aunque esto es una realidad, también el personaje de marras es un caso extremo.
Confieso que al terminar la lectura busqué información sobre el autor porque no podía quedarme con su propia descripción. Sería un milagro que alguien que cayó tan bajo, y cuando digo bajo me refiero al nivel de lo humanamente insuperable por regla general, pudiera haber escrito un libro tan bien hecho técnicamente.
Google me informó que, aunque se identifica así por la vida, se trata de un nombre artístico, y que su obra entra en la nueva corriente de lo que se ha dado en llamar Memoir; o sea, algo que forma parte de la semblanza de una persona pero no es exactamente una biografía. El autor ha tenido un resultado comercial de talla extra.
Entonces me tranquilicé. Todo estaba en orden. El mundo seguía siendo tan desgraciado como hasta ahora para la gente que no logra salir del alcoholismo, esos pobres diablos que deambulan por las calles y duermen a la intemperie o, como mucho, en un cajero automático de una sucursal bancaria.
Sin embargo, el texto sirve de aviso, por un lado, y de disfrute literario por otro.
Lo recomiendo sin lugar a dudas.


Título de la edición española: En el dique seco (Anagrama)
Título original:
Dry
Nombre del autor: Augusten Burroughs
Nombre original del autor: Christopher Robinson
Antecedente fundamental: La primera parte de su biografía también tuvo mucho éxito de ventas y ocasionó desmentidos por parte de los personajes reales. Se tituló
Recortes de mi vida y, cómo no, fue llevada al cine en el 2006.