jueves, 7 de julio de 2011

Partida doble



Crónicas desde Can Ruti (IV)

Los pasillos, como había dicho antes, son desoladores por la madrugada. Esa perspectiva aséptica de largos caminos hacen sentirme, después de mucho tiempo, solo. En estos días hospitalizados –yo como acompañante más parecido a un soldado del Kremlin-, he tenido tiempo para recordar mis primeros años de exiliado. Es cierto, alguien lo dijo: de Cuba no se emigra; de Cuba se escapa, se exilia uno. Los nacidos en la adorada isla no tenemos muchas oportunidades de regresar cómodamente.
Será por esto que pienso en mis hijos como salvados de la desgarradora circunstancia en que nos encontramos. Por un lado, no podemos volver cómodamente (algunos exiliados no pueden regresar de ninguna manera física), y, por otro, no logramos desprendernos de los recuerdos, de aquel tiempo en el que transcurrió la mayor parte de nuestras vidas y que ahora, por razones de salud mental, nos queda lejos. Aquí en el hospital me confunden con un canario. No con el pájaro, sino con los naturales de esas islas españolas/africanas, tan parecidos a nosotros, lleva razón la gente.
Como hay tiempo y posibilidades de roce social –habría que recordar que en Europa no es posible conocer a alguien en la parada de un autobús-, el diálogo fluye, con las enfermeras, con las doctoras, con los que comparten habitación con nosotros y luego se van. Pero lo más curioso de todo es que a María no la hacen de aquí. Parece ser que se le ha pegado mi acento “canario”. Al principio nos ven como una parejita tropical, llena de vida, eso sí, e ilusiones.
Todo comienza así:
-¿De cuántas semanas estás?
Luego casi nos hacemos amigos.
Aunque el momento más logrado siempre sobreviene cuando se enteran de que, ahí dentro –donde se calientan esas señaladas semanas-, hay dos niños en lugar de uno. ¡Una hembra y un varón!
-¡La parejita!, lo que quisiéramos nosotros- dicen casi todos.
Yo podría mentir con respecto a mi supuesta condición de canario. Sería creíble, pero al mismo tiempo no tendría sentido. La historia que vamos narrando María y yo, a los que ingresan en la habitación por dos o tres días, es la culminación y el principio de nuestros ancestros. De aquellos viajes de ida y vuelta para Hacer las Américas. Ahora he venido yo para España y me da gusto que la gente pueda comprender que estos vasos comunicantes no terminan nunca.
Además, en mis primeros años de inmigrante –como les gusta a los españoles llamar a los que no son de aquí- fui enfermero. Sin título, pero enfermero. Ya no recuerdo cuántos pañales cambié. Tampoco me hacen falta esos récords para ganarme la confianza de la gente. Siempre trato de ser común, porque me gusta, por mucho que mi acento interponga ese marcaje diferenciador.
Entonces pienso que mis hijos me salvarán del eterno dilema. Serán un ancla. Serán el lastre definitivo para que aterrice de una vez y por todas y deje el ejercicio de antropología recurrente. Pero todo tiene su precio:
Como ellos están por venir y todavía se anuncian largas semanas en Can Ruti, tratando de dejar a un lado las diferencias he somatizado con María: Me ha crecido el vientre. Se hincha a ratos y luego vuelve a bajar.
Pero sobre esto no le he contado nada a nadie.

(Continuará…)

Foto del autor
María, con brillo en los ojos, pocos días antes de ingresar en Can Ruti.


Menú del día seleccionado por María
(la comanda viene en catalán)
GI 19ªA (CR) GINE
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Panet 50 gr envasat
Fruita
07/07/2011 Comida

miércoles, 6 de julio de 2011

Un calor anticipado



Crónicas desde Can Ruti (III)

Todos se van. Hemos visto a mucha gente de tránsito en nuestra habitación compartida. Embarazadas, recién paridas, sus familiares. Pero al final se marchan a casa. Cuando pienso en que hay un final es que el nuestro no está siquiera anunciado en tablilla. Los médicos nos dicen que, hasta que no tengan absoluta garantía de la desaparición de las contracciones, no bajamos de esta montaña.
A un embarazo gemelar lo miran con lupa.
María está aguantando la situación. Sus horas pasan lentas. A veces intento entrar en su mente para saber qué pasa en su mundo interior. Creo que no es tan complicado: El instinto de madre comenzó al nacer ella misma, hace ahora 35 años. Un programa de reproducción se instaló en su paquete genético y ahora lo desarrolla. Quiere a sus hijos con locura, quiere verlos. Pero sabe que hay que esperar. Los toca suavemente con las palmas de sus manos; dibuja con ellos los contornos que se alzan en su vientre; ha sentido sus pies, sus espaldas. Tiene para escoger y no escoge. Siente lo mismo por los dos. Un inmenso amor.
Ayer me dijo entre lágrimas que estaba consciente de que su función fundamental, ahora, es soportar el tiempo. “Soy una incubadora”, expresó así su sentimiento, con pocas palabras, haciendo la broma para quitarle “hierro” al asunto. Marc y Lucía –y viceversa- se alimentan vorazmente, rápido comen. María ha bajado su tono muscular. Sus defensas también han bajado. Tiene anemia. ¡Y es que son dos criaturas!
Dos comiendo, dos moviéndose, dos queriendo salir sin saber exactamente a qué se exponen. Su mamá es una incubadora.
Los galenos la tienen todo el tiempo controlada, con un medicamento intravenoso para frenar las contracciones. María no está de parto todavía, pero su vientre sí.
Tendrá que aguantar hasta las 32 semanas como mínimo, hasta que Lucía y Marc alcancen los 2 kilos cada uno. La última vez que los pesaron mediante ultrasonido, la niña estaba en 1 kilo 400 y Marc en 1 kilo 100. Ya deben haber engordado un poco más. Se alimentan muy bien.
Can Ruti parece un hotel de alta montaña. Es el que nos toca por la Seguridad Social. Hasta aquí llegan personas de todos los estratos civiles. Esta mañana, la sala de espera estaba ocupada por una familia gitana, de esas que se mueven en multitud hacia todas partes. Habían hecho su campamento de estar en la Planta Cuarta, al lado de una cristalera desde donde se observa el Mediterráneo. Las mujeres llevaban puestos sus imprescindibles delantales, como si vendieran flores en el hospital. La familia esperaba un bebé.
Me senté en una silla que habían dejado vacía mientras esperaba a que limpiaran nuestra habitación. Al volver, María me pidió que la abrazara y lo que hice fue meterme en la cama con ella. Nos abrazamos los cuatro durante un rato y pensé sin decirle lo grande que es este sentimiento. La fuerza que da.
Entró una enfermera y vio a María llorando.
-Son las hormonas, guapa- jugó con mi mujer-. Este capítulo está en la letra pequeña cuando uno firma el contrato maternal. ¿No leíste la letra pequeña?

(Continuará…)

Foto del autor
Familia gitana

Menú del día seleccionado por María
(la comanda viene en catalán)
GI 19A (CR) GINE
BÀSICA
Amanida calenta despirals
Pollastre forn amb xampinyons
Panet 50 gr envasat
06/07/2011 Comida


martes, 5 de julio de 2011

Planta Cuarta



Crónicas desde Can Ruti (II)

De noche todo es apacible. De día, a veces, también. Es un edificio de mediana altura, aunque parece más espigado porque está en la montaña. Todo está limpio. Los suelos brillan mientras busco una máquina de café y camino por largos pasillos. Son las cuatro de la madrugada. Me asustaría perderme, quedarme en medio de un callejón sin salida.
No pasa nada. Solo me asusta la idea de asustarme. Conozco las puertas que a esa hora están cerradas y conozco las alternativas para alcanzar la calle, aunque tenga que dar muchas vueltas. Solo por diez o quince minutos –físicos, no mentales-, dejo atrás un día duro. Dejo sola a María, envuelta en un sueño breve, porque sé que me llamará por el móvil en cualquier momento. Aprovecho entonces para pensar.
Primero continúo admirando el hospital, lo cómodo que es, sus trabajadores amables, algo que me trae confundido desde que estoy aquí. Dicen que hay recortes de personal, pero éste que cuida a María es el summus de la profesionalidad galena. ¡Qué palabra, por Dios! ¡Galeno! Búsquela usted en el periódico Granma y la encontrará en la edición de cualquier día. Allá en Cuba se escribe muy bien en la prensa, pero los hospitales se pudren sucios, espantosamente desalmados de un tiempo a esta parte.
Se intercalan pensamientos, recuerdos de la otra orilla. Todo ahora queda tan lejos y sin embargo siento el olor de aquel desastre. Más que el olor, siento el dolor. Parece que no podré abandonar ese dolor jamás. Pienso en una amiga. Ella asegura que, con la llegada de Lucía y Marc, se curarán mis heridas.
No le creo. Debería disfrutar más esta realidad y olvidarme de aquella.
Al lado de la máquina del café hay otra que despacha bocadillos. Estoy con este sistema. Llevo en mi cuerpo, desde hace días, decenas de bocadillos. Ahora no me urge comer caliente. Trato de obtener una respuesta de los galenos de María para saber más o menos cuánto puede durar el ingreso. Los médicos no sueltan prendas. Me he hecho la idea de que Lucía y Marc, y viceversa, nacerán en estos días cuando yo esté eligiendo un bocadillo.
Miro el edificio en plano cinematográfico. La vista se queda quieta en la Cuarta Planta. En una de las ventanas está María, con los niños todavía en su vientre. En una cama de nuestra habitación compartida hay otra mujer de su misma edad. Está llorando porque esta mañana le han dicho que ha perdido a su bebé producto de una afección urológica. No veo a esta mujer desde abajo. La siento mezclada entre mis pensamientos, aquellos que, cuando desando los pasillos nocturnos, le dan la vuelta al mundo.

(Continuará…)

Foto del autor

Menú del día elegido por María
(la comanda viene en catalán)

GI 19A (CR) GINE
BÀSICA
Amanida russa
Fricando jardinera
Panet 50 gr. Envasat
Fruita
05/07/2011 Comida

lunes, 4 de julio de 2011

Ambos mundos



Crónicas desde Can Ruti (I)

Lucía y Marc flotan en bolsas maternales; dan volteretas, acomodan como pueden su espacio; discuten ser la primera o el primero en tomar el camino a casa. No saben lo que hay afuera. Solo son organismos vivos sin uso de razón. Pero nos intuyen, a su madre y a mí.
Ayer él estaba colocado en el bajo vientre, con la cabeza hacia el centro de la Tierra. Quería explorar otros mundos; o simplemente ya no está cómodo en el suyo. Hoy Lucía está en su lugar, en la misma posición pero del otro lado, como perfecta simetría de su hermano mellizo; como un espejismo, como espectro cómplice. Parece que también está intranquila en su cosmos.
Faltan días para que vean la luz.
Afuera hay una cama, una ventana, un paisaje y están sus padres esperando, sintiéndolos a través de las caricias sobre la piel. Hay también un televisor que ofrece las noticias:
-Ortega Cano, torero, ha salido de un estado de coma pero podría ir a la cárcel por conducir ebrio y causar un homicidio imprudente.
-Alberto Grimaldi, Príncipe de Mónaco, se desposa en una ceremonia cuyos preparativos han costado millones de euros.
-Hugo Chávez, dictador venezolano, fue intervenido, con urgencia, de un cáncer de próstata. Se recupera en Cuba.
-Raffaella Carrà actúa en la televisión española, en el programa “Tonterías, las justas”, de Cuatro, que culmina felizmente una larga temporada.
Pero Lucía y Marc ignoran las noticias. De momento están a salvo de la realidad global. Cuando crezcan les explicaré:
De niño, me moría de amor por Raffaella Carrà, la deseaba desde la candidez y, 35 años más tarde, mi estrella vuelve a aparecer en la pequeña pantalla, sin previo aviso. Les explicaré que Raffaella me obliga a hacer una retrospectiva de mi vida desde una habitación de maternidad. Les indicaré, además, que a los otros personajes anunciados en las noticias los paso por alto.
Les diré que no queda más remedio que pensar en lo imprescindible en momentos como éstos.

(Contiuará...)

Menú del día seleccionado por María
( la comanda viene en catalán)

GI 19A (CR) GINE
BÀSICA
Llenties amb verdures i espinacs
Llom al pebre verd (+)
Panet 50g envasat
Fruita

04/07/2011 comida

sábado, 2 de julio de 2011

Para ti, Marc


Can Ruti es una montaña mágica. En ella construyeron un hospital a los Cuatro Vientos. El Germans Trìas i Pujol, de medicina general y también eje docente, nos vio llegar en un taxi amarillo y negro que pasaba de pura casualidad por la puerta de nuestra casa. Tu mamá estuvo adolorida durante toda la tarde, hasta que decidimos subir a Urgencias. ¡Un hospital en las estribaciones de una montaña!
Todo verde por el camino, todo limpio, todo vegetal.
El taxista era un señor mayor; debía estar a punto de jubilarse. Cuando le indicamos el destino -siendo él de Barcelona Ciudad y no de donde vas a nacer tú-, nos dijo que le sonaba, que le sonaba. Claro, aquí todo el mundo conoce esa altura y nada más nos montamos en el coche di la orden muy clara:
-A Can Ruti, por favor.
El hombre se alumbró enseguida. Comenzó a ascender con muy poca marcha por la carretera de doble vía. Para mí estaba bien. No era la primera vez que subíamos a Urgencias para ver cómo estaban tu hermana y tú. Pero esto ahora lo recuerdo recapitulando, que si no, hubiera pisado yo mismo el acelerador.
Ya nos conocen en la puerta y nos hicieron pasar rápido. La cara de tu mamá sufría por los cuatro; también por el taxista y por todo aquel mundo que acabábamos de dejar en llano, donde está nuestra casa. Todavía me resulta raro subir del mar a la montaña como si nada, en un abrir y cerrar de ojos. Claro que ahora es distinto. Parece que hay prisa. Se siente prisa en el monitor que tiene al lado tu mamá, en su montañita mágica ahora atada con unas correas, donde ajustaron unos sensores redondos –tres- que parecen traducir un lenguaje interno que no entendemos. Te juro, Marc, querido niño, que, aunque no te había visto todavía, sabía que ibas a ser igual que yo, como tu abuelo, parsimonioso y soñador.
-¿Fue por eso que no te dejaste fotografiar la primera vez?
Estuvimos toda la noche en Observaciones hasta que decidieron subirnos al Cuarto Piso, sala de Ingresos, de Ingresos totales o parciales. Yo con la ropa de la playa puesta, con el pelo y los ojos llenos de sal. Tu mamá con la bata de andar por casa con la que la dejé en el sofá tumbada esta misma tarde, poco antes, poco después de que “sus niños” se pusieran de parto. Sí; yo no lo podía creer a pesar de que una joven facultativa, con gafas grandes, suavecita como Platero, ordenaba el Ingreso. Ordenó además que inyectaran a tu mamá para que vuestros pulmones crecieran rápido, a la velocidad de la luz.
Una jeringuilla llevó entonces el precioso líquido hasta tus pulmones, por si se presentaba la necesidad extraordinaria de que “mis niños” vinieran a este mundo con Siete Meses, apurados por la necesidad de buscar espacio, más espacio. No dormimos esa noche. Ninguno de los cuatro. A la mañana siguiente se aclararon las cosas con la misma doctora de las gafas grandes. Nos dijo que tú estabas colocado para salir, que tu hermana Lucía, siendo unos centímetros más grande, estaba situada más arriba y no tenía tanta diligencia. Nos llevaron a la sala de ecografías para verte entonces en tercera dimensión, o en cuarta, no sé bien. Vi tus labios esta vez, tu nariz, tus cejas, tus ojitos dormidos. Me pareció ver una fotografía de antaño en la que aparecía yo con pantalones cortos y zapatos raspados, sonriéndole a la vida que nos habían ofrecido tus abuelos en medio de una revolución stalinista. Te vi y me vi.
Como mismo vi a Lucía antes.
Sin embargo, me faltabas tú.
No te apures, Marc. Ya todo está hecho para esperar la paz. Ya no hay revoluciones embusteras aquí donde vivo, aquí donde te tocará nacer. He venido hasta este lugar para eso, para que la prisa tenga sentido si es que llega; si acaso, alguna vez, tuviera que llegar. Estamos ahora los cuatro en la montaña mágica, dejando pasar el tiempo en la cama de un hospital, pero no es un hospital cualquiera. Esto se llama Can Ruti y es una sierra desde donde se ve el Mediterráneo; desde donde se puede detener el tiempo. Te esperamos, mi amor, no corras todavía.