miércoles, 6 de febrero de 2013

Texteando al volante en Miami (Maquillándose también)


Una amiga me hizo un cuento que puede ser verdad. Resulta que un carro chochó a otro por detrás porque el conductor culpable iba texteando, un gerundio terrible que deriva  de un verbo inventado por la fuerza que tienen los teléfonos móviles. Pues bien, el carro chocado lo conducía una mujer que estaba maquillándose en ese momento y, como consecuencia del impacto, el lápiz penetró en su ojo.

La mujer aprovechaba la luz roja para retocarse, aunque se han visto algunas coquetas maquillándose mientras circulan.

No obstante –y esto parece ser una cosa normal-, conducir con el móvil en una mano es algo que forma parte del sistema vial. De hecho, quien escribe no hubiera escogido el tema si viviera por años en Miami. Pero en Barcelona, donde residía antes, las multas son altísimas en tales casos.

Y uno se pregunta por qué en Miami no se utiliza el manos libres, dispositivo interesantísimo que está al alcance de todos y que incluso muchos terminales (celulares) lo traen instalado. ¿Por qué textear se ha convertido en una droga que domina el control de las personas, a tal punto de realizarse mientras se conduce?

También me han dicho que la ley para prohibirlo “está en camino”. Si es así, que apure el paso.

La combinación texto-maquillaje, en la carretera, puede ser fatal, como ya nos hemos enterado. Pero existen resultados muchísimo peores y eso es lo que asusta cada día. No hay que acostumbrarse visualmente a un deporte –ni practicarlo- si lo vemos mal.



 Foto del autor

domingo, 27 de enero de 2013

AT & T es poder


En enero –o sea, este mes- disfruté con mi familia de un día estupendo de playa con aguas cristalinas y cero oleaje. Podía haber sido una jornada con cero estrés. Las mansas aguas de Key Biscayne garantizan a unos agobiados padres de mellizos un tiempo de relax solamente manteniendo en alerta el sistema de observación, tumbados -¡qué lujo!- en la arena. Incluso, mi mujer estuvo tentada a sacar su libro electrónico.
Vivimos en Kendall, o lo que es lo mismo, en el campo. Miami Beach es una odisea de destino. Ayer lo conversábamos entre amigos: El lado terrible de Miami está reflejado en las “horas nalgas” que uno tiene que dedicarle al volante. Pero todo no se puede tener. Descubrimos que Key Biscayne, por la US1, en enero, es bastante viable, expedito me atrevería a decir. La isla está conectada a la península por un puente espectacular que ahora mismo está en obras. Están reparando, me han dicho, el puente viejo. Llegar a Key Biscayne cuesta un dólar con 50 centavos, sólo cash.
Una vez en la isla, mi mujer me ordenó que apuntara hacia el final.
 –Tira todo tieso-, me dijo en un español legítimo que tan bien sabe combinar con el catalán.
Sin mirar apenas hacia los lados –los niños dormían en sus car seat-, enfilé hasta que se terminara la carretera, que, siendo una isla aquello, en algún momento no muy lejano debía acabar. Pero antes del fin nos detuvo una barrera. Habló en inglés una muchacha, a diferencia del primer “filtro” antes del puente que no sé bien cómo fue que nos fichó en español.
Ocho dólares por vehículo cuesta el acceso al faro que está en el final, un sitio paradisíaco bien recomendado y luego corroborado por este matrimonio de exploradores que solo busca su minuto de sosiego entre la manigua –Kendall- o en las aguas tranquilas de Bay Biscayne. Miami Beach, en nuestro paquete de posibilidades, cada vez más deja de ser una opción.
Los ocho dólares por automóvil bien valen la pena. Cualquier trabajador los podría pagar y no le sabría mal. Aquello es un parque natural con playa serena -¡qué cansino soy!-, tumbonas y sombrillas que se pagan aparte, además de una cafetería/restorán cerca del faro (Lighthouse Café) donde se puede comer medianamente bien de precio un pescado fresco.
Como los periodistas nunca dejamos de trabajar –la noticia nos persigue, y este fin de semana teníamos al dictador Raúl Castro en Chile, envuelto en una bola de humo-, chequeé mi teléfono con amor, mientras disfrutaba del azul claro del agua en reposo. Para mi sorpresa, no tenía conexión, ni telefónica ni de internet. Había trabajo pendiente.
En la cafetería me dijeron que quienes únicos tenían cobertura en ese lugar –el fin del mundo, precioso, pero desconectados- eran los de AT&T. En ese caso, yo no era un elegido. Entonces me dejaron llamar a mi jefe desde la línea fija de la cafetería, amablemente y gratis, como muchas veces ocurre entre las tantas personas que “se enrollan” en Miami.
El problema se resolvió. No pienso cambiarme de compañía –a no ser que AT&T me ofrezca un plan especial- y no pienso dejar de ir -en enero y mientras llega la temporada oficial de verano- a ese final del mundo donde hemos pagado los ocho dólares más sabrosos de la vida.
La cuestión estuvo, quizá, en la sorpresa. Con el afán de salir rápido, habíamos dejado una llamada telefónica para el final. Nadie podía imaginarse que en Miami –porque estábamos en Miami- te vas a quedar sin cobertura en un día de sol, en una isla donde viven personas muy solventes. Según Google, el censo del 2010 reporta que viven allí 12 mil 344 habitantes.


(Foto María García)

miércoles, 16 de enero de 2013

No están todos incluidos



Reforma migratoria es una migaja más

La alegría extendida en un pueblo que, al parecer, podrá viajar libremente tiene un precio muy alto: El pasaporte cubano es uno de los más caros del mundo. Esto solo comparando precios con otros del orbe; o sea, sin tener en cuenta el bajísimo poder adquisitivo del ciudadano medio en la isla.
Todo parece indicar que la nueva apertura para viajar sin pedir permiso –luego de 50 años se elimina la humillante Tarjeta Blanca- tiene como trasfondo una jugada económica para el Estado. Un despacho de la agencia española EFE dice que el Gobierno cubano elevó el costo de expedición de cada pasaporte en coincidencia con la entrada en vigor de la reforma migratoria, de 55 a 100 CUC (moneda fuerte, equivalente al dólar), en un país donde el salario medio mensual no llega a 20 dólares, de ahí que el pasaporte en la isla sea el segundo más caro de Latinoamérica y uno de los más caros del mundo.
El pasaporte chileno –el más caro en cifras- tiene un coste de unos 102,94 dólares, mientras que el más barato en la región es el peruano, de unos 15 dólares, explica la nota.
Son tantas las ganas y la necesidad existencial de conocer otras realidades, que tres generaciones de cubanos (o cuatro) no se lo pensarán mucho a la hora de abordar un avión. Podrá más la curiosidad por comprobar con ojos propios qué hay más allá de esas costas archiconocidas, duras, punzantes por el Diente de Perro, pues, como es sabido, las playas espectaculares de revistas de viaje quedan reservadas al turismo extranjero. Los cubanos viajarán, como hemos viajado anteriormente otros, quemando las naves, sin elegir un destino.
Ya están mirando cuáles son los países del mundo que no exigen visa para entrar.
De Cuba, históricamente, se sale cuando se puede y para donde la Providencia quiere.
Se sale con una maleta pequeña donde necesariamente cabe la depuración más grande e intensa que realicemos en la vida.
La última jugada de la dictadura es ésta: recolectar todavía más dinero de los nacionales que milagrosamente salieron antes. Éstos, en previsión, son los que pagaran los pasaportes nuevos. Los de adentro no tienen ni donde caerse muertos.
Así que no estamos hablando de algo nuevo. Los cubanos fuimos, somos y seremos moneda de cambio mientras esté una dictadura sobre nuestras cabezas.

Recordemos el primer trueque: los que la dictadura llamó mercenarios en 1961 (que en realidad no lo son al ser nacionales) fueron cambiados al “enemigo” por compotas. Después de eso siempre quedaría un pueblo cautivo a merced de las malas temporadas.
“El día que nos falten los soviéticos, el día que nos falte Chávez”, tal vez pensaron los jefes, “ahí tenemos todavía naranja que exprimir”.
Pero no nos engañemos:
Esto no es una verdadera apertura, es una migaja de la cual cientos de miles de cubanos atrapados en la miseria y la falta de perspectivas se agarrarán.
Resulta que, ahora, el gobierno nos permite permanecer fuera 24 meses. ¿Y a los que se les prohibió la entrada por razones políticas, por capricho, por venganza, y no pudieron volver nunca más? ¿Y los que fueron humillados en el aeropuerto de La Habana y regresados en el mismo avión, como le sucedió a Urbano González, enviado de vuelta a Barcelona, que para reencontrarse con su anciana madre tuvo que utilizar un tercer país?
No perdamos la memoria. No aplaudamos una reforma que medio siglo después intenta tapar una injusticia.
Pensemos en la vieja retórica:
El Gobierno se reserva el derecho a denegar pasaportes por razones de “interés público” o de “defensa y seguridad nacional” o para evitar el “robo de cerebros” formados por su Revolución.
No están todos incluidos, como debería ser.

Nota: Texto publicado originalmente en http://www.cubanet.org/


jueves, 27 de diciembre de 2012

El hombre de la Montblanc. Puntos convergentes en el mapa (II yfinal)



En Miami fue muy fácil adaptarme. Un par de días después de aterrizar,  ya sabía por dónde caminaba. Los carteles en español con una rotulación espantosa me hacían pensar en esa Cuba desestructurada que intentaba tirar hacia todas partes y, sin embargo, no llegaba a ningún lugar. La Cuba que se quedaba estancada en el chovinismo y ya ni siquiera dando amor incondicional, sino obligada a la peor opción, la de arañar cualquier beneficio con uñas, dientes y chantajes afectivos.
Pero bien, Miami no está en la misma situación; solo que recuerda aquello.
El muestrario de cubanos en los supermercados, en los cruces de automóviles, es bastante amplio. Hay de todo, en medio del progreso.
La navidad sacaría más a flor de piel la cultura nacional con nuestras desgraciadas manías de ser los mejores en todo lo que nos propongamos, con el añadido de no haber visto mucho mundo los cubanos que brincaron el Estrecho de la Florida. Esos mismos, los que encuentro en los supermercados, me ofrecen ese lado de la idiosincrasia que había perdido en España por la desgraciada costumbre de imitar a los españoles, para no marcar la diferencia.
Con dos pasaportes en la mano, el cubano y el español, como había dicho antes, me presenté en el aeropuerto de Miami con el fin de establecerme aquí. Este es el único país del mundo que ofrece ventajas inmejorables para los cubanos, y por lo tanto había que aprovecharlas.
La operación aeropuerto salió bien. Me dejaron pasar luego de un largo interrogatorio y de firmar unos documentos, para lo que utilicé un bolígrafo Montblanc que traía de Barcelona.
El oficial, digamos que de apellido Segovia, bromeó conmigo. Me dijo que él siempre hubiera querido tener una pluma así.
Fue muy cercano en un momento decisivo en el que uno se lo juega casi todo. Lo peor que podía pasar era que me regresaran a España, pero no sucedió.
En Miami había una puerta de entrada para la doble nostalgia, pues a partir de ese momento comenzaría a añorar La Habana y Barcelona  a partes iguales, con la extraña circunstancia de que Cuba estaba instalada en esta ciudad con la reproducción casi milimétrica del modo de vida. Pero faltaban gentes, los míos, los que murieron y no supieron que llegué aquí.
Raro fin de año, sin frío, sin esa distancia de las costumbres que había conocido. Raro tener que dar esta vuelta para llegar a un lugar después de haber madurado en otro.
Este fin de año, la lejanía vuelve a estar presente, pero ahora con respecto a Barcelona, un sitio que estuvo –está- en mi vida por accidente.
Una gran suerte es el reencuentro con amigos que siempre estarán dispuestos a echarnos una mano.
La Redacción de este blog desea un 2013 en el que definitivamente podamos hablar de cambios sustanciales, de metas alcanzadas y sobre todo del encuentro o el reencuentro de la nación.


jueves, 6 de diciembre de 2012

Barbarie: El recurso y el método



No soy el único que se lo pensaría para volver a Cuba (con todo el debido respeto para amigos y conciudadanos que viven allí). Conozco a varios exiliados, emigrados o hacedores de tiempo –como se quiera y convenga llamar- que desvían la  mirada y también sus ahorros hacia otro destino. Cuba es muy cara y ahora especialmente peligrosa.
Desde la isla no paran de llegar noticias de asaltos y vandalismos. El que dejamos atrás ya no es aquel país seguro; eso sí, atiborrado de policías que sin embargo no están para garantizar la tranquilidad ciudadana, sino han quedado para reprimir a los opositores políticos.
Parece ser que el gobierno está utilizando otro método:
El fomento del odio entre las personas es una manera fácil y barata de amedrentar a los que, cansados de tanta miseria, o simplemente cansados de esperar lo que les prometieron en el lejano 1959, han perdido el miedo a la expresión abierta, incluso en la calle.
El más espeluznante suceso callejero ocurrió hace pocos días. Una adolescente de 19 años se ensañó a navajazos contra otra de 15, provocándole cortes por todo el cuerpo y en el rostro, incisiones profundas, salvajes, que llevaron cuatro horas y 66 puntos de sutura en un quirófano. Ocurrió en Cienfuegos, al centro-sur de la isla.
Todo hubiera quedado en un vulgar ataque adolescente  -no tan común entre el sexo femenino- si el hecho no tuviera un móvil  político.
La víctima –que recibió navajazos incluso cuando estaba en el suelo- defendía el honor de algunas mujeres de su familia adscritas al movimiento opositor pacífico denominado Damas de Blanco, una organización que surgió a raíz del encarcelamiento en 2003 de varios periodistas independientes que cumplieron prisión y luego fueron desterrados, más que amnistiados.
La victimaria, hija de un oficial del Ministerio del Interior (abrigo de la Stasi cubana, o lo que es lo mismo, de la policía política) había dicho que las Damas de Blanco son prostitutas y su vecina intentó en vano rectificarle. La agresora está en libertad, sin cargos y sin juicio previsto, aun cuando un forense dictaminó intento de homicidio al constatar el grado de ensañamiento.
La joven Berenice –así se nombra la agredida- lleva la desgracia de por vida. Difícilmente pueda superar el trauma y el complejo.
Este nivel de barbarie, desgraciadamente, no es un hecho aislado.
Recientemente -según narra el periodista David Canela desde La Habana-, un grupo de “amantes” del reggaetón asaltaron un concierto de trovadores. Ocurrió el pasado 10 de noviembre, en la ciudad de Ciego de Ávila. “Un grupo de delincuentes locales, que portaban piedras, botellas y armas blancas, asaltó con violencia a los artistas y técnicos, muchos de los cuales tuvieron que recibir atención médica en el hospital provincial, y además (dañaron) los equipos y parte de la infraestructura del espectáculo”, dice Canela.
Tampoco parece ser un hecho fortuito.
Jóvenes trovadores y artistas alternativos significan una de las fuerzas contestatarias que más preocupa al régimen. Mueven masas y estados de opinión; promueven además un sentido estético definitivamente adverso a la vulgaridad.
Esto no interesa. Todo lo contrario: preocupa a la dictadura.
El Estado cubano digamos que –desde que llegó la Revolución- ha echado a pelear a sus gentes no solo para entretenerlos, sino también para dividirlos.
Claro que aquella observación optimista desde las gradas se puede volver en contra del Estado.
Un diez por ciento de la nación en el exilio y una pobreza alarmante dentro de la isla, más el desgaste que decíamos, da la ecuación perfecta para tomar dos caminos: o el gobierno entrega el país a sus ciudadanos, o continúa reteniéndolo apoyado en la barbarie, como recurso in extremis.