lunes, 25 de febrero de 2013

It's raining again


Para Pedro

 El olor a hierba mojada no falla en ninguno de sus regresos, pase el tiempo que pase. He aquí un tipo de memoria olfativa tan eficaz como las canciones que hicieron compañía en la adolescencia, en mi caso las canciones en inglés de los ochenta. Y si se mezclaban las dos cosas, allá en Cuba, era lo máximo para avivar la melancolía. Entonces imaginábamos cómo debía ser la otra orilla, desde donde salían las canciones en inglés, baladas, en su gran mayoría, que marcarían para siempre un estilo de vida, un escenario.
El tiempo ha pasado y ahora estamos en la otra orilla, la imaginada, pero estamos forzosamente instalados aquí después de dar un poco de vueltas en el exilio que nos pertenece, exilio interior y exterior. Estamos  ahora comprobando todo esto, aunque dolidos por unas muertes prematuras que surgieron de repente. Aquí tenemos la misión de comunicarles cómo es el lugar.
Ni más ni menos que el mismo olor cuando llueve; los aguaceros de golpe, unos quince o veinte minutos y la humedad absoluta en el ambiente. La gente se pone mangas largas, confundida. Ni más ni menos.
Se respiran aires de libertad en el inmenso Miami, que es una ciudad sin rumbo, aparentemente.
Se comprueba que la distancia física con La Habana es muy corta y que definitivamente uno está del otro lado. Se comprueba además que no añoramos volver; más bien se entera uno de esto; lo descubre un domingo en que el chaparrón obligó al recogimiento con la familia que se ha creado; nuestra descendencia que no sabe nada, o casi nada, de la otra orilla. Una familia ajena al descalabro que fue la adolescencia, en casi todos los sentidos.
Uno piensa que puede haber personas cerca, capaces de dar fe de aquel pasado, y termina dolido mirando por el cristal.
Mi padrastro, a quien siempre tengo ganas de llamar, no ha respondido aún.
Dice mi mujer que han pasado muchos años y que ahora el que llama, el que busca, es un hombre de cuarenta y pico (no me acuerdo exactamente) con una familia hecha. Yo le digo a mi mujer que se equivoca. El que marca un número de teléfono es el niño aquel.
¡Y a un niño no se le deja esperando!

Foto María García

viernes, 15 de febrero de 2013

Rosa Virginia y María Gabriela en el Día de los Enamorados




Si no fuera porque detrás de este enunciado está el destino de un país -o de dos-, leeríamos con sobrada costumbre superficial una página de prensa rosa, una estampa costumbrista, un comercial aparentemente inocuo por San Valentín; ese día en el que uno suele comprar compulsivamente lo que se vende en la calle para no llegar con las manos vacías al hogar.
Pero no. Detrás de este manifiesto hay un trabajo de marketing muy bien pensando, efectivamente, para que el incauto compre o termine de comprar el culebrónico caso de la enfermedad del presidente Hugo Chávez y su misterioso viaje a La Habana, donde está internado –diríamos, mejor, secuestrado- desde hace 68 días.
Lo más ridículo –la palabra cursi se queda corta- del hecho de presentar fotografías de Chávez como fe de vida, y para contrarrestar la especulación que ellos mismos provocaron, es que se haya escogido el contexto del Día de los Enamorados y se calce la escena con una frase tan sensiblera como que el presidente está enamorado de sus hijas Rosa Virginia y María Gabriela, y viceversa.
Todo esto es pura distracción.
Los cubanos conocemos demasiado bien los montajes de los que son capaces los hermanos Castro, igual que ahora, con el periódico Granma en las manos. Todo para demostrar una fecha equis y ganar tiempo. Así nos educaron  y así trascurrió la vida hasta que cumplimos más de medio siglo de dictadura, hayamos comprado alguna vez, o no, el producto.
Decíamos que lo más lamentable de todo esto es la cursilería en aras de volver a engañar. Como si el tiempo no hubiera transcurrido.
El mensaje ahora es para el pueblo venezolano, no para el cubano.
¡Que viva Chávez! (frase que trata de inducir un pensamiento endiosado), va acompañada de un tecnicismo tal como cánula traqueal (para justificar la ausencia de voz) y de un hiper-historicismo como recordar en este día los 194 años de un discurso de Bolívar que, recuerdan los chavistas, es su obra maestra.
Se ha necesitado todo este aparataje semiótico para ofrecer la fe de vida que se le debe al pueblo venezolano hace 68 días. Tan fácil como poner una imagen en movimiento, reportando sin torceduras de ningún tipo qué es lo que está pasando para que la vuelta del presidente a su país se haya alargado de esta manera. Y sobre todo explicar por qué, para ellos, fue preciso violar la Constitución.
Hubiera sido todo muy sencillo.
Pero ya sabemos que los protagonistas de este culebrón no son muy naturales que digamos.

Este texto fue publicado originalmente en cubanet.org


lunes, 11 de febrero de 2013

Salvados por la península





Unas raras especies que, según dicen, andan sueltas por las urbanizaciones del sur de la Florida escaparon del zoológico de Homestead –muy cerca de Miami- cuando pasó el huracán Andrew, en 1992 . Eso explica que aves no tropicales, ya adaptadas, hayan decidido seguir aquí. Creo haberlas visto por los alrededores de mi casa. También una vez, según mi mujer, pasó un zorro por el Florida Room, ese maravilloso espacio trasero de la casa, concebido para leer o hacer ruido sin molestar a nadie ni ser molestado.

Vivir en Kendall –uno de los Miami, porque hay muchos- es como estar en una isla pero con todos los servicios. Ojo, es necesario coger el carro (automóvil) para ir al supermercado, a no ser que tengamos un súper al lado, lo cual es muy raro que suceda. Este fin de semana aprovechamos para estar en familia, con el viaje al supermercado incluido, como debe suponerse. Había un tiempo estupendo (unos 25 grados centígrados, aproximadamente 77 en Farenheit); un cielo azul al medio día que luego derivó en negro, y un aire fresco que no llegaba a molestar.

Pensamos llevar a los niños a las piscina del barrio pero desistimos de la idea en aras de aprovechar más el tiempo paseando por los alrededores de la ciudad (Kendall) que tienen muchos kilómetros de llanura preñados de plazas comerciales. En estas explanadas están, entre otros negocios, los supermercados, a veces sin una palmerita que pueda adecentar un espacio donde se aparcan las naves. (No está exagerado el término: hemos visto gente que va a hacer la compra con el yate (bote, le dicen) a remolque.

Hay espacio, por supuesto. Eso es lo que sobra en esta extraña ciudad donde es necesario recorrer muchos kilómetros (aquí se mide por millas) para visitar un amigo, sin una montañita que se cruce en el camino. A todo uno se acostumbra, sin embargo.

De regreso del súper, detuvimos el carro para que pasara una escuadra de garzas blancas que nos hacían la visita en nuestra urbanización. Pensé en ese momento lo dichoso que éramos de vivir en una península, al menos este fin de semana.

Si uno no estuviera al tanto de las noticias -opción viable y respetable- no tendría siquiera que sospechar que estábamos rodeados; hacia arriba por una tormenta de nieve (Nemo, bautizada) que dejaría sin luz eléctrica a casi un millón de abonados en la costa este estadounidense, mientras que a la izquierda, en Alabama y Mississippi, varios tornados arrasaban provocando decenas de heridos.

Ya digo: lo más que pudimos alcanzar  a ver fue un cielo negro que duró un par de horas.


Foto del autor: Kendall, este fin de semana.


miércoles, 6 de febrero de 2013

Texteando al volante en Miami (Maquillándose también)


Una amiga me hizo un cuento que puede ser verdad. Resulta que un carro chochó a otro por detrás porque el conductor culpable iba texteando, un gerundio terrible que deriva  de un verbo inventado por la fuerza que tienen los teléfonos móviles. Pues bien, el carro chocado lo conducía una mujer que estaba maquillándose en ese momento y, como consecuencia del impacto, el lápiz penetró en su ojo.

La mujer aprovechaba la luz roja para retocarse, aunque se han visto algunas coquetas maquillándose mientras circulan.

No obstante –y esto parece ser una cosa normal-, conducir con el móvil en una mano es algo que forma parte del sistema vial. De hecho, quien escribe no hubiera escogido el tema si viviera por años en Miami. Pero en Barcelona, donde residía antes, las multas son altísimas en tales casos.

Y uno se pregunta por qué en Miami no se utiliza el manos libres, dispositivo interesantísimo que está al alcance de todos y que incluso muchos terminales (celulares) lo traen instalado. ¿Por qué textear se ha convertido en una droga que domina el control de las personas, a tal punto de realizarse mientras se conduce?

También me han dicho que la ley para prohibirlo “está en camino”. Si es así, que apure el paso.

La combinación texto-maquillaje, en la carretera, puede ser fatal, como ya nos hemos enterado. Pero existen resultados muchísimo peores y eso es lo que asusta cada día. No hay que acostumbrarse visualmente a un deporte –ni practicarlo- si lo vemos mal.



 Foto del autor

domingo, 27 de enero de 2013

AT & T es poder


En enero –o sea, este mes- disfruté con mi familia de un día estupendo de playa con aguas cristalinas y cero oleaje. Podía haber sido una jornada con cero estrés. Las mansas aguas de Key Biscayne garantizan a unos agobiados padres de mellizos un tiempo de relax solamente manteniendo en alerta el sistema de observación, tumbados -¡qué lujo!- en la arena. Incluso, mi mujer estuvo tentada a sacar su libro electrónico.
Vivimos en Kendall, o lo que es lo mismo, en el campo. Miami Beach es una odisea de destino. Ayer lo conversábamos entre amigos: El lado terrible de Miami está reflejado en las “horas nalgas” que uno tiene que dedicarle al volante. Pero todo no se puede tener. Descubrimos que Key Biscayne, por la US1, en enero, es bastante viable, expedito me atrevería a decir. La isla está conectada a la península por un puente espectacular que ahora mismo está en obras. Están reparando, me han dicho, el puente viejo. Llegar a Key Biscayne cuesta un dólar con 50 centavos, sólo cash.
Una vez en la isla, mi mujer me ordenó que apuntara hacia el final.
 –Tira todo tieso-, me dijo en un español legítimo que tan bien sabe combinar con el catalán.
Sin mirar apenas hacia los lados –los niños dormían en sus car seat-, enfilé hasta que se terminara la carretera, que, siendo una isla aquello, en algún momento no muy lejano debía acabar. Pero antes del fin nos detuvo una barrera. Habló en inglés una muchacha, a diferencia del primer “filtro” antes del puente que no sé bien cómo fue que nos fichó en español.
Ocho dólares por vehículo cuesta el acceso al faro que está en el final, un sitio paradisíaco bien recomendado y luego corroborado por este matrimonio de exploradores que solo busca su minuto de sosiego entre la manigua –Kendall- o en las aguas tranquilas de Bay Biscayne. Miami Beach, en nuestro paquete de posibilidades, cada vez más deja de ser una opción.
Los ocho dólares por automóvil bien valen la pena. Cualquier trabajador los podría pagar y no le sabría mal. Aquello es un parque natural con playa serena -¡qué cansino soy!-, tumbonas y sombrillas que se pagan aparte, además de una cafetería/restorán cerca del faro (Lighthouse Café) donde se puede comer medianamente bien de precio un pescado fresco.
Como los periodistas nunca dejamos de trabajar –la noticia nos persigue, y este fin de semana teníamos al dictador Raúl Castro en Chile, envuelto en una bola de humo-, chequeé mi teléfono con amor, mientras disfrutaba del azul claro del agua en reposo. Para mi sorpresa, no tenía conexión, ni telefónica ni de internet. Había trabajo pendiente.
En la cafetería me dijeron que quienes únicos tenían cobertura en ese lugar –el fin del mundo, precioso, pero desconectados- eran los de AT&T. En ese caso, yo no era un elegido. Entonces me dejaron llamar a mi jefe desde la línea fija de la cafetería, amablemente y gratis, como muchas veces ocurre entre las tantas personas que “se enrollan” en Miami.
El problema se resolvió. No pienso cambiarme de compañía –a no ser que AT&T me ofrezca un plan especial- y no pienso dejar de ir -en enero y mientras llega la temporada oficial de verano- a ese final del mundo donde hemos pagado los ocho dólares más sabrosos de la vida.
La cuestión estuvo, quizá, en la sorpresa. Con el afán de salir rápido, habíamos dejado una llamada telefónica para el final. Nadie podía imaginarse que en Miami –porque estábamos en Miami- te vas a quedar sin cobertura en un día de sol, en una isla donde viven personas muy solventes. Según Google, el censo del 2010 reporta que viven allí 12 mil 344 habitantes.


(Foto María García)