Extravagancia de un calendario impuesto en, al menos, tres generaciones de cubanos
Hoy es un día muy especial. Me quita alrededor de cuarenta años solo
pensar en este día. Me deja sin dolores de cabeza, sin gafas progresivas
(la mejor alternativa para las bifocales de toda la vida), sin
entumecimiento en las manos cuando existe humedad (que en Miami se
siente todos los días), sin las manías de querer entenderlo todo (que es
un verdadero rollo existencial).
Estoy en short, sin embargo, porque el clima así lo requiere. Y la
verdad, no me veo ridículo. Consuelo de cuarentón que, a esta edad,
acaba de ser padre de familia, con todas las responsabilidades que esto
trae aparejado pero que, a ciegas -¿de verdad fue así?-, más temprano
que tarde comprendió que tener hijos es la mejor manera de aterrizar
definitivamente.
Hoy se podría volver a la semilla sin convocar demasiados demonios,
en un flash back bien pensado –a toda carrera- que insuflaría un poco de
aire fresco con la visualización –regodeo- de los lugares que no
pisaremos nuevamente.
La apoteósica acogida que ha tenido Yoani Sánchez en esta ciudad, al
margen de la elucubración política, que es lo que más duele, sirvió para
despabilar emociones dormidas. Ponerlas a dormir había sido un recurso
seguramente extremo del exiliado, pero no queda más remedio.
De la misma manera, despertarlas es asumir el riesgo de retomar el tiempo, con toda la responsabilidad que esto supone.
No habrá tiempo adicional –aunque lo merecemos- para ver realizados
ciertos sueños. El quit de la cuestión es posible que esté en mirar
detenidamente logros parciales, que los hay. Y reírnos un poco de lo que
no fue posible, si tenemos en cuenta la grandiosa suerte de haber
nacido en un país surrealista.
Hoy, por ejemplo, podríamos sentirnos escolares. Podríamos sentirnos pioneros. O sea, niños.
Es la única ventaja del calendario extravagante que nos impusieron para siempre.
Esta crónica se publicó originalmente en www.cubanet.org
jueves, 4 de abril de 2013
martes, 2 de abril de 2013
Odio los parques
Casi no me acordaba de
la tristeza que me transmiten los parques hasta que encontré hoy esta foto en el
mundillo de Facebook. La realizó mi amiga Mari-Carmen Marcos, supuestamente
desde la terraza de un ático en las inmediaciones de la Sagrada Familia.
Efectivamente, en la
foto no se ve ningún parque. Ni siquiera se sabe bien –si no se conoce la
construcción fálica de la Torre Agbar- que se trata de Barcelona. Parece un
paisaje corrosivo, imaginariamente en suelos de Chernobil muchos años después
de que los naturales pudieron regresar e instalarse allí nuevamente con todas
la comodidades, incluyendo un arcoíris permanente –prestado- que les situaron
como cortesía por todo lo que hubo de pasar.
El parque, créanme, por
favor, está debajo de esta foto.
Barcelona, para mí, es
un parque donde no pasa el tiempo. Es una pena que tenga que recordar así. Pero
cada cual tiene sus propias vivencias.
Yo fui a Barcelona, básicamente,
a crear una familia. Para ello tuve que pasar muchas horas en los parques
cuidando ancianos y enfermos terminales.
La frase “tengo ganas de
morir” me acompañó inexorablemente en boca de personas a mi lado que iban en
dirección contraria.
Hay muchas historias,
pero la clásica es la de un hombre de cincuenta y pocos años afectado de
Esclerosis Lateral Amiotrófica que me pidió altramuces como último deseo,
sentados -¡cómo olvidarlo!- en el parquecito con un pequeño lago frente a la
fachada de la Sagrada Familia, la que
ostenta un singular árbol de la vida.
Y, claro, yo no nací
para eso.
Fueron solo circunstancias
que se extendieron en el tiempo más de lo debido, más de lo calculado, más de
lo deseado.
El efecto es un daño
irreversible que me imposibilita disfrutar al máximo de un parque agreste de
Miami en compañía de mis hijos mellizos que tienen ahora un año y medio.
La metáfora de la foto se
presenta como un juego de interpretaciones, mediante el cual cuada uno se
llevará -o se quedará- recuerdos de Barcelona si acaso alguna vez hubo de dejar
esta preciosa ciudad.
Lo más preocupante, en
todo caso, sería por qué esta imagen me
hace pensar en un parque.
Foto de Mari-Carmen Marcos
viernes, 22 de marzo de 2013
Bebo, verticalidad y dulzura
Nada que hacer, nada que decir fuera de la admiración hacia una
persona vertical, lo mismo en sus principios que en su vida artística.
Duele mucho esta noticia de la muerte de Bebo en Escandinavia a sus 94 años –se lo llevaron a Estocolmo los hijos de su último matrimonio-, aunque, debido a su edad, su alzheimer, su deterioro general, un anuncio como este se espera desde lo más profundo y no se pregona ni se comenta que pueda pasar.
En principio, porque uno no quiere que desaparezca lo que tiene como ejemplo.
Además, hay pocos seres humanos como Bebo Valdés que se quieren desde la distancia.
Pianista de Tropicana -oficio puro de cabaret, como el oficio de médico o de juzgado de guardia-, dejó en su hijo la impronta de atacar al teclado con amplios registros, porque también su descendiente sacó las manos grandes, su altura física. Se fue a vivir a Escandinavia enrolado en una orquesta y allá conoció a una mujer y tal vez –siempre nos amarramos de algo impactante- esta unión sirvió de pretexto para recelar la dictadura que nos atacó a todos los cubanos.
Fue una pena que no regresara nunca, ni cuando su disco con El Cigala, Lágrimas Negras, se presentó en Cuba, en el Karl Marx, aunque su hijo, por cortesía, digamos que lo sustituyó, para no crear el vacío.
Total, el vacío estaba de todas maneras.
Con él, se suma a la lista donde está Celia Cruz una persona vertical y muy coherente, que no por estar lejos dejó su cubanía –o cubanidad- a un lado.
Todo lo contrario. El buen olfato de Fernando Trueba –cineasta deslumbrado abiertamente por la música cubana- lo llevó a una segunda juventud, y a mucho más que eso: lo puso en boca y oídos de generaciones de compatriotas que, por razones políticas, no lo conocían.
Es así de sencillo: el que se va Cuba –ahora no tanto- desaparece de los medios de comunicación en la isla; o sea, de la memoria oficial.
Lo vi en el Palau de la Música, en Barcelona, tocando a dúo con el bajista Javier Colina, ya con alzheimer, pero juguetón como siempre fue. Se le olvidaban las letras de las canciones. Colina lo miraba descaradamente y le daba el pie. Bebo incluso se fue de proscenio cuando no había terminado la función, confundido.
Nada, cosas de la vejez. Y ojalá que así sea con toda la gente que aporta notas de dulzura y amor a un pentagrama partido en dos, en dos orillas.
Este texto se publicó originalmente en cubanet.org
Foto de Uly Martín
Duele mucho esta noticia de la muerte de Bebo en Escandinavia a sus 94 años –se lo llevaron a Estocolmo los hijos de su último matrimonio-, aunque, debido a su edad, su alzheimer, su deterioro general, un anuncio como este se espera desde lo más profundo y no se pregona ni se comenta que pueda pasar.
En principio, porque uno no quiere que desaparezca lo que tiene como ejemplo.
Además, hay pocos seres humanos como Bebo Valdés que se quieren desde la distancia.
Pianista de Tropicana -oficio puro de cabaret, como el oficio de médico o de juzgado de guardia-, dejó en su hijo la impronta de atacar al teclado con amplios registros, porque también su descendiente sacó las manos grandes, su altura física. Se fue a vivir a Escandinavia enrolado en una orquesta y allá conoció a una mujer y tal vez –siempre nos amarramos de algo impactante- esta unión sirvió de pretexto para recelar la dictadura que nos atacó a todos los cubanos.
Fue una pena que no regresara nunca, ni cuando su disco con El Cigala, Lágrimas Negras, se presentó en Cuba, en el Karl Marx, aunque su hijo, por cortesía, digamos que lo sustituyó, para no crear el vacío.
Total, el vacío estaba de todas maneras.
Con él, se suma a la lista donde está Celia Cruz una persona vertical y muy coherente, que no por estar lejos dejó su cubanía –o cubanidad- a un lado.
Todo lo contrario. El buen olfato de Fernando Trueba –cineasta deslumbrado abiertamente por la música cubana- lo llevó a una segunda juventud, y a mucho más que eso: lo puso en boca y oídos de generaciones de compatriotas que, por razones políticas, no lo conocían.
Es así de sencillo: el que se va Cuba –ahora no tanto- desaparece de los medios de comunicación en la isla; o sea, de la memoria oficial.
Lo vi en el Palau de la Música, en Barcelona, tocando a dúo con el bajista Javier Colina, ya con alzheimer, pero juguetón como siempre fue. Se le olvidaban las letras de las canciones. Colina lo miraba descaradamente y le daba el pie. Bebo incluso se fue de proscenio cuando no había terminado la función, confundido.
Nada, cosas de la vejez. Y ojalá que así sea con toda la gente que aporta notas de dulzura y amor a un pentagrama partido en dos, en dos orillas.
Este texto se publicó originalmente en cubanet.org
Foto de Uly Martín
miércoles, 20 de marzo de 2013
Un teatro de guiñol duele mucho

Alegre nota de prensa leída en el exilio –alegre para los que amamos el mundo del teatro- vino
a sustituir el mar de quejas y denuncias que habitualmente lanzan los
periodistas independientes desde la isla: Vuelven los hermanos Camejo y traen
con ellos a Pepe Carril.
¿Quiénes son los que
regresan?
Nada más y nada menos
que los fundadores del Teatro Guiñol de Cuba, vejados, perseguidos e
incendiados por el régimen en los albores de eso que dieron en llamar
Revolución. Cuando decimos incendiados no es exageración.
Los comisarios políticos de la época ordenaron dar fuego a sus muñecos. Todo un crimen, cometido además con ensañamiento y no sabemos bien si con nocturnidad.
Todo porque los títeres de los Camejo (Carucha, Bertica, Perucho y José), que diseñaba Pepe Carril, aunque habían viajado el mundo, no encajaban con la estética y mucho menos con los arquetipos que necesitaba aquella gesta traidora, en aquella época bárbara.
El ultraje fue a más. Se extendió al teatro dramático. Directores, escenógrafos, actores fueron parametrados. ¡Qué barbaridad! Inventaron un verbo para purgar a la gente, para cazar a los artistas en base a su orientación sexual.
Algunos artistas optaron por el camino del exilio.
La escena nacional necesariamente tuvo que reinventarse y comenzar a colocar personajes heroicos, sovietizados, para poder funcionar. Se necesitaban obreros, militares, estudiantes, campesinos en escena. Todo lo demás estaba fuera de lugar.
Y así se reinventó el teatro, incluyendo el de guiñol.
Los Camejo y su diseñador de cabecera desaparecieron con profundo dolor.
Muchos años después –digamos que unos cuarenta- no fue tan necesario cargar con prototipos impuestos.
Pero vuelven en un libro. Las bases de los Camejo sirvieron para que creadores y críticos del teatro para niños investigaran y homenajearan a los agraviados.
Rubén Darío Salazar, en Matanzas, y Norge Espinosa, en La Habana, recopilaron suficiente información y acaban de presentar el volumen Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, por Ediciones Unión. Este texto anteriormente había obtenido el Premio Nacional de Investigación Rine Leal 2009 .
Curiosamente, la publicación surge al amparo (Unión) de instituciones culturales gubernamentales, las mismas, o parecidas, que en su día cometieron el ultraje.
Por supuesto que los autores de este importantísimo libro quedan eximidos de lo sucedido. Me consta su indignación por lo que pasó. Pero las instituciones, el mecanismo diabólico, no.
Será que ya es hora de pedir perdón, de cierta forma. Como mismo hicieron con Virgilio Piñera, también ultrajado, el más grande dramaturgo que tuvo la isla.
No es hora de olvidar, eso está claro.
Foto: Carucha Camejo (www.titeresante.es)
miércoles, 6 de marzo de 2013
Antropología teatral de la dictadura
Porque
conocemos el panegírico, la manera, el estilo, la puesta en escena, nos resistimos a la aflicción por “la pérdida” de Hugo Chávez, el pichón de
dictador que se empeñó en que los venezolanos volvieran a ver la película que ya
pasaron en Cuba, muy a pesar nuestro.
Recién comienzan las
condolencias en la Isla y en el querido territorio sudamericano, amañado de un
tiempo a esta parte por unos sujetos con muchas ganas de lucrar con el petróleo
y, desgraciadamente, como hicieron con nosotros, de echar a la gente a pelear,
a tirarse de los moños en plena calle en defensa de algo no precisamente
corpóreo.
Las ideologías a la
baja, cumpliendo un ciclo de caída libre, luego de un siglo de tirantez entre
dos bloques ideológicos creados por hombres en un laboratorio muy personal.
Pues bien –y lo afirma
quien escribe, que tuvo que hacer guardia de redacción en la embajada coreana
en La Habana-, la “pérdida” de Chávez es un show mediático con el objetivo de
entretener a una audiencia que desde el principio compró el culebrón. El
espectáculo tiene el propósito de, además de ganar tiempo para los que dirigen
la operación, desviar la atención de lo que está pasando ahora mismo en Cuba y
su constante violación de los derechos humanos.
Por un lado, Yoani
Sánchez, una de las personas más influyentes del mundo –según la revista Times-,
de gira por el mundo desmontando la plataforma castrista que huele a historia
antigua (por mucho que nos duela reconocerlo).
Por otra parte,
Carromero, político español, víctima directa de una conspiración y de un crimen
de estado, según se desprende de su testimonio, ha decidido romper silencio. En
otras palabras: compromete a la dictadura ante el mundo, de una manera clara y
directa. En palabras del político español, el gobierno cubano mató a dos civiles
pacíficos y a continuación realizó un juicio falso.
Me gustaría escuchar ya
la reacción de la dictadura, pero me temo que debe estar muy entretenida con la
muerte “prematura” de su delfín más preciado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


