miércoles, 30 de mayo de 2007

Doble vida

En agosto del año pasado, para paliar un poco mi déficit presupuestario, decidí colocarme en una portería, aprovechando un tiempo muerto estival. ¡Qué miedo me dan esos días en que todo fenece de una manera asombrosa! Hasta el bisabuelo que cuido se había ido de vacaciones, al campo, cerca de Moià; no se fue al Caribe ni a El Cairo, ni a Tailandia, ni a la Patagonia, porque ahora mucha gente se organiza viajes organizados, de esos que realizas empaquetado en un bus, o en un buque noruego fletado por una compañía argentina, para desembarcar con un frío que pela en la Tierra del Fuego, en el otro hemisferio. Ahora las distancias se acortan cada vez más, y el catalán, según he oído decir, es viajero nato, descubridor de tempestades allende los mares, porque el suyo, aunque parezca mentira, es un mar cerrado. La gran mayoría de todos los que conozco se habían ido de vacaciones, y me quedé suspendido en ese impasse del verano, cuando las caras de la ciudad cambian porque llegan visitantes de Noruega y de toda la península escandinava. Así que me conseguí una portería; o sea, una recepción o lobby de un edificio de la zona alta, donde podía leer en mis horas de trabajo, excepto los viernes que tenía que limpiar la escalera. El inmueble estaba prácticamente vacío (casi todos los vecinos se habían marchado a descubrir otros mundos), y apenas quedaron tres o cuatro inquilinos mayores de edad, con autonomía, a quienes sus parientes habían dejado al cuidado de los perros, loros y gatos de la casa.
Hay cosas demasiado curiosas en la vida, para no decir absurdas. Por suplencia, yo estaba de portero en un edificio lejos de mi barrio, mientras en mi barrio un portero, mi portero, cuidaba de mi edificio. Quiero decir que, en algún momento de la vida, mi portero y yo fuimos elementos homólogos, aunque él no lo sabe todavía. En ese tiempo fue cuando me percaté de que yo estaba llevando una vida por encima de mi nivel. No había caído en la cuenta. Lo digo porque se supone que, si mi edificio tiene portero, es porque la renta mensual es alta. Y de verdad que lo es. Pero, total, un trabajo es un trabajo, y, en fin, un techo es un techo. Sonó mi teléfono estando de conserje. Era de la empresa geriátrica para la cual trabajo. Me pedían otra suplencia, compatible en horarios con la portería. Se trataba de acompañar a un señor de unos 90 años al médico. Así me dijeron, inquiriéndome sobre si yo sabía manejar una silla de ruedas.
-Por supuesto que sí, -contesté-, ¿pero la vivienda no estará muy lejos del médico?
-No, todo está organizado, con un taxi adaptado para minusválidos, es solo por informarle el grado de invalidez-, concluyó la voz del auricular.
Creo que no he contado la cantidad de veces que acepté servicios por petición telefónica de última hora, aquella especie de castañas ardiendo que la empresa gestiona con pasmosa habilidad. Antes, a todo decía que sí. ¡Y me encontré con cada casos que mejor no mencionarlos! ¡Pobre gente! Ellos no tienen la culpa. Ellos solicitan compañía. Lo que sucedía era que la empresa pagaba por horas; quiero decir: no tenía tipificados los servicios y tu espalda podía sufrir demasiado por la misma tarifa. En tiempos negros siempre dije que sí, pero ahora, en aquel verano, ya estaba en condiciones de comenzar a cuidarme mis vértebras. Un poco por fastidiar, un poco en serio, me comporté como un puñetero. Pedí detalles antes de aceptar. Incontinencia, estatura, peso corporal, lucidez del cliente. A la voz coordinadora no le gustó mucho mi actitud, pero por suerte no había nada de qué preocuparse. Solo que el cliente se había cansado de caminar. Al día siguiente me presenté en casa del señor Martorell (era en el barrio de Sants). Me recibió amablemente. Lo tenía todo automatizado, desde pantalla de televisión en el intercomunicador de la casa, hasta una cremallera eléctrica con la que bajaba las escaleras sobre su silla de ruedas. En efecto, el taxi sacó una rampa por debajo del fuselaje, el hombre se colocó en ella y entró al coche sin problemas. Entre el conductor y yo lo sujetamos con unos cinturones de seguridad.
-A la calle Provenza-, indicó el anciano, y yo abrí los ojos como un búho antes de que arrancara el auto. Era en dirección a mi casa. Podría ser un despacho privado, de neurología, por pensar en algo, teniendo en cuenta que los edificios del Eixample están llenos de abogados y médicos especialistas. Podría ser. ¡Vaya casualidad! Media hora antes yo había salido del mismo lugar hacia donde se dirigía el taxi. Sonreí. Le dije al señor Martorell que yo vivía allí mismo, pero no le dio demasiada importancia. Era un señor acicalado sobremanera, perfumado escandalosamente, sereno, con clase, pero de pocas palabras. Me mataba la curiosidad, así que le pregunté exactamente qué tipo de consulta era. -¡Vamos al dentista!-, exclamó sin argumentar nada más. En ese momento, no sé si será posible, creo que pensé dos cosas a la misma vez. Una: ¿Qué hace un anciano de 90 años gastándose el dinero en el dentista? Y dos: ¿Sería en mi edificio? Sí, en mi edificio hay un gabinete dental, justo debajo de mi piso. Yo vivo en el antiguo apartamento concebido para el conserje (¿sería por esta razón mi continua fijación con mi portero?), pero en plan de alquiler desde hacía años. El inmueble es típico del Eixample, de principio de los años 20, de esos edificios profundos cuyas viviendas, dos en cada piso, son lo suficientemente alargadas como para tener dos grandes ambientes, el de la calle con su tránsito y ruidos, y el del interior de la manzana, donde, ciertamente, no te enteras de nada que pase en la entrada. El ascensor es una verdadera reliquia, una caja de madera expuesta a un patio de luz. En el trayecto vertical se ven ventanas tipo balcón, balcones que no son otra cosa que la antesala de uno de los dormitorios, por donde se escucha la marcha del motor y de todo el mecanismo de ingeniería instalado como una maquinaria suiza. Los que venimos de La Habana pocas veces tuvimos la suerte de ver, entre bambalinas, el funcionamiento de estos transportes, porque allá casi todos se deslizan a través de una bóveda.
Uno de estos inmensos apartamentos fue convertido en clínica dental, aunque, por esas otras circunstancias que tiene la vida, yo me atendí tres o cuatro veces en otro dentista. Llegamos a la puerta del edificio marcada con el mismo número de mi dirección postal. Se abrió la rampa otra vez y el señor Martorell bajó de marcha atrás y sin espejo retrovisor. Estaba acostumbrado. Despedimos al taxista, tomé el mando de la silla de ruedas y entramos. No le di tiempo a mi portero a preguntar nada. Me adelanté diciéndole:
-Aquí estoy otra vez. Vamos al dentista-. Y acto seguido nos dirigimos hacia el ascensor. Ya era demasiada casualidad que un anciano de 90 años quisiera ir al odontólogo, que encontrara uno que trabaje en agosto, y encima que sea el de mi edificio. Fue aquella la tarde de verano en la que mi portero supo por fin en qué yo trabajaba sin tener que esforzarse, yendo yo en short, mangas cortas y sandalias, como siempre voy en estas fechas.

Verano 2005

lunes, 28 de mayo de 2007

Congelados en el tiempo

Entre las cosas que precipitadamente dejé en La Habana había una foto en blanco y negro tomada con una cámara Zenit, modelo soviético con lente de 50 milímetros, de rosca, alternante con otras lentes más o menos pesadas pero cuya operación de monte y desmonte era toda una odisea. No sé cómo los soviéticos pudieron, al mismo tiempo, inventar una óptica tan suprema y un mecanismo de recambio tan tedioso, contraproducente para un periodista gráfico que podía perder la mejor instantánea en la tercera vuelta de rosa. Esas fueron las cámaras que nos acompañaron en la prensa buena parte del tiempo hasta que no sé quien compró un lote de Nikon y la inversión superó con creces la eficacia a la hora de hacer un cambio de objetivo.
Mi foto, aquella ajada y amarillenta estampa, impresa en formato de 5 por 7 pulgadas, recogía uno de los momentos en que el rockero argentino Fito Páez visitó la capital cubana por primera vez, en el lejano año de 1987. Aparecíamos, en plano medio y apaisado, de izquierda a derecha, Vivian, Fito Páez, Rosa María y yo. Vivian iba teñida de rubio (se veía la raíz del pelo) y portaba una sonrisa espléndida, contagiosa; Fito sonreía a medias, con una melena salvaje que le llegaba a mitad de espalda; Rosa María, rubia natural, de ojos azules (sé muy bien que eran azules), mostraba una melancolía demasiado seductora que se iba por encima de la sonrisita de compromiso que dibujó para la ocasión. Yo llevaba una melenita tipo los Bee Gees, con camisa blanca, risa suave y en el hombro izquierdo la correa del estuche de la cámara Zenit. Recuerdo que Vivian me haló de cuajo y, sin comprender nada, me hallé frente a la cámara y escuché como mi amigo Rafael hizo: Clic. Desgraciadamente ese negativo se perdió en una ampliadora del periódico Juventud Rebelde, pero me quedó la impresión en papel y parece que en el recuerdo también.
Vivian y Rosa María estudiaban Biología en la Universidad de La Habana. Yo estudiaba Periodismo. Estábamos en segundo año de la carrera. Nos escapamos sin saber que se realizaba entonces el último festival de la canción de Varadero. Ellas, supongo, perseguían algún ídolo, y Rafael y yo una aventura juvenil. Habíamos estado de polizontes en algún hotel de la hermosa playa azul y esa noche, según recuerdo, se cerraba el festival, con una presencia internacional y del patio de lo más selecta: Pablo Milanés, Silvio Rodríguez (que se negó a cantar porque llovía), Tania Libertad, Víctor Víctor, Baglietto, Fito.
Una de las dos rubias peligrosas de la foto, Rosa María, se convertiría en mi amante a la postre. Era una mujer muy madura para su edad, dulce, con voz infantil, seductora a más no poder, inteligente y llana. Lo digo en el plano de las actitudes, porque tenía unas curvas espléndidas. Fumaba con un estilo increíble, castigador, diría yo, y cuando sonreía se le abría una zanja entre los principales dientes superiores por donde se viajaba al mismísimo centro de la tierra. Su naturalaza era salvaje, lo que ofrecía un excéntrico contraste con su apariencia europea. No recuerdo haberla visto maquillada. Tengo clavada, sin embargo, la imagen de un trocito de picadura de cigarro pegado en su labio superior, y ella que no se daba cuenta y yo que se lo quería desprender de allí. Nos citábamos en mi casa, que entonces era el escampadero de los bohemios de la universidad. Mi casa tenía cinco dormitorios, tres cuartos de baños, un pasillo central por donde entraba sin dudas un Fiat 600 (el pasillo era un tubo de 20 metros de largo con las habitaciones a los lados); jardín, garaje y azotea. Las paredes estaban desconchadas y la iluminación general pobrísima. No había agua en los grifos porque la turbina, del tiempo de los americanos, se había estropeado hacía años. Había una cisterna en el sótano exageradamente grande, clausurada hasta nuevo aviso y cuyo fondaje, ya residual, debía almacenar diez centímetros de altura de un agua veterana No sé bien porque nunca me asomé a esos bajos mundos. De manera que espacio me sobraba, e infraestructura escaseaba en aquella Maison del otrora exclusivo barrio de Nuevo Vedado. Rosa María se movía a sus anchas por el pasillo, contoneando una licra que imitaba la piel de un leopardo (adelantadita ella a su tiempo porque las licras se pusieron de moda después). Llegaba por las tardes escapada de su marido (¡qué precoz, joder, cómo se le ocurre a alguien tener marido en la universidad!), y hervíamos un té con agua recogida, lo que, en pleno verano tropical, hacía brotar unos lagrimones de sudor desde las sienes, y aquellos ojos azules comenzaban a dilatarse. El té era un ritual llevado a casa por Rosa María. Una escena tan exótica entroncaba perfectamente con su parsimonia oriental, su suavidad descontextualizada siempre y esa manera suya de hacerme ver las cosas sin prisa aunque estuviéramos haciendo el amor. En todo caso la prisa la debía tenerla ella que andaba fugada del marido, y no yo que literalmente estaba detenido en el tiempo de esas paredes largas y desteñidas. No sé cómo se las ingeniaba para caer encima mío y cabalgar a sus anchas sobre mi cuerpo adolescente. Retozaba mucho rato así sin violentarme. Me poseía con la fuerza del té en vena, hasta que soltaba unos gemidos mortales simultáneamente con unos movimientos de caderas en vertical cortos y rítmicos. Entonces yo pensaba que se moría, y ahora, escribiendo estas líneas con una líbido del carajo, me doy cuenta de lo feliz que era conmigo. No digo más porque está muy lejos. Rosa María, como muchos cubanos, se marchó a Miami con su marido un par de años más tarde y le perdí la pista. Desapareció.
El recuento viene a colación porque un conocido, que sabía perfectamente mi pésima solvencia económica en Barcelona, me envió desde Madrid a una azafata para que le alquilara una habitación. Era azafata de verdad. La habían situado aquí en una compañía de vuelos charters y andaba desesperada buscando sitio. Era una cubana, obviamente, que se movía por la red de cubanos que habitamos el mundo y nos interconectamos de manera asombrosa. La azafata me llamó por teléfono y, a ciegas casi, aceptó precio, espacio y requisitos. Tenía un acento perdido, entre cubano pijo y español pijo. Aterrizó y, de lejos, vi a una muchachita veraniega, medio descalza y con buenos pectorales. Llevaba una maleta casi de su tamaño que interrumpía el paso a los peatones de la calle Provenza. No nos habíamos dado muchas señas física porque sospeché que, en el lugar donde le propuse quedar, a las doce del día, no iba a encontrar a ninguna otra azafata cubana. Me presenté a escasos milímetros de su rostro y le dije: “¡Coño, yo te conozco!”.
Registré mi disco duro en retrospectiva y hallé una foto en blanco y negro manchada de amarillo. Fui más rápido que ella. Le dije de entrada: “Varadero. Festival de la canción latinoamericana. Año 1987. Fito Páez después de un concierto. Llovía”.
“¡Síiiiiiiiii!”, me respondió. Habían pasado lo menos 15 años y esa chica estaba igualita. Se lo dije y ella no me dijo lo mismo. O sea, no me dijo nada. Sólo me regaló la misma sonrisa de la foto. No era Rosa María, era Vivian, la otra rubia, pero su presencia en Barcelona me hizo recordar muchas cosas. Esa foto, ¡esa foto cabía en mi maleta!


Verano 2003

viernes, 25 de mayo de 2007

Cierta opacidad interior

-¿Y qué te dijo el doctor Artusi?
-Pero, bueno, ¿es que no te enteras de nada?
-Yo solo veo, no oigo…
-No me vengas con eso que tú sabes leer los labios perfectamente, y, además, tienes una intuición tremenda. Bien que podrías haberme ahorrado el dinero.
-Por cierto, todavía no sé por qué tuvimos que ir a una de las clínicas más caras de Barcelona. Te agradezco el detalle, el nivel, vamos, pero soy una retina bastante sencilla, proletaria, de las del montón.
-Fue lo que se presentó, hija mía, y no quería esperar más para no ponerme nervioso; o sea, no quería hacerte esperar.
-Me encantan tus protocolos. Sabes ser dulce cuando quieres y tienes un arte para manipular asombroso. Tú y yo vamos a cumplir el mes que viene 38 años juntos, habiendo pasado las de Caín y, además, no pocos contrapunteos nos han hecho crecer en nuestras relaciones filosóficas. Por no decirte que fisiológicamente no nos queda más remedio que soportarnos… Perdona que te hable a camisa quitada, pero bien sabes que vemos el mundo diferente. No soporto tu romanticismo.
-Vale, vale, vale. Por ese camino vas a lograr que no te cuente lo que me dijo el doctor Artusi. Y creo que te interesa. Si sigues molestándome me voy a tomar una cerveza aquí enfrente y te planto un soberbio No coment de esos que yo sé decir. Tenemos tiempo de sobra para disquisiciones filosóficas.

Yo acababa de salir de la Clínica de la Retina y, como aún llevaba las pupilas dilatadas, no veía un burro a tres pasos. La chica que me cobró antes de salir, me ofreció un plano del barrio para que pudiera encontrar fácilmente la estación de los ferrocarriles catalanes, pero como lo veía todo fuera de foco –y mis dos objetivos dilatados no contaban con la cómoda solución óptica de “imagen partida” que han incorporado los fabricantes de lentes fotográficos-, pues me perdí en dos cuartas de tierra y di más vueltas que un trompo buscando la estación. Me asusté hasta que vi la Vía Augusta y recordé que la zona me era familiar. “Lo único que me falta es que coja el tren en sentido contrario”, pensé mientras trataba de analizar las manecillas de mi reloj de pulsera con la poca nitidez que me quedaba. Nada. Ni siquiera pude enterarme de la hora. Me aproximé al tiempo calculando el rugir de mi estómago, que me pedía, creo recordar, un bistec con cebollitas picadas en rodajas, pimiento verde, patatas en cuadritos y arroz. Era el menú del día en mi casa, así que no había otra tentación posible ni un caprichito fuera de lugar. Mi ojo izquierdo, siempre de guardia y portavoz de la pareja, esperaba una respuesta. Mi estómago, desentendido, no sé por qué, con el ojo, esperaba otra. Yo trataba de enfilar mis pasos hacia el buen camino –“¡quiero llegar a la casa, si us plau!”-, o lo que es lo mismo: desembarcar en el andén correcto dejando atrás por un rato el fuerte sol del mediodía que me resultaba, lógicamente, el triple de agresivo. No se me olvidará ese mediodía de junio porque preludiaba un agosto insoportablemente abrasador. Para ir a la consulta –una consulta a la una de la tarde, ¿a quién se le ocurre?- había subido a la Bonanova en el 70, y al salir, se me ocurrió preguntarle a la chica de la recepción por los ferrocarriles catalanes, que me dejan en Provenza. Y, con la vista delirante como si estuviera drogado –lo único que me faltaba era ver elefantes subiendo por las paredes-, divisé la estación de Las Tres Torres y me sumergí contento. Egoístamente contento.
-¿En uno de estos edificios fue donde conociste a Solange, verdad?
-Tienes una memoria de elefante- le dije a mi ojo izquierdo coincidiendo con su retentiva gráfica. –Mira, esa te la debo, porque la verdad es que la chica estaba hermosísima y me permitiste taladrarle el corazón con una mirada lasciva, pecaminosa pero educada, de esas que tú sabes sostener y que no puedes evitar.
-No me eches la culpa a mí que yo hago lo que tú me ordenas. Tú eres el incontrolado, el mirón si se quiere. Y tus sentimientos locos un día me van a matar de la vergüenza. Recuerdo que cuando viste a Solange se te querían salir los ojos…Vamos, que me querías expulsar de mi órbita y me tuve que pegar como una ventosa a las paredes líquidas. Me tuviste humedecido durante un buen rato mirándola y, como no oigo a tu interlocutor, me tuve que conformar con el rosario de sandeces que se te ocurrieron para comenzar a conquistarla. Me llevabas dislocado de un lado hacia otro y de arriba hacia abajo, exactamente igual que todos los meneos que tuve que hacer ahora para que el doctor me mirara por dentro. Por cierto, ¡qué ácidas estaban esas gotas que me puso!
-¿Acaso crees que todas las sustancias van a tener un PH neutro como yo, amigo mío?
-Vamos a dejarlo ahí, que tú cuando te levantas parece que has desayunado ácido de batería…
Yo no tenía ganas de hablar con nadie, porque me incomodaba sobremanera ver las cosas fuera de foco, aunque, paradójicamente, me embargaba una alegría extraordinaria la confirmación de que no tenía nada grave en la vista. Llegué al oftalmólogo luego de pasar por delante de dos ópticos para que me hicieran gafas graduadas. ¿Cansancio de la vista? ¿Dolores de cabeza? ¿Muchas horas delante de un ordenador? ¿No distingues bien los números de los autobuses? ¿Tienes 37 años? ¿Y nunca has ido al oftalmólogo? Uno primero y otro después, los optometristas me enviaron a una clínica especializada cuando, al intentar acercarse al fondo de mis ojos, descubrieron una opacidad intrigante. La primera en descubrírmelo fue una chica de Óptica 2000, del Corte Inglés de la Diagonal, quien se negó a hacerme las gafas y me despidió apenadísima con una expresión que solo pude interpretar dos horas más tarde, reconstruyendo los hechos. Era como si ella pensara: “El pobre, ¡no sabe lo que tiene!”. El otro, un hombre joven y bastante frío, de General Óptica, también en la Diagonal, fue más preciso: “Te veo una nube extraña en ambos ojos. Debes visitar a un oftalmólogo”. Así que, por recomendación de una amiga que se atiende allí, me llegué a la Clínica de la Retina con un hueco profundo en la billetera, pues el día anterior me habían hecho una endodoncia en el molar 37 superior, que me había costado 160 euros.
Mis ojos color aceituna, herencia materna no solo en los tonos sino, además, en el dibujo, hasta el momento habían visto poco mundo. Habían visto paisajes únicos e irrepetibles a lo largo de la geografía cubana y habían sido objeto de una cruel declaración en los tiempos del pre-universitario cuando Olguita, aburridísima en el laboratorio de Física, un día me tapó la nariz y la boca con sus manos y me dijo: “Tienes unos ojos preciosos”. Yo no sé dónde estará Olguita y si recodará lo que me dijo, pero aquella declaración me vino a la mente mientras el doctor me escudriñaba las entrañas con una luz insoportable, con todo mi rostro metido dentro de un aparato intergaláctico en las alturas barcelonesas de la Bonanova.

-¿Y por fin qué te dijo el doctor Artusi?
-Tienes, y comunícaselo a tu compañero, tienen una catarata congénita que, ni es progresiva, ni afecta la visión. Según las estadísticas, soy, sois, un caso entre cinco mil, y me dijo el doctor que él se encuentra con dos o tres de estos casos al año. ¡Ah!, y que tengo, tenéis, un mínimo de astigmatismo que por ahora no es preocupante, así que no llevarás anteojos de El Corte Inglés, ni de General Óptica ni de algún otro sitio. ¡Mira que venir a enterarme en Barcelona que tengo una catarata congénita….!
-¿Y cuánto te costó enterarte de lo que tenemos?
-90 euros. Casi nada.
-¡Joder! Con ese dinero nos vamos a la Barceloneta a echarnos unos colirios de top less, tomándonos unas cervezas, y luego nos vamos al cine.
-Sí, y también nos compramos unos prismáticos para curiosear las ventanas indiscretas ahora que comenzó el verano. No creas que no le voy a sacar la inversión a ese ático omnisciente que nos acabamos de alquilar.
-Mira, cómprate para hoy un cupón de la ONCE ahora cuando salgas del tren, que a lo mejor nos lo sacamos.
-Tiro hecho. Venga, dame los dos euros que hoy es viernes. Y, por favor, aunque lo pienses, no me llames iluso…


Verano 2003

miércoles, 23 de mayo de 2007

Leticia

Después de tres meses sin hablar prácticamente con nadie –excepto con los viejitos y con la gente de sus casas-, comenzó a sonar mi teléfono el día 21 de abril, cumpliéndose con puntualidad el vaticinio que me llegó escrito a mano desde la isla. Mi madre, a quien después de los 50 se le despertó un mundo nuevo con el espiritismo, había consultado en mi nombre a un tarotista medio brujo que reencarnó en un indio americano, según él mismo me confesó en una sesión íntima cuando me practicó un rogamiento de cabeza. Este hombre, quien además era nuestro vecino y yo no supe de sus contactos con el más allá hasta hace muy poco, le aseguró a mi madre que a partir del 20 de abril mi situación iba a mejorar notablemente. No falló porque, como ya digo, el 21 tuve al menos un par de sorpresas. Esta vez el poder de la mente fue demasiado lejos al realizar una conexión Habana-Helsinki-Sabadell-Barcelona.
Resulta que María Antonia, la primera novia que tuve en mi vida a los quince años, o al menos la primera mujer que ví desnuda, había ido de visita a La Habana y el recuerdo la llevó a mi casa. Ella hacía siete años que vivía en Helsinki porque se había casado con un cartero finés que luego se la llevó de la isla. Pues mi madre le dijo dónde yo estaba y le dio mi dirección de correo electrónico y mi teléfono. María Antonia, a la usanza de los viejos tiempos, prefirió enviarme un mensajero terrenal en lugar de un mail, y así fue como Leticia, su prima, que vive en Sabadell, me llamó y quedamos esa misma noche. Tengamos en cuenta que a Leticia hacía 20 años que no la veía y que, la única vez que la había tenido delante, ella rondaba los 11 y yo los 17 años. Con esas cuentas rápidas la cité para una de las cuatro esquinas de Paseo de Gracia y Aragón, un sitio que, además de quedarme de camino, me daba cierta movilidad para improvisar cualquier incursión que hiciera falta. Llegué con puntualidad para no hacerla esperar, porque me había dicho por teléfono que portaba un cuerpo que llamaba mucho la atención. Claro, capté al vuelo que se trataba de una broma cubana ya que aquí nadie, casi nadie, se mete con las mujeres por la calle, excepto los albañiles de andamio que a esa hora debían estar viendo el fútbol. Así que no quise elucubrar demasiado y me ajusté más a pedirle señas de su vestuario.
Fue muy fácil reconocernos. Su carita alegre no había cambiado mucho, pero su cuerpo ya no era grácil –no era de niña, claro-, y tenía los kilos típicos de una cubana paridora, según se apresuró a contarme. Ese mismo día, Leticia había perdido el trabajo en una fábrica de textiles y, para aliviar el encabronamiento, se había dejado doblegar por el poder de los cubatas. Tiramos hacia arriba en busca de un salón de baile que yo conocía perfectamente y que nos pillaba cerca, pues, me dije, el fuego que trae esta mujer hay que sacarlo con fuego. Hablaba alto, disparatadamente, vulgarmente a lo cubano, lo que me hizo sentir, más que avergonzado, en mi patio de nostalgia.
Bailamos sin mirar al suelo, entre risotadas y meneítos de caderas. Nos tomamos un par de copas –yo a palo seco; ella siguió con sus cubatas-, y luego nos fuimos a mi piso que no había visitado nadie aún. Pero, como yo sospechaba, aquella fiesta altisonante no era otra cosa que una válvula de escape para una mujer que llevaba ocho duros años en Cataluña, con un hijo ya adolescente y habiendo realizado los trabajos más ocasionales. La música la escogió ella, el diseño de iluminación corrió a su cargo, elevó las cortinas que yo no me atrevía a levantar hasta que no me sintiera con un mínimo de identidad en aquel espacio; se subió a una banqueta tipo bar que tengo para invitados –¿qué invitados, si no había ido nadie a mi casa desde que la alquilé?-,y, no sé si ella lo quiso así, pero quedó debajo de una luz cenital que la silueteaba, ocultando los detalles de su rostro. Yo que he visto tantos monólogos en mi vida –en el teatro, quiero decir-, recuperé con tal imagen mi contubernio con las tablas, como aquel observador que fui y que al día siguiente tenía que entregar 60 líneas al periódico, haciendo fortísimos actos de fe para que la reseña quedara lo más digna posible dentro de lo que me dejaban decir. No sé bien qué pasó. Leticia no había comenzado a hablar –solo se acomodó debajo del haz de luz- pero la intuición me indicaba que iba a presenciar un soliloquio improvisado, desgarrador y efímero. Voy a intentar reproducir sus palabras en primera persona porque vale la pena volver a escucharla:
“Mira, Jorge, tú no te acobardes que lo que yo he pasado en esta vida no se lo deseo ni a mi peor enemigo. A los dieciséis me casé y enseguida tuve a mi hijo Yosvani. Pero, aventurada al fin, y precoz también, el matrimonio se fue a pique y tuve que regresar con el tirano de mi padre. Como no me gustó nunca estudiar, me lancé a la vida fácil, entre comillas, para independizarme al menos económicamente. Y poco a poco me fui metiendo en los ambientes nocturnos de La Habana donde abundan los billetitos verdes. Me tocó la época de las redadas fuertes de la policía en busca de jineteras, ¡que dañan la imagen del país pero, coño, ingresan una cantidad de dólares a la economía nacional del carajo! Hasta que me cogieron y me llevaron a una estación que está en el Malecón. Como yo tengo la boca un poco salá, empecé a decirles que yo hacía con mi cuerpo lo que me daba la gana, que ellos no eran nadie para prohibírmelo, que saliendo por la puerta iba a ir a buscar un extranjero, que iba a gritar a los cuatro vientos que yo era una puta. Me metieron en un calabozo y allí continuaron el interrogatorio y yo gritaba más alto cada vez. El oficial que tenía delante no aguantó más y descargó toda su ira contra mi rostro y me golpeó tan fuerte que me fracturó el tabique de la nariz. Yo había mandado a llamar a mi padre que, como tú sabes, es militar, y el muy cabrón estaba detrás de la reja cuando me rompieron la cara y no hizo nada. Ese mismo día pensé en irme del país fuera como fuera, porque, teniendo la bestia tan cerca, qué carajo iba a hacer yo en Cuba. Y me fui, claro, pero no he dejado de sufrir. Al cabo de los años, porque creo que las cosas deben resolverse sin rencor, llamé a mi padre y me dijo que él no tenía ninguna hija que se llama Leticia, y me colgó el teléfono. ¡Imagínate, yo que pensaba que la distancia, el amor filial, si es que lo hubo alguna vez, lo iban a hacer reflexionar! Pero su compromiso con la patria, según su propio lenguaje, era más importante que yo.
“Aquí he limpiado suelos con la frente bien alta, trabajé de canguro y también ejercí la prostitución en un bar de mala muerte. Eso no se lo he contado a nadie y no sé por qué te lo cuento a ti. Debe ser que ya no me cabe adentro esta historia y los cubatas estos me han hecho vomitarla. O que me inspiras confianza, yo qué sé…Pero dejémoslo ahí. Ahora tengo 31 años y unas ganas de vivir del carajo. Por eso cogí el tren sin pensarlo y vine a ver Barcelona de noche. Mañana será otro día. ¿Por cierto, no tendrás algo de ropa más cómoda que esta?”.
Leticia no soltó ni una lágrima. Yo hubiera llorado por ella, pero supuse que esa acción no cabía dentro de su perfil. Cuando quiero, desenrosco la llave de paso y limpio mis lagrimales con la sal del emigrado, una sal casi siempre etílica y, como ya he dicho, con nada de hielo. Fue una obra en un solo acto, sin apoyaturas escenográficas, sin cambios de luces, sin banda sonora, sin efectos especiales, sin otra dramaturgia que la improvisación. Me acordé del fabuloso monólogo de Estorino Las penas saben nadar, interpretado magistralmente durante años por Adria Santana, también sentada Adria sobre una banqueta. Sobre aquel escribí una tímida crónica y sobre este, al que asistí en primera fila sin parpadear durante 20 minutos, otorgué un silencio sepulcral a Leticia, hasta ahora que me animé a contarlo.
Al día siguiente, tempranito, la acompañé hasta la estación más cercana de los ferrocarriles catalanes con la promesa mutua de que esos cubatas no se iban a quedar ahí.


Primavera 2003

lunes, 21 de mayo de 2007

Tejanos

El sol está afuera, sin nubes, aunque corre un aire gélido y tenemos que sentarnos de cara a la luz, protegidos en las espaldas por una cortina de edificios rompevientos que discurren a lo largo de la Vía Julia. José, mi abuelo postizo, va envuelto como una cebolla de siete capas, superpuestas por mí con mucha delicadeza y vigor al mismo tiempo: está tan débil que me da miedo empujarlo al suelo mientras lo visto, pero no puedo permitir que me haga tratarlo con pena. Lleva, además, guantes, bufanda y gorra del pueblo.
Enciendo un cigarro como parte de un ritual matutino que me lleva, invariablemente, a pensar en una canción de Sabina que habla de los abuelitos al sol. Abro las páginas de un libro y no me puedo concentrar. Quiero pensar en una noche en la que había tenido un sueño erótico con los pechos de Maika Vergara, una cronista “del corazón” de quien tuve noticias por primera vez a raíz de su prematura muerte, que ocurrió, coincidentemente, a causa de un accidente cardiovascular. Yo estaba bastante molesto desde que desperté y me di cuenta de que había soñado con alguien que había calado en mi subconsciente por culpa de la información subliminal.
Hay algo de lo que no podré evitar reírme en el tiempo de vida que me quede. Y es el gran absurdo de que a mí me pagan por ver ciertos programas del corazón. Me pagan en metálico, no es broma. A 7.84 euros la hora. No es que un equipo de sondeo de los programas “rosa” me pague eso, pero el resultado es el mismo y, como está bien pagado, justifico los medios. Es la señora de la otra casa donde voy a trabajar, la mujer del otro abuelo postizo. Se traga todo el cotilleo que le pongan delante y asegura que no le gusta el chismorreo, que solo lo hace por estar informada de lo que sucede a su alrededor. Y, para hacer tiempo antes de llevar a la cama a su marido, me dice: “¡Siéntate, que es temprano!”. Así fue como visualicé todos los homenajes póstumos a la recién fallecida cronista, quien, según insistieron sus compañeros en medio del dolor y la tristeza, gustaba de llevar escotes pronunciados.
Así que, atando cabos, responsabilicé de mi sueño erótico a la esposa del abuelo Jaume, un hombre noble de espíritu y culto donde los haya, enfermo ahora de parkinson y camino a terminar sus días frente a la pantalla rosa de un televisor. Y no es que tenga yo algo en contra de Maika Vergara ni de alguno de sus colegas, sino que me sorprendió verme en la Vía Julia del Nou Barris, a miles de kilómetros de mi casa de La Habana, con un frío que pelaba, recapitulando un sueño inducido por la sociedad, confirmándome eso mismo, que nadie, casi nadie, para no ser absoluto, escapa.
Lo del sueño con la cronista había sido semanas atrás. Así que lo pasé de largo lo más rápido que pude para poder concentrarme en un sueño erótico real, si es que cabe que algún sueño pueda ser real. La mañana anterior, realmente, yo había decidido regalarme por navidades un tejano, y entré a un comercio cercano donde había una chica sola, aburrida, ambientada por esa música estandarizada de discoteca que le da un toque alegre a ciertas tiendas juveniles. La saludé con una sonrisa y le expliqué mi deseo textil, impulsado por el engaño de hacerme feliz en estas fechas sumamente tristes si tienes tu familia lejos. Era rubia artificial, pero tenía el cabello largo y cuidado, brilloso, sedoso; estaba ligeramente maquillada y vestía con buen gusto. Debía tener unos treinta años. Me trajo tres o cuatro modelos de mi talla y me indicó el probador dentro de aquel recinto tibio y pequeño. Me probé todos los tejanos y le pregunté si me podían arreglar los bajos. Pues sí: servicio completo, profesional, a la medida. Pagué y le dije adiós a través del cristal. Como ando ligero de sueños, y al parecer en perfecta combinatoria entre lo subliminal y lo real, esa misma noche se me volvió a disparar el erotismo involuntario. Fui más abajo del torso y en esta ocasión tenía música de discoteca.
El abuelito José se preocupa por mi silencio. Hace una ruptura intelectual drástica. Me pide que localice los resultados de la Liga de Campeones del fútbol en las páginas del Metro. Abro el diario pero sigo pensando en que tengo que recoger el tejano esa misma mañana. La chica me había advertido que la costura se resolvía de un día para otro. Me desdoblo. Vocalizo, como un lector de tabaquería, las estadísticas de la Liga de Campeones. El abuelito se las sabe de memoria. Las había escuchado en la radio por la noche antes de dormir. Comprendo que quiere asegurarse de que nada ha cambiado en 12 horas, y me hace pensar que le gusta escucharme para no sentirse solo. Hacemos un dúo alternativo. Yo digo: “Barcelona-Osasuna…”, y él dice: “2-1”. Entonces leo mal a propósito y me rectifica. Se las sabe todas. Me hace reír, me relaja. Me pongo de pie y le aviso que voy a darme un saltico a recoger el tejano, que se porte bien y que procure que no lo rapten, pues no podríamos pagar el rescate. Nos reímos.
Entro a la tienda. La hipotética rubia hace ver que no me reconoce. -Vengo a recoger un pantalón-, le digo. -¿A nombre de quien?-, pregunta. Paso por alto su estrategia de hacerme impersonal. Entonces ella me dice algo que yo no esperaba pero que encajaba en su contenido de trabajo: -Ya está tu pantalón arreglado, si quieres, puedes probártelo-.
-Me gustaría contarte algo si tienes tiempo y si me aseguras que no lo tomarás como una falta de respeto-, respondí a cambio. -Tengo tiempo, no viene casi nadie a esta tienda. Y lo otro lo dudo. Me pareces unas persona educada-, fue su salida. Así que me explayé sin casi respirar:
-Mira, es que anoche tuve un sueño erótico contigo. Te pido de favor que no te enfades. Los sueños no se pueden dirigir. Como este espacio es tan pequeño, te sentía muy cerca. En realidad lo estabas. Esta cortina de tela es tan frágil que no va a insonorizar la respiración, y siendo tan corta, me verías los pies descalzos y verías cómo me coloco los pantalones. La dejé abierta deliberadamente. Era como si nos conociéramos de toda la vida. Mientras yo me cambiaba de un tejano a otro, tú me ibas dando tu parecer desde el mostrador, hasta que entraste y me dijiste que, si quería, me marcabas los bajos. Cuando te agachaste, vi la piel de tu espalda como nacía desde la cintura, una piel delicada, poblada en esa zona por un tapiz sensual de vellos claros. Vi la raíz de tu cabellera haciendo un contraste liviano. Te erguiste y rozaste conmigo. Me miraste a los ojos a menos de diez centímetros de distancia. Debajo de las miradas, tus manos comenzaron a acariciar mis glúteos y luego mi sexo que, como debes imaginar, estaba a punto de reventar la tela menor.
En mi puesto de cliente, estatus que marcabas con delicadeza a cada paso, yo no debía tocar nada de la tienda sin autorización. Así hice. Me dediqué a mirar cómo tomabas las medidas de todo mi cuerpo. Me encantaba aquel ejercicio de manos libres, pues podía disfrutar mirándote como me hacías el amor con toda la profesionalidad de una vendedora que intuye qué me convendría más, con qué pieza me quedaría definitivamente, intercalando ofertas y relación calidad-precio.
“Mi trabajo es usted”, al fin dijiste en un momento álgido en el que se necesitaba más que nunca una voz. Me sentía en las nubes, comprando al por mayor y al detalle al mismo tiempo.
“Quiero esos tejanos”, solicité señalando los que llevabas enrollados en los tobillos, y acto seguido me los pusiste y sentí que estaban húmedos. Ahora estabas desnuda, pero calzada, como en las películas. De pronto, recordé al abuelo José y levanté la vista por encima del vestidor. A través del cristal parecía justamente lo que dice Sabina: un abuelito al sol, meditabundo, quizá dormido, pero solo, en medio de tanta gente que pasaba de largo y lo miraba por encima del hombro. Había perdido la noción del tiempo. Le prometí una incursión de cinco minutos a tu tienda. Tal vez habían pasado diez. Todo había sido muy rápido, surrealista, y tú olías a flor salvaje. Te besé en los labios y salí corriendo con tejanos de mujer. Me deslicé a su lado como una liebre y le dije: -Yayo, aquí estoy-. No respondió. El olor a sexo de tu tejano envolvió la escena. El abuelo no oye bien, pero huele magnífico. Los abuelos saben mucho de la vida, han vivido lo suficiente como para, por lo menos, aproximarse a la verdad. El sabe, sin verme, cuando estoy inquieto, preocupado; cuando fumo más o menos, cuando estoy triste; cuando tengo exceso de ternura, cuando miento. Cuando él tiene pesadillas, yo también. El roce nos ha compenetrado de tal manera que hasta nos duelen los huesos los mismos días. Yo llego a casa extenuado. Me han dicho que eso sucede porque las personas mayores roban la energía positiva a las más jóvenes, con el afán instintivo de conservarse.
Me han dicho que se la roban a través de la piel, en el trasvase de las manos. Soy incrédulo para esas cosas metafísicas. En todo caso, le regalo mi energía con mucho gusto. Incluso, mientras hacíamos el amor, mientras me hacías el amor en aquel rincón de pruebas, le dediqué mi felicidad al abuelo José. Así que me daba igual compartir con él tu olor a sexo textil. Lo miré y estaba dormido. Lo removí un poco y me dijo: “¡mírame ahí cómo quedaron los gallegos del Celta!”. Giré la cara hacia el cristal de tu tienda y fue cuando me di cuenta de que no sabía tu nombre.
Hasta ahí. Es lo que recuerdo del sueño-, finalicé mirándola de la cintura hacia abajo para ver si llevaba pantalones o no.
Ella había demostrado hasta entonces ser verdaderamente parca en palabras. Parecía una mujer sin un tiempo real, excelente vendedora pero cauta hasta en la mirada. Una de dos: o estaba casada con el dueño de la tienda, o era una cazadora voraz cuyo trabajo la mantenía a raya durante el día y por la noche se perdía por las autopistas de internet. Dejó escapar una sonrisa nada comprometida y me dijo:
-Me ha gustado tu sueño. Por cierto, han traído modelos nuevos…-, señalando el probador.

Invierno 2003