lunes, 30 de julio de 2007

Problemas de vuelo

Cuando viajé a Roma con Anna, a finales del verano pasado, creí que nos matábamos en el vuelo de ida. Una terrible turbulencia se había desatado sobre el aeropuerto de Fuimicino, y estuvimos dando vueltas unos 15 minutos buscando los claros por donde colar el avión, entre nubarrones que no nos permitían ver nada, descargas eléctricas, saltos, caídas libres, y el sonido inconfundible de la lluvia sobre el fuselaje. Supongo que el piloto se dejó llevar por el programa informático de navegación, porque el panorama estaba bastante negro. Yo pensé que, siendo de Alitalia, la tripulación conocería mejor el camino. Tonterías: de la fatalidad, allá arriba, no te salva ni el médico chino. Nuestra fila de tres asientos la compartíamos con un asiático que no se inmutó. Estuvo todo el tiempo leyendo un periódico en italiano. Finalmente aterrizamos sin percance alguno. Cuando desembarcamos por la puerta de llegadas, anunciaban por megafonía que estaban desviando todos los aviones hacia otro aeropuerto. Parece que estaban esperando a que los pobrecitos de nosotros tocáramos tierra para cerrar el tráfico aéreo. Lo que nunca me quedó claro fue cómo autorizaron ese vuelo a esa hora, pues Anna y yo lo habíamos visto todo por adelantado desde internet, en los fantásticos servicios de meteorología internacional, con la foto del satélite incorporada, que no falla, como diría mi padre.
Si subimos a ese vuelo fue porque, aunque no comentamos nada entre nosotros, los dos estábamos convencidos de que la gráfica satelital había exagerado. Pero nos equivocamos: el susto fue grande. Cuando salimos del avión, y como no habíamos facturado el equipaje, llevábamos cada uno un paraguas en la mano que nos quedaba libre. Eso se llama previsión. Cosa de viejos, vamos.
Sin embargo no nos bastó. Era un señor aguacero lo que teníamos encima.
Tomamos el tren que nos llevaría hasta la estación de Termini, en la ciudad, y allí, como parte de esas obras exageradas que mandó a construir Mussolini, tendríamos que cruzar de lado a lado la estación central para tomar el metro. El itinerario me lo iba adelantando Anna, que es una excelente guía romana porque posee mucho sentimiento, buen gusto y un instinto femenino especial. Supongo que de esa manera también me entretenía, me contrarrestaba ella el cabreo: aterrizar por primera vez en Roma sin poder ver ni tocar nada, con los zapatos inundados y abriéndome paso entre la gente con la punta del paraguas no era lo que más yo deseaba.
Al día siguiente todo quedó en el olvido, o al menos eso intentamos. Nos recibió la mañana con un sol insultantemente hermoso. Comenzaría, pues, la incursión romana, la mía, la primera, no sé si la única. Tuve tan buena suerte de ser guiado por una mujer excepcional, que conocía el terreno como la palma de sus manos, arquitecta, por más señas, sensible y práctica a la vez. Era una mujer trilingüe: hablaba el italiano, el español y el catalán perfectamente. Me había dibujado un programa ajustadísimo a mis necesidades de forastero-primerizo-corto de tiempo-con raíz latina y cámara fotográfica. Era todo un reto. Roma y El Vaticano en un fin de semana. Además, yo tenía que comer pastas allí, tomarme un helado y degustar un hígado a la italiana, que mi madre lo hacía mucho, con bastante cebolla.
Lo primero que hice fue cambiar de zapatos. Como mismo ejecuté en Madrid en una zapatería al llegar de La Habana, hace ya más de cuatro años, en Roma dejé mi calzado en uso. Le compré un par, de piel, color Burdeos, a unos judíos que lo tenían a un precio increíble. Calzo un 39 ó 40, números difíciles para hombres, pero te pueden dar sorpresas agradables pocas veces. Ahora no me los quito en Barcelona. Me gustan mucho estos zapatos que ponen Made in Italy en las suelas. Con ellos pisé las bellas plazas romanas, los museos, las calles cuyas piedras tienen algunos añitos ya. Con ellos entré a una trattoría de la mano de Anna, una de esas bodegas populares donde se come como en casa, y, por supuesto, pedí un hígado a la italiana. ¡Nunca tan bueno como el de mi madre! Pero era auténtico. Calamares a la romana no encontramos. Ese plato parece ser un invento internacional como el arroz a la cubana, que en Cuba no existe con ese nombre.
En la trattoría estuvimos muy a gusto, atendidos por un gordito comilón y simpático que se dejó fotografiar tranquilamente, y por un indú que hablaba el italiano con acento romano, según observó Anna. Al lado nuestro había una pareja comiendo espaguetis al burro que nos escuchaba atentamente. Cuando él no pudo más de dudas, nos preguntó si podíamos compartir la mesa. Un hecho insólito en Barcelona. Al menos en la Barcelona de hoy. Se mudaron con todos los utensilios para la nuestra y nos presentamos los cuatro sin mediación de nadie.

-Tenemos un gran problema, a ver si nos ayudan a resolverlo- continúo él en italiano con Anna, pero yo lo entendía casi todo-. Hace poco estuvimos en vuestra ciudad y nos llamó poderosamente la atención un cartel repetido por toda una calle que nos pareció que solicitaba algo sobre las aves.
-¿Sobre las aves?- pregunté en castellano, sospechando lo que era.
-Sí. Pedía, supongo que a la municipalidad, que las aves dirigieran su curso por el litoral- dijo en italiano y Anna me tradujo, aunque no hacía falta. Yo entendía perfectamente.
-¿Son tan inteligentes los pájaros catalanes?-remató.
Anna y yo soltamos una carcajada. Es más, nos doblamos de la risa. Tuvimos que tomar un buche de vino peleón para aclarar la garganta. Se trataba del cartel que está colgado en todos los balcones de mi edificio y de todos los edificios de la calle Provenza. Es muy sencillo de comprender que los vecinos de nuestra calle no queramos que construyan la bóveda del Ave, tren de alta velocidad, debajo de nuestros cimientos, en una ciudad demasiado agujereada por los túneles del metro, las excavaciones para aparcamientos de coches, los corredores de los ferrocarriles catalanes y los de RENFE. Todo soterrado para no deslucir la labor de los arquitectos modernistas. Y para que los trenes no se te crucen en el medio del asfalto. ¡Que le pregunten a un romano por qué tienen sólo dos líneas de metro con un único intercambiador, precisamente en la estación de Termini!
Pero claro, aquellos curiosos italianos, con los que compartimos una buena comida local en una trattoría, interpretaron una cosa por otra.
“Volem l’ ave pel litoral”, impreso en letras verdes lo tengo a la vista desde mi ventana. Lástima que Anna y yo tuvimos que romperles una bonita ilusión.

Enero 2006

viernes, 27 de julio de 2007

A nuestros herederos

Los días de mi infancia, en los que hubiera dado más lágrimas por una bicicleta, se juntaron con mi profunda juventud. El día en que se fue la luz en casa, se hizo un horizonte en mi alma. Dos cosas graves no deben ocurrir a la vez, por lo que la sabiduría de la vida me colocó encima de un ciclo que tiraría en lo adelante hacia todas partes. Se me habían olvidado los llantos de niño, y en ese preciso instante en que subí a las ruedas del presente continuo, no valoré el regalo. Era un regalo, sí, porque se podía adquirir a un módico precio, un dinero que no significaba nada en relación con el coste de la vida. Era un premio, además, que nos hicieron a todos en el trabajo simplemente por estar allí. Las muchachas fueron obsequiadas con los ciclos azules y fáciles de dominar. Lucían hermosas aireando su cabellera, agarradas con estilo al manillar, mostrando sus piernas brillosas que refractaban la luz, que reflejaban el sol, la luna, el mar cuando iban junto al mar. Se volcaron en mantos de rubias, de morenas, mulatas, negras. Salían del trabajo y de todas partes esparciendo un deje femenino por toda la ciudad, una fragancia azul. A nosotros nos tocaron los ciclos negros, con caballo entre las piernas. Era un designio: Debíamos ir detrás de ellas. Y eso hicimos, hasta que nos cansamos de perseguirlas. El lenguaje no estaba ahí. El lenguaje seguía siendo el mismo sistema de códigos de la conquista tradicional. El dulce ambiente de las bicicletas era un espejismo que nos duró poco. Al principio sí que fuimos felices pedaleando y cansándonos con orgullo. Con ese mismo orgullo llegábamos a nuestras casas después de haber rodado cinco o seis kilómetros por nuestras calles agujereadas y empinadas, un peligro que nos amenazó de muerte en las interminables noches que estaban por llegar. Por eso recuerdo que el orgullo se convirtió en tensión, en terror. El asesino agazapado nos esperaba en cualquier calle por la noche. Una bicicleta se convirtió en un valor de uso importante. Nuestras calles no estaban preparadas para que rodáramos a todas horas, con alguien sentado detrás, sujetado a nuestra cintura con las manos, y con la punta de los pies apoyando el resto del cuerpo en un insignificante tornillo. Fue nuestro transporte alucinante, porque nos obligó a bajar de peso a una velocidad vertiginosa, y nos impuso unos reflejos que antes pasaban desapercibidos por nuestras mentes. Nuestras maneras viales de viajar se forjaron sobre la marcha. No hubo cursos prácticos. Al cabo de pocos meses de habernos agasajado con esa estructura, nos dimos cuenta hacia dónde íbamos. Íbamos hacia la barbarie, hacia la desaparición física o mental, o ambas. Nuestros cuerpos, nuestras cabezas no estaban preparadas para la masificación obligatoria de un ciclo. Comenzamos con las pesadillas de noche, durmiendo mal, y terminamos bajos de peso, enfermos de miedo. Las muchachas dejaron sus vueltas azules para estacionarse en los semáforos a pedir auto stop. Al llegar este momento, ya habían ocurrido miles de desgracias. Nuestras bicicletas no fueron detrás de ellas con amor. Las bicicletas de las mujeres se convirtieron en trastos de oscuro deseo. Nosotros seguimos un tiempo más, años, encima de nuestros hierros porque nos era difícil suponer otra manera de llegar. Aprendimos a convivir con la grasa, con las gomas, con la suciedad y con los ejercicios inoportunos. Llegábamos a los lugares extenuados, con poca sonrisa. El gobierno no nos había avisado de que se trataba de una opción única, peligrosa, y eso fue lo que nos amargó más. No tardó en llegar el día en que nos sentimos perdidos y ridículos pedaleando la ciudad, bajo un sol abrasador, uniformados sin saber por qué y sin que se nos consultara antes. Nuestras bicicletas eran chinas, de una sola marcha, de piñón fijo, macizas, espectacularmente grandes y pesadas. En nuestra tradición cultural no estaba señalizado ese modo de vida. Nos adaptamos a todos los inconvenientes, superamos las dificultades del terreno y al final las fuimos dejando. Comíamos mal y no subíamos a esos ciclos por deporte. Era pura necesidad. Terminamos odiándolas. Necesitábamos otro transporte general, en el que no tuviéramos que conducir ninguna otra cosa que no fuera nuestros sueños. Yo me marché. Al dejarlo todo, transferí mi bicicleta. Mi hermano pequeño, benefactor, sintió que le tocaba el turno en la rueda de los regalos. Lo dejé llorando porque me propuse no dársela en primera persona. Esa transferencia la dejé encargada a alguien que no iba soltar ni una lágrima. Alguien mayor, como yo.


Verano 2007

miércoles, 25 de julio de 2007

Parece que fue ayer


Me adoraban los mosquitos por mi adrenalina, por la sal o por el azúcar. Me esperaban en casa hambrientos, aburridos, confundidos con la noche. Conocían mis horarios y se organizaban para darme una salutación en la puerta. Eran una especie más de la fauna que habitaba aquellos días sin luz eléctrica, calurosos momentos tan fáciles de recordar. Era la rutina en la que convirtieron nuestros días, y a esa pesadez nos acostumbramos. Comíamos col hervida o revuelta con huevos la mejor de las veces. Tomábamos el agua fresca si acaso alguien podía fabricar el hielo con una corriente alternativa, porque alguien tenía una planta generadora que daba luz a la nevera, y ruido a todos nosotros. Veíamos la televisión en donde mismo estaba instalada la planta ruidosa, que era ilegal, pero generaba compañía. La planta funcionaba con combustión interna y fue comprada en otro país, en una tienda especializada en artículos para catástrofes. Soportábamos el ruido de la planta porque su beneficio nos era vital. Cuando los oídos se cansaban del motor, sacábamos el dominó para distraer la atención. Nos contábamos vida y milagro de cada uno de nosotros, hablando en voz baja para que el tono fuera el único índice de la discreción. Así conocimos la vida de los otros sin que fuera un sacrificio contarla. La poca carne que se podía conseguir se llevaba al fuego en el transcurso del día, y luego era un tema más de las tertulias en el portal de la casa donde estaba el aparato generador. Sin darnos cuenta, transcurrieron cuatro, cinco años pedaleando la ciudad de noche y de día, bañándonos a oscuras en los tiempos más críticos del fluido de electricidad. Los mosquitos nos esperaban en el cuarto de baño, a la salida de la ducha. Nos mordían la piel limpia de adrenalina, olorosa a jabón. El jabón era un producto absolutamente cuidado por nuestras manos, para que no cayera, para que el suelo no lo estropeara. Cuando no teníamos jabón, usábamos cualquier mejunje que hiciera espuma, que nos retirara la grasa de la piel. Innovamos artilugios de corriente directa con baterías de automóviles, capaces de alimentar la pantalla de nuestro televisor y de una lámpara auxiliar. La capacidad que lográbamos no alcanzaba para el ventilador. Los mosquitos hacían nubes en la zona del televisor, pero preferíamos espantarlos para descansar del ruido de la planta generadora de los vecinos. Cuando no daban nada interesante, o cuando no teníamos batería de automóviles, volvíamos a las reuniones sociales en las que también se hablaba en contra del gobierno. Las noches eran el momento propicio para confesar, para no estar solos, para no pensar solos. Nuestros aparatos electrodomésticos fueron conectados a una cajita que regulaba el voltaje, un celador que no daba la corriente hasta que no estuviera estabilizada. Ocho horas con luz eléctrica alternaban con otras ocho sin ese fluido. De mañana, de tarde y de noche. Así fue ininterrumpidamente durante varios meses en el caluroso verano de 1994. En años posteriores mejoró un poco la situación, pero los apagones siguieron. En el año más crítico les llamábamos alumbrones, porque lo opuesto era entonces innombrable. El país atravesaba una inmensa crisis energética. Dejaron de atracar los buques soviéticos que nos suministraban el petróleo. El campo socialista se apuraba por recuperar el tiempo perdido. Nosotros en Cuba seguíamos obligados a la oscuridad, al delirio, porque fue cuando narramos por primera vez nuestros sueños en alta voz, entre vecinos. Nuestros sueños más frecuentes se reducían entonces a una buena bicicleta, un acondicionador de aire y al fluido de la corriente por los cables de la ciudad. Ambicionábamos poco y, sin embargo, no éramos tan felices.


Verano 2007

lunes, 23 de julio de 2007

El ardid de los Valdés


Al poseer varias salidas viables, un grande de la música como lo es Chucho Valdés en su día dejó su histórica banda, Irakere, y se acorazó con un pequeño formato al uso, un quintet. Atrás quedaron los compases vertiginosos del latin jazz mezclado con el sabor cubano en particular, y con el afro ancestral desde su big band escuela. Al dejar aquella aventura que duró muchos años, todos nos preguntamos si Chucho no estaría en forma como para renunciar a algo tan rico. El sonido de una cuerda de metales haciendo juego a pequeñas letras urbanas y sociales (Bacalao con pan) era algo que promovía la envidia. Suponemos que dirigir una orquesta tan inmensa en todos los sentidos fue una obra maestra. El tiempo ha pasado y sus alumnos se han convertido en estrellas de la plataforma musical del mundo. Algunos se quedaron a pie de atril en Cuba, reformándose al compás de las épocas de la música allí, y otros se marcharon a hacer lo suyo, previa acreditación o consignación de la fuente. Chucho anda ahora con músicos jóvenes y medio tiempo, escogidos, eso sí, con absoluta selectividad. Hay mucha gente esperando por ese casting, pues en Cuba no faltan los instrumentistas de academia medio locos y excelentísimos.
Hasta que el gran Chucho se dio cuenta de que el tiempo, además de implacable, es irreversible, y le quedaban cabos sueltos en la vida. Llamó a su padre, o su padre lo llamó a él, da igual. Sumó a su hermana Mayra Caridad, la voz potente y también gritona del ambiente afro, una especie de show woman poco graciosa, la verdad, y, batiendo la misma sangre, ahora se mueven cómodos por el mundo. En esta ciudad aparecieron ayer domingo, ofreciendo una función extra dentro del festival El Grec, pues la actuación original ocurrirá hoy si las empresas competentes arreglan el fluido eléctrico en Barcelona. (En el momento de escribir estas líneas, llevamos casi seis horas sin luz en el 70 por ciento de la ciudad).
Con todo el cariño que nos inspira la personalidad de Bebo Valdés, uno de los viejucos más dulces de la escena cubana de todos los tiempos, no se puede eludir una verdad, y es que él ya no está para estos trajines. Los que fuimos a verlo al lado de sus hijos nos sentimos decepcionados, porque nos vendieron gato por liebre. El gran peso del espectáculo lo tuvieron Chucho y su banda, haciendo tiempo para cumplimentar el “metraje”, porque el venerable Bebo no salió si no hasta el final, tocó con su hijo tres o cuatro piezas y cayó el telón. Ya lo habíamos visto aquí en el Palau de la Música junto al bajista Javier Colina en un muy íntimo programa, y percibimos que Bebo perdía brillo, agilidad, memoria. Un anciano es un pilar, sin dudas, donde descansa una historia; pero no nos dejemos engañar: que los organizadores de estos conciertos indiquen bien de qué se trata, e iremos con muchísimo gusto, pero bien informados.
Después de que Fernando Trueba los juntara por primera vez en público en un documental, de que Bebo volviera a lucirse ante millones de gente en el proyecto discográfico Lágrimas negras, no podemos seguir pagando una entrada tan cara para que el padre de los Valdés salga media hora antes de acabarse el programa y vuelva a hacer junto a su hijo un mano a mano de Té para dos, un tema discreto pero que “da la letra”. Lo mejor de la noche, sumando el propio ambiente acogedor del anfiteatro donde actuaron –la fantástica gruta que es el Teatro Grec-, fue un solo de batería de Juan Carlos Rojas.
Amén de sentirnos engañados con un espectáculo exento de un extra de entrega, recemos porque sus retoños cuiden al gran Bebo de los largos viajes en avión y andanzas por carreteras. Él ya dio muestras de valentía al manifestarse abiertamente contrario al gobierno de La Habana. También al marcharse de su país, siendo aún joven, y comenzar una nueva vida en un Estocolmo tan frío y con tan poca luz solar.
Ya vivimos el culebrón sensiblero –y oportunista- que hicieron con Compay Segundo. No nos gustaría pensar que Cuba es un interminable surtidor de figuras “comercializables”, el banco de legendarios talentazos que entronca perfectamente con el boom de la onda retro.
Verano 2007

viernes, 20 de julio de 2007

Teruel es Teruel


Muchos escritores latinoamericanos, una vez en París, buscan la tumba de César Vallejo y se hacen allí una foto. Muchos intelectuales cubanos van tras la huella de Hemingway, Carpentier o Wifredo Lam; en el caso del escritor isleño, para tener una idea más urbana de cómo vivió afrancesadamente el erudito, que logró quedar bien –y con estilo- con la revolución comunista y con la finura de los cafés parisinos a la vez. Y sobre el chino Lam –que era mulato- nunca está de más una tentativa de cómo pudo captar la luz crepuscular y traducirla a figuras geométricas, mientras en aquellas calles se vivían aires de modernidad ya conglomerados y variopintos; preguntarle, de casualidad, a un pintor de las callejuelas de Montmatre si conoció a ese mestizo escapado de Sagua la Grande, si supo algo humano de él, algo vicioso, por ejemplo. Pero no: cuando subí a Montmatre por la tarde, de la mano de Isabelita, y vi a un pintor de caballete retratando a una bella mujer, un artista plástico con barba larga y suficientes años, con cara de intelectual de centro derechas y agarre posesivo al pincel, me dio por tomarle una foto y hasta dos; y por el visor lo sentí como me miró bastante enfadado y me ordenó: ¡Basta! Creo que lo capté en actitud desafiante. Ya veremos. Lo cierto es que no me quedaron ganas de investigar nada sobre la huella de nadie, entre otras cosas porque no fui a París a buscar nada en concreto.
O sí: tenía marcado en mi libreta de notas que me regaló Anna, que coincidentemente es una réplica de la libreta que usaba Le Corbusier, tenía marcado un telefonazo a Julián. Y fue lo primero que hice al llegar al lobby del Edén Magenta. Me saltó un contestador en francés con La Marsellesa delante. Le dejé un mensaje y continué reinventando la vida en el escote de Isabelita. Ya he dicho en estas páginas –o lo he sugerido- que Isabelita es una mujer muy tierna de 30 años que vivió en París un par de ellos y regresó a su Barcelona natal, buscándose a sí misma y un poco buscándome a mí sin saber nada de mí. Cuando nos encontramos, recapitulo un momentico, se nos cruzó delante una agencia de viajes que nos vendió tres noches en la preciosa urbe a orillas del Sena. Desde que la conocí, me di cuenta de que deseaba enormemente la entrada de la primavera para entregar su cuerpo a un poeta –podría ser yo- y también para descotarse. Me ha confesado que le encanta mostrar el pórtico de sus senos porque, sin más rodeos, le gustan sus pechos. Yo lo acepté como un regalo de bienvenida y tras esa recepción me fui hasta el día de hoy, me fui dejando llevar, pues aquella ventana con balcones a la calle me decía cosas sugerentes. Supuse que en París se vería mejor, ella en conjunto y particularmente su escote estacionario en forma de uve –no vea el lector, entre líneas, la palabra ubre. Isabelita es como yo, que no acepta que nada nos presione cuando estamos juntos.

-Ya te llamará- me sugirió dibujando una sonrisa también descotada.

Al final de la noche logré localizar a Julián en vistas de que éste no me llamaba. Insistí, claro. Siempre me quedaba la duda de que aquel contestador entonado no le hubiera pasado mi mensaje, de que hubiera cambiado de teléfono en una semana, de que se hubiera arrepentido de verme a última hora. Quiero decir sin exagerar que me importaba tanto conocer la ciudad como verlo. Además de haber sido mi cuñado en una época complicada y preciosa, sentía ganas de abrazarlo para compartir en un lugar neutral el peso de la nostalgia. Lo de neutral, obviamente, es un decir políticamente hablando. Sentía curiosidad por saber cómo se llevan quince años sin regresar a tu país, sin la certeza de cuándo podrá ocurrir el regreso, y Julián, en mi imaginario adolescente, me lo podría explicar muy bien. Me podría ofrecer un adelanto, la primicia que buscamos constantemente en tanta gente y pocos saben explicar, ya sea porque no te conocen lo suficiente o bien porque han perdido la posibilidad de explicarlo de tanto explicárselo a sí mismos. Mi amigo, aquel flaco que me preguntaba con ojos dislocados cómo entender a mi hermana, seguía puesto en el altillo de mis memorias juveniles, las más juveniles, quiero decir. Fue el intrépido y tímido muchacho que prefirió el escándalo institucional antes que claudicar políticamente, aunque siempre tuve la sospecha de que su rebeldía, temeraria, tenía también un componente de notoriedad. Los intelectuales a veces no se conforman con el anonimato –es una deuda que tengo conmigo mismo- y hacen saltar su nombre a toda costa. Cuando me encontré con él en París, y nos saludamos, uno de los primeros recuerdos que puntualizó fue que se tuvo que marchar de Cuba porque le censuraron su obra. Eso ya yo lo sabía. Esperaba, sinceramente, algo nuevo, alguna reflexión pesada sobre el devenir de los años y el nacimiento de una nueva vida. Como soy lento, me callé, pero no me arrepiento; porque si no me hubiera callado le hubiera dicho que yo me pasé diez años autocensurándome, y eso también él lo sabe. Lo encontré más gordo, enfundado de negro en riguroso Lacoste, rodando un Mercedes femenino en el que nos trasladó a Isabelita y a mí hasta la catedral de Notre Dame. Allí nos dejó cayendo la noche, porque tenía prisa.
En muchos años no había tenido noticias de él. Conocía su ubicación, pero nada más. Al desembarcar en Barcelona, con la ayuda de internet, me puse al corriente de la vida de muchos amigos desperdigados por el mundo.
A Julián lo estuve esperando una vez aquí, pues me enteré de que pasaría por Cataluña, pero no llegó. Antes, en el impasse que tuvimos en la isla –que ya va durando demasiado- encontré una referencia hacia él en una novela escrita por su mujer. No lo nombraba si no con un calificativo y lo presentaba como un pene. Me dio asco leer aquello, porque no le encontraba sentido a la descripción milimétrica del pene de mi amigo; lo veía efectista más que hiperrealista. Todos los que conocemos la historia que se narra –que parte de la realidad- sabíamos que aquel glande era Julián. Antes de tomar el avión hacia París, pensé en el pasaje fálico tan desagradable, siempre sobre la base de los resultados y no de las motivaciones literarias que no las conocía, ni me interesaban. Era un tema que incluso no valía la pena tocar. Incluso, no le había comentado nada a Isabelita sobre ese particular: sí le había hablado con emoción de la posibilidad del encuentro con mi amigo parisino.
Lo del contestador telefónico -nunca supe qué dijo la voz en francés- era un vaticinio, algo que debía alumbrarme para que no insistiera. Isabelita se quedó helada con la frialdad de Julián la única casi noche que lo vimos, porque no lo encontramos más. A ella ni siquiera la miró a los ojos. La ignoró. Y a mí me mantuvo en ascuas por teléfono hasta que me cansé -¡tenía tantas cosas que ver, entre otras el escote de Isabelita!-, y le pregunté entre dientes a mi guía:
-¿Pasamos de él?
A esas alturas de la contienda volvimos, por lo menos un par de veces más, a enjuagarnos la garganta con ron por nuestra habitación, en el barrio Magenta. Caminamos bastante la ciudad, y tomamos el metro sin que el subterráneo nos privara de París. Como lo hicimos, habría que preguntárselo a Isabelita, que arrastró solo unos pocos minutos mi cara de mierda cuando dije que pasaríamos de mi único objetivo claramente marcado en ese viaje. Enseguida sacó una baraja del pecho y me la regaló. Una preciosa carta que fue el toque citadino que yo andaba buscando, más allá de los sitios monumentales que, ciertamente, bien valen una misa. Isabelita sabía que me hacía mucha ilusión tomar un café con un habitante de la ciudad, que si le ofrecí ron al recepcionista del hotel, en plan de la calle, fue buscando ese acercamiento, que no me conformaría con ver a la gente pasar, con arrastrar la maleta hacia los trenes y al megaeropuerto de esa ciudad. Lo que más me gustó de todo fue que ella solo utilizó una ficha de cambio, con un valor incalculable, en el momento necesario. No estaba anunciado que almorzáramos una tarde de domingo en París en la casa de un matrimonio de Teruel, jóvenes como nosotros, muertos de nostalgia como yo. Con un telefonazo quedamos para la comida, luego de entregar la habitación y dejarle una notica a Ahmed, el recepcionista que quiso hablarnos en español.
Yo sentía enorme curiosidad profesional y no profesional por tomarme un café con alguien en su casa. Ese alguien fueron unos españoles que echaban de menos muchas cosas, como el jamón del país. Pero lo tenían, envasado al vacío y hecho en casa, como también tenían la música para la ocasión –la ocasión de ellos, que resultó la nuestra. Nos esperaron a pie de metro. Toño, matemático de profesión, agarró la maleta de Isabelita. Fue el primer detalle. Estela –de quien no me enteré qué hace y si lo dijo no lo escuché-, me integró a su nostalgia con la mirada. “Aquí no tenemos pandilla”, recuerdo que dijo. Pero no se amilanó. Estábamos escuchando La Oreja de Van Gogh, saboreando un par de vinos franceses de rigor y diferente calaña. Yo, obviamente, quería quedarme allí para siempre. Debo confesar –se lo confieso a Isabelita ahora- que jamás en todo este tiempo me había sentido tan identificado en términos de añoranza. Solo basta la coincidencia y las ganas de virarlo todo al revés. La causalidad también hay que saber buscarla y saber aprovecharla. Camino al aeropuerto –porque nos acompañaron en el tren-, Estela no pudo más y le preguntó a Isabelita que de dónde me había sacado. Toño enrojeció porque evidentemente sentía la misma curiosidad.

-De una cafetería- respondió Isabelita.
-El mundo es pequeño. ¡A ver si un día van por el pueblo y nos tomamos un vinito por allá!- se despidió Toño sobre el cemento de la estación que nos separaba a los cuatro de la buena vida.


Primavera 2006