martes, 29 de abril de 2008

Fíjate en las cabinas



Quiero adelantar una observación que, a la vuelta del tiempo, se convertirá en un tema ferroso, oxidado. Hoy por hoy, sin embargo, tiene hierro el asunto de cómo se trasfigura la sociedad española a partir de la inmigración multitudinaria y multiétnica. La noticia no la trae el cable –así hablaba la prensa cubana aludiendo a los despachos cablegráficos antiguos-, sino este servidor. Se trata del avistamiento de un conductor del metro de Barcelona que no tuviera nada de singular si no fuera negro. Lo vi ayer entrenándose en la línea 5. Siempre me fijo en detalles fugaces, agazapados.
Desde que descubrí que una de mis clientas de la tienda donde trabajo es conductora del suburbano, la busco afanosamente en el cuartucho oscuro de todos los convoyes de esta ciudad. Entonces mi asombro tuvo lugar al ver a un negro allí.
Desde que viajé a París y encontré taxistas negros –algo que sería asombroso en la España de hoy-, le dije a mi mujer que este país taurino desde donde escribo cambiaría de verdad el día en que la gente “de color” ocupara puestos normales de trabajo. Esto comienza ahora. Y no creo que sea una voluntad política la que impulse la integración de todos los que llegamos con una maletica ortopédica para “hacer las Españas”, sino con el transcurso natural de las cosas de la vida. Ese hombre oscuro como la noche estaba allí en la cabina de un ferrocarril subterráneo porque se demanda fuerza de trabajo.
No me creo para nada los slogans publicitarios de TV3 en los que se dice que Cataluña está abierta a los cuatro vientos. Una cosa es la praxis y otra muy diferente la propaganda.
Me ha alegrado sobremanera hallar a un sujeto de “piel extraña” manejando un tren aunque sea en las cavernas sinuosas del subsuelo catalán. Ya llegará el día en que lo encontremos con unas gafas de sol sentado al volante de un autobús regular. De momento es un paso de avance. Lo están entrenando en estos días. Fíjense los usuarios de la línea azul. También debió resultar extraordinario, en su día, ver a una mujer llevando esas máquinas.
Las luces del metro donde yo viajaba se apagaron de golpe en plena marcha. Pensé que el pupilo debió tocar un botón inadecuado de los tantos que tendrá la pizarra de mandos. Enseguida me vino a la mente un chiste cubano muy simpático y racista, pero, más que racista, políticamente incorrecto.
Se dice que Arnaldo Tamayo, el negro que Cuba envió al cosmos hará unos veinte años, regresó a Tierra con las manos hinchadas. Las traía inflamadas porque su compañero y jefe de vuelo, el ruso Romanenko, no lo dejaba tocar nada por miedo a que apretara un botón incorrecto.
-¡Suélta eso, coño!-, le repetía el soviético al pobre caribeño con una palmada enérgica.
Mañana vuelvo a viajar, pero no tomo el metro. Mi mujer y yo nos vamos a hacer un “puenting” a Lisboa, una ciudad alojada en mi imaginario desde hace muchos años. Desde allí contaré algo acerca de la integración de África en el mundo lusitano. Supongo que sea más notable que en el resto de la península ibérica. Dicen las malas lenguas que el mundo comenzó por debajo del Sahara. Hoy me acuesto más feliz, lleno de ilusiones y de expectativas.
Cierro transmisiones desde este puerto de mar. Me espera el delta del río Tajo.

miércoles, 23 de abril de 2008

Santo yo…



Antes de afincarme en estas tierras del Mediterráneo catalán, un día como hoy solo se celebraba el cumpleaños de mi padre. Festejábamos la fecha recogidos en los avatares de una Habana temperamental, preciosa ciudad, triste y extrovertida a la vez. A mí, como de costumbre, se me olvidaba el onomástico de mi querido viejo, y algún telefonazo me ponía al corriente, a veces cayendo la noche. “¿No me vas a felicitar?”. Era él, paciente como un inglés.
Allí no había primavera ni libreros pululando por la ciudad, ni quioscos multicolores ni ramblas desbordadas de gente. Transitaba abril mediante el empuje natural de las cosas y de las personas que realizan sus rutinas. No teníamos casi nada material para regalar, excepto un abrazo ligado a una botella de ron. Era una vida normal, al menos era así por ser la que conocíamos. La feria del libro de La Habana tenía –tiene- otra fecha en el calendario, y un contenido menguado por la censura. Alguien diría que los precios del ejemplar impreso allí son de película. Sí, es cierto, aunque esto no es suficiente para el desarrollo de la espiritualidad.
Si mi padre me viera hoy encerrado en casa, estirado en el sofá como me solicita el cuerpo el día de mi fiesta laboral, primero se enfadaría y luego me regalaría estas palabras:
“Haz lo que desees con tu vida. No sientas la obligación siquiera de llamarme. Ya tú volaste y el tiempo y el espacio te pertenecen. Fuiste a parar, casualmente, a una ciudad que te contempla en su patronato. Disfruta la vida, vívela, San Jordi. Un abrazo con todas las metas cumplidas”.

jueves, 10 de abril de 2008

Un nombre me sabe a hierba


Cierta llamada telefónica ayer me puso al corriente de la vida de un amigo e, incluso, de mi propia vida. Han transcurrido poco menos de dos años desde que nos vimos por última vez. En este lapso de tiempo, él estuvo transitoriamente delicado en el hospital, y yo comencé a trabajar en un mundo nuevo, en un sector por el que jamás había circulado mi imaginación. Lo más curioso e imperdonable de la cuenta final de la llamada, fue darnos cuenta de que ambos vivimos en la misma ciudad.
En dos años, por poco que nos esforcemos en ganarle tiempo al tiempo, transcurren muchas cosas, más en un país como éste desde donde escribo, en el que la competencia interpersonal suele ser tan abrumadora como solapada. Anoche realicé por fin la llamada que tenía marcada hace largos meses en mi agenda personal. Su voz se notaba sorprendida, y la mía trataba de mantener un acento tranquilo y natural. No fue posible lograrlo. Estábamos sujetos a pasar revista en el transcurso de una conversación que no podía durar mucho, porque se atravesaba la hora de cenar.
Algo, sin embargo, nos ahorró palabras. Y fue el hecho de que mi amigo sabía más de mi vida que viceversa, gracias a la lectura de este blog. Le advertí que no tomara todo lo que escribo al pie de la letra, a lo que me respondió que ya había restado lo que le parecía sospechoso de fabulación.
La blogosfera , en poco tiempo, dejará sin empleo a los periodistas de medios tradicionales de difusión. De no ser que estos se reciclen en bloggers. Confieso que durante un año he vertido en estas páginas reflexiones que me vienen a la cabeza mientras viajo en el metro. Ideas o sensaciones traducidas al lenguaje escrito para que no se queden rumiando en la memoria, y así, como bien se dice popularmente, curarme en salud.
No creo que me haya curado en salud, debido a que el alcance tecnológico en manos de un inmenso número de seres que habitamos este planeta hace que la información vaya por delante de nuestras posibilidades de análisis. Es demasiado amplio el cúmulo de noticias que hoy, aquí, se puede encontrar, por ejemplo, con respecto a la nación cubana. La blogosfera “del patio” es tan diversa que no da el tiempo físico para recrearnos en todos los perfiles, en los documentos históricos. Ya sean de arte, farándula o política regional.
El blog cubano más visitado en estos momentos es el que realiza dentro de la isla Yoani Sánchez. El periódico El País le ha otorgado el Premio Ortega y Gasset en un apartado de comunicación digital. Sin restarle méritos a Yoani –una chica joven a la que imagino de un lado para otro de La Habana con un pen drive buscando una conexión a Internet-, me gustaría recordar que su obra es posible porque el gobierno cubano no ha querido eliminarla, anular la obra y de paso a ella misma. La dejan andar y no sé bien por qué. Tengo mis sospechas, aunque no las vierta porque me parecen pantanosas.
Allí se sabe dónde vive cada cual y a qué hora se acuesta y con quién al lado. Con acusarla de propaganda enemiga ya tendría el gobierno un pretexto para “empapelarla”. Su obra, perfectamente ajustada al ánimo básico de un blog, que es el intimismo, la economía de palabras, es hija también es estos tiempos. De la era cibernética en el ámbito de las comunicaciones. Lo que ella está realizando en su blog digital, tiene un paralelismo, por ejemplo, en el diario que en sus días escribió Wendy Guerra y que solo ahora publicó, quince años más tarde. Anotaciones a partir de un sentimiento y de la propia observación.
El problema de Cuba, por lo tanto, sigue estando en pie, y continúa generando en los que nos fuimos un sentimiento de culpa simplemente por haber escapado. Quien escribe estas palabras intenta abstraerse del asunto e incorporarse a un mundo nuevo. Este mismo siente impotencia al corroborar que vivíamos dentro de una dinastía sin apenas pensar en ello. Quiere olvidar algunas cosas y no puede. Viaja en un metro camino a su trabajo y se encuentra en el asiento de enfrente a una mujer con un diario desplegado, en cuyos titulares lee: Retrato en blanco y negro. La Cuba de Raúl.
Su país es objeto del sensacionalismo periodístico.
El nombre de su país, leído, escuchado sin querer, le saca de su rutina y le lleva a andar minutos, horas, días de tristeza y melancolía.


Nota: La descarga la escribo ahora para que no recaiga próximamente sobre los oídos de mi amigo “perdido” en la ciudad, ya que por fin hemos quedado para vernos. ¿La fecha del encuentro? Esta primavera.

miércoles, 26 de marzo de 2008

INTRAMUROS



Guardia de honor (VII)

-Seguramente te acordaste de mí cuando leíste la noticia de la huelga…
- No hace falta un agente externo, siempre me vienes a la mente, incluso durmiendo- apostilló él de prisa.

Estaba sugiriéndole a Cristina la posibilidad de un sueño o de varios, un episodio íntimo del cual solo el portador era dueño. Ella lo miró sin decir nada, sin pronunciar palabras. Sus ojos brillaban con un intenso color verde que variaba los tonos en dependencia del ángulo de la cara; nadaban en un ligero líquido cristalino, suaves, como una nave al pairo en medio de una mar tranquila. La muchacha poseía la virtud de concentrarse en todas las situaciones que se le presentaban delante. Había aprendido a no mezclar pensamientos, mucho menos los pensamientos rutinarios que producen estrés, desequilibrio, desasosiego. Para su trabajo era necesario no perder la calma, observar todo a su alrededor con cierta frialdad, aunque por dentro llevara el alma tibia. Su proyección era el equivalente a una mujer ejecutiva que pasea sus encantos de un lado a otro por un amplio salón, manteniendo una línea divisoria entre el contacto puramente profesional y el íntimo, suscitando mientras tanto un profundo deseo de cercanía en el ámbito donde se mueve. Cristina tenía una gracia natural que consistía en equilibrar su belleza con la palabra exacta y el gesto preciso, sin que se notara que cada uno de sus movimientos había sido estudiado antes. Sabía guardar silencio cuando la dinámica de una conversación lo requería, y, a veces, como en este instante en el que David se pronunció desbordado, lo colocaba como estrategia para ganar tiempo.
El diálogo ocurría en una cafetería pequeña del barrio de ella, cayendo la noche. Estaban tan concentrados el uno en el otro que lograron abstraerse del escándalo de un televisor futbolero, así como de una peña de aficionados al deporte y a la cerveza. Ambos habían pedido café con leche. Se refugiaron allí mediante una cita que David improvisó, mientras le explicaba todos y cada uno de los botones del aspirador para suelos y muebles que él mismo le había vendido a la joven.

-O sea, que me traes a este bar bullicioso, actuando casi con nocturnidad, para confesarme que sueñas conmigo. ¿Quién te ha dado semejante derecho…?- bromeó Cristina inesperadamente.
-¿Derecho a qué? ¿A traerte a este bar o a soñarte?
-Lo del bar es pasajero, David.
-Pues los sueños son libres. ¿Quién te ha dado derecho a manipular incorrectamente los aparatos electrodomésticos, a ver?

Sonrió la muchacha. Su mirada se perdió unos segundos en un cenicero vacío que había sobre la mesa. Levantó la vista y preguntó:

-¿Te molesta que fume?
-Por supuesto que no. Y creo que a aquellos cerveceros tampoco. Te traje aquí para que fueras libre como el viento, para que fumaras, gritaras, hicieras cuanto te apetezca delante de mí. Hace días que tengo el deseo de verte con toda naturalidad. Lo que no sé bien es cómo has aceptado esta invitación, si me habías dicho que no tienes tiempo.
-Pero el tiempo se hace. Hoy es un día especial. Le pedí a mi madre que se quedara con la niña para poder estar sola y escaparme de mi rutina. Ya ves, no puedo estar sin hacer nada. Pudiendo estar tumbada con un libro en las manos, me puse a limpiar…
-Te ves espléndida, serena, irradias felicidad- interrumpió David desbordado otra vez.
-Si supieras… Te equivocas. Hoy estoy más turbada que nunca.

David interceptó en el vuelo el juego de palabras y lo hizo suyo. Cristina no quiso decirlo, solo se le escapó la frase, una frase, además, que casi nunca utiliza. Cuando se dio cuenta de lo que había salido por su boca, ya era tarde:

-No te preocupes…Todos tenemos momentos de intimidad, de regodeo con nosotros mismos; un paréntesis de distensión dentro del día siempre viene bien- comentó para ver qué pasaba.
-Yo no hablo de eso, David. Hice una pausa entre palabra y palabra y dije más turbada, lo que quiere referirse a más preocupada, ofuscada, atormentada si se es preciso- remató Cristina en voz baja, sonriendo como él.
-Pues son cosas muy diferentes, quiero decir: son sensaciones o estados de ánimo totalmente opuestos. ¿A cuál de los dos estados de ánimo te refieres, guapa?
-Al segundo, guapo. Estoy preocupada por el resultado de la huelga. No sé si llegaremos a un acuerdo ,y, por otra parte, me sabe mal que gente trabajadora como tú tenga que romper sus esquemas de transporte y llegue tarde al trabajo.
-¿Cómo sabes que llegué tarde?
-Lo supongo.
-Pues sí, llegué tarde. Me acordé de ti y te eché de menos. Subí y bajé del metro en la misma estación. Hice el papel del tonto y perdí unos quince minutos en la parada. Por favor, Cristina, no puede ser que mi vida dependa de las casualidades, del azar. Dame un teléfono, una dirección, un norte, por favor. Dame esperanzas.
-Esperanza es un nombre de mujer. ¿Qué esperanzas quieres? La vida es así de complicada y, en verdad, no hay tiempo para mucho más de lo que hacemos. Es una suerte incalculable que hoy estemos aquí tomando un café con leche.

Cristina no quería complicarse la vida. Se había acostumbrado a estar sola, a repartir sus horas entre el trabajo y su hija. Hacía un par de años que lograba salir de un divorcio traumático que tuvo que resolverse mediante los tribunales. Su ex y ella no se dirigían la palabra. La niña estaba por el medio y la vida debía continuar. Como salida emergente se había parapetado con una estructura rígida de forma de vida en la que no daba cabida a ningún hombre. Estaba dañada, lacerada por el maltrato psicológico de una pareja que había sido la única hasta los días corrientes, un hombre que cambió de la noche a la mañana, o que, quizá, ella no conocía bien. Aquel hombre dejó de ser cortés con ella; dejó de llevarle flores, de planificar salidas, de proyectarse hacia nuevas empresas idealistas como antes hacía. Se volvió un hombre gris, mudo, postrado frente al televisor con las piernas encaramadas encima de la mesita del centro. Comenzó, un buen día, a seguir los partidos de fútbol. Cristina odiaba el fútbol. Dejó correr el tiempo, hasta que se aburrió. Le planteó el divorcio y no hubo manera de que él lo aceptara.
-Dime una cosa, David. ¿Cómo llegaste a vendedor de electrodomésticos?
-Es largo de contar. Primero me gustaría que me respondieras cómo fue que aceptaste esta invitación. Estoy verdaderamente sorprendido- volvió atrás el otro, inesperadamente.
-Hay algo en ti que me inspira confianza. Aunque eso es una tontería. Las apariencias engañan. En principio, ni yo misma lo sé. Solo sé que esta mañana estaba ordenando mi casa, luego sucedió lo del aspirador, y ahora estoy aquí. Debe haber funcionado algún automatismo, con tan buena suerte de que no tengo a la niña…
-No te insisto más. Es posible que yo haya perdido la perspectiva de que dos seres humanos se puedan conocer libremente sin que alguien los presente. Esas cosas suceden también, aunque escasean. ¿Ves? Ahora a mí me gustaría preguntarte como fue que llegaste a conducir profesionalmente un autobús metropolitano.
-Yo me tengo que ir, David. No lo tomes como un desaire. Esa pregunta es muy fácil de responder: Me hice conductora profesional porque siempre me gustó conducir; además, no pagan mal.
-¿Sólo por eso?
-Sí, ¿por qué más?
-Por un desafío o algo así.
-Te complicas demasiado la cabeza. Mira, ¿el sábado que viene cómo tienes la noche para salir? Sé que trabajas hasta las ocho y media o las nueve?
-No tengo nada previsto. Podríamos quedar.
-Perfecto.
-¿Aquí mismo?
-No, por favor, este ambiente no me gusta. Espérame en la puerta de tu tienda.
-¿Y si me raptan?
-Yo pagaré el rescate, no te preocupes.

Cristina se marchaba y él miraba sus movimientos a través del cristal de la cafetería. Tenía bonita figura. Llevaba un bolso a juego con las botas. Caderas anchas, cintura de avispa, tacones firmes y, nunca mejor dicho, lejanos. A David se le escapaba de las manos un conjunto armónico de voz y estilo, de sensualidad y provocación juntas. Acaba de descubrir que la muchacha fumaba, que tenía sentido del humor, que poseía control y sabía jugar con ese recurso. David había dejado de fumar por lo menos un par de años atrás. El olor del tabaco era algo que conocía perfectamente y, sin embargo, por razones inexplicables, no lo había asociado a aquella treintañera aficionada al suspense. Prefirió quedarse allí sentado un rato más, entre el humo y el grito coral de los espectadores del fútbol. Hacía mucho tiempo que huía de las despedidas a la intemperie. Estaba recogido, satisfecho por haberla tenido tan cerca y, sobre todo, porque Cristina hubiera aceptado un café. Estaba tan feliz de esos últimos momentos que había olvidado una nueva cita, un nuevo desafío del tiempo que lo situaría, como un soldado del Kremlin, en la puerta de su establecimiento.


(Continuará…)

miércoles, 19 de marzo de 2008

INTRAMUROS



Sombras nada más (VI)

Algo extraño estaba sucediendo en la parada del autobús. El vacío total comenzó a preocuparle, así como la inexistencia de un aviso en las paredes de la caseta del transporte. Faltaba una nota informativa, una voz que se pronunciara en nombre de los desconcertados que esa mañana se hallaran en apuros en plena vía urbana. Observó a lo lejos de la calle Marina, cuya profundidad se percibe desde la pequeña colina donde está enclavada la caseta. A lo lejos se movía un conjunto de autobuses de turismo, con destino a la Sagrada Familia. La maraña de coches de todo tipo, incluyendo hilos de bicicletas que cada vez coloreaban más la trama citadina, permitió a David el disfrute efímero de una ilusión óptica. Un “monstruo” rodante rojo parecía empastado en los perfiles del campo visual, como una película que destaca subliminalmente un objetivo central pero tarda en presentárnoslo en un primer plano. El autobús, o lo que él tomaba como tal, resultó ser un vehículo de turismo de dos pisos, rojo, en efecto. Consultó el reloj y vio que no tenía tiempo para quedarse allí sin hacer nada. Siempre pensaba que era una pena que la vida fuera tan sincrónica, aunque en esa misma medida había sido posible construir por la mano del hombre todo un mundo de cosas que él disfrutaba. Había dejado de fumar. No contaba sin quiera con el pretexto de encender un cigarrillo para que llegara la guagua.
El tráfico alocado, la gente apurando el paso en todas las direcciones, los claxon contaminando aun más el ambiente, el murmullo de las obras por todas partes, el cemento abierto como una herida mechada con tubos de agua, electricidad, teléfono, gas; todo seguía igual que siempre a la hora de siempre, excepto que los ómnibus urbanos brillaban por su ausencia. Decidió dejar el mundo exterior y regresar a donde mismo emergió, a las arterias subterráneas del ferrocarril metropolitano llenas de luz artificial, gente con mala cara y velocidad, tanta velocidad que sentía que por allí la vida se le iba como un suspiro. También se le truncaba, por esos mismos canales, la posibilidad de encontrarse con su adorado tormento, la pelirroja hermética que conducía uno de esos carruajes inmensos que pasaban, mordiendo el asfalto, cada siete minutos por un itinerario fijo; como si no bastara que los trenes masticaran el subsuelo y las grúas instaladas por todas partes se tragaran el paisaje.
Consiguió asiento en el metro. Tapó con los puños de su camisa el reloj de pulsera. Mientras se preparaba para escuchar el reproche de su jefe, vio en el lineal de enfrente un periódico abierto. Un gran titular decía:
La huelga de autobuses toma carácter indefinido
David no había visto los telediarios de la mañana. Estaba despistado del ámbito noticioso, más que todo estaba absorto pensando en ella, en cómo una mujer tan joven, atractiva, perfumada, podía conducir ocho horas diarias un inmenso transporte público con absoluta diligencia. Se había despertado con el tema metido entre ceja y ceja. Preparó el café pensando en Cristina, sirviéndose de paso una gran ilusión que era volver a encontrarla. Pero el azar no se regala tan fácilmente, y él lo sabía.
En efecto, ahora se hallaba en el trance complicado de dar una explicación en el trabajo. Supuso que todo el mundo conocía la noticia de la huelga de autobuses, que no tenía excusas, o que esa excusa podía parecer endeble. Llevaba un cuarto de hora de retraso. Retiró la vista del periódico de enfrente y se enganchó los auriculares para adornar su situación con una tanda de boleros melindrosos que siempre cargaba en su reproductor de bolsillo. Pensó en lo distinto que era el ambiente arriba y abajo. En la calle casi podías tocar el sol y, sin embargo, la gente parecía sombras chinescas, sin detalles en el rostro; en un vagón del metro viajabas con el olor mezclado de un sinfín de perfumes escandalosos, con alguien al lado rozándote el abrigo, otro ser indiscreto observándote de pies a cabeza, decenas, centenares de personas cabizbajas leyendo la prensa, de pie, sentadas, recostadas a las puertas, hablando por teléfono, escuchando música. El metro parecía un planeta hiperactivo en forma tubular, en el que la velocidad de la luz impedía comunicarse correctamente, humanamente. Para su estilo de vida -sus tardanzas, su regodeo con la cama-, el metro era su única salvación en días laborables, que era la mayor parte de su vida.
David llevaba un par de días melancólico desde que se enteró, a través de un amigo, de la muerte de un actor histórico. Ese actor había estado largos años en la pantalla de la televisión encarnando el personaje protagónico de una serie de espionaje, en su querida Cuba, donde nació y crecieron sus sueños de conquistador, aquel archipiélago remoto en el que estudió y ejerció la abogacía. La muerte del actor corroboró el paso del tiempo –aunque el histrión y, a la larga, funcionario gubernamental, no era tan viejo-; corroboró además la destrucción de un mito, porque no era posible de otra manera. Fueron muchos años de tejido emocional los que tornaron inquebrantable al personaje central, tocayo de David. Se llegó incluso a la confusión popular del personaje con el hombre real, que era un intérprete de carácter de teatro y cine, una especie de hombre duro que inspiraba en sus desdoblamientos cierta melancolía traspapelada entre la sequedad. La gente le hacía la broma a David preguntándole si le habían puesto el nombre por el personaje del espía legendario. Y él respondía que no, que él había nacido primero, pero que no le molestaba la aproximación a un galán.
Ese galán introvertido acaba de morir en su país, el de ambos, y la noticia pareció como un remache en los recuerdos de David, en su mezcolanza de planos temporales y en el pastiche de iconos afro-hispanos-antillanos que llevaba en su alma. Los boleros le hacían sucumbir en viajes astrales, aunque con ellos andara casi siempre. El pequeño espacio que le reservaba un vagón del ferrocarril suburbano, cerraba su viaje en un cubículo lleno de recuerdos, ensoñaciones y delirios controlados mientras los convoyes peinaban las estaciones. Cuando anunciaron el final de línea, David vislumbró el colofón de una obra de teatro y a un actor legendario inclinándose varias veces para despedirse. Se levantó y se arregló un poco ante los cristales del vagón. Salió corriendo con el álbum de boleros aún enganchado, hasta alcanzar otra vez la calle. Había atravesado sin darse cuenta la mitad de la ciudad de Barcelona.
Su jefe lo recibió con una pregunta que nada tenía que ver con los ardides preparados:

-Buenos días, David. Me imagino que se te estropeó el metro, ¿no? Oye, llamó una clienta preguntando por ti, relacionada con un aspirador…
-Sí, un aspirador de 2200 vatios tipo ciclón. ¿Ha pasado algo…?
-No lo sé exactamente. Dijo que vendría a verte.
-¿Cuándo?-intercambió David con los ojos dislocados.
-Hoy, me dijo que pasaría hoy.

David trató de ordenarse mentalmente mientras tomaba posesión de su puesto de trabajo. Había asuntos pendientes, cola en el mostrador, teléfonos timbrando, amenaza de la llegada del camión con mercancía para reponer, cambios de precio, mucho polvo encima de cada uno de los ejemplares del género en exposición. Necesitaba urgentemente un café doble y no lo tenía a mano. Dejó el bolso en la trastienda, se cambió la camisa y salió a tomar responsabilidades con absoluto oficio, como un actor que interpreta a Hamlet después de haber pasado la tarde en una oficina de reclamaciones. El contraluz de la entrada dibujó una silueta móvil, sobre tacones de mujer. David olfateó un perfume conocido y encontró, avanzada la mañana, por primera vez en su vida, el contorno de la sombra chinesca de Cristina.


(Continuará…)