jueves, 30 de julio de 2009

El tiempo es una máquina inexacta



La primera cuenta verdaderamente seria que saqué con respecto a mi edad tuvo lugar hace nueve años, en el 2000, cifra redonda que marcaba el principio y final de muchas cosas. Entonces, un día como hoy, cumplía 35 años.
Para mí, obviamente, aquella era una cifra gigante.
Un año después, no obstante, fue que comenzó todo.
Al emigrar uno emprende una nueva vida – de ahí el nombre de este blog-, y ahora no sé si ponerme a contar con seriedad mis julios a partir de la llegada a Barcelona. Esta mañana me desperté con esa duda.
Total, hay cinco años por ahí sueltos en los que no aparecí en ningún papel de esta ciudad ni de este mundo, ya que Cuba me borró automáticamente de su lista de ciudadanos naturales –para lo que le conviene al gobierno, claro-, y España entonces no me reconoció en el lapso de un quinquenio.
Ese quinquenio no tan gris como pudo haber sido –la novedad se ocupó de darme cobijo-, parece ser que no estuve en este planeta; sin embargo, fue el tiempo en el que más aprendí de la vida. Debo confesar que, aún siendo consciente del limbo legal en el que me encontraba, el sentido de libertad extraordinario, inédito en los días de mi vida, me ocupaba más la mente.
¡Vaya paradoja!
De esta manera, y ante declaración jurada, expresada por escrito, resto cinco años a conveniencia. Si hoy, al levantarme con un beso de mi mujer, me cantaron 44 julios, y, entusiasmado, le pedí a ella que me retratara en la parada del bus, al final de la jornada puede que me meta en la cama con 39.
Quiero agradecer a todos mis amigos las felicitaciones y la complicidad de esta acta innotarial. Y a los lectores, en general, la gentileza de permitirme utilizar en mi cumpleaños este espacio del blog para mí.
Gracias a todos y feliz verano.


El autor.

martes, 28 de julio de 2009

Entiéndeme tú a mí



Un amigo puede tomarse una cerveza conmigo a media tarde a la sombra de un edificio de Barcelona, mientras está en La Habana. Tiene el Don de la ubicuidad.
Quedamos a la hora de la comida –del almuerzo, me dijo, utilizando los giros lingüísticos de allá- para vernos un rato y “despachar”. Hace meses, su trabajo lo lleva dibujando los fondos de una película que transcurre en la capital cubana de los años 40 y 50, y en la Nueva York de esa época, dos ciudades que jamás ha pisado.
Está secuestrado por una historia de amor, de luces y de espectros proyectados por las columnas habaneras, esos mismos soportes que deslumbraron al erudito Carpentier por su diversidad de estilos y demasía. Aunque ahora no sé bien si las columnas podrían llegar al exceso en una urbe tan calurosa. Hasta allí ha viajado virtualmente, pues está contratado para recrear los escenarios de un largometraje de ficción que en estos días se confecciona a pulso, y nunca mejor dicho.
Sagar Fornies es un dibujante compulsivo, lo que no quita que se tome unas cañas con las manos libres, en ambiente distendido y, coincidentemente, tórrido. Ahora, mientras dure este trabajo, no viaja en trenes delineando los rostros singulares de la gente. Está centrado en el ánima de una o varias canciones. Ahora dibuja a las órdenes de Javier Mariscal, el diseñador emparejado con Fernando Trueba para realizar el largometraje musical de animación Chico y Rita.
Mi amigo es muy introvertido. Su oficio lo ha llevado por el mundo del cómic y ha dedicado mucho tiempo a trazar jazzistas medios reales y medios imaginarios. Es un retratista de la intimidad, como el mundo del jazz, que es un claroscuro en sí mismo. El trabajo de delinear los fondos de estas ciudades sin haberlas visitado le ha situado en un plano totalmente virtual, aunque el equipo central de realización del filme haya conseguido la información de rigor. A menos de un mes de terminar con la historia de Chico y Rita, se preocupa por el ensamblaje de todo el material, cuyo resultado se estrenará el próximo año en Cannes.
Mientras me narra algunos planos, a escasos metros del estudio, no me adelanta que me llevará a ese lugar. Endulzamos un café, después de un postre que costó casi lo mismo que el almuerzo. Me confesó que sueña con La Habana, con los nombres de las calles, con las esquinas de Belascoaín y Neptuno. No es para menos. Me pregunta cómo es eso realmente. Cuando comienzo a responder, me interrumpe:
-No, espera. Ven conmigo. Muéstramelo todo con las fotos por delante.
Y me conduce por unas naves adornadas con jardines colgantes, lugar húmedo que me trasporta al Bosque de La Habana. Allí, entre un montón de documentación de la época, ordenadores y gente con la vista gacha, dibujan la película.
Sagar se dio cuenta de que yo sufría de nostalgia.
-Te entiendo –me dijo-, pero tú entiéndeme a mí.
-¿Que te gustaría estar en mí para dibujar con más conocimiento?-le pregunté.
-Algo así.
-Y a mí estar en ti para no morirme de nostalgia-agregué.
Mi amigo tuvo la gentileza de mostrarme un par de secuencias del largometraje, en donde se veía un personaje encorvado y melancólico (una metáfora de Bebo Valdés) con un bolero de fondo: Sabor a mí.
-Oye- se me ocurrió preguntarle-¿si después de esta experiencia te regalaran un viaje, a escoger, a cuál de las dos ciudades irías primero, a La Habana o a Nueva York?
Sagar se ajustó sus gafas de miope para ganar tiempo antes de decirme en voz baja, como siempre habla:
-A Nueva York, sin dudas.
-Yo haría lo mismo, y gracias por la sinceridad-agregué erizado de pies a cabeza, dejando caer la mirada en una gráfica color sepia de La Habana con fecha de 1945.

Foto del autor

lunes, 27 de julio de 2009

El otro 26



Ya nadie se cabrea en Cuba porque allí se hayan olvidado de Santa Ana y San Joaquín para celebrar el 26. Si acaso, los santos se conmemoran en la intimidad. Un asalto armado a un cuartel en Santiago de Cuba, ocurrido en 1953, a las órdenes de Fidel Castro, provocaría en lo adelante el rapto de la fecha para los anales de la revolución. Y, por eso, todos los cubanos que nacimos después de 1959 estuvimos obligados a festejar con una jarra de cerveza caldosa la acción armada, el pistoletazo de salida de una carrera dictatorial que, muy a nuestro pesar, ya dura medio siglo.
En Cuba se acaba de celebrar el 56 aniversario del inicio de la insurrección, con algunos de aquellos protagonistas hechos unos viejos mandones, de esos que se niegan a llevar pañales para paliar la incontinencia porque ese bulto pélvico debajo del pantalón atentaría contra su dignidad. Y terminan corriendo al lavabo cada diez minutos, sin compasión con sus cuidadores.
Ver esta triste realidad –la decadencia se puede evitar, y no es estrictamente inherente a la vejez-, nos aleja de un panorama patriótico que nos vendieron como la “Biblia” de la revolución caribeña más renombrada, aquel discurso luego impreso de un Fidel Castro joven y vehemente que se auto defendió en el juicio augurando que la historia lo absolvería.
Otra vez, tristemente, comprobamos que aquella puesta en escena fue tan efectiva y tan histriónica que nos embarcó a muchos en una nave ilusoria que luego nos dejó al pairo.
Uno trata de centrarse en el entorno donde vive y descubre que ese mismo día, el 26 julio, pero de 1909, hace justamente un siglo, Barcelona ardía por una revuelta popular. Se le denominó históricamente la Semana Trágica, lo que sucedió a continuación de los incendios. La represión llegó sin demoras y hubo ejecuciones sumarísimas, una operación de sofoco que, hasta donde he leído, comandó el entonces capitán general de Cataluña Valeriano Weyler, el mismo estratega de la reconcentración que desahució a miles de cubanos unos pocos años antes.
Hoy esta ciudad donde vivo es una joya arquitectónica en sí misma, moderna y conservadora al mismo tiempo. Me pregunto si el ala conservadora de la historia local es la que ha marcado una calle con el nombre de Weyler, en los tranquilos predios de Badalona, al lado de la Ciudad Condal.
Sin afincarse en el santoral católico –uno es agnóstico, habiendo nacido en Cuba después del triunfo de la revolución comunista-, y tratando de olvidar el tono guerrillero que nos envolvió sin nosotros querer, encontramos otro 26 de julio, también revoltoso y anticlerical. Y decidimos quedárnoslo. No debemos andar exentos de fechas señaladas por la historia local. Ese vacío provocaría una vida existencialista, y eso da miedo. Al menos a quien escribe estos párrafos.

domingo, 26 de julio de 2009

Montcada (i Reixac)



Esa mañana se estrenó un pantalón militar, con bolsillos de alforjas y cremalleras metálicas, de esos que se burlan alegremente de la iconografía castrense. Llevaba aún los tickets del supermercado mezclados con las llaves de la casa, un paquete de tabaco, la billetera, el estuche de las gafas de sol y un teléfono móvil estrecho.
Su mujer aprobó el color verde olivo y, en general, la estampa juvenil que tenía delante, comenzando por un par de sandalias cruzadas que hacían de él un esperpento recogido, pero esperpento al fin y al cabo. El pantalón incluía tiras de tela atadas en el carril de las cremalleras, como si fueran hebras de henequén que cuelgan de un tejido rústico.
-¿Vas cómodo, mi amor?-le preguntó.
Él asintió.
Subieron al coche y enchufaron el aire acondicionado. El automóvil estaba tostado por el calor de casi cuarenta grados centígrados que había en el ambiente, y sucio, producto de una lluvia de barro que había traído el viento africano desde miles de kilómetros de distancia.
Tomaron la autopista en dirección a Girona. No había tantos coches en la ruta que llevaban. Era un domingo espléndido, sosegado.
Al pasar por el borde del pueblo de su tía, ella sintió que le iban a hacer una broma, una broma recalcitrante. Así que bajó el volumen de la radio para que su marido no tuviera interferencias. No se equivocó. Él tiene varias ideas fijas, una irremediablemente enlazada con ese camino. Evitar el trayecto significaría viajar por una calzada con peaje. Ella quería ahorrarse los impuestos de las autovías catalanas, más altos que los de otras comunidades autónomas, a sabiendas de que la broma llegaría.
Coincidentemente, era domingo, un 26 de julio.
Justo al aparecer las señalizaciones del nombre del pueblo Montcada i Reixac, él le preguntó:
-¿Sabes qué día es hoy?
-Domingo-dijo ella para fastidiarlo.
-No, de número-insistió su marido.
Se hizo silencio. Él atendía la autopista pero la miraba intermitentemente por el espejo. No se aguantó porque sabe que ella lo quiere, que lo entiende, e insistió:
-Mi amor, un día como hoy, pero del año 1953, Fidel, y un grupo armado de hombres…
-Sí, ya sé, asaltaron el Cuartel Moncada…Y el 19 de abril, que es el cumpleaños de mi madre, en Cuba es el día del miliciano, y el 28 de septiembre, mi cumple, es el día de los comités de defensa de la revolución.
Al concluir con tono irónico su frase, ella volvió a subir el volumen de la radio.
Él depositó cariñosamente su mano derecha sobre el muslo izquierdo de ella. Le acarició la rodilla en sentido giratorio y volvió a sujetar correctamente el volante.
Se fijó por el retrovisor de la derecha que dejaban atrás la entrada a Montcada i Reixac, un pueblo tranquilo donde viven muchas personas que trabajan en Barcelona y ese domingo, sin arrastres bélicos de ningún tipo, debían estar arreglando el jardín o baldeando la terraza.

viernes, 24 de julio de 2009

El bolero de Joaquín



No es trágico. Venía siempre con una sonrisa, como si su actitud nos despejara los caminos por donde la vida nos tienta. Y siempre estaba allí, al final del auditorio, que no pocas veces era la entrada del salón. Así que, si nos convenía, pasábamos silenciosos a ocupar los buenos puestos, los de adelante, para grabar las conferencias, salir en los noticieros televisivos o entretenernos mirándoles los zapatos a los del estrado.
Pero él sabía que estábamos y dónde, sabía que habíamos llegado tarde, lo sabía todo. Hablo en pasado porque esto es un recuerdo, y también porque me marché de aquellos dominios sin avisar. Joaquín sigue allí, en todas la conferencias de prensa que hablan de la música, continúa en las filas para reporteros de los teatros, en los cafés de debates a posteriori, ambientes que llamábamos así para suavizar la vernissage constante de consumos de alcohol.
Creo que Joaquín se mojaba los labios. No estoy seguro.
Siempre pienso en mis compañeros de profesión que tuvieron que enterarse por boca de otra gente de que me marché. Es algo que no he logrado quitarme de encima. Y pensé en Joaquín, en estos días, con la noticia de la publicación en Barcelona –más bien en la red internacional- de su más reciente libro.
Seguirá luchando contra el transporte urbano de esa ciudad tumultuosa llamada La Habana, él, invidente que sueña por la oreja, según le apetece confesar. Seguirá asistiendo a los conciertos en medio del peligro, no por ser ciego, sino por lo oscuros que son los autobuses abarrotados de nuestra capital, turbulentos, como los trenes de la India.
Lleva veinte años con su columna a cuestas, uno de los más lúcidos - si no el más- espacios de opinión sobre ese marasmo denominado Música Cubana.
¡Veinte años escribiendo sobre una boca de fuego!
Sé que al principio nadie quería darle trabajo por ser ciego.
Esa amargura de la gente él la convirtió en uno de sus desafíos personales. Como mismo, antes se había presentado en la Facultad de Periodismo para estudiar la carrera. La cursó. Se graduó en contra de una de las principales leyes de la materia que sitúa a la observación como piedra angular.
Dos décadas después, su columna sigue viva y se apea de los terribles buses con un libro en la mano, simbólicamente, claro. Esa biblia, supongo, será una de las claves para entender qué pasó después del son y la guaracha, más allá de la rumba y el cha cha chá.
Encima, compartir nombre con Sabina y con Rodrigo –dos extremos de la cuerda- me hace sospechar que su vida transcurre en tiempo de bolero, agazapada y expectante.
Espero que nos veamos alguna vez en Barcelona, o en nuestra musicalísima ciudad, querido amigo.


Concierto Cubano. La vida es un divino guión, por Joaquín Borges Triana. Editorial Linkgua, Barcelona, 2009.
Puede conseguirlo aquí.