
Aún con deudas reposando en el tintero –acabar, por ejemplo, la serie de relatos titulada Intramuros-, me encuentro de nuevo un poco a contrapelo (1) en el verano barcelonés. Sin vacaciones, as usual, como diría mi padre en buen cubano, esa lengua nacional que es mezcla de localismos simpáticos y anglicismos beisboleros.
Otra vez debo hacerle un guiño a la vida para que me espere en una esquina pacientemente. Voy detrás de ella, creo haberlo dicho o sugerido alguna vez. Y es que la vida acostumbra a desplazarse con velocidad desde que descubrimos sus encantos y la inmensidad de sus placeres. Pero, un mes de julio, precisamente, supe, sentado en un parque de esta ciudad, que se puede llegar a viejo con muchas de las metas cumplidas. El anciano que tenía entonces al lado –que en paz descanse- había participado en la guerra civil española y en innumerables batallas personales.. Hablaba poco, la verdad. Sin embargo, su silencio, como la música, terminó por acompañar mi circunstancia. ¡Ya ni me acuerdo de aquellas interminables tardes!
No tuve testigos porque no quedaba nadie conocido en los alrededores.
Ahora –hoy- es una tienda de electrodomésticos la que ocupa mi tiempo. Todos sabemos que, excepto en la hostelería, Barcelona y España, comercialmente, mueren en verano. Pero al dueño de mi empresa –que no es mía- le sale a cuenta pagarme un salario para que esté allí durante el verano vendiendo algo, lo que sea, por muy poco que se tercie. A estas alturas, a mitad de temporada, ya descubrí cuál es el producto estrella de esta época. Siempre sospeché que serían los ventiladores, porque los acondicionadores de aire frío todavía no están al alcance de la mayoría de la gente. Pero me equivoqué.
Los aparatitos más demandados son las depiladoras.
Ya he vendido las suficientes como para recolectar anécdotas. Creo, no obstante, que alguna muchacha rezagada vendrá a visitarme a la tienda en estos días de impasse.
Me propuse hacer un experimento. Aprovechar las dos horas de viaje que me toma ir a comer (2) a mi casa y emplearlas en el presente blog con Historias de verano (que bien podrían llamarse Historias de depiladoras). Llevaré cada día el tapper o cantina conmigo, y buscaré algún lugar cercano a la tienda para escribir y ponerme al día con los correos personales. De esa manera, ahorraré dinero en transporte, y energías físicas. Regresaré, supongo, más fresco a los brazos de mi mujer, quien, por solidaridad conmigo, no tomará un avión hacia alguna parte. El mes que viene, como tituló su diario Wendy Guerra, todos se van.
Lo expuesto arriba es solo una idea. Pudiera ir variando por el camino. Espero encontrar un sitio agradable y tranquilo y descubrir a contratiempo los oleajes de las personas.
Otra vez debo hacerle un guiño a la vida para que me espere en una esquina pacientemente. Voy detrás de ella, creo haberlo dicho o sugerido alguna vez. Y es que la vida acostumbra a desplazarse con velocidad desde que descubrimos sus encantos y la inmensidad de sus placeres. Pero, un mes de julio, precisamente, supe, sentado en un parque de esta ciudad, que se puede llegar a viejo con muchas de las metas cumplidas. El anciano que tenía entonces al lado –que en paz descanse- había participado en la guerra civil española y en innumerables batallas personales.. Hablaba poco, la verdad. Sin embargo, su silencio, como la música, terminó por acompañar mi circunstancia. ¡Ya ni me acuerdo de aquellas interminables tardes!
No tuve testigos porque no quedaba nadie conocido en los alrededores.
Ahora –hoy- es una tienda de electrodomésticos la que ocupa mi tiempo. Todos sabemos que, excepto en la hostelería, Barcelona y España, comercialmente, mueren en verano. Pero al dueño de mi empresa –que no es mía- le sale a cuenta pagarme un salario para que esté allí durante el verano vendiendo algo, lo que sea, por muy poco que se tercie. A estas alturas, a mitad de temporada, ya descubrí cuál es el producto estrella de esta época. Siempre sospeché que serían los ventiladores, porque los acondicionadores de aire frío todavía no están al alcance de la mayoría de la gente. Pero me equivoqué.
Los aparatitos más demandados son las depiladoras.
Ya he vendido las suficientes como para recolectar anécdotas. Creo, no obstante, que alguna muchacha rezagada vendrá a visitarme a la tienda en estos días de impasse.
Me propuse hacer un experimento. Aprovechar las dos horas de viaje que me toma ir a comer (2) a mi casa y emplearlas en el presente blog con Historias de verano (que bien podrían llamarse Historias de depiladoras). Llevaré cada día el tapper o cantina conmigo, y buscaré algún lugar cercano a la tienda para escribir y ponerme al día con los correos personales. De esa manera, ahorraré dinero en transporte, y energías físicas. Regresaré, supongo, más fresco a los brazos de mi mujer, quien, por solidaridad conmigo, no tomará un avión hacia alguna parte. El mes que viene, como tituló su diario Wendy Guerra, todos se van.
Lo expuesto arriba es solo una idea. Pudiera ir variando por el camino. Espero encontrar un sitio agradable y tranquilo y descubrir a contratiempo los oleajes de las personas.
Notas:
(1) Nunca mejor dicho.
(2) En algunos lugares de España, comer significa almorzar.
(1) Nunca mejor dicho.
(2) En algunos lugares de España, comer significa almorzar.



