miércoles, 4 de febrero de 2009

La sombra del tiempo



Antes de ir a la cama pasé por el ordenador y me encontré la noticia de la muerte de mi tocayo Serguera, más conocido como Papito, comisario político por excelencia. Revisé corriendo varias páginas de internet y no hallé ninguna foto reciente del finado. De manera que su rostro sigue siendo en mi imaginario la cara de la censura.
Es muy triste comprobar que la vida, el paso del tiempo, diluye todo lo mal hecho en un fango impreciso, difícil e incómodo de manejar. La nota del diario oficial Granma es tan escueta y fría que debe haber supuesto un pesado trámite a su redactor.
Me conmueve sospechar que, en caso de muerte prematura, me hubieran dedicado un texto más sentido con la firma de algún compañero de trabajo, aunque mi hoja de servicios no es nada comparada con la de aquel sujeto que estuvo en el “ajo” de la revolución cubana.
Quizá mañana, con más tiempo, halle una imagen más cercana de los rasgos físicos de ese hombre tan mencionado entre la intelectualidad nacional, de quien mi generación conoció más leyendas de atropellos que otra cosa. Y llegó casi a los ochenta años sin que su triste sombra menguara.
Tal vez él rectificara de todos los perjuicios que ocasionó, pero nosotros no tuvimos tiempo de enterarnos. Y la historia paga con esa manera tan sucinta, en una nota de prensa enlazada en la redacción de un turno de oficio.
Me pregunto cómo es posible que los archivos no tengan otra foto de Serguera que no sea la de un juicio sumarísimo en la Ciudad Deportiva de La Habana, al principio de la revolución, al lado del comandante, cincuenta años atrás.

lunes, 2 de febrero de 2009

Somos un pretexto



Una señora de unos sesenta años, mulata, habanera, según me dijo, entró a la tienda donde trabajo para comprar un reproductor de DVD pequeño.
-Es para llevar a Cuba-comentó por si acaso.
-Así que se lo lleva a mi país-interactué.
La mujer me miró un poco desconfiada. Sorprendida también. ¡Qué iba a imaginarse que el vendedor, joven, moreno, con gafas graduadas de diseño sería un compatriota. Mientras le explicaba la importancia en este caso de adquirir un aparato multisistema –con la norma europea y americana a la vez-, me dediqué a pensar si esa señora asistiría a la manifestación contra el gobierno de la isla, programada para el mediodía del pasado domingo.
Supuse que no, pues por regla general una persona de su edad, que no vive en España, según me indicó, tiene su cabeza en otros asuntos, en resolver problemas tan triviales y rutinarios como envolver los reproductores de DVD de manera que no los detecte el scáner del aeropuerto de La Habana. Se llevaba tres equipos, y solo están permitidos dos por persona. También debía estar atormentada por conseguir que ninguno de sus seres queridos se quedara sin regalos, porque la gente allí siempre espera algo, o, de lo contrario, siempre necesita algo.
Esa es una realidad. La inmensa realidad de la gran mayoría de cubanos.
Pero existe otra cara de Cuba como tema, y es la facilidad de hacer política con nosotros. Me pregunto cuándo llegará el día en que no tengamos que vivir estigmatizados. Sé perfectamente que para tal empresa hay que hacer votos de democracia, y eso es precisamente lo que nos falta todavía. Lógicamente, hablo de los que vivimos fuera de nuestro país.
Ser cubano es muy fastidioso. La gente, por costumbre, o frivoliza nuestra existencia –con los tópicos de la salsa y los puros y los mojitos- o se aprovecha para descargar su tema político. Si coinciden con uno que no es comunista ni nada que se le parezca, bien; de lo contrario te cantan un panfleto tan gastado que da hasta pena. Pero lo más jodido del caso es que, si no eres comunista, entonces eres de derechas, eres seguidor del Partido Popular.
Un lector de estas páginas se ha sentido profundamente decepcionado porque publiqué la convocatoria a la manifestación del domingo. Porque, dice, promover algo así es darle votos al Partido Popular español. No hubo manera de convencerlo –mediante intercambios en los comentarios del blog- de que anuncié la movilización porque me apetecía decir algo desde aquí, ya que no podía asistir porque estoy de mudanzas.
Una cosa es apoyar una convocatoria de denuncia al gobierno de la isla, y otra muy diferente votar al Partido Popular –mal llamado así, por cierto.
El día que pueda ejercer mi derecho al voto por primera vez en la vida, al cabo de los 43 años, un día que viene llegando, votaré a quien me dé la gana, y seré el hombre más feliz del mundo. Como mismo me hubiera hecho feliz presentarme el domingo en el Passeig de Gràcia y gritar a pulmón abierto. Son ganas, deseos de exorcizar una pena, vocear a los cuatros vientos, porque nunca hemos podido. Pido a la vida que, para el caso cubano, se pueda dejar la politiquería a un lado y tirar hacia adelante. Pido a los politiqueros –de la tendencia que sean- que no se aprovechen.
Yo también me decepcioné del mencionado lector, al que le hubiera gustado que mi blog sea una tribuna abierta a favor del Partido Socialista Obrero Español. Lo siento, compañero. No me gustan los políticos de ninguna clase.
Mi sueño se basa en que nos miren primero como nación –dígase cultura, idiosincrasia, tradiciones, geografía- y luego en el sentido de un comodín.
Es duro decirlo, pero somos un pretexto, y con esa cruz vivimos y trabajamos.

jueves, 29 de enero de 2009

Extraño corazón



Me llevaron una noche a las ruinas de un antiguo hotel en el centro de Santa Clara, a unos 300 kilómetros de la capital de Cuba. Antes de entrar, nos habíamos tomado un par de rones a palo seco, porque me dijeron que así era mejor, para capturar más fácil el tono de un sitio oscuro en el que podían suceder muchas cosas, desde enamorarte de alguien a primera vista –de alguien abstracto y fantasmal, de alguien intangible y muy posiblemente efímero-, hasta revisarte los bolsillos sin decoro para conquistar el filo de la última moneda que se queda enganchada en los pliegues de la tela, y, si la encontrabas, ofrecerla al hombre de la máquina de café, al amanecer, sintiendo que has vivido el triple de lo que te correspondía a esas alturas de tu existencia.
Me lo advirtieron y lo comprobé, lo viví más de lo que indican las prescripciones autorizadas de los bohemios de esa ciudad. Entré por una puerta estrecha y se me abrió un espacio romano abarrotado de sombras, siluetas, visiones dobles recostadas a los muros de ladrillo. Descubrí que eran hombres besándose y seguí hasta el fondo, empujando mis pasos con decenas de miradas encajadas en mi espalda. La mano que me llevaba era de mujer, eso sí lo recuerdo. Me trasmitía la presión necesaria para que yo sintiera seguridad y libertad al mismo tiempo. Me halaba hacia un traspatio donde debían estar otras sombras y por donde no existía salida. Casi nunca hay salida por el fondo, y, si la hay, se debe pedir permiso. Yo no conocía a nadie. Era imposible reconocer uno de aquellos rostros. Porque no eran rostros, sino cabezas de dragones en ramilletes dobles. Mientras avanzaba, miré un poco más abajo y encontré los brazos de los dragones dentro de los bolsillos de sus compañeros, los brazos enteros. Las piernas entrelazadas, dobles, y por los cuerpos caían unas melenas refractantes emboscadas por el humo del tabaco, y de los torsos crecían unos brazos fuertes como árboles milenarios, amarrados en las puntas, cosidos a los bolsillos de la ropa.
-Nunca habías visto esto-comentó la voz de mujer que me halaba.
No dije ni media palabra. No podía. No había espacio para media palabra. Era el espacio exacto para respirar. Tragué en seco. Sentí deseos de agarrar un vaso de ron y todavía faltaban algunos metros para llegar atrás, a un final incierto pero supuestamente más iluminado. Detrás debía estar el bar y la máquina de café. Detrás debía estar el aparato de música, el encargado del salón.
Llegamos y me revisé los bolsillos. Me tiré el pelo de la frente hacia atrás. No me faltaba nada, excepto un poco de aliento. Pedí ron sin hielo en un vaso ancho y me preguntaron si lo quería doble. Dije que sí. Allí todo era doble, y sentía cómo mi alma se resquebrajaba a pedazos, pero comencé a observar algunos rostros mejores dibujados por la luz. Y vi las primeras sonrisas que me llevaron a la normalidad.
No, nunca había estado en un sitio así. Nunca había visto a dos hombres besándose en los labios, amándose y deseándose con locura, hombres de espaldas anchas y brazos fuertes. Nunca había imaginado siquiera aquella escena, porque nunca tuve la necesidad de imaginarla. Aquella escena existía, era más real incluso que yo, porque yo estaba fuera de contexto y esa circunstancia anulaba mis sentidos, con el afán de encontrar un mínimo de seguridad más allá de los dedos de quien me llevaba.
La mujer me dijo que me estaban mirando, pero que no hiciera caso a los ojos de la gente y disfrutara de la copa de ron, que allí no pasaba nada si uno no tenía la voluntad de que sucediera. Quise irme de pronto, sin terminar la copa, y ella me aguantó.
-No te marches. Esto es único y tienes que verlo un poco más. Recuerda que eres cronista por esencia. Esta es una fracción de Cuba que no sale en los periódicos ni en ningún lado-me persuadió con elegancia.
¿Por qué había tantos homosexuales amándose desesperadamente?
Era evidente que estaba ante un fenómeno sociológico que el tiempo, la investigación, me ilustrarían después. Había algo más que aquellas sombras de las paredes. Había cierta normalidad. El anormal en ese instante era yo. Había un orden de las cosas, lo que pasaba era que esas cosas yo no las conocía. Y no sabía que podían tener lugar en un sitio público y con taquilla, en una isla censurada hasta lo imposible.
Me quedé un poco más. Pedí otro vaso lleno de ron, el mismo vaso, recuerdo, rellenado. Me afinqué en la barra y le di la espalda a la gente. Conseguimos un par de banquetas. La chica era una funcionaria del Ministerio de Cultura, era humana y heterosexual como yo. Recuerdo que se puso celosa, aunque le pudo más sentirse mi anfitriona. Cambiamos de tema y se nos olvidó el ambiente. Cuando volvimos por él, porque necesitábamos la imagen como ilustración de alguna cosa, ya no estaban. Las sombras se habían marchado y en su lugar había varios grupos de personas mayores llenos de luz.
Brotó de debajo de las piedras del suelo un conjunto musical, con guitarras, voces y percusión menor. Cambió la época, el compás, la gente. Llegaron los boleros, los sones montunos. Miré alrededor y el responsable de todo aquello seguía siendo el mismo, el señor delgado y tímido que nos dio la bienvenida en la barra, porque la muchacha del Ministerio de Cultura lo conocía.
Esa fue la noche más larga de mi vida, la más extraña, la más inolvidable.
Con el tiempo se hizo necesario encontrar el ron allí, a 300 kilómetros de mi casa, porque aquellas ruinas –que ahora cumplen un cuarto de siglo- producían la revelación artística muy a menudo, y uno continuaba siendo cronista, y, parecerá extraño, pero el ron de allí sabía diferente.

Nota: Como recuerdo de El Mejunje, un centro cultural del referencia en Cuba, tan querido e inolvidable que duele mencionarlo desde tan lejos. Como recuerdo a Silverio, aquel amigo que siempre estuvo y está allí. Como recuerdo a un sorbo de ron seguido de otro de café.

miércoles, 28 de enero de 2009

Convocatoria en Barcelona


En una tangente visual, frente al balcón del Consulado Cubano en Barcelona, se ve un cartel de grandes dimensiones con el rótulo Castro. Debe ser casual, porque este anuncio creo que se refiere a una empresa constructora, pero no deja de resultar curioso. En una gran avenida de una gran ciudad como esta pueden ocurrir salpicaduras, despropósitos y pintoresquismos. Recuerdo, al vuelo, ver pasar a un hombre de unos 60 años totalmente desnudo, fumándose un habano, sin prisa. Y tambíén la multitud que por allí arrolló detrás de la banda de Carliños Brown. Este domingo pasarán pacíficamente los cubanos que habitan la ciudad condal, para señalar el medio siglo de dictadura de la mal llamada revolución cubana. He aquí la convocatoria. El Paseo de Gracia es un lujoso transcurso abierto a todo y a todos.




Convocatoria a Manifestación ante el Consulado de Cuba‏
De:
Jorge Ferrer
Enviado:
miércoles, 28 de enero de 2009 12:44:59 p.m.
Para:
Jorge Ferrer (eltonodelavoz@gmail.com)
Estimados todos:les adjunto la convocatoria a una manifestación reivindicativa y pacífica que un grupo de cubanos residentes en Cataluña convocamos para el próximo domingo, 1 de febrero, a las 12:00 hrs., frente al Consulado de Cuba en Barcelona (Passeig de Gràcia, 34).Sería un enorme gusto poder contar con todos ustedes allí.Les ruego den la máxima difusión a este mensaje.Gracias.Un saludo muy cordial,Jorge Ferrer
CONVOCATORIA A MANIFESTACIÓN FRENTE AL CONSULADO DE CUBA EN BARCELONA
El pasado 1 de enero de 2009 se cumplieron cincuenta años de régimen castrista. Un aniversario cerrado que no debería ser motivo de celebración para quienes defendemos los derechos humanos y las libertades políticas fundamentales.
A lo largo del último medio siglo, los cubanos hemos conocido un solo gobierno, un solo partido, un solo discurso oficial. Más del 10 por ciento de la población de la isla ha marchado al exilio huyendo de la falta de oportunidades, la represión a la diferencia y la sinrazón de un país gobernado por Fidel Castro –y ahora por su hermano Raúl– con mano férrea y dogmatismo militante.
El cincuentenario de la Revolución cubana no debe ser, por tanto, motivo de festejo.
Al contrario, se trata de una magnífica ocasión para mostrar nuestra solidaridad hacia todo el pueblo de Cuba, que merece poder decidir su propio destino, gozar de libertades de asociación y expresión, manifestar su derecho a disentir y dar rienda suelta a la iniciativa empresarial de sus ciudadanos sin temer la represión de un estado policial.
Mediante este comunicado, un grupo de exiliados cubanos en Cataluña invita a una manifestación reivindicativa y pacífica ante las puertas del Consulado de Cuba en Barcelona (Paseo de Gracia, 34) el próximo domingo 1 de febrero, a las 12.00 hrs.
Los ciudadanos amantes de la libertad no debemos permanecer impasibles ante un régimen que se ufana de su inmovilidad y desprecia todos los llamados a impulsar una transición hacia la democracia.

Convocatòria a manifestació davant el Consolat de Cuba a Barcelona
El passat 1 de gener 2009 es van fer 50 anys del règim castrista. Un aniversari tancat que no hauria de ser motiu de celebració per als que defensem els drets humans i les llibertats polítiques fonamentals.
Al llarg de l' últim mig segle, els cubans hem conegut un sol govern, un sol partit, un sol discurs oficial. Més del 10 per cent de la població de l'illa ha marxat a l' exili fugint de la falta d'oportunitats, la repressió a la diferència i l'absurd d'un país governat per Fidel Castro –i ara pel seu germà Raúl- amb mà de ferro i dogmatisme militant.
El cinquanta aniversari de la Revolució cubana no ha de ser, per tant, motiu de celebració.
Al contrari, es tracta d'una magnífica ocasió per a mostrar la nostra solidaritat cap al poble de Cuba, que mereix poder decidir el seu propi destí, gaudir de llibertats d'associació i expressió, manifestar el seu dret a dissentir i desenvolupar lliurement la iniciativa empresarial dels seus ciutadans sense témer la repressió d'un estat policial.
Mitjançant aquest comunicat, un grup d'exiliats cubans a Catalunya convida a una manifestació reivindicativa i pacífica davant les portes del Consolat de Cuba a Barcelona (Passeig de Gràcia, 34) el proper diumenge 1 de febrer, a les 12.00 hrs.
Els ciutadans amants de la llibertat no hem de romandre impassibles davant un règim que s' ufana de la seva immobilitat i menysprea tots els crits a impulsar una transició cap a la democràcia.
Final del formulario

lunes, 26 de enero de 2009

HISTORIAS DE DEPILADORAS Y BATIDORAS AMERICANAS



Quinto día y final: Que Dios se marche confesado

Era un mulatón de complexión física fuerte, con el pelo corto y ropa deportiva. Se presentó en el mostrador atraído por la oferta de dos depiladoras por el precio de una, prebenda enmarcada dentro las rebajas de enero.
Señaló con el dedo y el vendedor de electrodomésticos pensó inmediatamente dónde podía estar la caja vacía de la pieza de exposición. El proveedor sabía de antemano que se trataba del último dueto de depiladoras, rematadas hasta lo imposible después de una larga y exitosa venta en la temporada de calor, que es cuando más se demandan estos aparatitos diabólicos. Así los concebía el tendero, a sabiendas –por la experiencia ajena- de que ocasionaban dolor, pero las mujeres estaban dispuestas a aguantarlo. La estética valía más la pena, y nunca mejor dicho.
Se trataba de un artilugio con dientes y muelas devorador y áspero. Inmisericorde, testarudo, obcecado pues su función era arrancar la vellosidad hasta dejarlo todo plano, brillante. Y el hombre que los vendía no hacía más que preguntarse hasta dónde se podría llegar en pos de la belleza, en la búsqueda de la felicidad observada a través de un espejo. De todos los cacharros que vendía, entendiendo el término cacharro como el nexo inseparable de la corriente, las máquinas para depilar le provocaban a diario una introspección, a tal punto, que había logrado un recurso para evadirse sin desconcentrarse de la venta.
En cuanto tuvo delante al joven que se llevaría el último par, primero se preguntó que hacía un corpulento señor comprando un artefacto de esos, y acto seguido se cuestionó por qué dos. Al cabo de muchos años detrás del mostrador no había logrado, sin embargo, evitar el psicoanálisis. Y a él no le pagaban por psicoanalizar a nadie.
-Es la última pieza…Quiero decir –rectificó- la última pieza del último juego.
-¿No estará dañada?-preguntó el cliente.
-No, señor, está sin enchufar aún a la red, y vienen probadas-se adelantó el otro instintivamente, porque más de una mujer le ha pedido que se la probara in situ, sin saber cómo hacerlo, claro, porque haría falta además una pierna de prueba, o un pubis, porque algunas depiladoras llevan como complemento un cabezal para las ingles.
El mulato dejó esparcir cómodamente un acento portugués. En seguida su anfitrión supo que había posibilidades de que fuera brasileño, por el matiz particular de la lengua en el gigante país sudamericano. No practicó el interrogatorio de golpe, por cautela, y lo dejó seguir un poco más.
Comenzó entonces un regateo que no estaba previsto, toda vez que el profesional de los electrodomésticos sabía bien que las ofertas no se discuten, por inamovibles que son los precios en estos casos y porque lo que está a la vista es ya de liquidación. Pero aprovechó la ventaja para enterarse más.
-¿Las utilizará usted en España o en otro país?- recabó el vendedor.
-En realidad no las utilizaré yo, ¿pero por qué me lo pregunta?-alternó el otro con una sonrisa suave, vista por primera vez en los escasos minutos que llevaba allí.
-Perdón, no quise insinuar nada. Le pregunté porque estas máquinas funcionan con un solo voltaje, con 220 voltios.
-En Brasil ya hay 220. Estas depiladoras salen conmigo de viaje hacia Brasil. Son para un regalo a unas hermanas gemelas.
-¿Cuándo marcha usted?
-Este domingo. Ya lo tengo todo preparado.
-¿Pero está aquí de paso o…?
-No, vivo aquí-no lo dejó continuar el joven, esta vez demostrando cierta empatía, como si quisiera alargar el diálogo pero sin forzar las cosas-.Yo soy el cura de la parroquia de la calle de atrás-cerró de pronto la oración, sin autoritarismo, más bien con lástima hacia el tendero. Eso debía sucederle a menudo al mulato cuando iba vestido de civil.
El vendedor no supo qué decir ante el desconcierto. Se le juntaron varias ideas en la cabeza y se hizo un lío con la expresión de su rostro. Un cura comparando depiladoras, para regalar, unos aparatos que van contra natura, regateando el precio además, dudando de la efectividad del género eléctrico. Pensó qué haría en el caso de que aquel mulato le pidiera que le probara la máquina de muestra. Sintió deseos de interrogarle, de preguntarle cómo les iba con el nuevo presidente de origen proletario, inquirirle sobre la teología de la liberación, sobre las favelas, sobre la vida cotidiana en un país de altísimos contrastes y tantísima población.
Al final le empaquetó la pareja de depiladoras tratando de no desconcentrarse para entregarle al cura el cambio correctamente, porque el sacerdote le pagó con un billete de 100 euros.
Lo despidió con amabilidad y con las mismas palabras que utilizaba para casi todo el mundo:
-Dígale a las chicas que guarden el embalaje durante unos quince días, porque si las depiladoras fallan por alguna razón se las podemos cambiar aquí mismo-murmuró el tendero para ser el último en tomar la palabra. Pero el cliente demostró ser más locuaz de lo previsto cuando se presentó en camiseta deportiva:
-Me voy a arriesgar a no decirles nada. Estos regalos van muy lejos y no creo que valga la pena traerlos de regreso si acaso fallaran. Pero, mire –apuntó- como trabajo cerca le mantendré informado de cómo ha sido la aplicación del producto en ambos casos-bromeó el vicario alejándose del lugar.


Nota: Este es el final de la serie que inicié en verano pasado y había quedado inconclusa. Ahora este episodio, inspirado en hechos reales, me ha ofrecido el cierre. Puede comenzar a leer la serie aquí: