sábado, 12 de septiembre de 2009

Los símbolos llegan por fuerza mayor



Mientras esperaba a un amigo, ayer por la tarde, me senté en la terraza y vi en el edificio de enfrente una barbacoa humeante, con una familia alrededor. El aire de otoño y el sol juntos sigue siendo una cosa rara en mis registros ambientales. Unos instantes a solas me recordaron cuando llegué a Barcelona, harán ocho años por estos días.
Resulta que todavía no comprendo los cambios de estaciones. El súbito cambio que vuelca a la sociedad en el orden normal de cosas, la vuelta al trabajo y a las escuelas, el sentido dialéctico que adopta el tiempo al remover el ropero, destapar las cajas de zapatos y encontrar en una de ellas un reloj de pulsera todavía con la hora exacta, vivo, resistiendo la terrible circunstancia de no ser el preferido.
Y los papeles rebuscados saliendo de archivos amateurs, de esos que amontonan textos y datos insulsos, que fueron insulsos un día pero al reaparecer dan una idea de cómo aprovechar el pasado.
Y el espejo en el baño, ambientado con luces tenues para ocultar las canas. No sé por qué ocultar las canas.
De vuelta a la terraza, de donde no me he movido, sueña –suena, quise decir-el teléfono y es mi amigo que me pregunta qué bebida traer, porque no encuentra una botella ideal para mí. Le doy alas a su gestión. Me da igual lo que traiga. De hecho, en casa tenemos de todo. Hay dos botellas de vino –tinto y blanco- en la nevera, cervezas y algún material fuerte para el final.
Me viene a la mente una de las primera visitas que hice cuando llegué aquí. Fui a casa de Jorge Ferrer, que vivía en los altos de un edificio antiguo sin ascensor. Llegué con una botella de ron. Jorge había sido compañero de la universidad y alguien me había dado su teléfono. Cuando me abrió la puerta, extendí el “rifle” y éste se me quedó mirando como si hubiera visto un fantasma.
-Bueno, pasa, pero eso ahora no –me dijo señalando el “material”.
La botella no fue abierta.
Me brindó un vino.
Fue la primera vez que supe que un vino es más apropiado para visitar, aun cuando lo “otro” sigue siendo el vínculo ideal de “lo cubano”. También supe que hay que adaptarse al medio.
Me llega un flash a la mente, la cara del hombre aquel que toca el acordeón en el metro y que fue una de las primeras personas en quien me fijé, alguien familiar en mi vida de Barcelona. Lo volví a encontrar en estos días, después de mucho tiempo, como si él hubiera estado de vacaciones y volviera al trabajo. Las mismas gafas antiguas, la misma delgadez, las mismas sandalias de cuero, el mismo pantalón antiguo ancho, la misma sonrisa y, en resumen, el mismo encanto que lo hace uno de los músicos más entrañables de la calle. Del subsuelo, quise decir.
No ha cambiado el repertorio. Toca fabulosamente el acordeón, lo que me hace pensar que es francés, un francés olvidado. Deslizó entre sus dedos la música de 17 instantes de una primavera, ah, el serial soviético que vimos en Cuba, cuando a casi todos nos gustaba ser un espía. Mal recuerdo. Pero el hombre del metro no tiene la culpa, así que deposito una moneda en su estuche por primera vez. Antes no le dejaba nada porque pensaba que estaba puesto ahí para ambientar mis trayectos.
Tocan el timbre de abajo. Es mi amigo.
Lo hago pasar. Él es un joven de Georgia que trae del brazo a su adorable mujer cubana. Es muy joven, demasiado quizá para obligarlo a hablar sobre 17 instantes de una primavera, aunque a mí me apetece recordar aquellos tiempos en mi terraza con el toldo echado. Mi mujer tiene todo listo en la cocina. Ha limpiado la casa y ha puesto un ambientador de sándalo. Abro la puerta y los hago pasar. El joven georgiano extiende el brazo con una bolsa.
-Fue lo único interesante que encontré-me dice.
Es una caja negra alargada, un Johnnie Walker de 12 años.
Comienzo a recordar a mi padre y cambio los planes. Ahora no deseo hablar sobre 17 instantes de una primavera, sino sobre mi pobre viejo que trabajaba en protocolo del Banco Nacional de Cuba, recibiendo delegaciones de Europa del este que dejaban en sus manos cajas negras iguales que la que ha traído el joven georgiano, compradas como obsequios en aeropuertos de tránsito.
Doy un giro en mis propósitos y saco hielo y vasos inmediatamente. Rompo el sello de origen de la botella y sirvo amplias porciones, para el georgiano y para mí. Supongo que un georgiano no se negará. Propongo un brindis en silencio y pienso en mi padre que tenía que entregar a sus superiores todo tipo de regalos.
Mi padre nunca tuvo valor para quedárselos.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Merendando arriba, mejor



Continúo apoyado en la barra del bar, recordando los días que viví en la calle Provença, hace unos pocos años.
Fabienne me sirve un café express.
Tenemos afuera una mañana soleada y tranquila, de esas que, sin anunciación, le entran de cara al otoño con el cuerpo en cueros, embistiéndolo con gracia femenina para que la transición de estaciones sea suave y producto de estos tiempos de emancipación. Ella lo aborda primero, lo sorprende y luego lo posee. El otoño no hace resistencia para poder estar, pero no achica su virilidad escondida debajo de un mantel. Dentro de unos días –ya lo siento en el olor del aire-, él estará en primer plano encima de todos y cada uno de los amaneceres.
Me cuesta aceptar que haya pasado el verano. Como cada año.
Continúo siendo un ser tropical esencialmente, aunque para poder vivir me deje subyugar por los cambios ambientales. No hay lucidez posible detrás de esos dolores de cabeza –literalmente- que provocan los cambios de estaciones.
A mi lado ahora no está un conversador nocturno sino un obrero de la construcción. Es robusto. Debe pesar unos 150 kilogramos. No puedo detallarle el rostro porque estoy sentado a contraluz. El hombre pide un almuerzo completo, lo que en Cataluña significa una merienda de media mañana. Quiero decir: media flauta de pan con carne y tomate dentro, más una jarra de cerveza de casi un litro. Algunos constructores prefieren media botella de vino en lugar de cerveza.
Me entero por él que trabaja en las obras del corredor del AVE (tren de alta velocidad) que pasará por debajo de la Sagrada Familia. ¡Vaya polémica!, le comento.
En estos momentos, me dice, estamos situados encima del perímetro urbano más seguro de Barcelona. Si te fijas, en los bordillos de las aceras hay unos dispositivos en forma de cabezotes que controlan los posibles movimientos del suelo. Estos sensores están conectados con otros de las azoteas de los edificios, y esta lectura del plano físico pasa a registrarse en un ordenador central que emitirá una alarma si se moviera un milímetro la superficie.
Mientras me explica, surgen pausas gastronómicas y sus dientes encajan perfectamente en la masa conglomerada de los productos agrícolas del país. Lo dejo masticar mientras pienso en mis antiguos vecinos de la calle Provença, si permanecerán o no en la plataforma social creada para detener las obras donde trabaja este hombre.
Pienso además en la tuneladora que deglutirá el subsuelo como mismo va desapareciendo poco a poco media flauta de pan rellena. Esa potente máquina abrirá otro surco debajo de nuestros pies, en ese entramado freático que va dejando poco sitio para obras de transporte. Una ciudad ferroviaria allá abajo, sumando a los caminos del metro y de otros trenes, a los estacionamientos de automóviles sumergidos, y ahora la gran obra que al final pasó del clamor de los vecinos.
La gente teme que se desplome el templo gaudiano que aún continúa en obras, y seguirá así por los años de los años. La construcción del túnel para el AVE concluirá primero, dentro de unos tres años entrecomillados según el gesto de una mano del obrero. La otra mano sujeta un trocito de “bocata”.
¿En cuál fase estarán?
Una vecina de este bar -continúa narrando- me dijo el otro día que el ruido de la tuneladora la llevaba medio loca. Tendrá usted que tener un oído muy fino porque la máquina aún no ha salido de Alemania, respondió él irónicamente.
Están preparando el camino para que la tuneladora entre por una boca de Sagrera y al cabo de tres años salga por otra de Sants. Si es que deciden sacarla, acota la corpulenta silueta que tengo delante “merendando”.
¿Cómo es eso? ¿La dejarán bajo tierra?
Cuesta muy caro desmontarla y trasladarla a Alemania. Así que no me extrañaría…
Estamos hablando de una máquina que realiza viajes subterráneos como imaginó Julio Verne que serían. Está provista de cámara de oxígeno, alimentación humana para varias semanas en caso de que los operarios no puedan salir de allí, y otras comodidades que mejor no te explico. Ya casi es la hora de volver a mi faena. Mira, ten en cuenta que ese aparato por delante devora la roca, y por detrás deja el túnel hecho con el material que aprovecha. Lo que no necesita lo expulsa hacia la calle. A veces puede trabajar a una profundidad de ochenta metros.
¿Llevará un dispensario de “bocatas” como estos?, señalo en el aire lo que fue la merienda y ahora está dentro de él. El hombre se ríe. Me ha dicho que le llaman El Oso. No me extraña. Tiene unas muñecas capaces de soportar mucho peso. Continúo imaginando el entierro de la tuneladora, un hallazgo arqueológico para los moradores de la Barcelona del próximo milenio.
Llega Fabienne con otro café que pedí. ¿Conoces a El Oso?, le pregunto. Fabienne se ríe. Dice que es uno de sus mejores clientes. Supongo que sí. A mí me ha dado gusto verlo comer sin desperdicios. También me alegra conocer a gente valiente que sube a tomar el sol, que emerge del mismo lugar donde nos sumergiremos en pocos años.
Hubo un tiempo de la calle Provença en que pensé que desviarían por el litoral el curso del AVE.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Baila conmigo



Al margen del peso emocional que supone un exilio, refugiarse en otro país trae gratas sorpresas para un cubano. En nuestras vidas hay un tránsito oscuro que nos robó buena parte de la cinematografía estadounidense y del mundo del videoclip, por mucho que cueste comprender que sea Cuba uno de los países que más cine yanqui consumen.
Explicar esta fórmula me ha llevado horas de conversaciones informales en los bares de Barcelona, acodado a la barra y con una copa en la izquierda que va cambiando de color. Del burdeos al rosado y del ámbar al amarillo aclarado por una piedra de hielo. Como si una cámara filmara sin parar anclada en el mismo ángulo, y de principio a fin transcurrieran años. Siempre hay alguien en los bares que se asombra de que conozcamos tanto cine “americano”, porque, en principio, nosotros estamos bloqueados.
-Pero nosotros nos robamos las películas y las exhibimos sin permiso-le digo-, pero, ojo, no sustraemos del espacio todo tipo de filmes.
-¿Cuáles no?-pregunta el hombre.
-Los que por asomo o exhibicionismo total tocan el tema cubano, ya sabes, el de Cuba después de la revolución.
El diálogo continúa y expongo que es preferible para el gobierno de la isla exhibir un material altamente violento aunque inocuo en el tema sensible, tú sabes, insisto, el de la política.
Después de recitar de memoria un carretón de títulos producidos en Hollywood, el contertuliano no sale del asombro. Ignora que Cuba es el país de la Siguaraya, o sea, el de los siete poderes.
Al día siguiente, una cadena privada española “echa” una cinta sobre tema nuestro y que jamás había oído mencionar, Baila conmigo, de 1998. La película, con mejor ambientación que guión, se encarga de ilustrar el duro empeño que ponemos en Europa para seguir bailando con el corazón y no con los matemáticos pasos de una academia de ritmos tropicales. En ese sentido, quedó resuelto un grave problema existencial que tengo. Algún día remitiré a alguien a la película.
Pensé en llamar al hombre del bar pero me di cuenta de que no intercambiamos teléfonos. Quería decirle que ese título no pasó por Cuba. Al menos yo no lo recuerdo. Si sale una actuación especial de Albita Rodríguez –la del punto guajiro, no la dueña de una cadena de zapaterías de Barcelona-, no debieron proyectarla allá. Esa mujer andrógina de voz espectacular está prohibida simplemente porque se marchó de la isla.

El tiempo en pantalla de la historia central de amor, protagonizada por Chayanne y Vanessa Williams -¡vaya mulata!-, se me hizo insostenible por culpa del maldito guión. Me entretuve imaginando cómo sería yo cuando envejeciera a partir de los primeros planos de Cris Kristofferson, quien encarna un personaje secundario adornado en plan minimalista como el eterno galán. Pocas palabras y muchos gestos westers, una mirada fría y un corazón derretido como la mantequilla a temperatura ambiente.
No quiero parecer pesimista -¡faltaría más!-, pero cuando Cris Kristofferson, su mujer hippie Rita Coolidge y Billy Joel pasaron por Cuba veinte años antes de rodar Baila conmigo, en nuestra lógica de entonces supusimos que la dictadura estaba comenzando a democratizarse, aunque el concierto fue a puertas cerradas para los hijitos de papá, militantes de la juventud comunista escogidos y algún “socio” de algún hijo de papá.
Me pregunto si de verdad a Cris Kristofferson le gusta la “onda” cubana. En la película representa a un tejano que tuvo un ligue con una preciosa mulata de Santiago de Cuba, a quien no logra olvidar. Le quedó un hijo con ella –Chayanne- que será el anclaje definitivo a tierra para echar buenamente los días que le quedan, realizado en su emprendedor, talentoso y bello retoño.
De mayor quisiera ser como el personaje de Cris, porque ser como él supondría apoderarme de Rita y esos cantares, ya sabemos, están reservados. Más que todo porque la era hippie auténtica ya pasó.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Forever Bicycle



Fabienne ni por asomo concuerda con el estereotipo de “lo cubano”. Es alta, estilizada, rubia. Sus articulaciones son tan delicadas que inspiran cierta fragilidad, ese encanto del mundo femenino que luego se traduce en fuerza cuando la mujer tiene que hacerse un camino prescindiendo de los paños tibios. Porque Fabienne aterrizó en Barcelona para construirse una vida nueva, pasando los treinta años, en el momento justo de tomar o dejar para siempre el tren de los desarraigos, el que pasa solamente una vez sin anunciar cómo será el futuro.
El futuro es más incierto que un cuento de hadas. Ella lo sabía, pero también estaba segura de que su juventud no podía quedarse en el susto de permanecer en Cuba. Ese país diletante que llevamos adosado a la espalda, lindo paisaje bucólico y urbano en el que vender un aguacate del patio particular es una contravención. Fabienne allí llevaba un taxi, con su fina cabellera que también un día pasó por las aulas de la universidad.
Andando por Barcelona es una chica más que corre hacia el metro con un vestido aireado y unas monturas de pasta diseñadas a la orden del día, para que su rostro sea el fresco desayuno de los nuevos tiempos europeos que aún comienzan en esta península ibérica. Hasta aquí han llegado sus ojos acristalados abriéndose paso a las adversidades que casi siempre corre un emigrante. La soledad, la desorientación social, la entrega a cambio de nada que termina doliendo mucho cuando uno descubre que el mundo no es tan fácil de beber. El endurecimiento invisible del carácter y la pérdida –transitoria o a veces definitiva- de la alegría, viajan junto con los trámites que hay que realizar de prisa para obtener resultados y seguir confiando en uno mismo.
Fabienne hizo los deberes muy a pesar de los episodios amargos que traen aparejadas algunas relaciones interpersonales, episodios, se supone, puestos por la vida a ex profeso.

Despabílate, amor

Una mujer sola en una ciudad impersonal de 2,5 millones de habitantes es una realidad perfecta para decidir qué hacer con su vida. Por el camino es necesario realizar depuraciones periódicas, pero lo más complicado es decidir cuál camino tomar. La Habana ha quedado rodada bajo los neumáticos de un taxi clandestino que a día de hoy sigue dando más dolores de cabeza que clamores. Forma parte del pasado pero el destino hace que uno no se olvide jamás de dónde viene. Ocurre entonces una síntesis de la globalización cuando Fabienne conoce a Andro, un joven georgiano que anda deambulando por Barcelona y ambos se casan por amor.
Ella maneja el idioma ruso y no es de asombro. Alguna vez, como parte de esa trasculturación forzosa que nos regaló el campo socialista, vivió en Moscú, de paso por el mundo. Él aprende rápido el castellano con esa facilidad para el multilingüismo que tienen muchos jóvenes europeos. Con ella amplía el vocabulario incorporando códigos de la isla, señales y gestos faciales y mimos a todas luces que no intenta reprimir cuando la acurruca en público. Forman una pareja agradable a la vista y con una curiosa complementación cultural. El referente iconográfico del realismo socialista los acerca pero ellos no se dejan dominar por tal herramienta. Solamente la aprovechan para crecer como un tándem.
Se dan cuenta de que el riesgo es necesario para construir algo propio y montan un bar frente al templo de la Sagrada Familia, un negocio con otro curioso referente.

Los nuevos empresarios

El traspaso de los antiguos dueños les deja en herencia otra vez el símbolo de la traslación, del movimiento. Fabienne lo aprovecha. Le explica a Andro que en nuestro país hay un comandante a quien se le ocurrió acercarnos a nuestros hermanos chinos una vez derruido el socialismo tradicional, y la primera jugada fue entregarnos a cada uno una bicicleta fabricada en Shanghai que rotulaba en su estructura Forever Bicycle. Por lo tanto, el bar continuará llamándose La Bicicleta, un vehículo afín al que, en la distancia, se puede tratar con amor.
A principios de este año, abrieron las puertas con la ilusión de preparar unos mojitos especiales para tomar en la terraza. Pero, lógicamente, la terraza era un sueño de verano. También volar era un sueño de verano y Fabienne lo cumplió cuando aterrizó hace unos pocos años en Barcelona. También corren tiempos de crisis económica y empeñarse en un negocio gastronómico no es precisamente lo que más se estila ahora. Ellos miraron esta lógica como una oportunidad personal, porque las oportunidades no siempre llegan cuando uno está descansando holgadamente en el sofá.
La Bicicleta es un pastiche decorado de forma provisional con lo que se heredó en el traspaso y un toque ínfimo de cubanidad pictórica; una reproducción de un Víctor Manuel, una solicitud expresa de la anfitriona para que firmemos en las paredes, como en la Bodeguita del Medio. Y el mojito preparado con rigor, como dicta la receta.
Fabienne sueña con armar un espacio cultural. Aunque sus padres “ se pasaron con ficha” atribuyéndole un nombre y un aspecto europeo, es coetánea con los miembros de la Generación Y, de esos que se nombran Yusimí, Yusmari, Yusniel,Yoani. Esa generación ha sido la última en beber de los creadores emergentes del patio, los cantautores, los artistas plásticos. La Bicicleta está armada de traspatio, el “teatro arena” donde discutir asuntos espirituales vinculados al arte. Primero, antes de abrir los ciclos –nunca mejor dicho- de debates, hay que ganarse la confianza de los vecinos. Con los vecinos hay que contar siempre para garantizar la base, o sea, una clientela fija que va en principio a tomar café y con el tiempo pedirá localidades en la trastienda.
Delante de una cámara, Fabienne y Andro parecen modelos de una campaña subvencionada por el estado para incentivar confianza en la planificación familiar. Sonríen cómodamente como los filósofos orientales que dan la impresión de no tener nada que perder. Un rato más tarde de hacer la fotografía, dibujan con una lápiz la contabilidad del día, tiran de la persiana y reverencian con disimulo el loquísimo edificio de la Sagrada Familia.
Hasta mañana. Se sumergen abrazados por las escaleras del metro sin mirar atrás.



La Bicicleta. Calle Mallorca 434 entre Lepanto y Marina.

martes, 1 de septiembre de 2009

El plural de Juan



Entre el juglar colombiano/miamense Juanes y el hijo de papá Almeida, los web sites de asuntos cubanos han tenido suficiente trigo durante este verano.
Pareciera como si los tocayos se hubieran puesto de acuerdo con el fin de entretenernos en los dos meses del año que menos noticias corren, y no porque no se produzcan novedades, sino más bien porque los profesionales de la información están de vacaciones y en su lugar quedan los becarios aspirantes a gacetilleros que hacen lo que pueden.
La blogosfera cubana se toma en serio su trabajo de contrapunteo mezclado con el chisme y el desprestigio, de ahí que los Juanes nos hayan mantenido expectantes con el ordenador entreverado con la playa. Hay muchas más cosas interesantes que hacer en los días de ocio, como leer un buen libro que nada tenga en relación con el cosmos cubano; pero he ahí que volvemos sobre lo mismo, quizá porque no perdemos las esperanzas de ver derrumbarse a un régimen abusador que ha secuestrado nuestras vidas sin piedad alguna. Por muy lento que haya sido este proceso de deconstrucción fidelista- por el camino a veces perdemos las ganas de observar si quiera el desplome-, en el fondo sabemos que somos testigos de un largo proceso de destrucción nacional que se presenta en la historia de la humanidad como una de las aberraciones más sostenidas, y de la que la mayoría de los cubanos somos ahora jueces y parte.
Todavía me pregunto qué persigue Juanes con este concierto que programa para muy pronto en la Plaza de la Revolución de La Habana. Pero no deja de ser interesante que el cantautor esté residenciado en Miami, el asentamiento por excelencia –y cercanía geográfica- de la diáspora cubana. Los que hemos vivido el poder de manipulación de la dictadura Castro sabemos que el joven rapsoda saldrá perdiendo, al menos en el ámbito de la opinión pública de la emigración de la isla que ya suma dos millones de nativos, o sea, el veinte por ciento de la población. Sin embargo, un amigo que emigró igual que yo en el 2001 y con quien comparto ciudad de destino, de derechas él, piensa que es positivo que Juanes actúe en Cuba. Me sorprende su pensamiento de distensión. Yo que soy de izquierdas –por decir algo que no sea la derecha- creo todo lo contrario. ¿O los tiempos están cambiando de aire o es que este que escribe ya está mareado y no ve el bosque a lo lejos?

El mulato se rebela

El renombrado Juan Juan Almeida –reiteración no tan ingenua que demuestra ese afán de continuidad de la casta poderosa de Cuba- ahora se apea del coche comodísimo de las cortes castristas. Anduvo en él toda la vida aprovechando ese beneficio que le dio el nacer en una casa protegida por los militares de la media centuria. “La guarnición” le llamábamos a ese búnker de la barriada de Nuevo Vedado, urbanización donde nací y crecí. Pero también estaba “La guarnición” de Alejandro, el otro compañerito de aula que tenía los ojos achinados y era un retoño de Raúl Castro. Así que desde pequeños aprendimos esas palabras militares para encontrar en el espacio de nuestra zona las viviendas de los hijos de papá.
El mulatico Almeida -¿de dónde habrán sacado ese apellido portugués?-era buena gente y nos dejaba asistir a sus fiestas de cumpleaños en “La guarnición”, así como también él asistía a las nuestras en las viviendas que nos cedió en herencia nuestra familia burguesa que se marchó del país bien temprano. En aquellos años 70 solo pensábamos en jugar a los escondidos, aunque los niños que no teníamos ningún pariente en la élite de poder notábamos que nos faltaba algo. Aún así éramos felices porque éramos niños.
El destino nos separó al finalizar la secundaria, cuando ya uno comienza a tomar en serio el bienestar material. Para Juan Juan, Alejandro y Alonso* hubo becas especiales, mientras que para los de “afuera” hubo becas ordinarias más parecidas a campos de concentración vejatorios. Supongo que a partir de entonces comenzó a estructurarse el Juan Juan que aprovechó las oportunidades de su medio para traficar con materiales de diversa pasta. Eso no es nada nuevo en los círculos de poder. Lo que sí llama la atención es que el mulato se rebele contra quien le dio alas y todo el combustible para sus correrías. Esto da la medida de cómo se está desmoronando el sistema castrista, ya que antes no nos enterábamos de los desvaríos de los hijos de papá. Habrá que leerse las Memorias de un guerrillero cubano desconocido que pronto publicará la colección española Espuela de Plata, y comprobar hasta qué punto el autor utiliza la venganza o el resarcimiento como vía de purgatorio. A mí me parece poco digno utilizar al revés los recuerdos de “La guarnición” para salir adelante, porque las noticias veraniegas nos dicen que a Juan Juan ya no lo quiere ni su padre. Su nombre, sin embargo, ha quedado en el centro de un clásico poema “revolucionario” en el que Nicolás Guillén se empeña en resaltar la “justeza” del proceso comunista: “Juan con todo y Juan sin nada”.
La última vez que vi de cerca a Juan Juan fue hace unos veinte años en un garaje de nuestro barrio donde se celebraba una fiesta. Vestía su elegante guayabera blanca y ya estaba medio calvo, aunque seguía sonriendo con el dibujo facial que hacen los soneros de Santiago de Cuba, el dentado sabrosón para que no quepa duda de que el calor humano puede más que todo.


*Alonso de los Santos era hijo adoptivo del Gallego Fernández, el ministro de Educación de entonces y hombre de absoluta confianza de Fidel Castro.