sábado, 26 de septiembre de 2009

Volver, el tango del carpintero



Anoche se subió a un taburete en la “bodega” de un bar, guitarra en mano y con muchos deseos de volver a ser el mismo de antes.
Bajo la presión de tres focos de una lámpara de IKEA, que le achicharraban su cabeza pelona, estuvo dos horas ahí sentado sin parar, inventándose una dramaturgia con canciones de todos los tiempos y géneros, para no aburrirnos. El público no se quejó de nada. Todo lo contrario.
Me gustaría saber en cuántos locales de Barcelona se puede encontrar a un trovador espontáneo que nos pide títulos de canciones para pasarlos por las cuerdas, títulos tan complejos armónicamente como la gran mayoría de las composiciones de Silvio Rodríguez, ese poeta tan excelso que nos puso el caramelo en la boca a todos y luego nos traicionó.
Lo importante es la obra de Silvio–la parte potable de su escritura-, la que salió anoche de un conjuro cómplice, espontáneo, pero a la vez tan nostálgico que daba pena con los cuarentones que estábamos babeados.
Pidió un whisky a mitad de camino. Se enjuagó las cuerdas vocales y encendió un habano al parecer hecho con hojas de plátano porque se le iba apagando constantemente. Nadie controlaba el tiempo, excepto, perdón, la administradora del bar. Los vecinos la tienen amenazada con cerrarle el centro cultural si se pasa de las doce de la noche. No había allí una orquesta, sino una guitarra que sonaba con la acústica del traspatio y el combustible de los cófrades que estábamos a punto de caramelo.
De Manuel Corona a Pedro Luis Ferrer. De la clave espirituana a la habanera catalana, por si acaso, parece que se lo oyó decir.
-Estamos en Barcelona, ¿no? Por cierto, ¿alguien me puede explicar cómo se leen las escrituras de las tarjetas de metro, impresas con tinta invisible?, solicitó entre whisky, tabaco y canción.
Es un actor. No caben dudas. Sabe manejar la voz y entretener a la gente.
Hasta ayer, según me había contado antes del concierto, era carpintero, un carpintero de Madrid que se ganaba la vida con sus manos como le enseñó su padre. A partir de ayer, intentará volver a ser actor, aquel histrión satírico que fue en Cuba, cuando el humor fino también estaba en cartelera. Fue uno de los seis fabulosos comediantes del grupo Sala-manca.
El concierto de anoche le sirvió para calentar la voz y probar fuerzas con el público. Hoy sube a las tablas de la pequeña urbanización de La Floresta, junto con tres antiguos compañeros del Instituto Superior de Arte que encontró por la franja mediterránea. Retoma Ciclos, el magnífico texto de Telo González que juega con el tiempo como categoría filosófica.
Estuve buscando en mi archivo personal y encontré la nota que escribí cuando se estrenó esta obra en el Teatro Nacional de Cuba. Jorge Luis González, de quien vengo hablando hace rato, quizá no se acuerde de esta página de Granma publicada el viernes 16 de agosto de 1996.






"Ciclos" : Sala UREF, Passeig de la Floresta, 24-26, La Floresta. (Ferrocarriles de la Generalitat, líneas de Sabadell y Tarrassa). Estreno hoy a las 22.30. Entradas a 5 euros.

martes, 22 de septiembre de 2009

No somos nada, Bebo


Algún día, cuando de verdad me crea en Barcelona y me dé por revisar todos los apuntes que traje de Cuba, me sentaré a escribir mis memorias del teatro de los 90, mi fascinante tránsito por las tablas, desde bambalinas, claro.
En la pequeña maleta que traje de La Habana –tuve que facturarla, por lo que viajó en la barriga del avión-, venía un archivo de negativos en blanco y negro de esa época que, ciertamente, no fue la mejor, pero tampoco la peor estación del teatro nacional. El archivo todavía sigue en la maleta, y ahí debe haber alguna imagen de Bebo Ruiz.
El otro grande Bebo, el fundador de la escuela cubana de instructores de arte, el juglar más loco que yo haya conocido jamás, acaba de morir en su tierra a los 75 años. Su imagen desarrapada, su pelo amelcochado y sus incontables arrugas faciales lo transfiguraban en un posible vagabundo cuando viajaba en guagua, que era la mayor parte de las veces. Detrás de su aspecto abandonado había, sin embargo, una de las claves básicas para entender el teatro cubano después de 1959, cuando, ilusionado, entregó al estado una sala dramática de su propiedad.
Bebo fue el maestro de varias generaciones de actores, dramaturgos y directores de escena. Los asesoró a todos sin pedir nada a cambio, excepto, seguramente, colaboración para sus proyectos trashumantes, porque era un fanático del arte callejero. Era una especie de biblia, un ABC del mundo escénico por haberlo vivido más que todo. Era un fantasma que aparecía en las filas intermedias de las asambleas del Ministerio de Cultura, con sus dedos amarillos marcados por la nicotina, sin maquillaje, como mismo era su vida y su manera de interpretar el teatro, como un Lorca itinerante en una carreta por las serranías y caminos vecinales. Confió siempre en el contacto directo como método de trabajo, más que en el ilusionismo de una sala oscura.
Por eso, cuando su experiencia parecía ser poca, en plena madurez artística, fundó el gigante consorcio Juglaresca Habana. Si hubiera vivido en el capitalismo, Juglaresca…hubiera sido una especie de holding, una corporación. Más de veinte agrupaciones de diferente estética pero similar intención. Pequeñas compañías a las que el consejo nacional de las artes escénicas se empeñó en denominar proyectos. Todo un contrasentido si tenemos en cuenta que un proyecto es algo que no sale de la mesa de trabajo.
Bebo para mí fue siempre una persona mayor, quizá más por su apariencia que por su salud. Desde que vivo fuera de Cuba, a cada rato lo recuerdo con una camisa a cuadros de mangas largas, soportando la presión de mi cámara fotográfica que trataba de reproducirlo en el periódico Granma. Debo decir, sin temor a que suene mal, que la muerte de Bebo la esperaba. Si se mueren comandantes de la revolución bien cuidados, de esos tipos perfumados, con atenciones especiales colgadas de la cabecera de la cama, ¿por qué no van a morir juglares existencialistas y bohemios?
Una vez, Bebo me sumó a una gira de quince días por Cienfuegos y Sancti Spíritus. La compañía itinerante llevaba clowns, titiriteros, magos, esperpentos y un periodista, que era este que escribe. En el hotel del Partido* de Sancti Spíritus nos pusieron en la misma habitación. Era la última noche de la gira.
Al día siguiente, antes de regresar a La Habana, tuvimos un desagradable contratiempo. Resulta que no nos querían dejar abandonar el hotel hasta que no pagáramos una sábana manchada de sangre que apareció en nuestra habitación. Ni Bebo ni yo habíamos visto esa sábana, salió de la nada. Toda la compañía observaba el espectáculo en la recepción del edificio, todos con la boca abierta.
En Cuba pasan esas cosas surrealistas y denigrantes.
Viendo que la administración del lugar no cedía, y que Bebo, el gran maestro de todos esos actores, estaba impactado con la absurda situación, él que había visto tanto teatro en su vida y sabía que el gran artífice del absurdo, Virgilio Piñera, no estaba detrás del ambiente, pues, se me ocurrió utilizar el carné del periódico Granma para solventar la mala escena. Nunca antes había sacado ese documento para aclarar cosas administrativas.
-¡Si nos hacen pagar algo que no hemos hecho –dije indignado enarbolando la tela, porque el director del hotel había llevado la sábana a la recepción-, publicaré un reportaje en el periódico!-y acto seguido coloqué el carné delante de los ojos del acusador.
Funcionó.
En la guagua de regreso a la capital, Bebo iba mezclado como siempre con el elenco. Pero estaba callado, con la vista clavada en los campos de caña.
Tiempo después nos vimos como siempre, en los festivales y los cócteles de los estrenos. Yo jamás pude aguantarme e invariablemente le preguntaba: ¿te acuerdas, Bebo…?
Si este capítulo aparentemente minúsculo de su vida no fuera verdad, cualquiera diría que los dramaturgos exageran.
No somos nada, Bebo, y nos quisieron procesar.
Hasta siempre.


Notas:
* Se le llama así genéricamente al único partido político legal de la isla.
La foto de arriba es de Rubén Darío Salazar, alumno de Bebo Ruiz y uno de los más prolíficos creadores de la escena cubana de hoy.
La noticia la hallé en el blog de la investigadora teatral cubana Rosa Ileana Boudet, quien vive en California.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Un profeta llamado Juanes


Anoche soñé con mi hermano menor, el que tiene veinte años y vive en La Habana. Desde que me marché definitivamente de allí, jamás había soñado con él.
En resumen, el sueño trataba de que unas semanas atrás mi hermano había fijado residencia cerca de mí, en algún lugar del Maresme catalán, y no me había llamado para decírmelo. Al enterarme me enfadé y luego fui a buscarlo.
Todos estos sueños “delicados” se los cuento a mi mujer porque ha estudiado la interpretación de los símbolos en el terreno onírico. Ella se puso a pensar y, como tardaba tanto, le dije mi opinión:
-Mira, este episodio no es más que la síntesis del concierto de Juanes.
-¿Cómo?
Mi mujer no esperaba semejante análisis.
-Sí-continué-. Como bien sabes, y por recomendación tuya, no era conveniente ver el concierto, por el daño que me está haciendo la saturación de temas cubanos, pero el subconsciente siempre trabaja; trabaja a su manera, en el plano surrealista.
-¿Y qué tiene que ver tu hermano con el concierto de Juanes?-preguntó mi mujer.
-Que seguramente él estaba allí.
-¿Pero no dices que, en el sueño, él estaba aquí?
-Estaba aquí y no me había llamado- me recosté a la nevera con una taza de café agarrada con las dos manos, como si tuviera miedo de que alguien me la quisiera arrebatar-. Eso significa que ya he dejado de ser importante para él, como nunca lo llamo…- seguí tratando de esclarecer los símbolos.
-¿Y él te escribe alguna vez?
Mi mujer a veces saca de la manga algunas preguntas capciosas. Quien no la conoce puede pensar que actúa con mala fe, pero no, es todo lo contrario. Simplemente, se toma su tiempo para investigar y ofrecerme la respuesta que más me pueda reconfortar y sea al mismo tiempo la más lúcida.
Es cierto que mi hermano menor jamás ha hecho un esfuerzo por llamarme desde su teléfono móvil. Tampoco me escribe a mi correo electrónico. Cuando exhumamos los restos de nuestro padre, nos retiramos un poco de la escena horrible que nos tocó vivir, y pudimos conversar a toda prisa sobre algunos asuntos familiares. Mi hermano insistía en que buscara una vía para sacarlo del país.
Aquella petición tan desesperada, delante, o detrás, de los huesos de nuestro padre, me revolvió la impotencia, ese sentimiento tan difícil de explicar. Yo había cruzado el océano Atlántico sólo para la exhumación, porque, ciertamente, no tenía deseos ningunos de volver a Cuba. Hacía unos siete años que estaba fuera y me había reciclado en cuidador de ancianos y enfermos terminales; o sea, vivía con el dolor ajeno adosado al dolor personal.
No le ofrecí solución alguna a mi hermano porque no la tenía, ni la tengo aún. Solo le dije que no perdiera las esperanzas, ya que yo me fui de allí con 37 años y él todavía tenía 19 ó 20.
Me pareció muy inapropiado hablar de esos asuntos en el momento de la exhumación. De regreso, comprendí que el tiempo apremia y nosotros no tenemos una comunicación fluida, que él estaba desesperado y le importaba poco el lugar y el momento. Solo le importaba que yo estaba allí delante.
Después de eso hemos hablado un par de veces. Creo que una, a través del Messenger de Yahoo donde nos encontramos de casualidad. No sé cómo se las arregla para conectarse a internet, no he querido preguntarle.
Lo cierto es que, durante los preparativos del concierto de Juanes, cuando los debates sobre la eficacia del espectáculo subían y bajaban de tono, yo solo pensaba en mi hermano. Porque estaba seguro de que él iría con sus amigos.
-Ahora entiendo- expresa mi mujer estirando una banqueta de la cocina para sentarse. Enciende un cigarro y pone en marcha la máquina de café. Me acerca un cigarro sin que yo se lo pida-.En tu sueño ya había pasado el tiempo, tu hermano había logrado salir del país sin tu ayuda y, como reproche, seguía sin llamarte, pero un día te lo encuentras por la calle. El concierto de Juanes sirvió como traducción de la concordia de la nación, en la que las familias, los que quedan, se vuelven a acercar tratando de superar el pasado, como mismo sucedió aquí después del franquismo…
Comienzo a irritarme. Aunque he aprendido a atemperarme para poder expresar lo que siento, todavía me quedan rezagos de aquella época en la que perdía todas asambleas por causa pasional. Siento que no podré explicarle bien a mi mujer que el concierto de Juanes es ambiguo y le deja mucha cobertura al gobierno de la isla. El embotamiento, a primera hora de la mañana, es una cosa que me puede durar varias horas, algo que temo porque me perjudica el resto del día. Dejo los conceptos políticos para más tarde, aplazados para otro día si es preciso. Me centro en mi hermano, con el cigarrillo por la mitad. Me pongo el segundo café, bien fuerte y con dos terrones de azúcar. Me viene a la cabeza la idea de que el sueño ha sido un aviso, que mi hermano puede aparecer aquí en cualquier momento, aquí o en Miami, pero me lo encontraré por la calle. Hace mucho tiempo que no sé nada de su vida y sin embargo estaba seguro de que era él un punto en ese mar de gente que asistió al concierto.
-Lo mejor será llamarlo-digo en voz alta.
Mi mujer afirma con la cabeza. Mira a mis ojos mientras fumo, entendiendo el caos que hay en mis sentimientos, tratando de que sea yo mismo el que tome los caminos a partir de mi experiencia laboral aquí, por haber vivido entre la reminiscencia de una dictadura de 40 años, el franquismo, cuyos sobrevivientes han estado a mi lado, hasta la muerte en algunos casos.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Poseído



Salgo del metro por las escaleras eléctricas. Al llegar a la calle, me doy cuenta de que estoy perdido. Todo me da vueltas como si el entorno fuera un carrusel.
Está cayendo la noche.
Voy a buscar a mi mujer a su trabajo, escaso de tiempo, porque salí tarde de mi casa.
Veo a mi izquierda el bar Obama que siempre está a mi derecha cuando salgo del metro. Sé perfectamente dónde estoy pero no sé hacia dónde ir. La gente pasa a mi lado con prisa, rozándome el bolso negro que llevo cruzado en el torso. Estoy detenido en el mismo lugar girando para encontrar con la vista mi camino. El bar Obama ahora me queda a la derecha pero no logro asegurarme de que esa sea la dirección correcta.
Comienzo a sentir angustia.
Temo desvanecerme y aparecer en un hospital con el rostro de mi mujer delante. Decido sentarme en un banco de piedra que hay en el centro de Gran Vía. Ya una vez me sucedió lo mismo en La Habana, hace muchos años, y tuve que bajarme de un autobús porque comencé a desesperarme y me faltaba el aire.
En el banco, respiro fuerte con el diafragma. Intento relajarme sin que la gente se dé cuenta de que me pasa algo. Sé que es transitorio.
Pero me asusta no saber por dónde ir en un lugar tan cotidiano como ese.
Cojo el teléfono y llamo a mi mujer para decirle que me espere en la puerta porque voy con retraso. Me tiemblan las manos.
Mi mujer no responde. En su lugar, salta un contestador. Debe estar en el lavabo de su trabajo. Allí no tienen cobertura.
Guardo el teléfono en el bolso. Me pongo las dos manos en el abdomen para sentir la presión del aire. Recuerdo cuando me puse así una temporada, en La Habana, a raíz de un divorcio. Me da miedo pensar en eso. Fueron meses horribles en los que algo extraño me dominaba y me convertía en un ser inútil. En aquellos tiempos me enseñaron a respirar con el diafragma.
Estaba al borde de un ataque de pánico por no saber hacia dónde ir y estaba afuera de la boca de metro por donde salgo todos los días. La gran suerte era estar al aire libre. Pensé en pedirle a alguien que me indicara, para ganar tiempo y que el caminar mismo me orientara y dejara de asustarme esa situación.
De pronto me levanto e intento poner a mi derecha el bar Obama. Me sirve de referencia como siempre, me oriento y veo claro el camino. Lo veo todo claro, en su sitio. Encuentro de súbito mi dirección, como si no hubiera pasado nada, como si unos minutos atrás no hubiera estado dubitativo y me asustara por eso.
Ahora tengo dudas de si apurar el paso o no.
Opto por lo segundo, para no perder la relajación, aunque mi mujer tenga que esperar.
Vuelvo a llamarla y me contesta enseguida.
-Ahora te cuento, estoy a dos pasos-le digo.
Ella está en la puerta de su trabajo alumbrada por un farol cenital. Señala su muñeca izquierda para indicar mi tardanza. Se le ve alegre, aunque cansada.
Me aproximo y detalla mi rostro. Me pregunta qué ha pasado, por qué llevo esa cara.
Le cuento lo sucedido a la salida del metro, temblándome la voz. Estoy todavía asustado, recuerdo a cada instante la época terrible de La Habana.
-¿Y qué has estado haciendo antes de venir?-me pregunta.
-Estaba en la casa-digo.
-¿Pero haciendo qué?-insiste.
-Me he pasado seis horas delante del ordenador mirando asuntos cubanos-respondo de carretilla para decirlo de una vez y de una vez recibir su reacción.
Mi mujer me abraza.
-Ven-me coge de la mano-. Vamos a tomar algo por ahí. ¿O prefieres ver tiendas?
-Necesito una copa.
Al decir esto último, baja un alivio del cielo y se me instala de alguna manera. Dibujo la escena en la mente, de cuando estuviéramos sentados en una terraza y la brisa de septiembre me despejara la cabeza, en unas mesas de un bar al aire libre donde habría poca gente y mediana luz, y yo le contaría a mi mujer que me hace daño leer tanto rato el mismo asunto, y que, para alternar, me senté frente al televisor un poco antes de salir y solo se veían rayas.

lunes, 14 de septiembre de 2009

La hija del Diablo se quiere casar



Hacía falta una barredora de lluvia para dejar atrás el bochornoso verano.
Se ha hecho extenso el calor de estos meses en los que parecía que no pasaba nada. Pero sí, las calles de la ciudad han estado abiertas de par en par como si los obreros buscaran en ellas un tesoro escondido. Hemos estado sitiados por obras públicas, retenidos en casa buena parte del tiempo, con una ducha portátil funcionando a destajo.
Algunas estaciones de metro inhabilitadas y el polvo de los arreglos pegándose a la piel mientras caminábamos en zigzag para llegar a los lugares por una superficie vallada. La ciudad modernista patas arriba, aprovechando que la mayoría de la gente sale de vacaciones. Son los planes de fomento, reconstrucción, saneamiento y ensanche; mantenimiento de las líneas férreas, reforestación, pavimento urgente, instalación de nuevas áreas de servicio.
El verano parece ser un estado de ánimo constructivo, cuando en realidad es una etapa preconcebida para mover dineros de los ayuntamientos, y que la gente que no viaja no se queje, y si se queja que acompañe el lamento con una cerveza.
Veamos que todo tiene solución. El imperio celestial nos ha enviado hoy una tormenta sostenida durante todo el día, que hacía falta para refrescar el ambiente y diluir el polvo, camino a ese retomar de la rutina que comienza en septiembre. Pero la borrasca se ha pasado con la intención y volvieron a quedarse algunas estaciones de metro inhabilitadas por desbordamiento, y los trenes de cercanía fuera de servicio por daños en el tendido eléctrico.
Ha llovido incluso con el sol afuera, lo que indica, según dicen, que la hija del diablo se quiere casar.