lunes, 30 de abril de 2007

Rocío

Querido Viejo:
No sé si esta mujer se merece un texto mío, pero yo tengo ganas de escribirlo. Sobre todo porque me ha devuelto la inspiración que, aunque no daba por perdida totalmente, casi me estaba acostumbrando a la idea de no contar con ella. No hace falta escribir. Leyendo a los buenos articulistas, a los cronistas domingueros de 50 ó 60 líneas ya tienes para el resto de la semana, para suspirar hondo y decir: “¡Coño, éstos están más jodidos, porque sienten lo mismo que yo y tienen la necesidad de escribirlo!”, lo cual supone un ejercicio de desgarramiento adicional. Pero luego del suspiro viene el vacío cuando pienso que aquellos, por oficio o por civismo, tienen el valor de escribirlo, lo cual supone la aproximación más íntima al problema. Entonces entro en la contradicción, en la duda del porqué de la escritura, si realmente vale la pena y cuántas gentes lo van a leer. Si se disuelve en la nada cotidiana –como diría precisamente una escritora-, si los textos aportan algo a la sociedad en estos tiempos en que parece no importarle nada a casi nadie.
A mí me han cortado los dedos y eso lo tengo claro. Y pueden decir lo que quieran. Recientemente –fue lo último que escribí-, me sumé a cierta polémica de cierto periódico en la sección de cartas de lectores. Y no me lo publicaron. Yo que no quería entrar en la vida pública. Me hicieron el favor de no revelar mi identidad, de no mandarme a la hoguera. Claro, lo escribí porque no aguantaba más y porque el tema me tocaba bien de cerca. Sé que me hicieron un gran favor, aunque la carta en cuestión a lo mejor se perdió en los necesarios olvidos de un puente de semana santa. Es posible, no lo descarto porque trabajé, precisamente, de editor en un periódico. Aquello no me desanimó. Me dejó en las mismas.
Compré El País al domingo siguiente y descubrí un texto desgarrador, una especie de evocación de un paisano a otro cuando ya no queda nada por hacer salvo escribir. Lloré como una magdalena porque, entre otras intríngulis que reconocí al vuelo, me hubiera gustado escribir esa evocación. No era un desconocido el que firmaba, y mucho menos el destinatario. Llamé a un amigo que está más jodido que yo y me descubrió la voz lacrimal. Actuó tan discreto que lo que hizo fue invitarme al cine, a ver una película francesa –en versión original- cuyo guión, para regocijo del director, enredaba demasiado la pita, tanto y tanto hasta la agonía. Se me hizo un nudo en la cabeza y, a la salida del cine, cogí un metro en la estación más cercana. Un metro ruidoso, cotidiano y vulgar.
El dossier –prefiero llamarlo así- de El País, me abrió una serie de interrogantes para las cuales, desgraciadamente, tenía respuestas:
¿Por qué no se publica en la tierra donde se producen los hechos, la tierra que inspira a un escritor exiliado escribir de su compatriota y colega encarcelado?
¿Cuánta gente le habrá prestado atención a aquel manifiesto de la verdad, redactado desde la más absoluta impotencia?
¿Por qué tiene un hombre, desde la más absoluta impotencia, por qué tiene que escribir semejante texto lagrimoso que te deja sin aliento, sin poder decir nada, desvencijado, desorientado, leve, con los dedos aún más rotos? ¿Es que acaso, ante el dolor, no puede sustraerse de escribir y llamar a un amigo y que éste le invite al cine?

Yo no sé al autor de aquella defensa a un amigo, pero a mí el hecho de escribir me provoca un desgarramiento tal que me lleva tiempo reponerme. Por eso lo había dejado a cambio de desarrollar mi pensamiento. Comencé a tratar de explicarme el comportamiento humano en sesiones de metro diurnas y nocturnas. Hasta que, el sábado pasado, conocí a una mujer intemporal que, por cierto, todavía no me ha llamado y creo que no me llamará. Pero no importa, eso no viene al caso. Lo importante es que se me cruzó en el camino y descargó en mí toda la felicidad que, supongo, ella misma no tiene para sí. Me hizo el favor de, a través de su recuerdo, encender el ordenador incluso en estos tiempos. ¡Ah, qué dulce recuerdo! Me mordió los labios con la presión necesaria. Y me miró con ojos húmedos mientras saboreábamos algo que nadie pide: un aguardiente de caña. Olfateé su sudor erotizado y se me dispararon los instintos primarios a la enésima potencia. Supongo que se me olvidaron mis tristezas de escritor mutilado porque levité sobre mi propia piel. Parece loco pero sí: salí de mi cuerpo. Se me escaparon unas gotas de semen. Las yemas de los dedos se erizaron y ni siquiera tenía un vaso frío a mano para contrarrestarlas. Tomábamos, vale la pena repetirlo, aguardiente de caña, que no lleva hielo. Capté su señal: ella no quería que yo la tocara (o sí quería, pero no podía permitírselo), por lo que la dejé hacer y deshacer. Nunca mejor dicho. Así que fui un hombre besado, mojado, contento y al final cumplidor.
Con su pelo corto y sus ojos de miel, fue tan inteligente que supo, desde el primer instante, que lo trascendental estaba allí en ese momento de felicidad. Y no me dejó seguir. O sea, no quiso seguir. Se empeñó –ella no lo sabe- en traerme de vuelta al ordenador después de haber tenido aquel terrible shock con la lectura dominical de El País.
Por aquí se empieza, me digo ahora que su recuerdo está delante de mí como un eje. Siento perderme sus labios de aguardiente (pequeñitos, suaves) y aquellos sabios ojos que me miraban como ejes universales. A fin de cuentas, díganme lo que me digan, me parece más real el hecho de volver a escribir que la existencia de una mujer así. Una mujer que, para redondear sus besos, te dice que acaba de nacer, porque se recuperaba de un grave accidente de tránsito en el que no perdió la vida milagrosamente. Se llamaba Rocío. Al menos eso me dijo. Un abrazo:
Jorge


mayo 2003

viernes, 27 de abril de 2007

El pianista

Hoy le pasé por al lado al encargado del piano-bar donde trabajé al principio de llegar a Barcelona. No me reconoció, de lo que me alegro. Dicen que los encargados de los bares y centros comerciales en general suelen ser más drásticos que los propios dueños. Iba a decir otra palabra, pero me contuve y escribí drásticos. Varios amigos se han quejado de lo mismo. Porque habría que encontrar a alguien que no haya tenido su bestia negra alguna vez en el trabajo. Ahora yo lo puedo escribir suavemente, pero cuando estaba nuevecito, de estreno, vamos, en esta ciudad, pagué la novatada varias veces con dolor en el alma.
Si hablamos con propiedad, el primer trabajo que tuve al llegar fue de camarero, pero no un camarero cualquiera. A través de un conocido cuyo nombre no quisiera recordar, me colocaron detrás de una lujosa barra de ébano con pajarita en el cuello, chaleco y americana negra, y camisa blanca, que tuve que comprar, porque no tenía ni una. El chaleco, desgraciadamente, no era antibalas. Me hubiera hecho falta. El día que me estrené, pasó por allí otro conocido cuyo nombre no quisiera recordar, un sujeto que dice ser fotógrafo profesional y que en aquella ocasión no llevaba la cámara. ¡Mira que se lo recriminé después!
En mi vida yo había llevado una bandeja con una sola mano. Tuve que hacerlo en directo porque le había mentido al dueño. Al llegar la noche de estreno, comenzaron a llenarse las mesas mientras yo seguía detrás de la barra. Me enrollaba con los clientes de una manera fácil, quizá por mi acento, aunque también porque la gran mayoría de ellos comenzaban a dejar soledades desde la primera copa. Había una mujer de unos cincuenta años totalmente borracha. Había llegado borracha. Era cliente habitual, y parece que manejaba bastante dinero. Las copas eran carísimas. Era uno de los lugares que más tarde cierran en los alrededores del Eixample. También tenía frente a mí a un hombre joven y conversador pero no impertinente. Iba de riguroso traje. Supuse que era un ejecutivo. A este lo vi marchar la primera, la segunda y la tercera noche con la camisa por fuera y dando bandazos hasta la puerta. Lo recuerdo con aprecio. Era agradable. Llegaban algunas parejas medio tiempo buscando la oscuridad del salón. El local tenía guardarropa a la entrada, luego la barra larga, un piano al final, tres o cuatro mesas en ese nivel y un piso superior.
Con las localidades a tope, el encargado me pidió la primera noche que saliera de detrás de la barra y llevara los pedidos del segundo piso. El muy cabrón me cambió la orden de una mesa para la de otra y pasé mi primera vergüenza. Lo hizo a propósito. Y lo volvió a repetir. De esa manera me fui aprendiendo el número de cada mesa la primera noche. La segunda noche me volvió a enviar arriba, con una bandeja que él mismo preparó meticulosamente y que contenía un paquete de servilletas, dos posavasos, una cubeta con hielo, un vaso corto pesado, una copa de cava, una botella de Cardhù, una más pequeña con soda, una botella de cava Codorniu que, solamente vacía, pesaba una barbaridad, y un cenicero. Todo debía llevarlo con la mano y el brazo derechos, porque soy zurdo y debía tener esa mano libre para servir delante del cliente. O sea, hacer la operación completa en el aire. Subí las escaleras vigilando los bordillos y el centro de gravedad de la bandeja. Era un lugar bastante oscuro. Encontré la mesa, la única ocupada. Allí había una pareja joven agazapada en una penumbra preocupante. Me planté enfrente, sudando, y pregunté para quién era la copa de cava, porque inferir en esta profesión no es nada conveniente. Era para ella. La operación de descarga del cava debía desembarazarme de buena parte del problema, y no solo por ligereza de peso, sino, además, porque la copa de cava vacía tambaleaba peligrosamente. Su diseño aerodinámico, estéticamente perfecto, no estaba hecho para un camarero primerizo. Debía haber puesto el cenicero y las servilletas y los posavasos primero, pero no lo hice. La chica se dio cuenta y se ofreció para servirse ella misma el cava. A una voz mía, para que no me descompensara la bandeja, tomó la botella con sus dos manos, abrazándola, hasta que se hizo con el orificio del fondo de la ampolla y sirvió una espléndida medida espumosa.
-Ya que estamos en familia –le dije-, ¿podrías servir el wisky?
Se echó a reír y él también. Me dio la impresión de que habían sido camareros alguna vez. También podía ser que estuvieran tirando una cana al aire y deseaban salir de mi presencia lo más rápido posible. En cualquier caso, fueron amables. Los recordaré siempre como mis salvavidas. Es una pena que no pude subir a despedirme un rato más tarde cuando decidí dejar de ser camarero de ese lugar aquella misma noche.
Al bajar con mis sudoraciones y el secreto de sumario de lo que había ocurrido en la planta alta, seguí trajinando detrás de la barra y escuchando cómo desafinaban los clientes. Ya he dicho o sugerido que el lugar era muy lujoso, pero lo que no había mencionado es la decadencia del personal. Eran todos unos regordetes de cincuenta años para arriba –excepto el ejecutivo de la barra y la parejita escondida- que, después de ponerse morados de alcohol, se colocaban alrededor del mueble de cola larga y seguían la melodía del pianista. Pero con tan mala voz y tan perdidos con las letras que aquello se desvirtuaba de pronto. Las etiquetas volaban por los aires. La veterana fumadora de la barra comenzaba a guiñarme un ojo y el pianista, que era un bicho inteligente, proclamaba el típico: “¡Ahora todos conmigo!”.
El pianista era el dueño del bar y el promotor cultural del show que tenía más de ambiente etílico que de artístico. Eso sí: todo estaba impoluto. Y la clientela firme. El anfitrión, un hombre cincuentón, delgado, con traje y buena educación, se llamaba igual que el pintor surrealista: Joan Miró. Parecía interesado en mi situación de periodista cultural transformado en camarero. Hablamos algo de música y creo que pensó, pero no me lo dijo, en la posibilidad de crear una noche cubana con algunos músicos que yo pudiera llevarle. Todo con tal de mover la cartelera, y mantener en alto los ánimos de su peculiar parroquia.
La tercera noche, porque solo trabajé tres noches, me cansé del encargado rápidamente. Quiero decir que no le aguanté su mal humor, o su mala lactancia, o su alma retorcida y triste. Yo no le había hecho nada. Apenas presentarme allí y pedirle algunos consejos prácticos. El hombre, que se llamaba Justo y de su nombre, al menos conmigo, no tenía nada más que su nombre, me negó tres veces seguidas el saludo al llegar. Hubo un momento difícil, muy puntual. Recuerdo que me acerqué para preguntarle por el hielo, porque no lo encontraba, y me ladró textualmente:
-¡Búscate la vida! ¡Y no me preguntes nada más que mi energía es para los clientes!
-¡Pues ahora te quedas con tus clientes, porque yo me marcho!- y me cambié de ropa y salí disparado.
El pianista, que no había escuchado nada pero lo había visto todo, dejó creo que Noche de ronda por la mitad y me siguió por toda la calle. Me alcanzó en la esquina. Le dije que me iba, que no soportaba más a su empleado y que le agradecía, no obstante, haberse jugado media de su diversa botellería conmigo. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó la billetera.
-No, gracias, ya yo tengo bastante con la experiencia. Gracias por todo. ¡Y éxito!
Y tiré hacia delante con la furia y la impotencia al estallar.
Cuando llamé a mi hermano un rato más tarde, desde otro bar donde me senté a relajarme, recibí una zurra inalámbrica. Me regañó, me abofeteó con guantes blancos.
-¡Aquí todos los trabajos se cobran!
Lo escuché, pero nada más. No tomé nota de nada. Y la vida me dio la razón, porque mucho tiempo después una mujer pasajera me llevó por sorpresa ante el pianista. No encontré ninguna explicación válida para decirle a aquella ninfa que no quería entrar. Así que crucé el umbral, tarde en la noche, como un cliente más, eufórico como estaba, paseando mis virilidades y fuera de toda órbita más verdadera que aquella mujer. El pianista me recibió con elegancia y le dijo a su encargado, al mismo de toda la vida:
-¡Sírvele lo que pidan que la consumición va por la casa!


Casi en la primavera de 2006

miércoles, 25 de abril de 2007

Solange

Yo nunca había visto nevar. Y, a decir verdad, lo que estaba cayendo en Barcelona metropolitana no era nieve, sino una especie de granizada en forma de lluvia que se deshacía antes de tocar la calle. Me fui a caminar sin rumbo por mis cercanas arterias del Eixample para dejarme mojar frío, cayendo la noche. Es una hora que no me gusta nada si estoy ocioso, porque me hace sentir infeliz ver la prisa de la gente; escuchar el murmullo de la ciudad provocado por los desplazamientos me inhibe y al final me aplasta. Yo había dejado el bar de Joan Miró con mucha soberbia y estaba pasando unos días negros con tanta soledad, sin saber hacia dónde apuntar mi vida y, por desconocimiento, sin saber disfrutar al menos el esbozo de nieve que caía. Entré en un bar de la calle Enric Granados, más abajo de Valencia, según recuerdo, y me pedí un cortadito. Me pareció que estaba en París con aguacero sin haber estado en París jamás. La arquitectura, los cristales del bar, el reflejo de las luces de los coches me marcaba esa intuición, y también, quizá, porque podía pedirme un croissant sin problemas. Mi paraguas quedó recostado al cristal y me dejó de regalo un charco de agua a mis pies. Yo ocupaba una mesita para dos, de madera, y a mi alrededor charlaban y fumaban los que igualmente se hubieran detenido allí un día de verano. El bar es un gran negocio .Intenté leer los periódicos del día –ya casi al fenecer la jornada-, pero mi cabeza no estaba para letras, sino para soñar con París. Hoy por hoy no me caben dudas de que Barcelona es afrancesada, más en el Eixample con sus terrazas y en general todos sus aires libres y sus fachadas y sus dulcerías. En aquel entonces me movía en los primarios encantos intuitivos, me movía (es un decir, porque no salía de cuatro o cinco manzanas del Eixample) ilusionadísimo por el olor a tabaco rubio, por la elegancia desenfadada del vestir que veía, por lo cercana que sentía la posibilidad de una conquista agotando solo un 0,001 por ciento de mis caudales de Casanova. Todo era muy fácil según me lo planteaba. No hacía falta dinero. Es más, no pensaba en el dinero. Yo tenía ganas de amar a alguien debajo de un farol que trasluce la nieve en el aire. Resfriarme si era posible y sentir cómo se despegaban las suelas de mis zapatos. Estaba viviendo una nevada histórica en Barcelona después de no caer en 10 ó 15 años, y en mi bolsillo chasqueaban las últimas pesetas agujereadas con las que, dos meses más tarde, no podría pagar el cortadito. Pero yo era un advenedizo invernal.
Por eso cuando conocí a Solange pensé que mayor fortuna había que mandarla a buscar al París de los años 20. Ella trabajaba en el servicio doméstico de la casa de un amigo catalán que me invitó a comer. Llevaba el clásico delantal de rayitas azules que no sé por qué usan todas las empleadas de hogar, y tenía el cabello suelto, un pelo ligeramente rizado y fino. Solange, que aparentaba tener mucho menos de su edad, portaba una mirada triste y una vocecita tan distante que daba pena escucharla. Un cuerpo precioso se dejaba ver entre la transparencia de su delantal, de frente, y de espaldas, cuando su voz se hundía todavía más, salían a flote unos glúteos redondos y firmes, bien proporcionados dentro del vaquero milimétricamente entallado. Su rostro, con pómulos salientes, confirmaba la humildad andina de sus ademanes. Solange no pudo evitar el coqueteo a pesar de su timidez. Mientras fregaba los platos y hablábamos cosas banales, porque yo no salí de la cocina prácticamente a nada, me miraba de soslayo en busca de comunicación, con unos ojos negros ardientes de amor. Había venido de Perú hacía casi tres años y su vida se había reducido a servir a otros, dentro de un ámbito lujoso y frío de los barrios altos de Barcelona. Su vida se resumía en acompañar a la madre de mi amigo a la peluquería, servir la mesa, ordenar la cocina y acostarse a dormir a las diez de la noche en una pequeña habitación de empleados que tenían para ella. Mi amigo, saltando vallas y prejuicios, la invitaba al cine de vez en cuando con una nobleza extraordinaria, porque mi amigo, además de poseer un gran corazón, también necesitaba alguien con quien comunicarse. No sé cómo nos las arreglamos para intercambiar teléfonos casi en la puerta, ante la mirada atónita de mi amigo y la soberbia de su madre que, por supuesto, nunca más me ha invitado a comer en su mesa de etiqueta.
A partir de entonces, los fines de semana de Solange empezaron a cambiar pues comenzamos a vernos y a conocernos contando las horas para que no se nos terminaran. El invierno recrudecía, por lo que los paseos cada vez iban a menos y nos refugiábamos en el céntrico apartamento que me habían prestado y con la durísima circunstancia de que Solange tenía que amanecer en el sitio donde la conocí, porque así eran las reglas del juego según su contrato de trabajo. De manera que, a la hora que más deseábamos estar juntos, castigados por la prisa y por la pasión que corrían en sentido contrario, ella se encogía de hombros con los ojos húmedos y sin palabras en los labios. Me imagino el remolino que debía sufrir por dentro esa mujer que disfrutaba del sexo a sus anchas, y que antes y después del sexo la embargaba un remordimiento terrible de pecadora, de infiel, de libertina dentro de los parámetros estrechos que le había marcado el catolicismo. Lo peor, lo más duro que encontré en su existencia humilde y solícita, no era el tema religioso (trabajo me costó llegar a besarla), sino el desconocimiento de sus derechos como mujer íntegra e independiente. A sus casi 40 años, que, repito, yo le quitaría 20 sin dudar, yo había sido el segundo hombre en su vida, según me contó. Desde los 15 años en que se casó con uno de su pueblo mucho mayor que ella, hasta el sol de hoy, se había dedicado por entero a cuidar de su marido y de sus dos hijos, a soportar un machismo aplastante que ella no podía ver porque fue enseñada a someterse sin réplicas de ningún tipo, porque su mundo no le permitía siquiera pensar diferente. Se acomodó a lo tradicional sin mirar su belleza en un espejo –los espejos estaban trucados en su pueblo-; aprendió a bailar perfectamente las marineras, y, contrariando su naturaleza tibia de mujer sensual, de infinita amante del deseo por encima de todo, se convirtió en propiedad privada del cerebro de un hombre que apenas conocí por referencias, pero que estoy seguro no hizo con ella otra cosa que aprovechar el poder primitivo de un cacique.
Tanto es así que, todavía, Solange trabajaba de sol a sol, lejos de su familia y de su tierra, soportando el desdén de la sociedad española que la multiplica por cero, y a principios de mes enviaba su dinero casi íntegro para pagar la escuela de sus hijos. No conocía las discotecas, no se sentaba jamás tranquilamente en un bar y no era capaz de estimarse a sí misma. Nunca olvidaré la primera vez que hicimos el amor, después de cortejarla largo y tendido durante semanas, lo que para mí significó un tierno regreso a la adolescencia por el extensísimo juego de seducciones que utilicé removiendo mis ardides clásicas y empolvadas. El primer beso, el primer abrazo rebuscado llegaron como la cadencia de un baile de salón decimonónico que requiere un entramado lingüístico y gestual bien pulido, con sus intermedios inviolables en los que el caballero le ofrece su pañuelo blanco a la dama; ésta se seca el sudor de su frente con delicado manejo de la tela impoluta, bordando con gotas de su fragancia un Sí todopoderoso, y acto seguido, con un golpe seco, despliega su abanico para rematar el coqueteo. El caballero entiende el lenguaje y le ofrece su brazo para no desperdiciar los próximos compases de la música. Lo que pasaba era que, en la coda divina de nuestra danza, Solange se tenía que marchar y yo la acompañaba por las calles desiertas de la ciudad, atravesando cortinas gélidas de niebla.
Una vez que comenzamos más temprano el desesperante minué, Solange se despistó en no sé cuál de los pasos y fuimos a parar al dormitorio, con las agujas del reloj amenazando mi existencia. Solange era un candil infinito que ardía a fuego lento, a fuego tenue. La sentía arder debajo del edredón mientras me martillaban en la cabeza los segundos de relojería suiza de su tiempo real, que, por extensión, era el tiempo mío. El poco tiempo psicológico que pude merecer durante un par de meses en que la estuve viendo, me dedicaba, entre bambalinas, a mirarle aquellos ojos con fiebre, enfermos de tanta pasión retenida. Su actitud sumisa, autodestructiva e inoculada reiterativamente a lo largo de su vida conyugal, creo que fue lo que más me asustó y le dije adiós. Hubo algo que superó el fragor cómplice de las noches que vivimos amándonos, algo que incluso superó la complicidad inigualable del intercambio de teléfonos. Fue una imagen. Yo solo lo había visto en películas y no podía creer que me estuviera pasando algo semejante. La primera vez que hicimos el amor, Solange cumplió un ritual insulso que consistía en desnudarse delante de mí y meterse en la cama y taparse hasta el cuello, en espera de que el hombre (en este caso, yo) entrara a poseerla directamente como un sistema establecido de emisor-receptor. Sin juegos previos ya desnudos, sin recorridos de punta a punta, sin erotismo visual. Me marcó una actitud de roles dogmáticos que yo hasta el momento conocía solo por referencias, y me destrozó el alma a fin de cuentas.
Aquella actitud decía mucho, porque en lo adelante vino lo que yo me había sentado a esperar. Se me hacía difícil aceptar un final que a todas luces era inevitable, porque a la tercera vez que me dijo: “Tú no me quieres para nada”, comprendí que me iba a vencer mi egoísmo. Ella era una víctima de antaño y yo no era su victimario.
Tomándome el cortadito en aquel bar de la calle Enric Granados sentí el sexo hirviendo de Solange, percibí el tacto de su pubis negro intensamente poblado y llegué a olerlo con la anuencia de un milímetro de registro que logré arrebatarle y que evidentemente quedó en mi memoria olfativa. Me gustó el recuerdo y no me sentí mal por lo que había pasado. Como le había jurado a nuestro amigo común que no la volvería a llamar, me zafé responsablemente la imagen de esa bella mujer -hija de padre francés y madre peruana- con la que pasé mis primeras nieves líquidas que todavía seguían cayendo en el distrito del Eixample. Recogí mi paraguas de caballero y regresé a casa en mi París imaginario escudriñando los portales de Passeig de Gràcia que, en esa fecha, no sirven un café afuera ni al mismísimo Baudelaire si apareciera.


Invierno 2001

lunes, 23 de abril de 2007

En otro lugar no sería una fiesta

Querido viejo:
Cuando esta ciudad se llene de flores tu memoria rondará por encima de todos nosotros haciendo un vuelo rasante. Volverás con tus palabras tranquilas a medir nuestros pasos, con cariño, con tus observaciones la mayor parte de las veces certeras. Hace mucho tiempo que dejaste de equivocarte y aprendiste a esperar a que la vida misma nos trajera las cosas; aprendiste a buscarle el lado positivo a todo, que lo hay, por muy duros que parezcan los acontecimientos. Cuando esta ciudad amanezca y la sal mojada del ambiente se mezcle con la luz, estaré pensando en remediar urgentemente la falta que me haces. Buscaré una salida para no tener que asociarte con la melancolía y sí con lo que verdaderamente construyo en este lado del mundo. No he parado de dejarte inscripciones en cientos de lugares, en las calles, en las vistas aéreas, en los ramales del ferrocarril, en la infinidad de túneles que nos han puesto por debajo de los pies, en cada centímetro de esta casa alegre y tibia como tú. Todavía me pregunto cómo fue que no llegaste a mi puerta nueva justo cuando terminé de ensartar los desaciertos. Cuando por fin respiré nuevos aires y me senté tranquilo a dibujar más o menos la fecha en la que entrarías por esta puerta. No me ha dado tiempo a recuperarme de la noticia, siquiera asimilar que un día como hoy tenga que escribirte una carta distinta, por reflejo, sencillamente, como autómata como hago ahora. Esta ciudad está llena de encanto y de luces tenues. La historia de estas calles tiene que ver con el hombre que hay en ti, con el hombre moderno que no traiciona jamás la galantería, y mucho menos abandona el lenguaje fino de las conquistas. No entiendo cómo he nombrado, desde que vine, nuevos espacios para ti, abriendo una ruta tentativa para esta segunda naturaleza que tuvimos que encarar a la fuerza. Y ahora me remito a ti como memoria intangible, tirando de palabras que utilizaba para otras cosas, para otros cuerpos. No me da miedo amanecer hoy con la ciudad inundada de libreros y saber que pasarás en vuelo rasante. Me da miedo saber que luego quedaré solo cuando anochezca, y por eso evitaré la imagen del desmonte de los kioscos; estaré atento para que no me sorprenda el sonido sobrecogedor de los barredores que vienen detrás. Para ese momento debe haber una alternativa. Como la hay cuando se termina una película que me hace pensar en ti y nos cierran el cine. Me adelanto a pensar y a oler cómo será esta ciudad dentro de unas horas, para que no me sorprenda ni una sola lágrima por muy saludable que sea llorar. No quiero más sorpresas ambientales. Me adelanto con estas líneas totalmente apesadumbradas para que el día me pese menos. El año pasado redacté desde París los ambientes que inscribí en tu nombre, en la avanzada que íbamos haciendo. Pasé el día de tu cumpleaños allí, pensándote pero también divirtiéndome con mi mujer. Entonces las cosas y los pasos no tenían fechas ni aproximaciones a un tiempo concreto. Hoy me duele tanto tener que escribir que cumplirías tus 63 esperando mi crónica de San Jordi. Tu cumpleaños, mi santo que jamás he celebrado pero aquí sí, porque la ciudad me involucra, el trueque de las flores por los libros, el detalle de tu sensibilidad mezclada con la leyenda local, uf, mi nombre virado al catalán, sonando distinto aunque repetido un millón de veces por la radio, los mensajes de la gente que me recuerda, un pastel de manzana que hizo mi mujer en el horno de casa, Las Ramblas abarrotadas de gente, mi amigo Jaime y su mujer abriéndome las ventanas para que te vea pasar. Quisiera no estar aquí para no tener que asumir este compendio de casualidades, que duele tanto y no funciona en ninguno de nuestros sueños. Pero no puedo hacer las maletas otra vez, ahora que soy relevo declarado a los cuatro vientos. Me levantaré temprano, correré las cortinas del salón y sentiré estas líneas mucho más llevaderas, cuando de verdad sea una mañana de 23 de abril en esta ciudad adonde llegué de paso. Tomaré el café con mi mujer pensando en ti, adorando tus consejos y riñendo con la vida por la prisa que toma injustamente a veces.

Primavera 2007

sábado, 21 de abril de 2007

Velocidad de la luz



Y subí con ella, pero no a su luna, sino a una Vespa toda destartalada que tenía y a la que había que darle un golpe en el faro trasero para que nos vieran transitar. Era una moto de 125 centímetros cúbicos, negra, con la que recorrimos al menos dos estaciones del año y Barcelona y media, de noche, de madrugada, lloviendo, alegres y muy cabreados también. Yo me aferraba a su espalda con todo mi cuerpo, quedando solo el espacio que los cascos nos dejaban, y a veces me gustaba sujetarme de sus senos pequeños, impulsado por un sentido de pertenencia recurrente, incluso precoz, porque recuerdo que ahí fueron a parar mis manos la primera vez que subí encima del mundo con ella, contra el viento y el polvo. Arrancaba de una sola vez, de un golpe de pierna. En los semáforos me gustaba encontrar silencio para enamorarme del sonido de su motor de combustión interna, del olor de la gasolina, de las vibraciones del metal. Me llevó al rompeolas del puerto, a vivir la aventura de agazaparnos en la noche, con los faros y el ruido apagados. Fuimos por el extrarradio de la ciudad, buscando cenas perdidas en las laderas de la montaña. Nos defendíamos como peces voladores en el entramado urbano de la zona vieja y la nueva, entre autobuses hambrientos, taxis cazadores y otras motos que, como la nuestra, salían disparadas de las esquinas, retozando sobre el asfalto día y noche y saboreando el júbilo que da la libertad de la velocidad, la libertad del viento.
Fui con ella el amante discreto que cuidaba sus espaldas –nunca mejor dicho cuando tomábamos la Vespa-, que adoraba a sus hijas tanto en la guerra como en la paz. Me dejé llevar. Tuve ilusiones. Muchos sueños. Fuimos al circo. Me sentí feliz cuando una de sus niñas me narraba al oído todo lo que yo veía, bajito, para no molestar a nadie, para que yo la recordara toda la vida, para que se quedara su susurro infantil en mi memoria histórica sobre esta ciudad. Construimos puentes y caminos para recorrer distancias enormes dentro de su propia casa que tenía cuatro dormitorios, tres niñas y una madre. Hicimos los deberes todos, los de la escuela, los de la cocina, los de la limpieza, los del mercado, los de comenzar a conocer nuestros cuerpos en medio de la zozobra que provoca saber que tres niñas duermen cerca. Pero ella estaba muy escéptica todavía, muy dañada por reprimirse la palabra precisa durante años, muy dejada al verbo envidioso de sus amigas, las que no tenían niñas ni marido y no podían sobrellevar esas carencias. Se confundió conmigo pensando en que yo lo aguantaría todo cuando se abriera por primera vez su almacén de miserias. Y no fue posible. Lo más triste de todo es que sólo me ha quedado el recuerdo de nosotros en la moto por la ciudad y el de una de sus niñas en forma de voz, en el circo.


Invierno 2003