miércoles, 27 de enero de 2010

Aislado en el cortijo



Mucho antes de que existieran las redes sociales en internet, José Antonio Roche, alias Villico, tenía organizada una sorprendente cadena de amistades a lo largo y ancho de la isla de Cuba. Se pudiera decir que este guajiro natural, nacido y criado en el centro del país, fue un precursor de los enlaces humanos más inverosímiles teniendo en cuenta que allí el correo postal funcionó siempre con absoluta lentitud. Pero su desafío a las comunicaciones se basó en las tradiciones orales, en la verborrea abundante latinoamericana cuya retórica ha facilitado la conservación de un léxico perdido hoy por hoy en España, la región matriz.
Como los antiguos aedos y rapsodas, su arma de “ataque” ha sido siempre la palabra viva, almibarada todavía más en largas conversaciones telefónicas que se producían enlazando “centralitas” analógicas de punta a punta del territorio nacional, sumando monedas cuando la operadora daba la señal de Adelante.
Cuando creció, dejó rastro como decimista, improvisador popular que en Cuba mezcla la poesía naiff –no pocas veces con altos vuelos líricos- y la épica de los campos agrícolas. Pero rápido se desmarcó del tinte político de este tipo de repentismo cuando se dio cuenta de que lo suyo era el quehacer social. Así que se trasladó a la capital en busca de un puesto como actor profesional.
En los años ochenta lo conocí cuando, recién graduado del Instituto Superior de Artes Escénicas, Roche buscaba alguien para compartir piso; sin dudas un precursor también de las oleadas de estudiantes alquilados en La Habana. Entonces, era uno de los fundadores del fabuloso grupo humorístico Sala-Manca, ese equipo de creadores escénicos que retrató desde la sátira la situación compleja e insufrible de nuestro país.
Viajamos en un tren por toda la isla presentando el espectáculo Cadáver Exquisito –yo iba como periodista novel y operador de sonido-, en aquellos momentos en los que aún quedaban posibilidades de organizar una gira itinerante con hoteles pagados por los gobiernos locales. Fue una aventura excitante.
Al llegar a Santiago de Cuba y alojarnos en un hotel de la calle Enramada, salí a dar una vuelta por el parque central para acomodar la vista. Al verme distinto por el corte de pelo o no sé qué otra cosa, una muchacha se me acerca y me pregunta si yo era de la capital. Le respondí que sí. Entonces me dice:
-Ah, allí tengo un amigo. No sé si lo conocerás. Se llama Roche.
La Habana tiene una población de dos millones y medio de habitantes. ¿Sería mucha la casualidad?
A mediados y finales de los 90 emigraron miles de cubanos. Entre ellos, José Antonio Roche y este que escribe. Siempre supe que Roche estaba en algún paraje de Andalucía, pero su ubicación exacta no la descubrí hasta la semana pasada cuando vi en España Directo, un programa de asuntos sociales, que entrevistaban a una pareja que había quedado aislada en un cortijo de Granada, producto de intensas lluvias. El que hablaba era él, el mismo mensajero del amor que no escatimó en palabras para hacerse, sin querer, uno de los hombres más famosos de Cuba. Por supuesto, después del dictador, otro que ha utilizado la verborrea a su antojo pero con fines mucho menos dulces.

Foto: Riko Caballero. El grupo humorístico Sala-Manca en la entrada del Cementerio de Colón. De izquierda a derecha, Oscar Bringas, Leonardo de Armas, Jorge Luis González, José Antonio Roche y el director Osvaldo Doimeadiós.

Nota: Busqué en Facebook y lógicamente Roche está, pero no tengo claro si donde vive actualmente tenga contratada la internet. Vea el video y saque usted sus propias conclusiones. Queda demostrado que la cabra siempre tira para el monte.

martes, 26 de enero de 2010

Lourdes en la selva



Se acabó lo que se daba. Ya no veremos cada tarde esos ojos almendrados, puestos por la genética más divertida encima de una sonrisa de campeonato. Ya está bien de relajo en la sobremesa. Relajo, en la amplia gama de familia de palabras, es lo mismo que relajación. Y relajación es constatar cada día que el talento y la belleza acoplados pueden llegar lejos, al menos en la comprensión que los justos tenemos de la vida.
Lourdes Guadalupe –Lupita, como la virgen venerada en México- tiene doble sentido de la esperanza. Aquí en España se bendice al primer nombre. Pero ni los milagros más capaces pudieron salvarla de los desatinos de esta sociedad. No solo lo dio todo, como se dice habitualmente, sino, además, Lourdes ofreció un hilo de comportamiento estable en Fama, ¡a bailar!, el reality show que acaba de finalizar luego de casi medio año en pantalla. Aun soportando –y nunca mejor dicho- el peso de una pareja tan indisciplinada como fue la suya: Jonathan, el joven díscolo que no cree en nada ni en nadie para salir en portadas.
Creo que lo que mantuvo a Lourdes con una sonrisa hasta el final fue la ilusión. Era la ganadora a todas luces de un programa que este año ha optado igual por el cotilleo que por la danza. Pero ella tenía un superobjetivo y vio que esta era su oportunidad. Temperamental, sensual y conquistadora con las poses –elegante también sin ser mujer de un metro ochenta-, su robo de cámaras responde a su fuerza, simplemente a la ilusión. Muy contrariamente a su partener que, con buenas dotes histriónicas y escénicas en general, eligió el camino de la interactividad directa con el televidente.
Y así ganó, en solitario, votado mayoritariamente por las “niñas” de este país.
Esta sociedad está muy jodida. Pero eso ya lo sabemos hace rato. Lo que no acabamos de asimilar bien es que, luego de tantos meses de rigor y vaivenes emocionales, el resultado descanse en manos de la población adolescente enganchada al teléfono móvil. No, esa fórmula sabemos que es rentable pero insulta al telespectador y más aún a una competidora como Lourdes.
Con el paso del tiempo, la cadena Cuatro se ha ido decantando por la frivolidad y ha decepcionado a un montón de gente. No comenzó así. Incluso, este mismo programa ha ido reforzando el show en detrimento de la competición artística. Sabemos que son las leyes del mercado y por tanto no nos queda más que escribir estas humildes notas.
Como nadie sabe para quién trabaja, esta cadena me regaló la alegría de Lourdes durante largos meses, y durante todo este tiempo no dejé de pensar en mi país.
Lourdes, la canaria, la tinerfeña, la insular, la sensual muchacha de origen cubano.
Ella, la danza versátil metida en medio de una selva.

domingo, 24 de enero de 2010

Un sueño comarcal (Cuento de principio de año) VII y final



En Pals nos hubiéramos quedado a tirar el invierno, con una buena reserva de troncos de madera en la puerta de la casa. Es un buen lugar para escribir historias de amor y, después de volar, bajarse uno de las nubes reproduciendo esos boleros tremendistas en los que parece que el amor se acaba.
A las seis de la tarde, la noche se cerró. Uno se confunde en invierno constantemente porque al perderse la luz natural aparece una voz interior que va diciendo todo el tiempo que es hora de volver. ¿Volver a dónde? ¿Volver a casa, al trabajo, a los encuentros familiares? ¿Volver al hotel, a esa reserva de intimidad protegida por piedras de Dios sabe cuántos años? ¿Volver a la carretera, como primer paso de salir de allí, y que la carretera cante sola en lugar de los boleros, que marque un destino incluso cercano pero un destino extraordinario? ¿Y la idea de llegar a Francia, tan al lado, tan diferente?
Teníamos la advertencia de los noticieros de que no era de buen sentido viajar por carretera en esos días. Se aproximaban densos bancos de nieve que incluso podrían caer en zonas costeras. Quedarnos atrapados en una carretera comarcal en medio de una helada siberiana no estaba dentro de nuestras directrices. A Pals no llegan las máquinas quitanieve y sin embargo es un sitio ideal para escribir. Parece que una cosa está relacionada con la otra. Cuando se hizo totalmente oscuro y las manos, aunque enguantadas, se engarrotaron, comenzamos a buscar un bar para refugiarnos y seguir recordando aquellos amigos que estaban por todas partes. Un vino tinto de cualquier zona nos iría muy bien.
Todos los bares estaban cerrados y los que no estaban a punto. Así que volvimos, volvimos a la opción más íntima, la de la masía cuyo nombre me sonaba demasiado largo para lo capsulares que suelen ser las denominaciones locales. Le habían puesto recientemente un cartel inmenso que juraba que allí estaba el hotel-restaurante Galena, en el borde mismo de la carretera que va hacia la cala de Aiguablava, pero lo cierto era que todo el mundo conocía ese empedrado como Mas Comangau. Sus acogedores salones calentados a la brasa, el trato cercano de sus escasos dos empleados visibles, la sencillez aparente del dueño, aquel hombre con un rabo de mula recogido en la nuca, la carta del restaurante que se balanceaba entre la cocina tradicional española, la francesa y la catalana -¡el toque local es a veces tan sutil y tan agradable!-, pues todo esto me daba vueltas en la mente mientras nuestros anfitriones nos llevaban de regreso.
Propuse comprar una botella de vino y tomarla en nuestra recámara, con boleros de fondo y calor artificial producido por una bomba acondicionadora. Una bomba, ¡vaya palabra se me ocurre para explicar el silencioso trabajo de la energía eléctrica! Era un verdadero lujo poder estar allí entre páramos todavía verdes, las montañas cercanas –se veía a lo lejos el tapizado blanco de los Pirineos-, el mar insultantemente bello a “dos pasos” de la masía, furioso por las ráfagas de viento que se revolvían allí mismo, en el Mediterráneo. A mí me encanta viajar a contracorriente. No soy hombre de paquetes populares, teledirigidos. Lo malo de viajar en estas fechas es que te puedes encontrar muchas puertas cerradas, y, en esa misma medida, las que están abiertas reciben toda nuestra bendición. De cierta manera agradezco el descuido del hotelero Patrick Beau. De habernos avisado a tiempo, hubiéramos cambiado la reserva on line por otra y nos hubiéramos perdido la emoción de llegar con cara de pena a un mostrador, allí donde, en invierno, la esperanza duerme entre ráfagas de levante. Dicen que la gente se vuelve loca con el viento de la tramontana, tan ordinario en esa zona donde estábamos. En las dos horas de paseo por el caserío medieval de Pals, se nos metió dentro del cuerpo algo invisible que bien pudo ser un vendaval con mangas, algo tan abrazador y constante que llegó a aturdirnos un poco.
La noche, sin embargo, pasó serena. Nos despertamos con la sensación de haber estado ahí durante mucho tiempo. Mi mujer saltó de la cama con una intuición femenina. Yo en esos momentos no intuía nada, solo disfrutaba el calor de la manta y el olor a madera cortada en los talleres de la comarca, disfrutaba el interior de una cabaña como la que siempre he soñado tener, con los travesaños del techo a la vista y un ventanuco de madera y hierro forjado. Tonterías, cosas simples me pasaban por la cabeza. Mi mujer dijo, algo exaltada, entre alegría y consternación:
-¡Está nevando!
Es hora de regresar a casa, pensé enseguida y me levanté también de un salto a mirar por la ventana. Había escarcha en las hojas de las plantas que estaban sembradas en tiestos de piedra, al pie de la escalera exterior. Hicimos las maletas y después subimos a desayunar, con el ordenador portátil. ¡Qué dura realidad comprobar las cuentas de correo electrónico, el aviso final del día en que vivíamos, sentados en un comedor antiguo provisto de chimenea!
Terminamos de saldar las cuentas con el dueño, quien dijo llamarse Miguel González, González como mi segundo apellido. Me preguntó si yo era de La Habana. Me había notado el acento. Miguel había estado en mi ciudad natal hace unos quince años, cuando aquello despuntaba en la emulación con las ciudades más destruidas del mundo por bombardeo. En nuestro caso, no había caído una sola bomba pero el efecto del paso del tiempo daba esa impresión.
El hombre me miró con ganas de seguir hablando toda la mañana sobre La Habana, me miró con pena en los ojos, pena de un hostelero que se registró allí en el Hotel Riviera y pudo comprobar lo que había quedado de lo que fue originalmente.
-Sí, una ciudad grande, más grande que Barcelona quizá, en radio –le dije-, pero hecha triza…
-¿Por qué no se quedan una noche más?- casi nos suplicó.
-¿Aquí llegan barredoras de nieve?-pregunté yo en tono de broma.
Miguel se echó a reír.
Una hora y media más tarde ya estábamos entrando en Barcelona y habíamos dejado la nieve atrás, o la posibilidad de que nevara. He seguido los partes meteorológicos y ninguno indica la presencia de nevadas en el Baix Empurdá, al menos en la franja costera. Antes de bajar del coche, mi mujer me recordó que debíamos llamar a nuestros amigos comarcales para informarle que llegamos bien.
-Sí -puntualicé con toda seguridad-, y también hay que pedirle que nos esperen donde están porque, verdaderamente, Begur, lo que es el centro de Begur, no lo conocimos en este viaje.


Foto del autor.
En la imagen, Calle Mayor, en Pals.



jueves, 21 de enero de 2010

Un sueño comarcal (Cuento de principio de año) VI



Pasos cortos, como si no hubiera ninguno. A los ojos de un espectador, estaríamos abrazados simplemente. Pero no, bailábamos con esa licencia libre que dan los cuerpos cuando se conocen hasta el último rincón. El bolero se desvirtúa con la distancia, se pierde del todo si la mirada no está sujeta a la de enfrente. Se desperdicia si no existe un roce al menos de los muslos, porque la sujeción de las manos es un dictado académico.
Encontré un asidero en la raíz de la espalda de mi mujer, allí donde se bifurca la cintura mientras se está bailando, donde el compás de la música queda representado con movimientos cortos aunque acentuados en el caso del bolero. Pero ese tempo musical –el de los huesos puestos al servicio del ritmo- podía sentirlo solamente yo. Ni siquiera ella porque sus manos estaban en mis hombros. No es el mismo el tempo de las caderas y el de los hombros. Por una razón más que todo musical, va uno con el ritmo y otro con la melodía. Independizados pero extrañamente juntos.
Hice que sintiera mi ritmo y no sólo que lo percibiera. Me aproximé todo lo que pude a su pelvis con la mía e intenté descargar ahí una elegante presión discontinua adornando el compás de la música, rizándolo con cuidado para no quitarle protagonismo.
Hay veces en las que las letras de los boleros no importan. Están ahí para dar cuerpo y no esencia. Hablan de desamor por lo general, de rupturas e infortunios. No era el caso nuestro. Seguíamos la orquestación como premiados por un concurso de autoayuda en el que llevábamos metidos más de 24 horas desde que salimos de Barcelona. Habíamos encontrado la respuesta en una alcoba rural hecha para amantes de invierno. Supongo que en verano no se disfrutaría igual, aunque, como me quedó la duda, tengo en la mente la idea fija de volver.
Miramos de vez en cuando a través del cristal de un ventanuco con cortinitas de encaje. Se podía observar la lluvia persistente. Se podía observar el frío de afuera en el vaho del vidrio, producto de un cambio drástico de temperatura que tomó de repente la habitación. A mí me tentaba sobremanera la posibilidad de pasar las manos por los cristales y sentir la temperatura del agua condensada, pero no me atreví a soltar la cintura de mi mujer. La combinación de sensaciones me mataba de curiosidad. Preferí no desprenderme de su espalda y canalizar el deseo a través de la hendidura de su espina dorsal, perfectamente dibujada por la naturaleza. Recorrí con los dedos diestros todo el canal hasta llegar al cuello y comprobar que estaba tibio. Abarqué con la mano toda la base de la nuca, con su cabello entrelazado, y hundí más mi pelvis en un momento milagrosamente álgido de la canción. Mi mano izquierda agarró el cinturón de cuero que ajustaba sus vaqueros, como si, por alguna razón prácticamente imposible, mi mujer intentara escapar.
Contradictoriamente, entró en juego una voz de fondo –ya no era Luz Casal, no era nadie, era solo una voz- que decía:
Cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras…
Y una estructura musical que tan bien pensada tienen las orquestaciones del bolero. Detrás de la copla, una cuerda de instrumentos de viento habla por sí sola.
Vi llegar el clímax de un preámbulo. Ese momento en el que hay que dejarlo todo –incluso la música- y permitirle al cuerpo que nos lleve, al revés de como había sido hasta entonces. Estaba pensando exactamente en lo complicadas que eran de zafar mis botas de cordones largos cuando sonó mi teléfono.
Sonó como un spot publicitario que interrumpe una película dramática en su escena principal. Arrogante, un sonido desafinado; una ruptura teatral para cambiar de cuadro y dinamizar la dramaturgia. Mi mujer no dijo nada, pero supongo que pensó: No lo cojas, por favor.
Eran nuestros anfitriones de la comarca para preguntar dónde estábamos.
Ni nosotros mismo sabíamos dónde estábamos.
Tomé aire caliente y pensé. Comuniqué a través del móvil que estábamos perfectamente establecidos en la masía de carretera que nos habían recomendado.
-En quince minutos los pasamos a recoger para llevarlos a un sitio que les va a gustar- informó alegre mi antiguo compañero de la Facultad.
Una hora más tarde, yo seguía con la melodía de uno de los boleros metida en la cabeza. Y la letra:
Cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras…
No se despegaba de mí el hilo musical de antes mientras caminábamos los cuatro por callejuelas empedradas y mis botas resistían el trasiego de una tarde controlada por el frío. Pals, adonde nos llevaron, era un pueblo medieval que jugaba con la costa desde lejos, en la distancia prudencial como mismo hacen los observadores que quieren vivir sin arriesgarlo todo. Es un encanto comarcal detenido en el tiempo, más en ese día gris de enero en el que no encontramos a nadie transitando. Solos estábamos dos parejas divertidas y un compás de un bolero atascado como una letanía en el medio de mis pensamientos. Nos habían dejado abierta la puerta de ese lugar solitario.
(Continuará…)

Foto del autor.

martes, 19 de enero de 2010

Un sueño comarcal (Cuento de principio de año) V



Pasamos revista de lo que ocurría 15 años atrás en la Facultad de Periodismo. También pasamos lista de la gente que entonces había a nuestro alrededor. La gran mayoría ya no estaba en Cuba. Más de un 60 por ciento.
Algunos profesores habían muerto y otros emigrado al igual que muchos alumnos.
Nuestro país quedaba ahora ubicado solamente en la memoria de los 90, el decenio que, tras el desplome del campo socialista europeo, fue concluyente para tirar la toalla allá adentro. Pensamos que allí no había nada que hacer y, los que pudimos, nos marchamos. Cobardía, instinto de conservación o egoísmo eso se verá y se discutirá después, cuando finalmente desaparezca la dictadura imperante.
Tanto mi anfitrión de Begur como este servidor teníamos la urgencia de contar el pasado, pero sabiendo hacerlo en la medida necesaria. Por eso la noche no cerró sus puertas con tales cuentos, sino debatiendo una ruta inmediata que determinaría si a la mañana siguiente mi mujer y yo regresábamos a Barcelona. Es magnífico no sentir la presión de una agenda de trabajo. Muy a pesar del temporal de invierno en el que estábamos metidos –o disfrutándolo en el más intrincado silencio-, se nos hizo breve el tiempo en esa comarca. Mejor dicho, en los alrededores de ésta.
Esa noche me metí en la cama tratando de apartar los recuerdos, con un dulce abrazo de mi mujer y su calor corporal elevado, más de lo habitual. Parecía tener fiebre, una fiebre repartida en iguales grados de la cabeza a los pies. Estábamos enroscados como buñuelos en almíbar cuando sonó mi teléfono. Era mi antiguo compañero de clases para informarme que habían llegado bien, que la nieve aún no había aparecido y que su esposa quedó encantada con nosotros.
Recordé entonces que en el minibar había, entre otras, una botellita de whisky JB y algunos frutos secos. Los precios de este servicio son más caros que en los aviones, abusivos, ridículos, pero para eso estaban, para sacarte de un apuro. El contenido de la botellita dio para llenar medio vaso corto en strike*.
Tenía que elegir entre sentarme afuera a fumar, envuelto en una manta, o continuar disfrutando del estado febril de mi mujer. Seguían rondando los recuerdos por mi cabeza, aquellos rostros simpáticos de la Facultad tan llenos de vehemencia, de candor, de ilusiones. Nuestras aulas, siendo de una carrera selecta a la que se accedía solo mediante altos promedios y una prueba de selectividad preliminar, estaban repletas de jóvenes provincianos. Entre ellos –y que me desmientan si leen esto y se sienten ofendidos-, la gran mayoría de las muchachas era virgen.
Fui al armario empotrado de la habitación en busca de una manta. La saqué de una bolsa de plástico y me enrosqué en la franela como un animal desamparado. Mi mujer me miraba sin decir nada. Entonces le pregunté:
-¿Me esperas un segundo si me fumo un cigarro?
Hizo una seña medio enfadada de aprobación.
A la mañana siguiente desayunamos como reyes en la mesa bufet. Ya no llovía aunque el viento continuaba alborotando los árboles. Luego subimos a hacer las maletas.
Entregamos la habitación a otra chica que nos hizo las cuentas con diligencia en el ordenador central. Todo estaba correcto. Nos preguntó si teníamos algo del minibar para sumarlo. Declaré la consumición, una factura absurda si no está altamente justificada por los tormentos de cualquier naturaleza.
Mientras viajábamos en el coche en busca de una gasolinera, todavía no teníamos decidido si regresábamos a casa o apostábamos por una noche más en un hotelito íntimo que nos habían recomendado nuestros anfitriones, una masía reformada, nos habían dicho, en las afueras de Begur. Antes de llegar a la gasolinera, vimos el cartel de la masía. Sentimos buenas vibraciones desde la carretera y por tanto entramos a mirar. Había un par de coches aparcados. En la recepción, sin embargo, no se veía a nadie.
Mi mujer tocó varias veces el timbre mecánico, como de época, que descansaba en el mostrador. Le dejó caer con fuerza la presión de su mano derecha reiteradamente. El entorno era como la sala de estar de una vivienda, paredes de piedra, muebles de madera realizados con buen gusto por algún ebanista de las cortes españolas, plantas naturales de interiores, una escalera en curso hacia un piso inferior, una puerta de acceso a un salón comedor, a la derecha; una recepción, en fin, donde se combinaba equilibradamente el ordenador de servicio, una cafetera industrial y varias repisas con botellas al uso. Ambiente rural retocado por un diseñador de hoy.
Pasaron algunos minutos y seguíamos solos mirando aquello. A mí me comenzó a gustar la decoración y la intimidad de la casa. Los grandes hoteles no me entusiasman mucho. Me agradó la confianza de dejar las puertas abiertas y la recepción sola, como si fuera un museo de autoservicio. Algo nos indicó que existía vida en aquel lugar, al menos vida animal. Vimos unas deposiciones de perro en una esquina del salón de espera.
-Hay gente- aseguré a mi mujer señalando la deyección.
No sé si me habrá oído. Es posible que sí. Lo cierto es que teníamos ya delante a un hombre de unos cincuenta años cuando no habíamos terminado de examinar los excrementos. Llevaba una coleta amarrada en la nuca y vestía con absoluta sencillez. Lo saludamos y le preguntamos si tenía habitaciones libres.
Se lo pensó, como si fuera un estratega, pero respondió afirmativamente enseguida. Mi mujer –me comentó más tarde- sospechó en ese momento que el hombre se estaba haciendo el interesante.
¿Cómo era posible que no tuvieran habitaciones disponibles un día como ese entre semana y a punto de nevar, fuera de temporada, fuera de todo tipo de lógica y acabados, como estábamos, de pasar las navidades?
La habitación era un sueño. Tenía una cama en la que podían dormir cuatro personas sin apenas rozarse. Quedaba debajo de la entrada al hotel porque allí todo transcurría hacia abajo, en las estribaciones de una colina desde donde se veía un valle magnífico, sereno. La decoración era cálida y el armario todo un mueble sensual de dos puertas, con ese olor a madera perpetuo que, para mi gusto, sirve de ambientador. Desde que entré enfilé la mirada hacia el armario. En ese mismo instante me cambió el estado de ánimo, me sobrevino un estado de excitación que despertó la libido, los deseos de estar allí recluido con mi mujer y olvidado del mundo. Una vez más se hacía evidente mi inclinación por los espacios poco visibles.
El cuarto de baño, sin embargo, quedaba en una planta superior. Esa obligación de bajar y subir dentro de un mismo techo, más las dimensiones exactas de la idea que tengo de los dormitorios, me produjo placer.
Además de televisión y un equipo de música, la recámara incluía un minibar.
Pero no le hice caso en espera de salir a buscar un supermercado donde abastecernos de algunos productos complementarios.
Mientras mi mujer exploraba el espacio, subí al coche a buscar las maletas. Ya lo había pensado, así que traje, de vuelta, además, un disco de boleros que llevábamos en la guantera.
Eran las doce del mediodía en punto cuando invité a mi mujer a bailar. Colocamos la calefacción local a unos 24 grados. Los pasos del bolero, con la voz de Luz Casal de fondo, retumbaban en el suelo de madera cruda. Parecía que estábamos en una plataforma insular donde la altura no marea, ni da vértigo, ni miedo, ni tristeza. Ese era el sitio. El que buscábamos al principio. El rincón donde soltar todos los pesos, incluido el peso de la nostalgia que es tan difícil de llevar.
(Continuará…)

Foto del autor.

Nota: *Strike, anglicismo proveniente del béisbol que se utiliza a menudo en Cuba para tomar ron sin hielo.