martes, 10 de julio de 2007

Hay alguien en casa


Los primeros días en La Habana, de camino a encontrarme con algunos amigos, pasé dos veces, sin querer, por una avenida desde la que se veía mi casa a lo lejos. Creo no haber sufrido arritmia alguna vez, al menos conscientemente, antes de estos momentos que narro. El corazón se me quería salir del pecho, y, otra vez, comencé a toser. Cuando me pongo a toser, mi mujer ya sabe de qué va la cosa. Son los nervios, los más profundos, mis fibras intrincadas allá donde no puedo llegar. Es increíble cómo esas fibras hipersensibles se activan, ya bien sea por choques ambientales que le son familiares, o también por recuerdos, o por rechazo a algo que va a llegar. Mi mujer aún no estaba orientada en la ciudad y solo se dio cuenta de que algo me volvía a rondar los nervios, que habían estado descansando desde que salimos del aeropuerto, pero, evidentemente, solo descansaban a medias.
Entonces logré tomar aire –cuando me sucede un ataque de tos nerviosa, le hago una seña con la mano para que me deje tiempo para respirar-, y pude indicarle con cuatro palabras casi inaudibles:

-Esa es mi casa.
-Cariño –restauró la frase inmediatamente-, no hables en presente que te hace daño. Recuerda que ya no vives aquí.

Apreté los dientes y las muelas, como si estuviera triturando una almendra, al parecer como un mecanismo de defensa instintivo para alcanzar un poco de aliento. Yo no podía hablar. Al apretar las mandíbulas una contra la otra, la tensión nerviosa se descarga ahí y uno puede recuperarse, pero se estropean las piezas dentales. En ese momento me era absolutamente necesario resolver el problema que tenía delante. Pensé en no decirle nada a mi mujer, aprovechándome de su ignorancia sobre el terreno, pero luego hubiera sido peor. A mi mujer le gustan las cosas, como decía mi padre, en caliente.
Esa fue la primera vez que vimos la casa a lo lejos. La segunda, ya ella estaba sobre lo eventual antes de que cruzáramos la avenida. La segunda vez fue ella misma la que me recordó, señalando, cuál era mi casa.
Después de pasar por delante sin querer, en sucesivas salidas desvié la ruta a propósito y mi mujer se dio cuenta. Así que me dijo, con mucha dureza, una gran verdad. Al escuchar sus palabras me entró la duda de qué hubiera hecho ella en mi lugar:

-Mira, guapo, no lo alargues más; esto es puro trámite. Cuanto antes lo resuelvas, mejor. Y así podremos estar más tranquilos los dos- fue lo que me soltó sin ambages, como si estuviéramos hablando de una visita al dentista.

Sin embargo, debo reconocer que tenía razón. Por varios motivos: Cruzar el Atlántico cuesta caro, metálicamente hablando; estábamos en La Habana por fuerza mayor y no sabíamos cuándo podríamos volver; el pasado es un recuerdo, que puede ser más o menos dulce, pero no es más urgente que la actualidad, al menos en alguien racional como nosotros, aunque nos gustaría ser de otra manera. Y si pasábamos de largo por la puerta de mi casa, dejábamos la posibilidad de arrepentirnos a la vuelta del tiempo. ¿A qué yo le temía? Esa es una buena pregunta. Supongo que a mí mismo. Supongo que me hubiera gustado ir a Cuba en un viaje a buscar mis cosas, y en otro a visitar el sitio donde enterraron a mi padre. Es muy posible que las dos misiones juntas, más el tambaleo interior del regreso en sí mismo, me hayan puesto en una situación límite. No era hora de filosofar, porque nuestros días allí estaban contados. También temía a la posibilidad de encontrarme con algunos vecinos indeseables, gente que uno borra de por vida y respira luego. En fin, cosas superfluas. Un paquete de tonterías que amontonamos entretejidas en el alma, hojarasca de la espiritualidad que hacen mucha resistencia en momentos cruciales. No fue al día siguiente de la conversación con mi mujer en la avenida, ni al otro, sino casi al final del viaje cuando me decidí a volver a lo que fue mi casa durante casi cuarenta años, un caserón más o menos espléndido que ocupa una privilegiada parcela de El Vedado. Construido en los años 40, mi familia se dio a la tarea de cuidar la austeridad exterior, y de colocar unas paredes por dentro de poco menos de medio metro de ancho. Me dijeron una vez que ese sistema constructivo se llama citara/citarón , y consiste en poner ladrillos cruzados. Entre esos muros insonorizados transcurrió mi vida -¡ay, si los tuviéramos en Barcelona no nos escucharían los vecinos, mi amor!
Allí crecí y me las ingenié para sobrevivir a la ilegalidad, alquilando habitaciones a escondidas del Estado. ¿A escondidas del Estado? Quise decir sin declarar el hecho. Allí, muchos años atrás, en el garage, durmió un Cadillac negro de mi padrastro, a quien no he vuelto a ver. Ni al automóvil ni a él. Desde los tempranos años 70 mi padrastro se pasaba mucho tiempo arreglando el carro. Luego llegó la época de la universidad, y me quedé solo en casa con mi hermano. Dos colegiales, inquietos, inhabilitados para la vida doméstica, malos estudiantes, un poco bandoleros, divertidos. La vecina de enfrente nos denunció un día porque, dijo, se realizaban en nuestra casa fiestas de perchero.
La policía nos advirtió que cerráramos las ventanas. Mi hermano y yo no sabíamos lo que era una fiesta de perchero, aunque tiramos de la majestuosa carpintería francesa para cancelar la visión. Después dividimos la casa. Mi hermano hacia un ala y yo en la otra parte. Cada uno con su cocina y baño. Más tarde se marchó mi hermano del país y me quedé solo en el caserón, hasta que empezaron a llegar amigas de provincias. Pasado un tiempo, mi madre volvió. Estábamos juntos, pero no revueltos. Llegaron los tiempos duros. Vendí ron en el domicilio y algunos aguacates una vez al año. Me casé, me divorcié, me junté, viví como tres o cuatro concubinatos y me fui del país.
A los seis años regresé con una mujer que no tenía nada que ver con toda esta historia. Digo tenía, porque se implicó de verdad. La casa la habían vendido –en los papeles consta solo una permuta, porque vender está prohibido, aunque sean tus paredes de toda la vida. Hay quien no vuelve más a su lugar de origen, pero yo, por otras razones, retorné, aunque de paso.
Al llegar a la avenida miré de soslayo la puerta de la casa para ver si estaba libre. Pero no, desdichadamente había un hombre sin camisa tomando el fresco, en actitud de morador total. Avanzamos con soltura aparente, hasta alcanzar la entrada. Desde la reja del portal dije en voz alta, sin soltar la mano de mi mujer:

-Perdóneme usted. ¿Puede venir un momento?
-¿Qué desea?- respondió el descamisado, de unos 40 años, fumador, bastante seco y serio.
-Es que yo viví en esta casa y me gustaría hablar con usted un momento.
-Pasen- expresó repasándonos de arriba abajo, con un cuidado asombroso, cuidado del detallista un poco desconfiado y arisco.
-No queremos molestar. Ella es mi mujer –dije señalándola-; vivimos fuera de Cuba y estamos de paso. Solo queríamos saber si todavía están algunos papeles míos guardados en un closet.
Yo anhelaba algo más que la papelería, dejada a la fuerza para volar limpio de polvo y alimañas. Mi máquina de escribir, la primera que tuve antes de conseguir un ordenador, una Remington Rand de los años 40 (como la casa), era algo tan especial en mi vida, así como un perro con dientes salidos que rondaba mi vivienda e iba a dormir los mediosdías. Cosas superfluas en las que nunca he dejado de pensar. Y en la mata de aguacates, y en las fotos, negativos, cajitas llenas de recuerdos de la gente, de mujeres, de novias bastante lejanas. Un millón de objetos, animados o no, me pasaron por la mente en segundos al enfrentarme al hombre sin camisa que observaba tranquilamente la calle. Ese hombre no dejó que transcurriera mucho el tiempo antes de apaciguarme:

-Ya sé quién eres. Algunos vecinos me han hablado de ti. ¿Tú estás en España, no? Tranquilo, no hemos limpiado ese closet. Tuvimos la corazonada de que volverías, y por suerte no has tardado mucho desde que vivimos aquí.

El hombre, de mi generación, tiró su brazo derecho encima de mis hombros. Nos invitó a pasar y se presentó formalmente ante mi mujer. Hizo café, pero para ese momento yo todavía no había logrado relajarme.
La máquina de escribir no pude traerla. Pesa mucho. Traje una pieza liviana en donde los fabricantes estamparon la marca y el modelo. Y vinieron los papeles más importantes y las fotos. Mi mujer se horrorizó con la cantidad de cajitas y reliquias de muchachas. No me regañó en La Habana por prudencia; aunque lo hizo de vuelta a Barcelona. Celitos, se debe suponer. El hombre de la casa, que prefirió no ser identificado en estas crónicas, nos dejó su número de teléfono –el mismo mío, no lo había cambiado-, una dirección electrónica y una tarjetita de su empresa.

-¡Vuelvan cuando quieran!- aseguró calurosamente.

Dimos las gracias, asintiendo con la cabeza, pero en ese preciso instante mi mujer y yo tuvimos la misma sensación, la de atrapar el presente a toda velocidad, y el presente no estaba siquiera cerca de allí.


(Nota: la foto que acompaña este texto corresponde a la fachada de otra casa de El Vedado)


Julio 2007

lunes, 9 de julio de 2007

El derecho a retratarse

Debía seguir con el viaje reciente a nuestra querida Habana, una de las ciudades más inexplicables del mundo, y también, quizá, la más inspiradora a poetas cantores. Sin embargo, hago un golpe de timón para seguir en ella –la calurosa, la mestiza, la claroscura, derruida y espectacular a la vez-, a propósito de un comentario reciente aparecido aquí en el blog. En el texto Habáname, tú no tienes la culpa (el título es un doble juego dirigido, tanto a la gran urbe, como a la fotógrafa que me acompañaba, que es mi mujer), defendí con toda vehemencia el derecho de imagen que se debe reservar a una capital hecha trizas por la mala administración y por el paso de medio siglo sobre ella, sin que eso que llamamos mantenimiento se haya sentido llegar.
Mi regreso a la gráfica hecha en La Habana viene a cuento porque el Magazine -que viene convoyado, los domingos, con La Vanguardia, diario catalán de tirada nacional- abre una nueva serie de autorretratos de América Latina, y precisamente comienza con Cuba. En primer lugar, tengo que decir que me impactaron sobremanera las fotos (todas en blanco y negro) que hablan más de la desolación que de otra cosa, por mucho que el balance intentado en la selección incluyera algunas imágenes costumbristas que siempre sacan una sonrisa. Yo acabo de llegar de La Habana, y creo que estaré llegando por mucho tiempo en lo adelante, muy a pesar de las necesidades existenciales de mi mujer y del propio soporte de este blog. Al abrir las páginas del Magazine –mentira, no tuve que abrirlas: la portada vende el reportaje gráfico a todo lo largo-, se me apretó el corazón al hallar las fotos robadas (hasta cierto punto, pues sé muy bien cuánto seducen las cámaras a los cubanos) que tanto me indignan porque se aprovechan de la decadencia de la ciudad y, por ende, de la decadencia de la gente. Pero había un motivo amortiguador: los autores eran cubanos que viven actualmente allí dentro, y no estaban haciendo otra cosa que reflejar sus días. Esto es totalmente lícito, y esa es la diferencia con los cazadores internacionales de “texturas”. En la venidera serie (sigo a la espera de próximas entregas), el joven fotógrafo barcelonés Claudi Carreras presenta el resultado de un viaje “durante más de un año por 18 países latinoamericanos para seleccionar los autores y proyectos de fotografía documental que mejor represente la realidad contemporánea de ese continente”, explica una leyenda adjunta en la mencionada revista.
Los documentalistas cubanos elegidos son: Humberto Mayol, Enrique de la Uz, José Alberto Figuerola, Kattia García, Pedro Abascal, Gonzo González y Raúl Cañibano. Hay fotos muy duras, y otras aparentemente graciosas, pero duras igual. De no ser por las puntuales palabras del compilador, esas imágenes hubieran quedado en el aire, o, peor aún, rondando un morbo exagerado de alguien que se recree congelando el deterioro público y social. Claudi Carreras, de manera inusual, está bien informado sobre la realidad cubana y en particular sobre el “modus operandi” de los fotógrafos allí. Deja constancia sobre la carencia de materiales de trabajo, así como la impronta de cada artista comprometido en testimoniar –para la vuelta del tiempo o para ahora mismo- lo que ocurre a su alrededor. Así recordé mis días como reportero de prensa, en los que tenía que ingeniármelas para que rindiera un carrete de 36 exposiciones en cuatro reportajes. (Téngase en cuenta que, aunque yo trabajaba en un órgano de prensa oficial, mis temas favoritos no eran los más importantes para la dirección: los temas culturales). Creo haber dicho en estas crónicas que traje a Barcelona un archivo de negativos del teatro cubano de los 90, cuya historia, la de mis negativos, narraré algún día, porque tiene tela. Así que chapeau para Claudi Carreras y para los artesanos de este reportaje. Parece más de lo mismo (Cuba vende, ya se sabe), pero no lo es. Este es otro enfoque, de adentro hacia fuera, o también de adentro hacia adentro, porque no deja de doler en el alma. Se pueden encontrar las entregas, además de en la revista impresa y a medida que van saliendo, en http://www.magazinedigital.com/america-latina/cuba/
En la web hay muchas fotografías que no aparecen en papel.


Julio 2007

viernes, 6 de julio de 2007

Las hormonas revueltas de un lector

Hoy al abrir mi buzón de correo postal encontré, entre facturas de la luz y gas, la revista del video club del barrio. No es la primera vez que nos la envían a casa, pero sí la primera ocasión en que me impacta la portada. En lugar de un filme de acción, prefirieron vender entre las novedades algo de cine político; nada más y nada menos se lanzaron con La vida de los otros, sobre la época comunista en la Alemania del este, una descarnada presentación de cómo espiaban a los ciudadanos en un gobierno totalitario.
Luego, al abrir el buzón de mi correo electrónico, hallé un mail con bastante mala leche (como se dice en España), en el que el remitente, desconocido por mí, intenta aterrorizarme juntando datos sobre mi vida personal. Esto a propósito del presente blog. Al parecer no gusta del contenido y de la forma, y está en todo su derecho. Como no sé quién es, y como yo muestro al menos mi perfil fotográfico en el cabezal de estas páginas, prefiero responderle aquí, y no a su correo personal. El me reprocha que me identifique como un exiliado. Como, a mi entender, esto es lo más grave que dice, me centraré en este, aparentemente, pequeño detalle.
Sí, soy un exiliado porque, aunque acabo de regresar de mi país, tuve que esperar cinco años para volver, tiempo que es el que el gobierno cubano estima conveniente para no dejar entrar en territorio nacional a alguien que haya decidido quedarse a vivir fuera de la isla mediante un viaje de trabajo. Por otra parte, y esto se lo expliqué también a una muchacha cubana que vive en Barcelona, técnicamente todos los que nos marchamos del país somos exiliados, en tanto el gobierno de la isla se arroga el derecho de por vida de prohibir o no la entrada al país; el día que no haya que pedir permiso (una especie de visado) para entrar libremente al lugar donde nacimos y vivimos, dejaremos de ser unos exiliados. Hay muchas gradaciones del exilio, incluyendo el autoexilio, que es el que nos embarga a una gran mayoría. Por otra parte, ¿por qué el estado cubano no acepta la doble nacionalidad y obliga a cualquier persona nacida allí a entrar obligatoriamente con el pasaporte emitido por la isla, incluso a personas que llevan más de cuarenta años viviendo permanentemente fuera?
También otro argumento: ¿Por qué, al marcharse uno de Cuba, pierde sus bienes raíces al cabo de once meses de la salida? Con semejante robo legislativo, del que fui víctima, me basta para sentirme exiliado. ¿O es que acaso, por escribir estas mismas líneas, el hecho de sentir miedo de volver a La Habana no significa que sea un exiliado? El exilio, sea un tecnicismo verbal o no, se lleva adentro. Cuando tienes que quemar las naves, sabiendo que no podrás regresar en cinco años –regresar si es que no hablas más de la cuenta-, y que pudiera ocurrir algo grave con un ser querido en la isla, eso es muy duro de llevar, y lo menos que se me ocurre decir es la palabra exiliado.
No sé si, con todo lo que he escrito en este blog me dejen volver alguna vez. Me gustaría que alguien me dijera si me apropio injustamente del término exilio.
A esa persona que, según él, desde Miami, utiliza en carta privada varios momentos de mi biografía personal le aseguro que no me voy a atemorizar, que seguiré escribiendo porque conseguí estar en este lugar del mundo donde hay democracia y respeto a la vida privada de las personas, y tenemos Internet, una maravilla de la comunicación global. Los blogs han (o están en eso) revolucionado el mundo de la comunicación interpersonal, han desafiado a los tradicionales medios de prensa y, en definitiva, son la máxima expresión de la libertad de criterios. Desde aquí se cuenta lo que se quiera y se toma también lo que se desea. No hay filtros que no sea uno mismo. Es un reto para uno convertirse en su propio editor, siempre que el empeño sea serio. Quien me escribe y me conoce y no se identifica claramente, y me reprocha haber olvidado que algún día trabajé para el estado cubano -¿quién que haya vivido allí no?-, le recuerdo que esta bitácora lleva el título de Segunda naturaleza porque, cuando los cubanos emigramos, volvemos a nacer, y descubrimos un mundo nuevo y conocemos el ejercicio de la palabra verdaderamente nuestra.
Creo que lo que la persona trasvestida ha hecho conmigo es dar un golpe bajo. Si me conoce y quiere llamarme la atención en algo, que dé la cara y hablaremos con normalidad.
Mientras tanto, le regalo la siguiente anécdota:

Al regresar de Cuba y pasar por la frontera española, el oficial me preguntó que si en lo adelante no tendría más problemas para volver a mi país, pues se fijó que tenía mi pasaporte “habilitado” para entrar indefinidamente, el ya mencionado visado que hay que obtener si uno se porta bien. Me hizo gracia la cara de pícaro del militar español quien, sugerentemente, tiraba del pellejo de sus colegas de La Habana. Como me sorprendió la pregunta, solo me limité a responderle la verdad:
-¿Volver sin problemas…? Eso nunca se sabe.


El recuento del viaje a Cuba con mi mujer continúa el lunes.

Julio 2007

miércoles, 4 de julio de 2007

Habáname, tú no tienes la culpa

La premisa fundamental que movía el dedo del obturador en la cámara de mi mujer era el respeto a la gente que vive en Cuba. ¿Cómo lograrlo? No hay que humillar a las personas dentro de un cuadro que se convierte en una estampa, me decía ella. Muchos turistas y buscadores de imágenes mundiales viajan a La Habana para, precisamente, lograr esa instantánea llena de plasticidad, de texturas, fotos abigarradas de óxido y cáscara, pastiches de colores inexplicables si no fuera por la luz de allí; hasta que el retrato de la ciudad abandonada se convierte en un clásico de la colección de arte tercermundista, del arte urbano en el que la gráfica habla por sí sola antes de que al creador se le ocurra retocarla en el photoshop. La vuelta al blanco y negro, la seducción del sepia, el virado de color en el laboratorio, el formato grande en el negativo. La Habana, tomada como pretexto en tanto ciudad gigante, densa y añeja, señorial y decadente, se sigue vendiendo como el viaje inolvidable en las agencias de turismo. No pocas personas que he conocido en este lado del mundo me han dicho descaradamente que a La Habana, a Cuba, hay que ir antes de que se acabe este gobierno porque en un futuro no sería igual, o sería igual a una ciudad como Miami. Oportunismo del más desconsiderado. ¿Y a la gente que vive en Cuba le gustará que se le incluya en un comentario de postales sin compromiso? El surrealismo de la verdad cotidiana es un resultado de un mal gobierno y no de una corriente artística innovadora. Estoy seguro, porque lo viví en carne propia, de que a nadie le gustaría viajar en bicicleta con una tarta de cumpleaños a cuestas. Esas son las fotos que respetó mi mujer. Mejor dicho: las imágenes. El elemento humano, ese tan importante dentro de la composición fotográfica, sobre todo la urbana, queda sugerido.
Aquí al lado está retratado el acceso al edificio conocido como el López Serrano, cerca del mar, en El Vedado, una torre de mediana estatura construida en los años 30 como paráfrasis de los rascacielos newyorkinos. Fue fabulosa, típicamente art-decó, con suelos de mármol y altos puntales. Allí se rodó una escena de alguna película en el ascensor; allí vivió el líder del Partido Ortodoxo Eduardo Chibás, a quien Fidel Castro le dio la espalda cuando le convino en el recorrido de sus ambiciones políticas.
Cuando uno entra al edificio, como hicimos nosotros dos para no mojarnos en un aguacero tupido, puede ver los detalles del desvarío ocasionado por los años en una ciudad que parece de posguerra. Tenemos planos generales; sin embargo, mi mujer me insistió en acompañar las presentes palabras con este plano cerrado.

Julio 2007

lunes, 2 de julio de 2007

Con los pasos perdidos

-¿Adónde te gustaría llevarme en esta isla?-, me preguntó mi mujer una tarde de reposo a orillas del mar.
-Pensándolo bien –improvisé-, me gustaría hacer un recorrido contigo por Cuba a través de la música.
-¿Cómo es eso, cariño?
-En este país –comencé a explicarle algo que me gusta mucho decir-, existen variedades de ritmos, especies musicales, derivados y subderivados, complejos sonoros o como se quiera llamar diseminados por toda la geografía nacional. Ahí radica una de las maravillas cubanas: que no se nos puede identificar por un solo ritmo, aunque el son sea el que se miente a priori. Aquí se fundieron sonidos de todas partes, y lo mejor es que aún se pueden encontrar algunos en estado puro-, agregué abriéndome de brazos, con cierta chulería.-Cada región o provincia tiene su tumbao…
La pregunta de mi mujer me activó el buscador privado del que tiro a veces para recordar mis viajes como reportero cultural. En aquellos tiempos visité tantos sitios inexplicablemente originales dentro de la isla, que todavía me pregunto cómo fui a parar a aquellas lejanías. Desde los festivales de changüí de Yateras, en Guantánamo, hasta la casa de un luthier que construía flautas de madera de cinco llaves en San Cristóbal, en Pinar del Río. Diez años de travesía por la música popular cubana han pasado por el filtro de mis recuerdos en esta cuidad donde vivo ahora. Varias veces me he sorprendido, aquí mismo, hojeando las crónicas que resultaron de esos viajes. Muriéndome de nostalgia, sin encontrar a nadie a quién explicarle el fenómeno. Por eso cuando mi mujer me preguntó que adónde me gustaría llevarla forcé el viaje mental y en milésimas de segundo la paseé por los clubes danzoneros de Cienfuegos, con suelo de tablero de ajedrez; la llevé a la fiesta de los bandos (rojo y azul) en Majagua, en la frontera entre Sancti Spíritus y Ciego de Ávila; a las Parrandas de Remedios, la octava villa fundada por los españoles, o, sir ir tan lejos de Varadero, donde estábamos conversando, a hacer un recorrido por el circuito sur matancero que es línea de la rumba profunda y negra.
Me lo ponía difícil mi mujer, me provocaba sin querer. Algo de las músicas nuestras le puedo poner en casa, obviamente, pero la pregunta fue originada justamente en Cuba. Como bien ha detectado un buen amigo lector de estas páginas, nosotros no fuimos a la isla a hacer turismo. Y desplazarse allí por cuenta propia sin rozar con el mundo del dólar es bastante difícil. Así que, tras la breve descarga nostálgica mía a orillas del mar, le dije que nos dejaríamos llevar por los días y las noches, pues casi siempre hay música cerca y ejecutada en directo. Debo de confesar, sin poder permitirme ocultamientos, que tuvimos mala suerte.
Caminando por Miramar, por la séptima avenida, una noche, pasamos por un sitio de boleros que se llama Dos Gardenias. Entramos, en dólares, claro, haciendo una excepción. Me fijé en el programa y pensé que sería bastante representativo para mi mujer, en el campo del bolero, el filin y la descarga del bolero/son. Estaban María Elena Pena, Maureen Iznaga y el presentador Nilo de la Rúa. Aquello daba –perdóname María Elena- pena, tristeza y dolor en el alma. Nada funcionó, ni el sonido de sala ni la interacción con el público que era mayoritariamente extranjero, ni el engolamiento declamatorio del presentador. La razón, le expliqué a mi mujer, está en que estos artistas de la vieja guardia han perdido a su público natural, por la sencilla circunstancia de que esos seguidores no pueden pagarse una entrada allí ni en casi ningún sitio de La Habana de noche. Nos marchamos desconsolados, con la sensación de haber asistido a una visita a escondidas en un local de ensayo. A los pocos días me llamó un amigo para sugerirnos la noche de la llamada Casa de la Amistad, en la avenida Paseo, donde actuaba el grupo que acompañó hasta la muerte a Compay Segundo. Compré la idea para pasear a mi mujer por el son montuno, por la guaracha, por la propia fusión de ritmos que inspiró Compay desde que tocaba el clarinete en la banda de conciertos de Santiago de Cuba. A cielo abierto, bonito lugar, pista de baile. No era una mala opción y uno siempre trata de apartar el pesimismo. Nos fuimos allí con la licencia extraordinaria de nuestra moral (la excepción otra vez). Siento decir que nos tomaron el pelo. Una hora más tarde de lo anunciado, aparecieron los émulos del Chan-Chán, tocaron cuatro o cinco piezas y adiós. El sonidista fue tan mal educado, no solo con el público, sino además con los de la banda, que arremetió con reaggatón interminable y altamente vulgar. Salimos con nuestros amigos –el de la idea y su mujer- y no paramos hasta el lugar más seguro: el muro del malecón con el “rifle” de ron y cuatro latas de edulcorante negro con gas.
Antes de regresar aquí, de pura casualidad, nos llevaron otros amigos a un recorrido por Las Terrazas, un bellísimo lugar en donde fijaron residencia pintores de bellas artes y el afamado músico Polo Montañez. En casa de Polo, mientras mi mujer observaba desde la ventana el paisaje de la laguna que pasa por debajo, tuve la urgencia de volver a quejarme terapéuticamente para ocasionar el vacío de mi alma, entonces tambaleante ante tanta belleza natural:

-Mira, mi amor: esta vista que tienes delante le duró muy poco al sonero. Tengo entendido que acabado de instalarse aquí, cuando estaba en la cúspide de la fama en toda la cuenca del Caribe, ocurrió el accidente de tránsito que le costó la vida. Creo que él y su familia fueron carboneros, muy pobres, de esta misma zona. Era un músico empírico, con gracia y cierto hálito ingenuo. Eso gustaba y lo lanzó al estrellato, incluso en tiempos duros en los que la música que se llevaba era la inexplicable catarsis de la timba moderna, esa misma cosa rara que se pudiera definir en una sola palabra como gozadera. Polo nos devolvió el sonido ortodoxo y reposado del son y, de paso, se robó una buena parte de la audiencia. ¡Lo que no entiendo es por qué han tenido que permitir que el morbo juegue con su memoria en este museo que, si no está turisteando, anda muy cerca! Sospecho que a él no le hubiera gustado este proyecto mercantil. O quizá me equivoco…

Junio 2007