viernes, 30 de abril de 2010

El brillo en los ojos



Sucedió anoche de nuevo

La primera vez que vi Habana Blues fue en una sala de Rambla Catalunya en la última sesión, hace ahora unos cinco o seis años. Salí llorando del cine pero no a lágrima viva, sino con los ojos cristalinos y la tristeza atragantada. Anna, que iba a mi lado, esperó solidariamente a que pasaran quince minutos para poder comentar la película y se me abriera por fin la voz.
Había muchas razones para ese estado de ánimo. Yo entonces era un emigrante indocumentado que intentaba rehacer mi vida muy lejos del escenario utilizado en el filme. Por otro lado, acababa de presenciar la primera película con tema cubano y presupuesto español que lograba escapar de un montón de lugares comunes sobre mi país, sin hacer concesiones a nadie y mucho menos a ningún gobierno ni a ninguna productora.
¿Cómo era posible este hecho?
¿Estaría cambiando la correlación de fuerzas, no pocas veces mezquina, que mueve la maquinaria comercial y política?
La respuesta no estaba en el aire.
Benito Zambrano (Solas, 1999 ), sevillano graduado de la escuela de cine de San Antonio de los Baños, en las afueras de La Habana, había vivido intensamente la realidad cubana y estaba dispuesto a no traicionar a nadie, mucho menos a traicionarse a sí mismo. Sabía que el mundo social allí es mucho más rico que lo que habitualmente se ve en el audiovisual común y conocía de primera mano el dolor de una o dos generaciones de jóvenes creadores que seguramente cambiarían su modo de vida, su producción artística, por un horizonte incierto que podía estar en cualquier lugar del planeta. Porque los cubanos emigramos hacia cualquier confín del mundo y en el momento en que se presente la escapada.
Ahí está el dilema fundamental de la película: la lucha entre la ética y las oportunidades, magistralmente caracterizada por los actores Alberto Joel García Osorio y Roberto Sanmartín, dos rostros nada conocidos de la gran pantalla.
Pero hay muchas novedades más. Planteándose una película musical, Zambrano logra escapar del mundo de la salsa para adentrarse en el del rock y el hip hop cubanos, seriamente dañados por la oficialidad nacional al considerarse un elemento peligroso por su actitud contestataria que, lógicamente, le es inherente al género.
En lugar de realizar una comedia musical –lo típico y archiconocido de la identidad caribeña-, el director se metió en camisa de once varas con un drama musical, especie poco al uso que exige un tejido dramatúrgico mucho más complejo. Es verdad que rodar en Cuba es bastante fácil en cuanto a la escenografía y ambientación, ya que las atmósferas naturales están a la mano y no es necesario fabricarlas, pero también escapar de lo manido, a estas alturas, supone una cuota alta de inteligencia. Benito Zambrano, pues, sacó partido a una realidad underground que tanto él como este servidor conocía y la presentó al mundo con la frescura de un cine documental que, sin embargo, no lo es.
Pero veamos cómo, ciertamente, la realidad supera a la ficción. Uno de los actores principales, Roberto Sanmartín, cuyo personaje representa la fuerza de la emigración por encima de todo, decidió emigrar en la vida real. Se quedó a vivir en España cuando vino a presentar la película. Esto da mucho que pensar.
Y la otra revelación, aunque su rostro me “sonara” de alguna función de teatro, fue Yailene Sierra, magistral en su personaje de Caridad. Es toda fuerza y entrega, silencios inolvidables apoyados en miradas espectaculares y exabruptos estremecedores que te calan hasta los huesos. ¿Cómo se puede tener un registro tan ancho? ¿Cómo se puede llevar a niveles tan altos el melodrama?
Habana Blues (una vecina me tocó anoche a la puerta avisándome) volvió a la pantalla de Televisión Española por segunda vez. En mi casa se suspendió toda rutina y, palomitas mediantes, ¡faltaría más!, se abrieron todos los caminos posibles para recibir esta pieza inolvidable del llamado séptimo arte. Y los sentimientos que están amarrados con siete cuerdas de equilibrio terminaron de nuevo brillando en los ojos.

Foto tomada de la televisión
Una escena de Habana Blues, el filme sobre la realidad cubana con el que más nos identificamos los exiliados. Volvió anoche en el canal 2.
De izquierda a derecha, los actores Alberto Joel García Osorio y Roberto Sanmartín.

jueves, 29 de abril de 2010

Íntimos y confesionales



Leyendo un despacho de veinte años atrás trasmitido desde las inmediaciones de Panamá, a propósito de la invasión norteamericana a ese país, el periodista de La Vanguardia Joaquim Ibarz metía en un recuadro una nota de color que me llamó poderosamente la atención.
En aquel contexto convulsionado por la búsqueda y captura de Manuel Antonio Noriega, el reportero hacía alusión a que el dictador practicaba los cultos religiosos afro caribeños, ya que se habían localizado altares y ofrendas en cada una de las residencias del militar y que, incluso, habían encontrado una lista negra de personas que Noriega no soportaba, una relación de nombres “tirados” a la maldición entre los que se encontraba, curiosamente, el del reportero.
Parece muy contradictorio que un militar de alto rango, en cuyos orígenes debieron estar, en todo caso, los cultos católicos, se refugie en la santería. Pero los cubanos sabemos que eso es posible. Siempre he oído decir que Fidel Castro se “consulta” habitualmente con un babalao particular, que cree en la fuerza de los orishas por mucho que haya bajado de la Sierra Maestra con un rosario en el cuello.
Yo no lo he practicado, pero realicé una tesis de grado sobre un músico cubano famoso criado a la sombra de estos cultos religiosos y me tuve que meter de cierta manera en ese mundo tan pasional como incierto.
A Castro le han salido las cosas bien, contrario al destino de su antiguo amigo panameño que terminó acusado de narcotráfico, cumpliendo diecisiete años a la sombra de una celda de Miami y ahora, hace un par de días, trasladado a París para rendir cuentas en el país galo, que lo acusa de lavado de dinero allí.
Parece ser que el padrino de Noriega no hilaba tan fino como el de su colega barbudo. Particularmente creo que la astucia, traiciones y conspiraciones de Fidel Castro han sido siempre su carta de triunfo, aunque para llegar a ser un intocable y morir en la cama de su búnker –como parece ocurrirá- Castro haya destruido una nación, varias ciudades de la isla y eliminado físicamente a no pocos de sus allegados.
Todos sabemos que la “limpieza” de generales y militares cubanos que realizó por aquellos días en que apresaron a Noriega fue para cerrar el caso, para situar unos culpables ante la palestra pública mundial. ¡Cualquiera diría que el máximo líder cubano no estaba al tanto de las operaciones de tráfico de droga en la cuenca del Caribe, en las que su país, sin lugar a dudas, estaba implicado!
Pero ha sido inteligente: buscó unos culpables, los enjuició públicamente y al final los llevó al paredón de fusilamiento.
Fidel Castro, que se sepa, no lavó dinero en París comprando inmuebles de lujo. ¿Para qué, si lo que él ambiciona fundamentalmente es el poder y eso lo ha tenido siempre?
¿Para qué desviar dineros a otros países si él tiene su propio paraíso fiscal, tan grande como una isla de más de 1200 kilómetros de punta a punta y un sinfín de rincones vírgenes donde la naturaleza es tan suave y tan agradable como un abrigo de plumas?
La imagen de Noriega vista en estos días en televisión, encogido y arrastrando cadenas, daba la medida de su torpeza, de sus maneras oportunistas de sabueso inexperto. Su dictadura militar duró apenas siete años. La que nos ha tocado a los cubanos ya supera los cincuenta.
La lista negra de Noriega quedó enganchada a los pies de un altar, mientras que la del zar cubano se ha llevado a la práctica constantemente y aún sigue creciendo.

Foto tomada de La Vanguardia
Manuel Antonio Noriega llegó a poseer la llave de ambos mundos. El Canal de Panamá, una zona franca, ha servido durante años a barcos mercantes cubanos que llevan productos, incluso norteamericanos, a la isla.

lunes, 26 de abril de 2010

Cuando termine el rocío…



El universo lorquiano está poblado de mujeres duras, enérgicas y con el rostro compungido, vestidas de negro de la cabeza a los pies. Llevan ese luto perenne impuesto por la Iglesia y por aquellos tiempos tan oscuros en los que la represión del cuerpo femenino ganaba fuerza, sin embargo, en el conjuro de la unión entre ellas.
Este es un lado triste de la historia de España que ha dado al arte uno de sus más grandes calificadores. Porque Lorca lo planteó en la literatura y los creadores, con el paso del tiempo, han hecho suyo ese ámbito a través de la danza, retumbando las tablas sin temor alguno.
No hay que ir a Andalucía para verlo. La emigración interna en la península también arrastró, entre otras cosas, su folclor. Estas muchachas que aparecen en la foto rozan los veinte años y han nacido en Catalunya, lejos del escenario natural donde Federico García escribió. Pero llevan en la sangre la veta flamenca del sur, el lamento profundo de aquellos cantos y el tempo del taconeo trasmitido de generación en generación.
Y ahora el taconeo está en escena en la Feria de Abril de Barcelona, dentro de las casetas de cada pueblo andaluz, de cada hermandad rociera y de cada agrupación sindical. Solo hay que darse una vuelta por allí y dejarse llevar por alguna corazonada, como me sucedió este sábado que andaba como loco buscando un sitio concreto. Al final decidí instalarme en la carpa de la Hermandad Rociera de Rubí, porque ese pequeño pueblo del Vallés Occidental en los alrededores de Barcelona fue el que me dio cobijo la primera noche que llegué de Cuba. Solamente por eso entré.
Y fue una acertada elección. Aparte de las sevillanas –las danzas, no las mujeres-, que suelen ser una letanía al cabo de veinte minutos, encontré un fabuloso espectáculo a cargo del grupo Azabache, con un montaje escénico de primera línea y un sentido estricto de lo teatral inspirado en Lorca, en sus personajes femeninos. Es todo un lujo disfrutar de la gastronomía del sur (pescaditos fritos, aceitunas, vino de orujo) teniendo delante un espectáculo profesional pero, sobre todo, auténtico.
Esto es lo que tiene Barcelona, que es un crisol de identidades tejidas alrededor del comportamiento catalán. Véase esta Feria –alcanza ya sus casi 40 años- afincada a orillas del mar, en la inmensa explanada de las instalaciones del Fórum que construyeron en 2004 para albergar entonces a uno de los más grandes acontecimientos culturales del mundo. Porque Barcelona crece a golpe de eventos, crece así arquitectónicamente sin que pueda evitar que cuele la especulación.
En la mesa contigua, una familia me miraba hasta que la señora mayor se acercó a mi oído:
-Oiga, joven, a usted lo tenemos visto y no sabemos de dónde.
-Es posible que tenga un doble- respondí para salir del paso.
Se marcharon temprano –el familión llevaba niños y ancianos- y yo seguí tratando de recordar hasta que di con aquellos rostros. Eran vecinos de El Carmelo, barrio de emigrantes andaluces donde trabajé alguna vez en una tienda como vendedor de electrodomésticos. Claro, además de que les vendí un televisor de pantalla plana, fui a su casa a instalárselo porque la señora mayor no se aclaraba con los botones. Pero en la Feria de Abril todo se diluye, se mezcla y se crece en un formato de gente alegre, formato compacto y apurado en las colas de los baños portátiles de la trastienda.
En estos días, si vas a las casetas, todos somos iguales y caminamos al anochecer y paramos la marcha cuando termine el rocío, según dice la canción.

Foto del autor
Una imagen del espectáculo de Azabache, que me llenó de vida y de reflexiones al seguir un instinto. Supuse que el recuerdo de Rubí me traería buenas vibraciones.
La Feria de Abril concluye el próximo 2 de mayo y se prevé que por allí pasen alrededor de dos millones de personas, según la prensa local.

sábado, 24 de abril de 2010

El libro, la rosa, la princesa y el dragón



Le pusieron Jorge porque ese era el segundo nombre de su padre. El primero, lógicamente, identificó a su hermano que vino al mundo un año y un mes antes, llevándose no solo la supremacía patronímica, sino, también, un mundo de atenciones inédito en la historia de su familia.
Pero a la postre Jorge se convirtió en un destacado defensor de princesas, según la leyenda que lo sitúa, acorazado, empuñando una garrocha y galopando sin frenos para liquidar al temible monstruo que tenía al pueblo en un hilo de esperanzas. Se volvió un ídolo de masas, un referente del coraje que aparecía en los momentos más necesitados y puntuales. Cuando se aproximó a la edad de la madurez, en la mediana parte de todos los años que iba a vivir, decidió retirarse tranquilamente a escribir poemas de amor en lo alto de una montaña donde construyó una pequeña y recia vivienda.
Luego se enteró de que su nombre lo llevaban miles de jóvenes y niños en honor a él.
Desde lo alto soñaba con volver a su país algún día, allí donde depositó los restos de su padre que, aunque bien guardados, le quedaban muy lejos para enviarle flores por correo postal. Comenzó a medir el tiempo mediante un sistema de rayas abiertas en una pared, sumando y sumando cada mes de abril hasta que la radio, por fin, anunciara que el camino de vuelta estaba limpio de la maleza creada por un ogro al que nadie había podido reducir. Ni siquiera él.
Una vez, visitó un curioso castillo que también funcionaba como mirador en la cima de una colina de Lisboa, puerto de mar donde se enlazaban los caminos hacia todas partes del mundo. El castillo llevaba su nombre. Según resultados de una investigación bibliográfica, Jorge provenía del idioma griego y significaba la nobleza de espíritu de un varón salido del campo. En inglés tenía traducción, en griego una grafía rara y en catalán ostentaba profunda tradición. Desde la moldura de piedra de un asiento viejo en lo alto del castillo, se juró que reuniría todos sus esfuerzos físicos y mentales para echarlos al mar y que las corrientes del océano se encargaran de darle el toque final al opresor.
Ayer por la mañana, en su casa, recibió una agradable sorpresa. Tenía la radio encendida como siempre cuando alguien tocó suavemente a la puerta, tres golpecillos eventuales que al parecer llegaban de otro lado del mundo. Cuando abrió el postigo encontró el rostro de una conocida princesa de la literatura universal, descrita en casi todos los volúmenes que había hasta el momento. Primeramente pensó que era una ilusión óptica pero rápido ella le dio calor con su mano y le colocó delante un ejemplar recién publicado de un escritor muy joven. El texto se llamaba La soledad de los números primos y versaba sobre la relación de elementos próximos que, sin embargo, nunca llegan a tocarse.
La invitó a pasar.
El almanaque colgado en la puerta de la cocina tenía circulado ese día de antemano, el día que vivían que era el día de su santo.
Jorge tomó el ejemplar antes de beber el café matinal. Lo hojeó con cuidado mientras pensaba cómo ofrecerle una flor a la muchacha. Su rosal estaba abandonado. La princesa, lógicamente, esperaba recompensa.
Allí donde nadie va, extrañamente, esa mañana volvieron a tocar a la puerta. El casero fue a destapar el postigo dejando la conversación detenida en los ojos de la infanta que brillaban con una mezcla de líquido y luz.
Detrás del postigo estaba el velo de una gitana que vendía rosas a domicilio por un precio más alto de lo común. Jorge pensó en regatear primeramente y a continuación se aseguró de que esas cosas sólo ocurren una sola vez.
-Está bien. Deme una blanca- solicitó convencido.
Costaba el triple de su precio orgánico, pero en ese caso de lo que se trataba era del valor de uso, del valor del servicio y no del valor individual de un producto de la tierra.
La gitana continuaba de camino cuando se giró inesperadamente, como alguien que automáticamente vuelve para liberar un lastre:
-Me han dicho a primera hora que el monstruo está agonizando. Ya puede empezar usted a descontarlo- voceó con acento andaluz.
Jorge regresó a la cocina en busca de unas tijeras para cortas las espinas y se fijó en que las rayas surcadas en la pared sumaban un número impar.
Quedó un rato en silencio mirando los ojos lelos de la joven princesa, quien había sido la causante de que esa mañana las cosas estáticas tomaran otro rumbo.
Cuando reaccionó, el anfitrión movió el dial de la radio en busca de una emisora musical.

jueves, 22 de abril de 2010

Burgués gentil hombre



(Con permiso de Molière)

He dicho otras veces que, al salir de Cuba con destino Barcelona, tenía la ilusión de encontrarme por la calle con Joan Manuel Serrat, cuyos discos de acetato devoramos mi padre y yo en el balcón habanero que tanto extraño. Lo que nunca dije –solo ahora lo comparto por obvias razones- es que también me auto expatrié con la convicción de que un día cualquiera iba a tropezar aquí con Juan Antonio Samaranch.
Se entenderá que soy un romántico. Según la teoría de las probabilidades, en una ciudad con más de dos millones de habitantes, tan dinámica y estresante como ésta, resultaría bastante difícil tropezar fortuitamente con alguien de las altas esferas que, por lo general, se mueve en automóvil, si es que sale a algún lugar. Digo esto porque en el metro sí he coincidido azarosamente con gente impensable, incluso con personas a las que uno no desea ver.
La vida lo ha demostrado: A Serrat no lo he visto nunca; sé que se crió en Poble Nou, un barrio nada de alcurnia a los pies de Montjuic, y que ahora seguramente no vivirá allí; que, además, tiene viñedos particulares, lo que quiere decir que le dedicará más tiempo al campo que a la ciudad. Y Samaranch, casi con 90 años, acaba de fallecer ayer en la clínica Quirón.
Con él se va una ilusión traída desde la isla. Da pena decirlo, pero ya quedan pocas ilusiones de allá.
Mi vínculo con Samaranch parte de una visión real que tuve de él. Bajaba las escaleras de piedra junto a un vecino mío, conversando con éste una tarde de domingo, de aquellas tranquilas que sucedían en mi barrio que estaba –está, supongo- cerca del zoológico. La gran anchura de la calle y el planteamiento urbanístico de la zona –chalets estilo norteamericano construidos en los años 50- da la oportunidad de transitar por allí sin molestar a nadie, ni siquiera con la vista. Pero en él me fijé porque, en aquella época, era de los pocos extranjeros que visitaban mi país. Y era amigo personal del entonces presidente del Comité Olímpico Cubano, Manuel González Guerra, Manolo, mi vecino.
Como diría el bolero, creo que lo vi solamente una vez, trajeado y esbelto, aunque no fuera un hombre alto. Ver a un hombre trajeado en Cuba se convirtió en una rareza, muy a pesar de la añoranza de los señores “de antes”. Automáticamente otorgaba un símbolo de burguesía si el sujeto no era un embajador o un alto cargo del gobierno. Pero en mi barrio, donde mi familia materna construyó tres lindas casas antes de la revolución, todavía se podía encontrar algunos domingos a hombres en traje de lino, dril cien o guayaberas blancas de hilo de mangas largas. Estos eran los nuevos ricos, nuestros dirigentes.
El deporte en Cuba, junto con la medicina, siempre fue una de las prioridades de Fidel Castro. Renglón álgido de lauros internacionales con los cuales luego se vanagloriaba el comandante. Por ese motivo, mi vecino era un hombre cardinal. Y sus invitados, que bajaban todos las escaleras despacio, también.
Samaranch, como bien se conoce, fue clave en la historia del olimpismo, respetable, intachable y justo. Y fue también, además de falangista, parte directa del gobierno de Franco. Pero esa ración de su vida la corrigió luego con una carrera brillante al frente del Comité Olímpico Internacional, con oficina en Suiza. En realidad nosotros en Cuba llegamos a conocer algo más de Catalunya a partir de los juegos olímpicos de 1992, celebrados aquí en Barcelona. Lo que, sin duda alguna, marcó un antes y un después en esta ciudad. Fue en la inauguración de ese evento cuando lo volví a ver, aunque en la televisión. Ese es el hombre, el mismo que pisó la calle donde yo, de niño, jugaba al béisbol cuando mis amigos me permitían, porque era –y soy- zurdo, y no había guantes para mí.
Un sábado de hace muchos años, en el internado donde yo estudiaba (becas, le llamaban en Cuba) anunciaron que no había transporte para regresar a los estudiantes a casa. Entonces Manolo, el presidente del Comité Olímpico Cubano, fue a buscar a su nieto en su automóvil y, de paso, como éramos vecinos, me buscó a mí. En el trayecto –el internado quedaba en las afueras de la ciudad- pensaba todo el tiempo en preguntarle por su amigo que era el responsable del deporte en el mundo, pero, como soy tímido, no dije nada.
Muchos años después, veinte años después, la vida quiso que yo emigrara definitivamente para Barcelona. Como ya dije, solo tenía dos personas en quien pensar, en Serrat y en Samaranch. La verdad era que aquí no conocía a nadie más, exceptuando al enlace que me trajo a esta ciudad. Pero, repito, estaba tranquilo sabiendo que un día los iba encontrar por la calle.
Cuando abrí mi primera cuenta bancaria, no sabía siquiera que Samaranch era el presidente de la entidad donde yo depositaría mi dinero. Lo supe luego y, por supuesto, me sorprendí. ¿Qué tendrá que ver el deporte, el olimpismo, con los bancos?, me dije.
La vida me ha demostrado que todo tiene relación. Juan Antonio Samaranch pertenecía a la más notable burguesía regional y la entidad financiera que representaba es un símbolo, quizá el más fuerte, de Catalunya.
Samaranch terminó siendo un noble, cuya investidura llegó de manos precisamente del rey de España.
Yo ayer sentí la noticia de su muerte como si se tratara de alguien cercano. He pensado en el porqué y la única respuesta que tengo a mano es que los niños se crean ilusiones difíciles de borrar. Como mismo un mal trato hace mellas de por vida, la visión de una escena que por alguna razón fue íntima en la niñez, queda guardada para siempre en el lado afectivo de nuestra memoria. Y después, si quiere, uno comparte el recuerdo.

Foto tomada de La Vanguardia. Samaranch, una sus últimas imágenes.