miércoles, 11 de diciembre de 2013

Actos de repudio


En la Redacción donde trabajo tengo dos colegas con suficiente edad y memoria. Fueron víctimas directas de los “actos de repudio” organizados por el gobierno cubano en 1980. Uno de los colegas, reprimido por ser gay. El otro por querer marcharse del país. Como se hace evidente, al final lo logró.
No digamos nombres, solo que estuvo entre los 10 mil cubanos asilados en la Embajada del Perú, esperando una negociación con las autoridades de entonces, que son las mismas de ahora. Le dieron un salvoconducto y lo sacaron de allí, vía Estados Unidos, en un autobús de la Seguridad del Estado que tenía en su hoja de ruta paradas en semáforos, donde esperaba la turba enardecida;  es decir, los cuerpos represivos, paramilitares, gente del pueblo, capaces de comerse vivo a un ser humano.
El trauma aún no ha sido superado, aunque le ha ido muy bien en el exilio, reinventándose como persona independiente y libre.
El que fue abucheado por gay, que ya peina canas, tuvo esta mañana un rebrote afectivo. Con un nudo en la garganta expresó el dolor provocado por las turbas: “Sé lo que es eso”, dijo, sin más, tratando de enderezar a duras penas una información llegada por teléfono desde La Habana y que daba cuenta del acto de repudio que están realizando hoy frente a la vivienda del líder opositor Antonio Rodiles, arrestado y desaparecido mientras redactamos estas líneas.
Lo peor es involucrar niños en todo esto.
Yo fui uno de ellos en 1980. Cursaba estudios de secundaria básica. Me llevaron a lanzar huevos a los que se iban del país, un maestro de la escuela cuyo nombre no recuerdo. Debo decir honestamente que no lancé nada, me quedé atrás. Y no lo hice por inteligencia política, sino por inteligencia emocional, como cabe comprender en un niño.
Le hubiera lanzado huevos –y piedras- a quienes serían mis compañeros de trabajo 33 años más tarde.
También hay que decir que la gran mayoría de los vejados (hoy en Miami, desde donde escribo) no tiene en cuenta a esos niños, sino al Estado.
Este es un ejemplo claro de la importancia de separar el Estado de la Nación.
Mientras ocurre el acto de repudio a la casa de Rodiles –a golpe puro y duro de la policía política y reaggetón de fondo con niños bailando-, el sucesor de Fidel Castro (su hermano) debe estar regresando de Sudáfrica, donde incluso habló en una tribuna a favor de la paz mundial.


Foto: Arnaldo y su Talismán, artista del pueblo, hoy frente a la casa del opositor pacífico Antonio Rodiles. (Lia Villares)

sábado, 23 de noviembre de 2013

“Ana en el trópico” sobrepasa la transición política





La obra del dramaturgo cubano-americano Nilo Cruz desembarca en Miami de la mano del provocador Carlos Díaz

 Ana en el trópico, del dramaturgo cubano-americano Nilo Cruz, premio Pulitzer de Drama 2003, vuelve a ser noticia en estos días. Después de su exitosa presentación en La Habana con el montaje de Carlos Díaz, director de Teatro El Público, se acaba de presentar en Miami este fin de semana, en la sala Colony, de Miami Beach, con una producción de la empresa FUNDarte. El elenco, también cubano-americano, representaba por sí solo nuestra tragedia nacional. ¿O acaso deberíamos llamarla tragicomedia nacional?
Actores de las dos orillas -algunos legendarios como Lili Rentería, Mabel Roch y Fernando Hechevarría-,  el director de la puesta que vive en Cuba, el dramaturgo, que  escribió el texto originalmente en inglés, y algún crítico de teatro de la isla que pudimos ver en la sala este viernes, más las soluciones visuales de la puesta, de las que haremos referencia inmediatamente, todo esto conformó un estado de ánimo que indica cómo están las cosas, aunque uno nunca sabe si ha sido ,o no, casual.
El texto es un joya de la creación que, para dar saltos en el tiempo y no complicarse con lo que más se ve (la historia de Cuba después de la mal llamada Revolución), se remonta a los torcedores de tabaco asentados a finales del XIX en el sur de Estados Unidos, en Tampa, donde, mucho antes de que existiera la palabra Castro como parte indisoluble de la nacionalidad cubana, ya había una emigración, y con ella, lógicamente, una nostalgia.
Partamos del texto
 Nilo Cruz utiliza la tradicional figura del lector de tabaquería como eje central, pero, yendo más lejos, le incorpora el nexo ruso a través de la figura de Ana Karenina. Ahí sí que no parece casual el personaje literario al ser transferido, como leit motiv ,a todos los personajes femeninos del texto teatral. ¿Sabían los tabaqueros cubanos de Tampa que en el futuro Cuba iba a ser dominada por los rusos?
Esta es una propuesta del dramaturgo con la que, magistralmente, logra una síntesis de nuestra nacionalidad; o sea, de nuestra identidad.
No por casualidad  (se hace necesario emplear esta palabra una y otra vez) el performance que ocurre como preámbulo de la puesta de Carlos Díaz se basa en una vendedora de vasitos de ron, a un dólar, ataviada la muchacha con el típico partó de “nuestros queridos hermanos soviéticos” y una pistola encajada entre los pechos. Llevaba minifalda y un acento cubano-americano. Claramente: una provocación al espectador. El precio del traguito es el riesgo que hay que correr  para hablar directamente con ella. Aseguramos que no había que perdérselo para tener una conexión más exacta con el espectáculo.
Los personajes giran en torno a una empresa privada de torcedores de tabaco que se debate entre la industrialización y la artesanía.
Todo un contexto histórico que cuenta, en este caso, con José Martí, el gran poeta modernista. Lo curioso, repetimos, es que Martí esté mezclado con Tolstoi en lo que sería un anticipo de adónde hemos llegado los cubanos.
La puesta va más lejos
 Carlos Díaz es un especialista en “pervertir” los clásicos. Ya lo hemos visto, también magistralmente, tratar nuestra identidad y nuestra tragicomedia (dentro de la isla, valga repetirlo) en títulos como Calígula (de Camus) y Escuadra hacia la muerte (de Sartre), por solo citar un par. Con Ana en el trópico parece haber pasado, o al menos estar descansando, su atrevimiento de emplazar al régimen castrista con simbolismos que son casi evidencias. Ahora –y es justo y normal- ha ignorado a la dictadura con una pieza que se adelanta a la transición que posiblemente ya esté en curso, valiéndose de un retroceso en el tiempo para obligar a recordar que Estados Unidos estaba en nuestro camino desde mucho antes y que, precisamente por ese país, dejamos de ser colonia de España.
A estas alturas, por muy fuerte que sea la imagen, una bandera norteamericana de grandes dimensiones como telón de fondo del escenario, acompañada por banderitas de mano que se ofrecían en platea, no deja de ser una realidad inobjetable para nosotros: -Al fin y al cabo –dice más o menos el texto- todo el mundo quiere ser norteamericano.
En Miami, después de todo lo que hemos pasado (remueve el sentimiento ver a Lili Rentería encima del escenario), miramos esa bandera como una pieza más de nuestras vidas, con realismo, sin pérdida de la identidad. En La Habana, según se ha podido saber, la policía política no intervino las funciones, y el público reaccionó probablemente con más ilusión que los que estamos del lado de acá.
Hay momentos inolvidables de la puesta –dos horas de reloj, sin aburrir- como la escena de la contradanza que se ejecuta para calibrar un nuevo “puro” llamado Ana Karenina. Y también la escena erótica con la música de fondo de ese clásico de la trova tradicional cubana: ¿Y tú, qué has hecho?
Carlos Díaz –el Almodóvar del teatro cubano- se ha mostrado esta vez recogido, sensible con la dirección de actores, con el casting que mejor no pudo haber sido, con el cruce de sentimientos que pude ocasionar esa misma pregunta (¿Y tú, que has hecho?) en los cubanos de las dos orillas.
El nivel actoral es altísimo y equilibrado, sin los efectismos que usa Díaz habitualmente. Remueve el cuerpo la interpretación de Mabel Roch, pero con ella brillan también Fernando Hechevarría, Alexis Díaz de Villega  y la jovencita Clara González.
Creemos que el director podía prescindir de la escena de la masturbación, un grotesco que echa por tierra el presupuesto estético concebido para este montaje. La tensión entre el personaje de Cheché, el “malo de la película”, interpretado por Osvaldo Doimeadiós, y la joven de la casa ya estaba marcada perfectamente antes de la fatal escena.
Pero bueno, estamos hablando de la excelencia y algo que rompe la concentración se nota mucho.
Casualmente (la verdad, ya no sabemos si las cosas son casuales), este fin de semana había dos obras del mismo dramaturgo en la cartelera de Miami: Ana en el trópico y Hortensia y el museo de los sueños.
Las dos con elencos cubano-americanos.  A partir del montaje de Carlos Díaz –tomamos nota- habrá que decir que somos cubano-americanos. Y valga la redundancia.


Esta reseña fue publicada originalmente en www.cubanet.org

viernes, 22 de noviembre de 2013

Adiós a Estorino


Internet es bueno y malo. Uno se entera de todo. Hoy ha muerto en La Habana, con casi 90 años, Abelardo Estorino, el dramaturgo que llevó a las tablas –porque también dirigió- nuestra idiosincrasia sin guapería, sin facilismo, sin oportunismo.
Lo conocí personalmente porque la vida me llevó a ser cronista de teatro.  Tuve delante, en las oficinas de Teatro Estudio, a una persona que me hizo sentir bien, con todo lo que  podía haberme ninguneado. Yo era un recién graduado y escribía la columna de teatro de Granma, el único periodiquito que quedó en aquellos tristes años de “período especial”. El único diario, con ocho páginas, y, de éstas, siete dedicadas a lo que no fuera cultura y deporte.
La media página que nos quedaba debía compartir espacio con las otras artes. Quiero decir: el teatro era la última carta de la baraja.
Conseguí  colocar a Estorino en tan poco espacio y no porque me lo pidieran, sino porque el señor seguía estrenando y se había aliado –como actriz fetiche- a la gran Adria Santana, que, prematuramente, se fue antes que él.
Hubo una triste e inolvidable época en que parecía que el mundo se iba a acabar y personalidades como Estorino se aferraron a lo mejor que sabían hacer.
Como mismo, unas décadas antes, según me han contado, en los 70, de tantas prohibiciones el sector artístico terminó haciendo orgías, literalmente.
Estorino fue vertical, sobre todo un ser humano amable y dulce.
Su homólogo Pepe Triana  (La noche de los asesinos) marchó a París. Él optó por el insilio.
Se le recodará en la prensa “seria” como el gran dramaturgo. Y en la prensa de “relajo” como el amante de Raúl Martínez.

Nada más que decir. 

Foto de Jorge Ignacio Pérez: La casa vieja, de Estorino, en un montaje de Teatro de Dos

miércoles, 2 de octubre de 2013

Confesante y confesor


El pastor que escribe a cuatro manos denuncias frontales a la dictadura cubana. Taguayabón en la aldea global

El mensajero cubano X no necesitaría presentación, pero vamos a hacerlo. Su perfil es el de un joven de casi 40 años, adicto a las nuevas tecnologías y sin pelos en la lengua. Combate frontalmente al castrismo, con las más eficaces –y sanas- herramientas de trabajo: Un blog y una cuenta de Twitter. Su sueño es “navegar” lo más lejano posible, sin internet en casa.
El pastor bautista Mario Félix Lleonart, junto a su esposa, la también activista Yoaxis Marcheco, está de visita en los Estados Unidos. Hasta Miami ha traído la denuncia constante, abierta, esperanzada al régimen que ha afectado, al menos, a cuatro generaciones y que ahora se arregla para sus últimas afeitadas.
“Estamos dándole palos al mulo caído; no somos héroes”, dice la esposa del pastor, madre de dos niñas de 13 y 5 años.
Salieron del aeropuerto de Santa Clara en un vuelo directo, con advertencias de que la policía política podía molestarlos antes de tomar el avión. Pero eso no sucedió. Parece ser que la dictadura ahora no está enfocada principalmente en los blogueros, sino en las Damas de Blanco que le hacen la oposición dominical a lo largo de la geografía cubana.
La pareja se conoció en la universidad, en los primeros 90, cuando ambos estudiaban en La Habana la carrera de Información Científico Técnica y Bibliotecología, ahora rebautizada con el nombre de Ciencias de la Información. Los dos iban para bibliotecarios, pero la vida, sobre todo su tiempo, les abrió los ojos con las nuevas tecnologías y terminaron de opositores en un pueblo de Camajuaní, nombrado Taguayabón, a 35 kilómetros de Santa Clara.
El pastor puso ese nombre en el mapamundi. Mediante twitts y con su blog Cubano Confesante dispara noticias muy incómodas para el gobierno, como la muerte a golpes del activista villaclareño Juan Wilfredo Soto García, ocurrida en mayo del 2011. Fue Mario Félix quien no solo informó oportunamente sobre el asesinato, sino además dio seguimiento a la noticia.
Confesante, sin lugar a dudas, desgrana su vida con gran facilidad, fascinado por la libertad de expresión que hay en un país democrático. Se declara devoto de la semiótica y en especial de Umberto Eco. Nostálgico de la onda corta –“ya no queda casi nada”, comenta- ahora es fan de las redes sociales digitales.
Dice que el tema religioso cambió en Cuba a partir de 1992, con la influencia sobre el “Comandante” del teólogo brasileño Frei Betto, quien le hizo reestructurar al viejo Castro los términos publicitarios de cara al mundo. Un estado laico, pero no es tan así, puntualiza.
La pareja recuerda cómo fue puesta en prisión domiciliaria cuando la visita del Papa Benedicto XVI, en marzo del 2012.
“Con la llegada de Juan Pablo II en 1998, no hay un antes y un después en el tema religioso en Cuba. Eso es pura imagen. Los religiosos seguimos siendo reprimidos”, comenta el pastor.
¿Y los Pastores por la Paz?
Según palabras del disidente confesante, esos solo buscan notoriedad. Son manipulados, gente joven que quiere ser recibida como héroes en una isla que en realidad no importa a demasiadas personas en el mundo. Una pena.
Mario Félix Lleonart realizó un curso a distancia en una universidad de la Florida y se hizo Máster en Estudios Teológicos. Ahora, junto a su mujer, ejerce el periodismo ciudadano, además de en su blog, en una publicación mensual nombrada El mensajero cubano X, digital e impresa. Se distribuye de mano en mano. Hay activistas muy valientes que lo hacen y son personas anónimas.
¿Y dónde está la imprenta?
La pareja ríe.
“No lo sé. Ni quiero saber”, se adjudica la respuesta el pastor.
Al final nos da un abrazo.
“Que Dios te bendiga”, dice.

Foto del autor. Tomada en la redacción de Cubanet, en Miami
Este texto fue publicado originalmente en www.cubanet.org 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Fondas de Miami (III)



Vigilantes de la Calle 8

Armando López estaba por llevarme a El Nuevo Siglo, un supermercado donde se puede almorzar. Ayer llovía a cántaros mientras el Ford Fusion de López desembarcaba en ese sitio del que tanto me había hablado. Y tenía razón: aquello no hay que perdérselo de ninguna manera.
Se entra por una puerta de cristal –no es automática - como a cualquier supermercado, y de frente están las cajas, con sus cubanísimas cajeras, bien maquilladas y peinadas, con uniforme azul verdoso; un estilo aplatanado que únicamente los que vivieron en Cuba en el capitalismo conocen. Quiero decir: los pocos que van quedando.
Inmediatamente, a la derecha, corre una barra abierta en la que uno puede apoyar los codos mientras almuerza. Se observa cómo cocinan y se escucha la manera de interrelacionarse las camareras y cocineras, aunque también hay hombres sirviendo o llevando y trayendo platos. Blancos, negros y mulatos, de Santiago, Guantánamo y otras provincias. En fin, la cultura nacional en pleno corazón de la Calle 8, alrededor de lo mejor que identifica a la cultura, eso que llaman gastronomía.
La pizarra, escrita con tiza, muestra una veintena de platos típicos: ternilla, pollo a la plancha o rebozado, hígado encebollado, pata y panza, filete de pescado, bisctec de palomilla, todo guarnecido con arroces y viandas. Todo hecho a la orden.
Además de la barra, están medio escondidas unas mesas altas con banquetas, al lado de la bodega de vinos. El trato, como debe suponerse, es cercano.
Los cubanos nunca comimos mucho pescado, por eso los platos del día “más fuertes” suelen ser los de carne roja. Ese trauma que arrastramos con la carencia ha llevado a que las fondas cubanas de Miami –y hasta en el Publix, que es americano- sirvan una cantidad bárbara. En El Nuevo Siglo -¿se refiere al XXI o al que está por venir con la caída del castrismo en Cuba?- se come felizmente por siete dólares, sin incluir taxes y propina. Vamos a ponerle ocho. Nada caro, si tenemos en cuenta la rica sazón de una ternilla en salsa con arroz blanco y yuca blandita con mojo.
De lo demás no puedo dar fe de paladar. Sí decir que López casi no habló –cosa rara- disfrutando un “buque” de pata y panza en su jugo.
Verlo me recordó los callos en salsa de mi suegra, callos que nunca probé –la salsita sí, con pan- por rechazo tácito a lo que no fuera fibra, bistec, entrecot, masas fritas.
Tal vez con este concepto me esté perdiendo lo mejor.
Pues bien: el postre lo tomamos en la panadería del propio súper, que está escondida al final del “establecimiento”. Nos recomendaron una especie de croissant con crema, que allí se llaman “vigilantes”.
Entre risas y con mucha parsimonia de las panaderas, vinieron a cuento los vigilantes del CDR, otro trauma nacional.


El Nuevo Siglo, Supermarker, 1305 sw 8th st. Miami