lunes 6 de julio de 2009

Alguien no me quiere comprender



Dormí poco. Me despertó el calor y la resaca del bautizo. Al despertarme, sobre las once de la mañana –hora peninsular española-, volví al blog y me encontré una extensa nota de alguien que dice ser periodista hondureño. Expresa su inconformidad con mi punto de vista. Me señala como resentido por haber tenido que emigrar de Cuba sólo por dificultades económicas –léase, supongo, por culpa del bloqueo yanqui-; me indica una parcialidad en el conflicto hondureño, a favor de los golpistas, mientras, dice, la gente está siendo reprimida en la calle.
La nota de este corresponsal es muy extensa y puede leerse más abajo, en la sección de comentarios del post “Esperando a Zelaya”. Con toda la desesperación que se debe estar viviendo en Honduras, en la capital principalmente, mi colega centroamericano se toma todo su tiempo para escribir largas parrafadas propagandísticas. No entiendo cómo se puede tener la sangre tan fría. Pero, aún así, me trata con familiaridad, como si me conociera de toda la vida. ¿Es que acaso me conoce?
A ver, colega, vamos a poner las cosas claras:
En primer lugar, yo no estoy aquí porque sea un emigrante económico, aunque algún dinerito supe que me buscaría en España trabajando como cualquier obrero o en la esfera de los servicios. Estoy aquí porque un buen día descubrí la manipulación política en sus más altos niveles, la censura, la falta de derechos humanos, la falta de libertad de movimientos, y un largo etcétera. Y sí, me autodefino exiliado porque la dictadura cubana se reserva el derecho de decidir el destino de mi vivienda –construida por mi familia antes de la revolución-, así como el destino de mi vida en general, ya que, por ley, no puedo vivir más en mi país, solo puedo ir de visita como ¿turista? 21 días. Luego, me echan.
Ah, y primero me castigaron cinco años sin poder retornar ni como visitante, período en el que, desgraciadamente, murió mi padre.
Pero bien, no es hora de explicarlo todo. Así que el segundo, tercer y cuarto lugar de este esclarecimiento lo dejo para otra oportunidad.
Llegado este punto considero necesario declararme contrario al golpe militar y sus consecuencias en la población civil.
También denuncio al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, por aprovechar el cuartelazo para hacer su juego político, con Zelaya como primer actor, y con los seguidores de éste jugándose la vida delante de las balas.
Me gustaría invitar a los lectores a pasar por este enlace de un amigo que, satíricamente, recrea los días en que el gobierno cubano utilizaba a Tegucigalpa como base de operaciones de espionaje.

Esperando a Godot



Llegué a mi casa a las once de la noche y todavía no tenía noticias de dónde estaba Zelaya. Ni los portales españoles de noticias en internet, ni la televisión de este país, incluyendo a la CNN en español, daban cuenta del asunto.
Según mis cálculos, el presidente depuesto debía estar adentro de un avión, pero, ¿dónde estaba ese avión?
Me pareció extraño que nadie dijera nada, rozando la una y media de la madrugada –hora española- de hoy día 6. Hasta que llegué a un fórum de internet colgado en un cajetín de la derecha de la página digital de El País, donde la gente indicaba que lo que estaba sucediendo podía encontrarse en una transmisión en directo de Telesur.
¿Telesur?
Sí, la tele chavista.
Chávez lo estaba contando todo a su manera en tiempo real. Tenía una cámara y una reportera en el aeropuerto internacional de Toncontín, en Tegucigalpa, Honduras, y un periodista en el avión donde iba Zelaya, lo que indica, lógicamente, que la nave era del ejército venezolano. Llegué a tiempo a la transmisión para ver el aparato sobrevolar el aeropuerto. Tremendo numerito se montó Chávez: Puso a Zelaya a hablar y éste no se notó tan emocionado como se debía esperar. Estaba tranquilo. Con él viajaba el presidente de la Asamblea General de la ONU, Miguel d’Escoto, y un médico. Luego habló el piloto.
-No podemos aterrizar. La pista está bloqueada-dijo.
Me pregunto qué esperaban. ¿Que estuviera el camino regado de flores?
El avión, en efecto, no pudo aterrizar. Dio un par de vueltas y se perdió de vista. Los que estaban por los alrededores del aeropuerto, aplaudieron, al lado de la cámara.
Creo que la cámara estaba emplazada en una colina y hacía acercamientos a la pista de aterrizaje. Se veían los vehículos militares transitar por la amplia explanada.
Volvió a hablar Zelaya, inquirido siempre por una periodista de nombre Marcela con cierto acento argentino.
-¿Hacia dónde se dirige ahora, presidente?-preguntó.
-Vamos a aterrizar en Managua-explicó calmadísimo Zelaya.
Llegaron al aeropuerto internacional de Managua y tomó la palabra Chávez. Éste explicó que el operativo fue preparado por teléfono a cuatro bandas entre él mismo, Daniel Ortega, Zelaya y Fidel Castro.
El jet había despegado en Washington, y cuatro horas más tarde estaba rondando el cielo hondureño. Unos veinte minutos a continuación, aterrizaban en Managua. Estando allí, la periodista que llevaba el hilo conductor recordó que en El Salvador estaba esperando la presidenta de Argentina. Se pusieron las pilas entonces y tomaron el camino hacia el aeropuerto internacional de Comalapa, en el vecino país.
El show terminó en San Salvador, con la televisión venezolana transmitiendo en directo las imágenes exclusivas de cuando a Manuel Zelaya se le ocurrió regresar a su país después de ser expulsado. Don Manuel fue listo y cerró él las transmisiones diciendo que volverá a intentarlo, por aire, tierra o mar. No sabe cómo, pero volverá.
Me fui a la cama, pues, esperando a Godot, ya que Zelaya tenía su misión cumplida. Yo, honestamente, después de este numerito creo que no volverá.


Nota. Al cierre de esta edición, las noticias de los portales de internet de España daban el hecho, por fin, con un saldo de un muerto y varios heridos que intentaron adentrarse en el aeropuerto. Telesur continuaba dando su cifra de dos muertos.




domingo 5 de julio de 2009

Esperando a Zelaya




Hace mucho que no se vivía una situación internacional tan absurda como la que se ha desatado por la deposición de Manuel Zelaya. Esta palabra, deposición, no me gusta nada. Siempre me remite a la parte fea, pero necesaria, de la purga de los intestinos. Buscaré en el diccionario si existen acepciones. Mientras tanto, alboreando con un café en la terraza de mi casa, hoy domingo sigo a la espera del regreso de Zelaya a Honduras.
Es un conflicto interesante: el mundo diplomático lo apoya y el 60 por ciento de la población hondureña no.
Cuando yo vuelva esta noche, luego de un largo día de bautizo familiar, copas licoreras en el aire, fotos, princesas domingueras de la nueva Cataluña, chistes verdes que siempre se hacen con los postres, modelitos de rebajas estrenándose, alegría, alegría para olvidar lo paralizado que está el mercado laboral, empanadillas caseras, un pelotazo de whisky, apretones de manos, niños corriendo, ardentía en la piel, reencuentros y besos, en fin, al final de la noche ya estará la noticia servida hace rato.
Solo pienso en Samuel Beckett mientras me preparo para salir, mientras me ducho, porque es absurdo que el burgués de Zelaya se haga ahora la víctima, con su look de cowboy de medianoche, y su bigote pintado. Él se ha buscado todo este rollo por cambia casaca, por arrimarse a un bufón trasnochado asegurándose unos cuantos petrodólares debajo del colchón.
No creo que su esperador principal, Micheletti, sea un santo. Pero está claro que Zelaya es un oportunista que ha preferido –lógico de su perfil- regresar escoltado. Si es que regresa.

jueves 2 de julio de 2009

Rebajas de verano



Según le dijo una a otra, llevaba sudada la ropa interior, y las plantas de los pies. Nadie podía dar crédito de eso excepto ella, aunque ¿quién se atrevería a ponerlo en duda?
En la calle no se podía estar. Un termómetro del Portal del Ángel, que simula un mercurio alargado en la fachada de un edificio de oficinas, marcaba exactamente los 38 grados prometidos por el observatorio. El registrador de temperatura no daba cuentas de la humedad realtiva, trepada al 85 por ciento típico de Barcelona. Un mar de gente chancleteaba las calles del centro con la ropa cortica. Bermudas había pocas, para qué engañarnos. Minifaldas y pantalones cortos, tan cortos como pudo resarcir la tijera. En ese vaivén de confecciones se aplastaba una luz solar que hacía el papel del castigo, colándose por las milimétricas porciones de aire que quedaba entre unos y otros.
La misma voz que no paraba, sugirió subir a unos grandes almacenes para ver si allí corría más el aire. No iban a comprar nada. Solo a mirar y darle a la lengua.
-Hay otras tiendas más actuales, más fasion-dijo la otra.
-Es que a mí El Corte Inglés me pone-argumentó su amiga.
-Nunca imaginé que El Corte Inglés pusiera a alguien.
-Es que aquí me acariciaron de arriba hacia abajo en un probador-confesó la de la voz cantante.
-¿Caricias nada más?-preguntó la más tranquila.
-Bueno, hubo más, pero no te lo voy a contar, no vaya a ser que te excites.
Los probadores de El Corte Inglés, en efecto, son más íntimos que los de las demás tiendas. Tienen más seguridad, más privacidad, pero menos glamour. Con tal de vender, dejan llegar al acompañante hasta lo más profundo del sitio, hasta las paredes más internas del edificio. No hay cámaras. No puede haberlas. Y nadie te escucha detrás de la cortina. No hay cortinas. Tienen puertas. Y las puertas quizá tengan cerrojos.
Con la mejoría del aire acondicionado, se olvidaron de que estaban en un almacén gigante. Continuaban plácidamente recostadas a una barandilla de la escalera, cuando se les acercó un comercial, joven, apuesto.
-¿Les puedo ayudar en algo?-se pronunció el jefe de planta.
Sorprendidas, los subconscientes de las dos amigas articularon un Sí a coro, pero acto seguido se mordieron la lengua y dijeron que no.
-Ustedes se lo pierden. Buenas tardes-se despidió el hombre.
Las dos muchachas siguieron ahí, haciendo tiempo y refrescando sus respectivas lencerías.

miércoles 1 de julio de 2009

Pina Bausch in memorian



Caminaba hacia las escaleras eléctricas de la línea 5, para salir a la calle, cuando me reclamaron por la espalda. Entonces me giré, todavía dudando de quién me podría llamar en esta ciudad por mi apodo antiquísimo, lejos, muy lejos de aquellos años y aquellas calles de La Habana.
La voz provenía de un bailarín de danza contemporánea que había sido el partenaire de mi ex esposa. Nos encontramos en el andén de un metro de Barcelona, después de al menos quince años.
Cuando lo vi me pasó por delante una retahíla de fotogramas rayados que yo no tenía preparada. En aquella época me dedicaba a hacer fotos de teatro y danza con una cámara bastante ruidosa, siempre a luz ambiente. Con un teleobjetivo de cien milímetros que abría bastante poco el diafragma, con hongos estáticos en las lentes –algo bastante posible en una isla con un 90 por ciento de humedad-, pero fuerte, preparado para la guerra. Era de rosca, de rosca rusa, porque mi cámara era una Zenit.
A través de ese teleobjetivo espié a mi ex mujer cuando se cambiaba de vestuario en los laterales de los teatros, ya que me situaba casi siempre con los codos apoyados en proscenio, buscando ángulos aparentemente muertos. Ella no quería bailar. Tenía miedo entrar a las tablas de un coliseo, y se había dedicado al magisterio de la danza, pero insistí tanto que logré darle ánimos y se puede decir que la subí allá arriba donde todo el mundo te ve. Coincidentemente, esto ocurrió por los días en que nos divorciábamos. En esos años yo no comprendía que la belleza y plasticidad del baile podían ser incompatible con la armonía de los caracteres de las personas.
Mediante una lente de largo alcance, capté la imagen –ahora perdida en los rastros que dejé en La Habana- de mi ex sosteniendo en peso, en brazos, a su partenaire. En el momento de realizar la foto no pensé. Cuando la estaba revelando tampoco. Al imprimirla en papel comencé a relacionarla con sus contracturas musculares.
El teatro –y más la danza- tiene la virtud de transformar los cuerpos en volúmenes precisos para crear una ilusión óptica, lo que, a veces, no se tiene en cuenta es que la realidad es otra.
Tuve que aprender a masajear su espalda –sobre todo la espalda- para aliviarla en las pocas horas que tenía para descansar. Entonces hilvané sus contracturas con la imagen perfecta de detrás del visor. A ella nunca se le ocurrió reivindicar las leyes de la física, sino que se crecía y luego se contentaba con los aplausos. Y no era la única.
Su grupo de danza-teatro se inspiraba en los cánones de la alemana Pina Bausch, para que después nadie diga que en Cuba no se estaba al tanto de las últimas tendencias.
No sé cuántas veces, muchas, eso sí, la pequeña y rabiosa que fue mi mujer tuvo que sostener el peso de su partenaire, un muchacho elegante y buen bailarín que me rescató de entre la muchedumbre, la prisa y el mecanicismo de una línea de metro vulgar.
En aquel momento, ante el asombro de verlo ahí, y el desconcierto de escuchar mi apodo, el primer nombre que me vino a la mente fue el de Pina Bausch.
Ayer dieron la noticia de la muerte, a los 68 años, de esta importantísima coreógrafa.