jueves, 31 de diciembre de 2009

Mañana será otro año


¡Bendito sea el teatro!


Mis amigos catalanes todavía se asombran cuando me ven rociando con ron una esquina de una vivienda. Todavía creen que lo hago por religión o algo místico. A la vuelta del tiempo, me dejan a mano todas las botellas vírgenes para que realice el ritual. Insisto en que tiene que ser con ron, pero ellos quieren hacer extensivo el acto, extensivo a los vinos y licores más o menos ásperos, jugosos, dulces, espumosos.
-¡Vete a la cocina, hazlo allí!-, me piden casi con dolor para que el alcohol de caña no caiga sobre el parquet de madera.
Quienes nacimos dentro del eufemismo que es la revolución cubana, no creemos ni en nuestra sombra; nos enseñaron a no creer en el más allá para concentrar los esfuerzos en el adoctrinamiento materialista, una aberración, sin lugar a dudas. Nosotros, sin embargo, seguimos miméticamente las instrucciones de uso de un mundo mágico que estaba y está siempre a nuestro alrededor, sostenido a fuerza de fuego por el sector africano que nos legaron los españoles y que agradecemos de alguna manera con ese bendito chorro de ron.
Ahí van todas nuestras esperanzas, en la parábola aromática e inflamable que realiza el ron cuando se libera en la inauguración de una botella. Ahí echamos todo lo malo, limpiamos el camino y, de paso, brindamos por el amplio panteón de los orishas, en particular, y en general por todos nuestros santos negros, blancos y mulatos.
Dicen las sabias lenguas que Fidel Castro visita a un babalao, el sacerdote de la religión afrocubana con autoridad –es un decir, ya se sabe que en Cuba nadie manda más que el viejo caudillo. Esto indica que existen babalaos para todos, incluso para los dictadores.
Castro –ya no le llamo Fidel- ha sido el culpable de que la nación cubana esté desparramada por todo el mundo, como los judíos, pero sin las posibilidades amplias que en su momento tuvieron los hebreos para montar negocios. Estamos en todas partes tratando de reinventarnos, con la dura circunstancia de que la nostalgia nos roba buena parte de nuestras energías. Esta noche iremos a bailar a alguna sala de salsa de la ciudad, donde seguramente habrá un cubano como monitor. Primero se le brindará a los santos en un rincón y luego se pedirá que acabe ya esta pesadilla. Se mezclará la muerte del dictador, explícita e implícitamente, y se pondrán todas las miras de optimismo en el 2010, año redondo, lindo, par, nuestro.
Al cerrar mentalmente estos doce meses –hay que hacerlo con la parábola de la dulce gramínea-, recordé la versión nacional de Calígula, la obra de Albert Camus estrenada no por casualidad en París en 1945, cuando finalizaba la Segunda Guerra Mundial. Ya decía yo en el post anterior que, en el teatro, todo queda expuesto, de una u otra manera. Con más o menos simbolismo, esquivando la censura o aprovechándose de ella.
No es extraño que el gobierno cubano autorizara una sala céntrica de la capital –con pocas posibilidades escenotécnicas, cierto, ya que era un cine- en la que se estrenaba y estrena obras conflictivas de carácter pensante. A estas alturas –ya lejos del terreno- creo que ha sido una estrategia de válvula de escape con el fin de desangrar inteligentemente al sector intelectual. Algo así como un “dejar estar” para que el creador tenga un sitio visible pero, al mismo tiempo, se ajuste a los parámetros dictatoriales.
Hay que decir que no todos los creadores tuvieron esa suerte. Pero algunos sí y ahí están, con el metalenguaje a cuestas, porque otra cosa no se puede hacer.
En abril de 1996, hace casi quince años, se estrenó en La Habana Calígula, por el grupo de Teatro El Público. Todo el mundo sabe que Calígula fue un emperador soberbio y sanguinario, a quien, como se dice popularmente en España, “se le fue la pinza”. Se volvió loco, se convirtió en un vanidoso hombre que utilizó todo su poder para adorarse a sí mismo.
Nada más parecido a la realidad en una Cuba tragicómica y terriblemente arruinada, no por el bloqueo, no señor, sino por el empecinamiento de un solo hombre.
¡No es justo!
Aquella temporada de Calígula en La Habana pensaba que el régimen estaba tocando fondo. No contaba con que, casi quince años más tarde, yo estaría en Barcelona huyendo –escapado- de ese mismo régimen y del mismo emperador. ¡Un emperador en pleno siglo XXI!
Al pasar revista, por desgracia tengo que decir que el fabuloso actor cubano que encarnó a Calígula, Roberto Bertrand, ha muerto, presuntamente en suicido. Cerca de aquí, cerca de mi casa, porque los dos compartíamos el exilio en la misma ciudad.
Quiero recordarlo con estas líneas y con un chorro de ron en suelo de granito, entre estas cuatro paredes de mi estudio donde cierro –y encierro- el pasado.
Quiero también agradecer a todos los que se han acercado a este blog y han leído el manojo de crónicas intimistas inspiradas en la lejanía y el recuerdo de Ítaca.
A esa isla volveremos y de hecho volvemos cada día.
¡Feliz 2010!

Nota: Esta fue mi reseña en Granma a propósito del estreno de 1996. Como era de esperar, también el crítico tuvo que irse por las ramas. (Pinchar sobre la imagen para ampliar la lectura. Foto original: Figueroa).

martes, 29 de diciembre de 2009

El regalo más grande



La memoria

Muchas veces me pregunto qué duele más haber perdido.
Cuando me veo solo en un bar, haciendo tiempo o simplemente hojeando un libro con un café o una copa al lado, hablo conmigo, me ofrezco refugio en un montón de palabras que solo sirven para acompañar.
Eso no es poca cosa.
Con el paso de los años podemos incluso volver al mismo lugar, pero volvemos más grandes, más enriquecidos por el solo hecho de haber acomodado una experiencia y haberle sacado partido. ¡Me sorprende tanto sentir que he estado antes en el bar que visito ahora!
Lo cierto es que no había estado allí ni me había detenido en los alrededores de ese barrio. Supongo que el sentimiento o recuerdo de lo vivido hace que sintamos la nueva situación como si fuera conocida.
Por estas fechas, cuatro años atrás, yo estaba sentado en otro bar donde no había más que cuatro personas, contando a la camarera y contándome a mí. Entonces me sentía el ser más infeliz de la tierra, porque, además de estar el cielo gris y haber frío como ahora, cuando dejaba el bar tenía que encerrarme en un apartamento solitario donde las ráfagas de viento hacían el papel de verdugo, y las horas pasaban con tal lentitud que me sacaban las lágrimas mirando un programa de humor industrial. Lo cual quiere decir que yo miraba ese programa, pero no lo veía. Mi cabeza viajaba por las salas de teatro de La Habana donde fui tan feliz.
En estos días recibo clases de conducción en una autoescuela que, por supuesto, tiene un bar al lado. Este bar es más caliente, en honor a la verdad. Más acogedor y más moderno. Tengo un libro con temática cubana sobre la mesa, un café exquisito servido en taza de diseño, un tiempo a mi favor, un tiempo sin personalidad, ni duro ni blando; simplemente, digamos, un reloj que avanza proponiéndome que no deje enfriar el café; tengo luego un apartamento que me espera con calefacción y lujuria, como si estas dos palabras no viajaran en la misma proporción; y tengo ganas de pensar.
Así que pongo el marcador entre las páginas del libro y me veo en el terreno de la dialéctica, donde las cosas caminan hacia adelante y crecen, sin otra fuerza de empuje que no sea el tiempo. Llevo una mirada optimista y siento que el teatro volverá algún día; volveré a sentir el olor a guardado de los trajes y de la utilería, el olor a polvo húmedo de las salas de La Habana y el olor expansivo de aquella libertad que se respiraba en el tiempo de una puesta en escena.
-¡He perdido el teatro!-me digo como respuesta de lo más grande que dejé en la isla, después de mi familia, claro está.
Pero no lo he perdido del todo. Tengo el recuerdo, la certeza de haber estado durante años cerca de los escenarios donde se decían las verdades escondidas entre ornamentos vacuos. ¡En el teatro todo está dicho!
Termino el café, guardo el libro en mi bolso, pago en la barra y camino hasta un automóvil de instrucción, aparcado en una zona reservada.
Me espera el profesor. Es mi primera clase práctica de automovilismo urbano a mis 44 años.
Nos acomodamos dentro, con los cinturones de seguridad ajustados. Antes de que yo arranque el motor, el maestro me pregunta si he conducido alguna vez. Lo miro alegremente, con brillo en mis ojos, sabiendo de antemano que mi respuesta sería inédita en los días de su vida.
-Sí, un tanque de guerra- aseguré con las manos puestas en posición correcta alrededor del volante.
-Pero…
-Fui tanquista, en el Servicio Militar. Conduje una enorme mole de hierro, un T55 soviético, durante tres años.
Antes de darme la orden de arrancar, el profesor se agarró discretamente de la estructura del coche, y tiró su cuerpo entero hacia atrás, recostando la cabeza en el aditamento previsto para proteger esa zona del cuerpo. La situación parecía una escena de teatro del absurdo, aunque no había una mentira detrás. Más tarde, al regresar de las clases y comprobar que no habíamos derribado la ciudad, invité al instructor a tomar un café en el mismo bar y allí le conté que nuestras vidas, en el Caribe, están llenas de situaciones realmente maravillosas, que el surrealismo allí es pan diario.
¡Y en Cuba más!


Nota: (foto del autor del blog). La imagen corresponde a La casa vieja, puesta en escena de Teatro de Dos sobre un clásico contemporáneo del teatro cubano, del dramaturgo Abelardo Estorino. Con este montaje, Teatro de Dos obtuvo un premio en el Festival Nacional de Camagüey en 1998.


jueves, 24 de diciembre de 2009

Oh, familia, ¿dónde estás?(Cuento de Nochebuena)


Se llama Antonio y espero que en estos momentos esté descorchando una ampolla de cava, la bebida catalana por excelencia, el champán “del patio” al que siempre hay que reservar un espacio en la nevera.
No logro ubicarlo en el tiempo sin dibujarle la copa de cava en las manos, porque Antonio es de buenos modales y buenas celebraciones, catalán abierto al mundo -¡qué listo, hombre!- y especialmente a las culturas latinas.
Amante de la música y la gastronomía lusas, llevaba en el coche a Dulce Pontes mientras viajábamos por la autopista AP7 que nos traía de vuelta a Barcelona, luego de un fin de semana en su casa de la Costa Brava. Miró la hora en la pizarra del automóvil y le dio un toque hacia abajo al volumen de la música, dos puntos menos a la voz de los fados, tan tranquila compañía, tan melodiosa sin llegar a ponernos tristes. No había por qué estar triste después de una comida familiar en el jardín de su casa, todos disfrutando del sol de otoño y brindando con vinos y cava por el solo hecho de estar allí, cerca del mar, lejos de los malestares de la vida cotidiana.
Entrábamos a la ciudad con la noche cerrada del todo; habíamos perdido la caravana de los coches que traían al resto de la familia. Hubo un percance antes de salir. El gato persa que también pasaba los fines de semana en la segunda residencia no aparecía. Antonio decidió quedarse conmigo hasta que apuntara el pelaje, y así fue, media hora más tarde, cuando el felino decidió entrar por la puerta particular construida a escala solo para él. Ese hecho nos llevó a regresar solos con mucha más calma que el resto, ya de noche, el gato persa, Antonio, Dulce Pontes y yo.
Entonces Antonio intuyó algo que podía ser imposible.
-¿Alguien te ha enseñado la Sagrada Familia?-preguntó suavemente.
Yo llevaba un mes en Barcelona y nadie me había enseñado la Sagrada Familia. Ni yo había sentido la necesidad de buscarla. Debió ser que no tenía urgencia por conocer algo que formaría parte de mi vida definitivamente, algo que está ahí siempre erguido en el paisaje urbano y que parece tan imposible como lo real que es. Había visto de lejos ese capricho gaudiano proyectado con las mismas cuotas de complejidad que se exigió el Modernismo, pero este santuario superaría en el tiempo todas las expectativas del arquitecto.
-No-respondí-. La verdad es que no. Nadie ha tenido esa deferencia todavía.
-Pues esta noche no dormirás sin verla de cerca.
Hace ochos años, aproximadamente, este señor me llevó a pie de calle ante el majestuoso edificio. Estaba iluminada la fachada más antigua y la más acabada, y la otra entonces permanecía indefinida y oscura.
-¿Todavía en construcción o es que se ha caído algo?-pregunté ingenuamente refiriéndome a las grúas que sobrepasaban los picos de piedra del conjunto religioso.
-Es posible que tus nietos, cuando los tengas, vean esto acabado. Pero ni tú, y mucho menos yo, veremos el final. El matiz fundamental de esta obra es la propia construcción- sentenció Antonio con una mezcla de orgullo y tristeza.
Cuando ocurrió aquella escena discreta e importantísima en mi vida –Antonio no sabe bien lo que hizo-, mi padre aún vivía, mi madre, en Cuba, comenzaba los preparativos para deshacerse de nuestra casa familiar y mis hermanos estaban ya dispersos por el mundo. Nuestra nación se había vuelto un desgranado de maíz y, como consecuencia, se estaba perdiendo el abrazo familiar, sagrado y confesional.
Detrás de Antonio y de mí –nos quedamos en silencio como bobos- estaba el gato persa dentro de una jaula, el elegante felino que nos acompañó en el viaje sin chistar. Su paseo furtivo al caer la tarde fue el causante de que perdiéramos la caravana y me llevaran de la mano, casi con los ojos vendados, a conocer la Sagrada Familia.

lunes, 21 de diciembre de 2009

El sabor más efímero



El destino me ha situado otra vez al nivel del mar. Aquí no nieva, aunque lo he visto en estas mismas calles un par de años locos, lejanos ya en la memoria por suerte para quien escribe estas líneas. Una mañana del ¿2005? abrí la ventana de atrás de un ático a los cuatro vientos en el que vivía y me sorprendió el paisaje blanco. El Tibidado, a unos 400 metros sobre el nivel de la costa, parecía un absceso congelado al final de la vista que tenía en mi habitación. Me había acostado a dormir con la montaña mágica encendida como una tarta de cumpleaños, y me desperté con ella hecha una copa glacial por donde, imaginariamente, bajaban rápidos esquiadores de temporada, dejando una estela parecida a la que se ve en el cielo cuando pasan los aviones a una gran altura.
Me han contado que, hace muchos años, Barcelona sufrió –mejor, vivió- una gran nevada, tan espectacular que la gente aprovechó las calles Muntaner y otras que bajan de los pies del Tibidado para esquiar, como mismo se hace en las pistas oficiales de Andorra la Vella. Se fracturaron muchos tejados en la gran nevada de esta ciudad y también se congelaron las tuberías de agua caliente sanitaria. Es inusual, repito, encontrar aquí el añorado paisaje blanco que daba hoy al mediodía la televisión española. Porque en estos momentos más de la mitad del país, incluyendo Madrid, está helada, escarchosa, obstruida también. Es una preciosa estampa la que vemos en la tele, estacionaria estampa incluso a unos pocos kilómetros de donde vivo –el interior de Cataluña también se pone blanco-, pero lo malo de todo esto es que la gente no puede llegar a sus puestos de trabajo, escuelas y fábricas.
La primera vez que vi la nieve no era tal, sino algo parecido a lo que sucede cuando uno descongela el refrigerador –aquí se llaman neveras y actualmente se descongelan solas-, cuando queda un granizo tan efímero que apenas se puede admirar. Fue el mismo año en que llegué, en 2001, y me impactó tanto ver la caída del cielo de una lluvia de escarcha que rápidamente me emocioné y me senté en un bar del centro de la ciudad –de la parte más parecida a París-, en una mesita que estaba vacía al lado de un enorme mirador de cristal. Estaba solo, desubicado en aquellos tiempos. Me sentí tan feliz por estar allí leyendo el periódico a las siete de la noche con un café con leche entre las manos, que cuando estuve de vuelta a casa escribí un relato dejando claro en el papel mi momento histórico.
Pasaron varios años y la nieve que podía acercarse a Barcelona se deshacía antes de tocar tierra, excepto aquel año ¿2005? manoseado por el dibujo clásico navideño de la montaña del Tibidado blanca como la masa de coco. Como me domina la pereza siempre, esa vez no fui a tocar la nieve cuajada, un viejo sueño que se me resistía. Y era muy fácil llegar a ella, en un tren intraurbano parecido a un metro que se podía tomar casi en la esquina de mi casa. Juzgué como una provocación ver la nieve a lo lejos –a unos cuatro o cinco kilómetros- y entonces asumí el turno del ofendido y le dije:
-¡Volverás! Te encontrarás conmigo sin que ni tú ni yo hagamos resistencia. Me encontraré contigo tal vez andando por la vida, pues siento que la vida me pondrá en tu ruta.
Así fue. Unos años después, mi suegro me llevó a Andorra la Vella como mismo en Cien años de soledad el padre de Aureliano Buendía llevó a su hijo a conocer el hielo, a conocer una piedra de hielo en el ámbito de un circo ambulante.
Ellos se ríen todavía cuando, en las sobremesas, recordamos el viaje y lo primero que hice al detenerse el coche en la base de una pista de esquí. Salté del salpicadero como si llevara un paracaídas, caí en cuclillas, agarré con una mano enguantada una porción de nieve y me la llevé a la boca. La probé, literalmente la probé y la mastiqué.
Todos pusieron cara de asco. Es cierto que muchos automóviles pasan por ahí con las ruedas sucias. Yo no había pensado en eso. Solo recordé automáticamente las jornadas de domingo en las que descongelaba el refrigerador soviético de mi casa en La Habana y me llevaba la escarcha a la boca. Sabía mal aquella, sabía a gas refrigerante y a pescado sin descamar y duro como un palo, un sabor que no tiene símil ni otra traducción.
La nieve, sin embargo, sabía a lejanía, a la confirmación del encuentro natural entre un hombre y un derrotero.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Carmina Burana y/o el erotismo



Adelantado a la función inaugural de esta noche en L’Auditori, puedo decir que prácticamente desayuné un puré de sustancias extrañas cuando me presenté a las once y media de la mañana como parte de un público selecto –no por refinado- en el ensayo general de Carmina Burana.
A esa hora el cuerpo no es capaz de asimilar totalmente todo lo que le den. Más si, como hice yo, el “respetable” se tiró un poco tarde de la cama. Pero fue una experiencia diferente, supongo, por el estado de ánimo, diferente a la que tendrán por la noche todos en la sala principal de esta importante institución barcelonesa.
Cuando digo “puré” me refiero a lo suave que entró el espectáculo por todos los sentidos –se olía a primavera, a pesar de los siete grados húmedos y grises que había afuera. La Fura dels Baus es un grupo especialista en lograr lo espectacular asumiendo el riesgo de la lucha contra la fuerza de gravedad, utilizando aparatos y mecanicismos en general que no por arriesgados dejan de inspirar confianza. Estamos hablando de un ambicioso montaje de Carlus Padrissa en el que los personajes literalmente vuelan o se sumergen en un estanque de cristal. Una puesta en escena tan sensual –la primavera, repito, es la premisa- que ofrece el desnudo del cuerpo humano en perfectas dosis, planos físicos e ilusionismo.
Pero el gran logro de esta cantata universal, compuesta por el músico alemán Carl Orff, está en la combinación de las imágenes visuales con la presentación in situ de una orquesta sinfónica y un coro.
Hoy en día si alguien quiere ser postmoderno tiene que echarle manos al recurso multimedia, a las proyecciones de imágenes y el ilusionismo cirquero de toda la vida. En este apartado, hay que decir que fue perfecta, primero, la fabricación de las imágenes, y luego la sincronización de éstas con las acciones. El creador quiso tener a la filarmónica dentro de un cilindro de tela traslúcida; la coral a ambos lados, divididos por sexos, y algunos actores que se escapaban al patio de butacas. O sea, también interactividad teatral. Elenco gigante –contando a la orquesta y el orfeón-, dispositivos de imagen –incluyendo el retroproyector-, gigantismos creados con una grúa que unas veces se ve y otras no se ve, y perspectiva en cenital sin que el espectador se mueva de su asiento de platea baja.
¿Cómo lo lograron?
Pues el cilindro es flexible y cambia la perspectiva.
Incluso se aprovecha como ambientación el sonido de los motores que mueven el cilindro. Todo se esconde y todo se descubre a conveniencia.
Habría que elogiar la actuación de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León dirigida por Alejandro Posada. Al Orfeón Pamplonés por el magnífico acoplamiento de su oficio a la magia del espectáculo, y, principalmente, habría que destacar el trabajo audiovisual de Full Animation, la empresa que, como es regular, participa en los montajes esperpénticos de La Fura dels Baus.
Y, faltaría más, la entrega en cuerpo y alma de los solistas del bel canto, todavía a media potencia, pero magníficos interpretativamente a tan tempranas horas. Se estarían reservando para la inauguración oficial en Barcelona, que tendría lugar unas horas después.
Algo además para agradecer sinceramente –como todo aquí- es el subtitulaje de los cantos originales en latín. En Barcelona los han puesto en catalán, y es de suponer que en el resto de España salgan las letras en castellano. Cosa curiosa: no es subtitulaje, sino sobretitulaje, ya que el panel cuelga del techo.
El director Carlus Padrissa ha aprovechado el recurso operático de los cambios de escena en los que queda un margen vacío, algo necesario ya que resultaría imposible esconder el andamiaje pesado de esta obra que transcurre en un acto. Hasta ahí estamos de acuerdo.
Lo que sí noté que el escenario resultó pequeño. Quizá el cilindro –eje central- haya sido proyectado para una sala con mayores dimensiones. Soy curioso y me fijé en que el orfeón estaba abigarrado en los laterales; se ve, por mucho que la propuesta visual se decante por el efecto túnel.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Líneas de conexión



El Auditori de Barcelona se prepara para estrenar el próximo miércoles otro de los mega espectáculos del conocido grupo La Fura dels Baus. El colectivo catalán, que trabaja habitualmente el expresionismo, con grandes despliegues de figuras mecánicas a tamaño ultra humano, inaugura aquí su versión de Carmina Burana, luego de presentarla a principios de agosto en el País Vasco.
Da la coincidencia de que en estos momentos la cartelera teatral de Barcelona cuenta con tres espectáculos bajo el mismo título, incluyendo el de La Fura…Tres propuestas diferentes artística y estéticamente, una en el Fórum, otra en el Palau de la Música y ésta en el Auditori.
Un breve y casual chateo en Facebook con un amigo ha cursado la invitación para el miércoles al ensayo general con vestuario. Estuve viendo el tráiler del espectáculo –también enlazado en Facebook durante el chat- y parece una “invasión” de otro mundo, de ese mundo onírico que se presenta cuando nuestras mentes “descansan” con placer en la nocturnidad de un domingo. Al parecer, las imágenes multimedia de Carmina Burana me dejaron encendido un dispositivo surrealista que se activó anoche. Me vi envuelto en una navegación forzosa por mares del Trópico de Cáncer, en una mole de hormigón armado que se desplazaba sin rumbo. Como estábamos al pairo, el tiempo en el que transcurría la escena no tenía indicios de desasosiego, pero sí había una dinámica interior –quiero decir: dentro de la nave- apurada y tensa. No había violencia, sino personas que se escondían detrás de ventanas rotas, desnudas y semidesnudas; las personas, claro.
Una de esas figuras era mi mujer, extraordinariamente desenfadada –sin cabreo- ante tanta ausencia de vestuario, porque había otras mujeres, reales y surrealistas, buscándome para jugar. Capturé a una ante los ojos de mi mujer, sin que la joven ofreciera resistencia. Pero la capturé a través de unas persianas introduciendo mis brazos. La chica se apoderó de mi mano izquierda, se llevó mi dedo índice a la boca y comenzó a saborearlo. Mi mujer observaba como parte de la normalidad de las acciones. La nave avanzaba surcando un mar tranquilo en el momento en que desperté.
Hice un café y, como siempre, encendí el ordenador. En la columna de gadgets de la derecha de Windows Vista apareció de forma aleatoria una foto en la que yo estaba en la bodega de un barco. La imagen, en la que comparto una copa con el marido de una amiga de mi mujer, fue tomada hace aproximadamente dos años dentro de la barriga del Naumon (antiguo Arold), el carguero noruego que La Fura dels Baus compró para realizar sus espectáculos marítimos en diferentes puertos del mundo.
En aquella ocasión, fuimos invitados a una fiesta de jazz que se celebraba a bordo del Naumon, fondeado entonces en la rada de Barcelona. Nos había convidado el mismo amigo del Facebook, que es uno de los creadores de las escenografías del grupo expresionista catalán. Un dibujante excelente que había trazado en blanco y negro los rostros de antológicos jazzistas de escala mundial.
Un rato después del café, buscando información sobre el Naumon, descubrí que la nave se había construido en un astillero noruego en 1965, el año en el que vine al mundo.


Foto: Rosa Anna Frutos

sábado, 12 de diciembre de 2009

El último apologista de Castro



No es casual que cada edición haya más presencia cubana en el show televisivo Fama, a bailar, el programa de danza que la cadena privada Cuatro exhibe por las tardes. Por un lado, es lógico, teniendo en cuenta que Cuba es un surtidor fuerte de las artes escénicas y la música, y, por otra parte, el porcentaje de emigrados de la isla crece de una manera imparable, aun con lo complicado que resulta salir de ese país insular.
La presencia permanente de una profesora de baile contemporáneo, Marbelys Zamora, asentada en España hace años y legendaria corista del programa Crónicas Marcianas, más su ayudante de cátedra, el joven Karel Marrero, a quien este redactor vio bailar en los años 90 en Holguín, en el grupo Codanza, del oriente cubano, y en estos momentos la sobresaliente figura de una bailarina que, por su acento, parece de Santiago de Cuba, Yaima, también de la denominada generación Y (griega), todo esto nos lleva a pensar que en buena medida el espectáculo televisivo se aprovecha del tópico caribeño.
En estas páginas he hablado de tal circunstancia, porque me llama la atención como cubano y espectador interesado en la danza. Ahora bien: he escuchado dos veces al profesor Rafa Méndez, canario y con desafortunado método coercitivo de magisterio, alabar a Fidel Castro. Si él se ha inspirado en el dictador, porque sus maneras humillantes se parecen a las del caudillo cubano, debería dejar esos comentarios para su casa o sus reuniones privadas. Bastante tenemos con ver cómo algunos políticos del mundo abrigan al anciano que se apropió de nuestro país, para que en un programa vespertino y aparentemente artístico se le haga apología a un déspota.
Rafa Méndez lo ha hecho de manera gratuita y deliberada. No creo que la cadena televisiva se lo marque como “tarea”. En dos ocasiones, que sepa yo, y aprovechando mensajes SMS de los televidentes, después de la frase “Viva Cuba” ha acotado:“Viva Fidel”. No, señor. Eso déjelo para sus fiestas privadas. O permute de país y exprésese ampliamente allá en las llamadas tribunas antimperialistas.
Perderá audiencia si sigue alabando a Castro. Ya hay mucha gente enterada de por dónde van los tiros del “Comandante”.
No sé qué pensará Yaima de esto. Las dos veces, en mensajes de texto relacionados con ella, ha dado la callada por respuesta. Sé que a los alumnos les hacen firmar contratos de comportamiento y los pueden echar si la dirección lo entiende pertinente, pero un profesor tampoco puede sacar de contexto un programa de danza para adorar a un nefasto personaje.
Sin embargo, lo hace.

martes, 8 de diciembre de 2009

Reina de la noche



La penúltima vez que la vi fue en un bar que ya no existe. Yo tomaba aguardiente y ella algo suave, recostados a una barra larga donde Jose despachaba de todo: cócteles, chistes y chismes de sociedad.
Sus pocas palabras se tomaban el tiempo necesario para redondear algo o inaugurar un sendero en el que después nos quedábamos el camarero y yo. No mostraba entusiasmo ni pasión, sino un saber, una adultez, un tono catedrático, como si nuestra conversación se moviera alrededor de conceptos antropológicos más urgentes que una copa de aguardiente en buena compañía. Sabía estar; estaba como un mástil invencible al que habría que abrazar de alguna manera para comprender la noche, más que para poseerla.
Inspiraba respeto y misterio al mismo tiempo. Su elegancia era el desmentido perfecto de los estereotipos que acompañaban a su tez negra; era orden, contención, circunspección, doctorado y magistratura de los roces sociales, pues tenía ese punto agradable que no lo da todo en primera instancia e incita a investigar. Detrás de ese cuerpo espigado y esos perfectos ademanes comedidos había una voz dispuesta a cantar boleros, son, feeling, trova, canción. Por un momento cerré los ojos tratando de recordarla en la pantalla de un televisor. Aproveché cuando fue al baño para cerrarlos mientras Jose me decía:
-No te empeñes. Canta el sábado que viene cerca de aquí.
El barman se dispuso a cerrar y ella educadamente recogió su cartera.
-¿Vas lejos?-pregunté.
-Tomaré un taxi-contestó.
Salimos y la acompañé en la acera hasta que llegó uno y ella estuvo dentro. Me dijo adiós con una mano y se alejó.
Habíamos estado hablando de lo duro que es emigrar a cierta edad. Ella había sido una cantante importante en Cuba y aquí intentaba buscarse un lugar con su debido respeto. Respeto que merecía, como Jose y como yo.
La volví a ver este último sábado.
Yo gritaba en una manifestación que se proclamaba en contra de una dictadura de calendas griegas. Yo estaba en primera fila y ella también, pero la tenía enfrente. Ella apoyaba esa dictadura.
La recordé en la barra del bar, su dignidad llevando la piel negra, la piel de sus ancestros que le dieron un sentido especial del ritmo, para que ella jugara a su gusto con la melodía. Recordé su estilo infranqueable y seductor, su misterio al colocar las palabras, su aceptación y deferencia al despedirme con un saludo sin fecha de caducidad a través del cristal del taxi.
Todavía me pregunto si estoy hablando de la misma mujer.
Para salvar las imágenes del momento en que parábamos un taxi, por la elegancia con que esa mujer entró en el compartimiento posterior de un automóvil y esperó a que yo cerrara la puerta, prefiero pensar que ella estaba equivocada de lugar en la manifestación. Voy a pensar así hasta que la vida me demuestre lo contrario.

Nota: Esta historia es real.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Tengo algo que decirte




Para ti, que te empeñas en desacreditarme, en desacreditarnos ocultando tu rostro: Grité a todo pulmón, me sentí satisfecho de haber expresado mi dolor por los presos políticos que están en las cárceles cubanas.
Para ti, que no respetas la tragedia de un país con sus familias divididas, un país con un altísimo por ciento en el exilio, con más de tres generaciones segregadas por culpa de las ansias de poder de un par de hermanos déspotas.
Para ti, que maldices al franquismo y simultáneamente apoyas a otro dictador, a otro sistema tan cruel como el que gobernó en España durante 40 años.
Para ti, que me sigues los pasos ejerciendo el terrorismo solapado, porque sé que me conoces y no acabas de dar la cara.
Yo sí estuve ayer en la manifestación y constaté que la gran mayoría de los que teníamos enfrente tildándonos de "gusanos" eran ancianos de los partidos y sindicatos comunistas españoles. El grueso de los cubanos estábamos del otro lado.
No importa cuántos éramos. Lo más importante es que cada vez se suman más a la denuncia del castrismo; así, con todas sus letras, para seguir el sentido de lo que significa el apellido Franco.
Había dos muchachas muy jóvenes que llegaron desde otra provincia, en el tren, sin conocer a nadie aquí en Barcelona. Se enteraron por las redes sociales de internet y sintieron la obligación de gritar como yo a viva voz que basta ya de represión y usurpación de nuestros derechos nacionales. Las muchas estuvieron en primera fila a cara descubierta. Tienen 25 años. No guardan odio en sus adentros.
Toma nota, tú, el que se molesta tanto cuando un hombre pacífico y progresista como yo ejerzo mi voluntad en contra de la mal llamada revolución cubana.
Aquí te dejo un par de fotos tomadas por mí desde el lado en el que yo estaba, para que veas, en primer lugar, nuestra bandera cubana pulsada con fuerza por un exiliado, con sentimiento patriótico, sin temor; y en segundo lugar a los empecinados en defender lo indefendible, a estas alturas, españoles a los que el gobierno de la isla les ha tomado el pelo. O no.
Hoy me siento más de aquí y más cubano que nunca gracias a la libertad de expresión.
Recuerda que algún día, como sucedió en los extintos países socialistas, todos estaremos tirando del mismo carro.
No te empeñes en pisotear mi dignidad porque terminarás pisoteándote a ti mismo.











viernes, 4 de diciembre de 2009

Nuestro puente de la Inmaculada

Encontré esta convocatoria para mañana sábado en el portal informativo sobre asuntos cubanos que lleva Ernesto Hernández Busto, un intento más, la citación, de denunciar la larga dictadura que todavía hoy persiste en Cuba. No solo eso: también este acto cívico y pacífico se propone llamar la atención sobre la errada política exterior del actual gobierno español hacia la isla, arropadora de una tiranía con claros tintes dinásticos, en pleno siglo XXI.
Las cosas allá siguen igual o peor, involucionan con episodios de repudio a ciudadanos pacíficos, a la usanza de los terribles años ochenta en los que fuimos sacados de los colegios para insultar y golpear físicamente a quienes decidían entonces abandonar el país. ¡Es increíble! Pero cierto.
Reproduzco abajo el aviso:

Convocatoria a manifestación en Barcelona


Muchos ciudadanos cubanos, españoles y de todo el mundo observamos con alarma el aumento de la represión en Cuba.
A la lamentable situación de más de 200 presos de conciencia y la sistemática violación de los derechos humanos en la isla, se suma ahora el regreso de los tristemente célebres ‘mítines de repudio’ contra disidentes y blogueros independientes. Y mientras esto sucede, la política española hacia Cuba ha pospuesto el diálogo con la sociedad civil y la defensa de las libertades fundamentales, reduciendo las relaciones con la isla a los vínculos comerciales y oficiales con el gobierno castrista.
Quienes vivimos en sociedades democráticas no podemos dejar de protestar ante estos hechos. Es nuestro deber mostrar un mínimo de solidaridad con las personas que en Cuba han salido valientemente a la calle a defender sus derechos, que son también los nuestros como cubanos, deseosos de un cambio político y un mejor destino para nuestro país.
Por todo ello, bajo el lema CUBA: CAMBIO YA; NO MÁS REPRESIÓN un grupo de exiliados cubanos hemos decidido convocar una manifestación pacífica ante el Consulado cubano en Barcelona (Paseo de Gracia, 34), el próximo sábado 5 de diciembre, a las 12 del día. Esta iniciativa se suma al “Maratón Internacional por los Derecho Humanos en Cuba” que bajo el lema “Por Ellos. Por Todos. Derechos Humanos en Cuba” ha convocado a protestas para ese mismo día en más de 10 ciudades.
El día 5 leeremos también una carta abierta al presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, pidiéndole que apoye las voces disidentes en Cuba y exija al gobierno de Raúl Castro el cumplimiento de los DD HH y los principios democráticos más elementales.
Ilustración: cortesía de Vincenzo Fagnani.

martes, 1 de diciembre de 2009

Xenofobia (Nota de la Redacción)



Vueling y Cía.

Después de varios años sin notar en carne propia la discriminación por ser extranjero, di de bruces con esa desagradable diferencia.
Rumbo a Madrid, en la puerta de embarque de Vueling, luego de haber pasado los controles de seguridad aérea, pues facturamos electrónicamente desde casa, me negaron la entrada al avión porque no llevaba mi pasaporte. Me enteré allí mismo de que la tarjeta de residencia en España o NIE, un documento de identidad nacional emitido por la policía de este país, no vale para los aviones en vuelos domésticos. Desde hace unos pocos días es obligatorio presentar el pasaporte.
La vergüenza de que todos los pasajeros miren a uno como un bicho extraño, o, solidariamente, como un pobre diablo, es algo tan duro de procesar que todavía hoy, cuatro días después de la exclusión, sigo penando en silencio.
Es totalmente absurda esa medida al parecer venida de “arriba”. Un extranjero con NIE -(Número de Identidad de Extranjeros), carné equivalente a un DNI ordinario de cualquier nativo, salvo que el primero tiene un tiempo de caducidad- puede desplazarse sin pasaporte en autocares, coches, bicicletas, a pie, pero no en avión. Me pregunto por qué. Los empleados de Vueling no fueron capaces de explicarlo.
Yo viajaba con mi mujer española, quien se quedó en tierra conmigo sin pensarlo y quien, en el momento en que escribo estas líneas, tampoco comprende el absurdo.
Perdimos el vuelo, pero no solo eso, sino además el dinero.
La única solución que nos ofreció la compañía aérea fue tomar el vuelo siguiente, pagando un plus por “descuido”. El vuelo siguiente salía en media hora. Ni viviendo en el Prat, el poblado más cercano al aeropuerto, daba tiempo de buscar el pasaporte.
Salimos muy disgustados de allí, luego de que yo emplazara al joven que daba la cara detrás del mostrador de la empresa. No había disculpas, no había compensación. Eso es así y basta.
-¡Deberían destacarlo en la página web!-le recriminé al empleado y le di la espalda.
Se hizo silencio.
Es cierto: no está destacado. Solamente encontramos una ligera alusión a la nueva medida restrictiva en el correo electrónico que emite el billete, y es la siguiente, en letra pequeña, dentro de un conjunto de acápites:

“5. En facturación, deberás presentar el DNI o pasaporte en vigor. Te recordamos que en vuelos internacionales los menores (de 0 a 18 años) deben presentar documentación para volar. Consulta la documentación requerida en el Centro de Atención al Cliente”.

Seamos honestos: ¿Quién se lee la letra pequeña?
Casi nadie.
¿Y por qué no podrían decir explícitamente que el NIE no vale, si muchas veces, en lo coloquial, se confunde DNI con NIE?
Esta situación se produce después de que los extranjeros regularizados en España hemos viajado con esta y otras compañías infinidad de ocasiones con la tarjeta de residencia, no solo en territorio nacional, sino además desplazándonos a otros países del área comunitaria. Yo lo he hecho sin problemas, aunque, para “volar fuera”, y por sentido común, siempre llevo el pasaporte.
Invito a que los portadores de NIE no tomen nunca más un avión en vuelos nacionales. Así las compañías perderán una parte de la clientela, y entonces se molestarán en reclamarle al gobierno o a quien sea.
En el AVE se viaja mejor, más cómodo y con menos incordios en sentido general. Lo digo yo que llegué a Madrid al día siguiente en este tren.
No me importa el dinero. Aunque debía importarme.

martes, 24 de noviembre de 2009

El trago canalla



Dicen los vividores que no es bueno convocar al último trago, sino al penúltimo, ya que ese final no se sabe nunca dónde y con quién ocurrirá. Además, somos jóvenes, entendiendo la juventud como un estadio siempre abierto para compartir una copa en buena compañía. Entre músicos, artistas de la noche por fuerza mayor, los licores van y vienen con mucha facilidad. Por eso mismo ocurren ideas maravillosas no pocas ocasiones en estado de gracia.
En un disco de Concha Buika que acaba de salir hay varias líneas de conexión. La primera es el propio título, El último trago, tocando puertas al amplio mundo de la bohemia. Y luego hay otras, desde un tributo a Chavela Vargas por su larga e intensa vida de 90 años, hasta un callado homenaje –sin querer o queriendo- a Blanca Rosa Gil, la muñeca que canta, una de las voces más emblemáticas del bolero.
He buscado por todas partes y no encuentro una referencia explícita a Blanca Rosa, por mucho que, con solo remontar “Sombras”, la mente se nos vaya sin querer a la interpretación histriónica de la cubana, aquella hermosa mujer que no necesita lanzar zapatazos –como La Lupe- para impresionar. Su perfecta dicción y su desgarro fueron y son dos pilares del bolero.
El productor Javier Limón, revisionista donde los haya, parece que vio en Concha Buika la posibilidad de otorgarle a ciertos textos una categoría teatral –como mismo hacía Blanca Rosa-, pero esta vez con el flamenco encima, ya que Buika, negra de raíz, creció en los arrabales de Mallorca rodeada de gitanos. Y por eso mismo a todo le da ese aire sentido del cante jondo. Este disco de boleros y rancheras –con algún chachachá y algún guaguancó por el medio-, tiene la función de gustar o no gustar. Creo que no admitirá términos medios. Con un pianista acompañante como Chucho Valdés, cualquiera se acercará a ver qué hay. El problema estará en repetirlo muchas veces. La voz nasal de Buika, sus grandes agudos aflamencados, en fin, su dramatismo muy particular , son una rareza que podrían llevar al último o al penúltimo trago.
A Concha Buika le mueve el sentimiento, esto se nota a mil leguas. Su homosexualidad expuesta sin problemas en entrevistas televisivas entronca con las exigencias de un nuevo mundo, urgido de planteamientos sin tapujos y de aceptación por otra parte. (“Se me hizo fácil borrar de mi memoria a esa mujer a quien yo amaba tanto…”). El postmodernismo, no solo con la plástica, sino además, como se ve, en la música, le ha dado un vuelco a las maneras clásicas de interpretar las cosas, ha ensanchado los géneros y mezclado todo con los riesgos que esto conlleva. Este disco goza de un excelente acompañamiento orquestal que, solo por eso, vale la pena.
Ya Javier Limón probó enlazar el flamenco con el bolero, la copla y el son, en Lágrimas Negras, y aquí sigue por ese camino sumando las rancheras y el sentido teatral de una mujer. Dicen los vividores que segundas partes nunca fueron buenas. Pero hay que volver a intentarlo. Esa es la esencia de los atrevidos.

viernes, 13 de noviembre de 2009

El hombre del traje a rayas


Como si no hubiera pasado nada, como si no se hablara hoy del trauma del Muro de Berlín y nos levantáramos de la cama de un salto, felices por no tener prejuicios, dispuestos a llenar las calles de alegrías y las noches de placer. Con su auténtica sonrisa, la del pícaro, la del Lazarillo de Tormes que anda por todos sitios en España, con los ojos llenos de esperanza y unas palabras creíbles. Así apareció anoche Joaquín Sabina en el programa de entrevistas que realiza Juan Ramón Lucas en TVE.
Tranquilo, cómodo en una de esas sillas giratorias de plató. Complace verlo tan sencillo, con acento andaluz, pero no de Sevilla sino de Jaén, la tierra olvidada –junto a Extremadura- de esta península donde todos comemos aceitunas sin mayores sacrificios. Se le veía enamorado y, de hecho, no hizo más que repetir su estado de embriaguez por una mujer que es su novia –dijo- y es el puntal de su buen estado, de su renacer, de su vuelta a la vida más común.
Tener corazón de poeta lleva siempre implícito el riesgo de perderse dentro de uno mismo, porque al fin y al cabo todas las respuestas están dentro del propio bardo. No he conocido a uno que no haya hecho aguas alguna vez.
La vida de Sabina me parece tan larga como un folletín de amor redactado a la luz del público, de esos llenos de intrigas y subtramas. Claro que esto que digo es pura impresión creada a partir de las letras de sus canciones. Cuando lo tuve cerca, en una rueda de prensa en La Habana, le pregunté si sus historias eran vividas o contadas a él por otros. Me respondió –sin pensarlo, porque es un tipo muy rápido- que ojalá se hubiera tirado a todas esas mujeres.
Aquel concierto apoteósico que ofreció en el Karl Marx –teatro con mayor aforo de Cuba- en junio del 94 queda muy lejos en la memoria. Quince años es mucho tiempo. O poco, claro, porque el tiempo es relativo. Pero al que ha emigrado a los casi cuarenta y se ha tenido que movilizar a la carrera para ponerse al día, el tiempo se le echa encima como una planadora. Esto último sumado a que, cuando lo vi por primera vez, Sabina ya era un poeta hecho e izquierdo, con una obra suficientemente pesada –en el mejor sentido.
Era el Silvio Rodríguez que algunos quisimos tener: protestón, auténtico, risueño y jodedor. Tan profundo como Silvio pero más fácil de digerir. Con otra lírica, dirían los puristas. Me gusta comparar, a veces, para darme cuenta de lo sencillo que es el mundo. Sabina ya lo expresó sin que le quedara nada por dentro. “Esta boca es mía”.
Además de estar seguro de que un día iba a encontrarme por la calle a Serrat –algo que todavía no ha sucedido-, al emigrar a Barcelona tenía el convencimiento de que aquí todo el mundo conocía las canciones de Sabina, de que, al menos, lo adoraban. La realidad ha sido otra: apenas gusta al masivo público y por lo general cae mal. Sin ir más lejos: mi vecina no lo soporta.
A mí me cae bien y se lo he dicho a ella. Pero rápidamente hemos pasado a otro tema habiendo tantos en el ambiente. Ahora vivo en un país democrático de 40 millones de habitantes (no de once, como en la isla). Mi vecina, que a mí me cae estupendamente, no querría perder tiempo en enterarse de mis gustos estéticos ni de la base en que descansan.
Sabina confirmó anoche que su padre, un militar, tuvo que detenerlo en tiempos de Franco; luego Joaquín viajó a Londres con un pasaporte falso y allí, leyenda cierta, explicó, obtuvo una propina de uno de los Beatles. Después regresó a Madrid en plena “movida” y nadie le hacía caso. Hasta que saltó a la fama por sustitución y sus discos se vendieron solos. Hoy creo que la gente ha pasado un poco de él.
Yo no. Yo lo sigo venerando como un santo maldito, capaz de salir de una crisis depresiva provocada seguramente por la vida bohemia y la notoriedad. Pero él tenía ganas de vivir y el único salvamento posible fue levantarse un día de la cama, donde estuvo prácticamente postrado, contó ayer a cámara como si no pasara nada, sonriente, jugando con un sombrero de bombín que la producción del programa le había llevado como apoyatura del fetiche creado por él mismo.
Y no es comunista. Fue comunista contra Franco, lo que se aparta del sentido clásico de la interpretación de la política. Hay que puntualizar, pareció que dijo entre líneas. De Cuba parece ser que se llevó más de un disgusto al punto de escribir en una canción que allí no volvía más.
Yo lo comprendo y, por supuesto, lo perdono.


La foto de arriba es inédita (hasta ahora, claro). Durante la conferencia de prensa que tuvo lugar en la extinta Fundación Pablo Milanés, en junio de 1994, me dediqué a retratarlo con un teleobjetivo de 120 milímetros, mientras el hombre del traje a rayas hablaba plácidamente. Era su primera visita a Cuba, al menos oficialmente. Sabina volvió al año siguiente y, casualidades de la vida, me enviaron del periódico al aeropuerto, donde ya estaban esperándolo su amigo Pablo Milanés y la entonces primera secretaria de la Unión de Jóvenes Comunistas, Victoria Velázquez.

martes, 10 de noviembre de 2009

Nuestro muro sigue en pie



Viendo al mundo celebrar el vigésimo aniversario del derrumbe espontáneo del Muro de Berlín, es imposible para un cubano no guardar un minuto de silencio. Fuimos parte concreta de ese telón de acero y todavía seguimos sufriéndolo, como país aislado –y nunca mejor dicho- que ha quedado tristemente a merced de una dictadura devenida en dinastía, luego de medio siglo en el poder y habiendo afectado a por lo menos tres generaciones, a gente que hoy formamos parte de una diáspora que no ve salida posible a su problema. Triste realidad a la que no pocos políticos de este mundo se empeñan en dar la espalda.
Si hubiéramos tenido frontera terrestre, a la luz de aquellos acontecimientos berlineses de 1989, otro hubiera sido nuestro destino, por muy lejos que estábamos geográficamente del epicentro de los cambios que marcaron el fin de la guerra fría.
Se dice rápido, pero veinte años son muchos. Por ejemplo: en aquellos días me nació un medio hermano que hoy es un joven, un hombre, que, como la mayoría de los de su tiempo, solo piensa en abandonar el país de alguna manera. Recuerdo perfectamente cuando me dieron la noticia. Alguien interrumpió una clase de la Facultad de Periodismo para anunciar su nacimiento. Una llamada a un teléfono de la recepción entroncaba perfectamente con el alumbramiento de un nuevo mundo. Era el último descendiente de mi padre y será, a la vuelta del tiempo, el que menos secuelas lleve de esta larga dictadura sin parangón en la historia de la humanidad. Mi padre, a quien va dedicado este blog, murió sin poder dedicar un minuto de silencio en los veinte noviembres de la caída del Muro.
Dos años antes de que cayera el telón, en las calles cercanas de mi Facultad, un movimiento de artistas plásticos criticaba al régimen con performances y acciones artísticas para nosotros novedosas. Encadenamientos a los postes de la luz, críticas abiertas a la televisión, desmitificación de los héroes de la patria y emplazamiento directo a la prensa escrita, que hoy por hoy sigue siendo soporte propagandístico de un comunismo inexistente. Un profesor de la Facultad –exiliado más tarde en Miami- nos llevaba a ver los performances para luego discutirlos en clases. Método arbitrario que se salía de los planes de estudio y que nosotros disfrutábamos sin saber apenas nada de las consecuencias que podría acarrear al profesor.
También, por aquellos días –repito, dos años antes del derrumbe del telón de acero-, una función de teatro en una importantísima sala de La Habana nos citó para debatir la puesta, tanto artística como temáticamente. Se titulaba “La opinión pública” y hablaba, precisamente, de la censura periodística en un país europeo equis. El debate fue tan intenso que a los pocos días el Comité Central nos solicitó a cada año un cuestionario completo, aparentemente sin ambages, acerca de la opinión que teníamos del país y sus gobernantes. Mis recuerdos me indican que, al menos el grupo de primer año en el que yo estaba entonces, se movió con soltura, ingenuidad y sorpresa. Hubo censura en nuestros puntos, pero los de quinto año lograron subir al Comité Central lo que verdaderamente pensaban. Cuando las listas de preguntas –una verdadera catarsis nunca vista tan masivamente en los años de esa dictadura-llegaron a manos de los analistas del Departamento de Orientación Revolucionaria, algo importante debió suceder para que el jefe de esa área, Carlos Aldana, solicitara reunirse con nosotros en la sede de gobierno, en la Plaza de la Revolución.
Los registros personales ante la entrada a Palacio fueron tan exhaustivos que, al menos yo, comencé a sospechar que algo más grande estaría esperándonos adentro. Nos quitaron grabadoras de mano y cámaras de todo tipo que nos devolverían al final. Solo podíamos pasar una agenda y bolígrafos.
En efecto, cuando se levantó el telón, y una vez sentados todos en nuestros puestos, apareció Fidel Castro.
La historia de este encuentro de 1987 con los estudiantes de Periodismo es larga. Solo quiero apuntar que allí se le dijo a Castro en su cara todo cuanto pensaban los estudiantes de quinto año, desde que él promovía un culto a su personalidad, hasta poner en tela de juicio el llamado internacionalismo proletario, pasando, porque era la época de más auge, por la crítica descarnada al movimiento de microbrigadas que construían aquellos edificios horribles tipo soviet que están todavía en los perfiles de los barrios de Cuba.
Y la libertad de prensa, por supuesto, también se discutió.
Fidel Castro, atormentado e impotente, dio un puñetazo sobre la mesa llegado un momento en que los argumentos de su proyecto de gobierno se iban abajo. Él apenas habló durante el debate, pues en su lugar dejó a Carlos Aldana para que lo defendiera. Después del puñetazo, salió iracundo de la sala y dejó una mala impresión en el ambiente. Un golpe de efecto seguramente para lograr condescendencia hacia su persona. Un alumno de quinto año incluso lo había tuteado, algo jamás visto y que logró desmontar de cierta manera esa personalidad infranqueable, aterrorizante, del dictador.
Hubo un receso con una gran comilona, platos exquisitos que muchos allí presentes jamás habíamos probado. Durante ese intermedio, comenzaba el rumor de que algunas cabezas correrían después. Castro logró recomponerse y volvió al plenario, aguantándose la boca quizá para que las cabezas no rodaran allí mismo. De no haber regresado, nos habría dado simbólicamente la razón, que la teníamos.
Al día siguiente comenzaron unos juicios estudiantiles en los que se nos pedía a todos que hiciéramos una declaración de principios, para comenzar a depurar responsabilidades. Los de primer año caímos por fin en la cuenta de que las cosas no iban a cambiar y de que había que seguir allí, estudiando para sacarnos el título de licenciados.
Los de quinto se graduaron sin problemas, pero la respuesta del Comandante fue enviarlos a todos a emisoras de radios municipales de todo el país, pequeñas estaciones de baja potencia perdidas en sitios lejanos.

Veinte años más tarde

La historia, el paso del tiempo, colocó a Carlos Aldana, defenestrado, en un hotel o centro de ocio de la capital; los artistas plásticos rebeldes de la calle emigraron masivamente a México; el profesor que nos llevaba a ver los performances es hoy un columnista importante del Nuevo Herald, en Miami; el alumno que tuteó a Fidel Castro, emplazándolo, hoy es funcionario, director de Cultura de una provincia oriental de Cuba, lo que quiere decir que se retractó de alguna manera; una inmensa mayoría de mis compañeros de aula de primer año viven exiliados en Miami y otras partes del mundo; los de quinto año también andan dispersos por la geografía universal; Fidel Castro continúa dando órdenes, ahora detrás de la fachada de su hermano, y el mío, el que nació a la luz de los cambios del mapa geopolítico universal, sueña con marcharse del país, hecho ya un hombre.
La agenda donde tomé notas de la histórica reunión iba dentro de un bolso que un ciclista me arrebató poco tiempo después en la ciudad de Camagüey.
Todavía hay alguien dedicado a intimidarme en los comentarios de este blog.
De manera que nuestro muro, hay que decirlo, asumirlo, aún sigue ahí, como un dinosaurio.
Los políticos se hacen los de la vista perdida.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Evelina



Un barrio chino anda por ahí

Me apunté a la lista de invitados de Gloria Fuertes Band para que me avisen dónde se presentan, en qué escenario grande o pequeño de esta ciudad que se resiste, no sabemos por qué, a la música en directo. El directo suele ser el alma perdida que al final encuentra su camino, naturalmente, igual que en el teatro, si se diera el hecho de que coinciden al menos un actor, un espectador y un texto por el medio.
Luego, si hay más personas, como ocurrió anoche en el traspatio de La Bicicleta –a orillas de la Sagrada Familia-, se produce un espectáculo interactivo, relajado, cómodo de sentir. Es una banda de músicos muy jóvenes que suenan de maravilla en plan acústico, con textos originales, de estos tiempos, y una voz líder dulce (la Pili) que encaja bien con la atmósfera pop folk. El formato no deja de ser curioso, porque mantiene dos instrumentos melódicos en primera línea –un violín con mucho carácter y sabor, interpretado por una francesa, y una flauta que ayer no salió porque el ejecutante es un médico que estaba de guardia; autor de letras, también.
Por detrás, la base rítmica descansa en dos guitarras (la folk de Pili y la principal de Pablo, gallego, orquestador). Un cajón y bongós en manos de un venezolano que acaba de entrar en el equipo, y un bajo eléctrico a cargo de un uruguayo que improvisa voces más tarde, en la coda. Gente simpática, sonriente, ávida de actuar mientras transcurre una vida paralela que es la de la calle, la que nos toca de alguna manera a todos. Un compendio de nacionalidades y culturas locales coincidentes y no excluyentes, como el ya usual término de Barrio Chino que sustituye al de Torre de Babel. Por esto, y porque lo sentían de veras, no pasaron por alto celebrar los veinte años del derribo del muro de Berlín, con una canción.
Es una estampa de Europa –con asiento en Barcelona; aunque se resista al directo, no deja de ser moderna, cosmopolita ciudad-, estampa surgida en un café seguramente, en un bar con más posibilidades. Les atrajo el nombre de la poetisa madrileña de la postguerra (Gloria Fuertes), y de cierta manera le hacen honor. Hay humor, riesgo, atrevimiento en los textos de la banda.
No importa, como anoche, si las luces se cruzan malamente o si el espacio vital resulta corto y tumultuoso –chocaban los brazos de los instrumentos-; lo más necesario es que se produzca la música, y si no sale bien, volverla a hacer. Yo diría que hubo un single del concierto en la calidez de Evelina, una pieza evocadora que se hizo dos veces porque en la primera el bajo estaba desconectado. Cosas simpáticas, como gags, que ocurren en las mejores familias.


La gestión de Fabienne en La Bicicleta, calle Mallorca 434, va encaminada, supongo que intuitivamente, a promover los artistas emergetes.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Laboratorio de Miles Davis



Extrapolación cubana anoche en L’Auditori

Al pianista Omar Sosa, un camagüeyano adoptado en Barcelona por su manera muy particular de hacer jazz, le encargaron el primer capítulo del ciclo que aquí se elaboró sobre los cincuenta años del álbum King of Blues, del genial Miles Davis. Ya terminado, entre los nervios que provoca un reto así y la responsabilidad de presentar su trabajo en el 41 Festival de Jazz de la Voll-Damm, anoche estrenó su particular visión, variaciones digamos que muy personales de las piezas del álbum. Eso era lo que se quería. Los otros dos capítulos, a cargo de Chano Domínguez y del baterista Jimmy Cobb, único sobreviviente de la banda original reclutada por Davis, todavía están por salir en el momento de escribir estas notas.
Sosa entró de primero al escenario de la sala Oriol Martorell, en L’Auditori; santiguó el ámbito con una tela roja marcando un territorio de lado a lado de su piano, y arrancó las primeras notas al teclado, vestido de babalao, con zapatos rojos y gafas verdes. Luego fueron saliendo sus músicos hasta completar el sexteto. Sus variaciones, ciertamente, lo eran. Excepto la segunda pieza, que respetó bastante la lírica del blue, un llamado al alba, según dijo Sosa, lo otro se fue por caminos demasiados experimentales, para mi gusto. Muy poco de aire afrocubano –la etiqueta con la que Sosa se mueve-, y sí música electroacústica por los cuatro costados. “Interferencias” marcadas a propósito con un incalculable número de aparaticos electrónicos que descansaban no solo en el suelo, sino, además, encima del piano, en el lugar de las partituras.
Un paso más lejos, según dicen algunos críticos, de lo que se entiende por cubanía, Omar Sosa se mueve en círculos exquisitos del jazz, en festivales importantes. Es un músico universal que ha marcado su caché mostrando la simbiosis de la raíz afro con una Cuba "revolucionaria" que forma a sus talentos y luego los pierde total o parcialmente por querer controlarlos en cuerpo y alma, además de no pagarle, justamente, su verdadero caché. Sosa ahora es barcelonés, del Barrio Gótico, de los arrabales de la más antigua Europa. Verlo anoche me recordó –y no me gusta comparar por simple placer- a un Edesio Alejandro que también experimentó en La Habana con el sonido afroelectroacústico, igualmente vestido de babalao, pero Edesio es rubio de ojos azules, lo que lo hace aun más esperpéntico.
Todavía no entiendo por qué Sosa no incluye en su agrupación un set de percusión afrocubana. Lo eché en falta, lo sentí por detrás, en las interminables notas del baterista que parecía una máquina con sentimiento. Dafnis Prieto, cubano, fue la estrella del concierto, no el trompetista invitado Jerry González a quien se le vio en sombras y sin brillo, aun cuando el concierto se inspiraba en la trompeta con sordina, sobre todo, de Davis.
También sentí que el espectáculo cerró en falso. Hubo temas por el medio de mayor vuelo y emoción, en la hora y veinte que duró y que supo, sin ambages, a poco. El sexteto de Sosa incluye a otros dos cubanos: el trompetista Dennis Hernández (excelente su intervención con sordina) y el saxo alto y flautista Leandro Saint-Hill; además del saxo tenor Peter Apfelbaum, norteamericano, y el barcelonés Childo Tomas en el bajo eléctrico.
A mí me sobraron efectos electrónicos y me faltó ese toque afro que define a Sosa, pero, a fin de cuentas, esto que digo termina siendo subjetivo, ya que la música es un hecho abstracto. Producto de la abstracción –me gustaría que así fuera- me pareció sentir en una pieza llena de variaciones algún acorde de La amorosa guajira, el mítico tema del también camagüeyano Jorge González Ayué, compositor de una época ya lejana. Sería un lindo homenaje, de Camagüey a Barcelona, de la sencilla canción al experimento.
Omar Sosa dedicó su actuación de anoche a Bebo y Chucho Valdés, padre e hijo que acaban de obtener un Premio Grammy Latino en la categoría de mejor disco de jazz, por su álbum Juntos para siempre.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Gastronomía y disfraz



Tenemos un grupo muy curioso de amigos. Somos cinco parejas. Ellas, todas españolas. Ellos, todos extranjeros. Nos reunimos cuatro o cinco veces al año aunque vivimos en la misma ciudad. Una de las parejas ha tenido un hijo, y otra, dicen bocas extraoficiales, están al darnos la noticia.
Nos conocimos sumando gente, no fue de golpe.
Hay informáticos, maestros, comerciales y escritores.
La noche más reciente que nos vimos –no fue la última, eso está claro- ocurrió este fin de semana movidos por la fiesta de Halloween, un tema místico que, en principio, iba mucho más lejos del saber de muchos de nosotros. En Iberoamérica está entrando el asunto con pujanza, sumando pretextos de convocatoria para vernos las caras –o medias caras, por los disfraces-, y también impulsados por ese motor comercial tan nuestro y puntual.
Lo más interesante es que en Cataluña, donde vivimos, se mezclan perfiles no excluyentes, sumando estilos en lugar de suplantar uno por otro. La Castañada (o Castanyada, en idioma local) se celebra con vino de moscatel, panellets, boniato y castaña asados la víspera del día de los fieles difuntos. Halloween ha puesto el toque “terrorífico” del disfraz, el ambiente gótico de castillos endemoniados. O sea, otra película.
Ante la nota aclaratoria –en Facebook se convocó- de que todos, sin escusa, debíamos llevar al menos una pincelada de Halloween, mi mujer y yo corrimos a una tienda de disfraces y compramos solo un par de complementos, un tocado ligero que nos sirviera de salvoconducto para estar en el salón de encuentro. Uno interiormente se niega y termina sucumbiendo. Es más importante no perder las amistades, ya que la vida agitada que tenemos todos nos quita tiempo de estar.
Fuimos llegando al pase de lista. Era simpático reconocer a la gente detrás de un disfraz. No es solo cosa de niños. Nos abrazamos. Faltaba una pareja, la que debe anunciar en breve que viene un retoño en camino.
¿Cómo te ha ido en todo este tiempo? Aunque Facebook nos mantiene al tanto, la pregunta se hizo porque no es lo mismo el informativo virtual que el contacto directo. Las expresiones, el tacto, el tamaño del cabello. Cosas que cambian. O no.
Yo me sigo negando a comer un boniato de postre. Para mí sigue siendo una guarnición. Y como hay confianza no tuve que hacer el paripé. La noche se fue rápida, porque cuando hay mucho para hablar el paso de tiempo se acelera. Cóctel de bienvenida, revisión del vestuario, primer plato, segundo, postre de rigor, postre universal, café, copas, una foto para componer un collage (cortesía de Maricarmen Marcos), resumen de los despachos interpersonales, el bebé despierta y avisa la hora.
Taxi de vuelta a casa. Un conductor loco e imprudente que no tuvo noche de Halloween nos trajo con altanería. En el coche comprendimos, mi mujer y yo, que nos sobraba el disfraz de verbena, todavía enganchado en el cuerpo porque logramos integrarlo gracias a la buena calidad del ambiente.

viernes, 30 de octubre de 2009

La vista hace fe



Parece que soy una esponja. Hace unos días fui a un cumpleaños donde había un alto riesgo de contraer la gripe común propia de los cambios de estaciones. Lo sentí en el ambiente entonces y lo corroboré a las siguientes 48 horas. Me levanté con dolor de cabeza, tos, estado febril.
He pasado tres días metido en la cama temblando de frío, con un termómetro de mercurio instalado en las axilas, alternativamente, para controlar que la fiebre no subiera de 38. Pero el termómetro, según mi mujer, no era fiable. Dice ella que ya no los venden, que ahora son digitales y no contaminan el medio ambiente. No lo dudo, pero, contradije, toda la vida he usado los termómetros de mercurio, así que me fío de él.
Como no me levantaba de la cama, mi mujer llamó por teléfono a nuestro médico de cabecera, que es una doctora. Ésta pidió hablar conmigo:
-¿Cómo es la tos?
-Perruna, perruna.
-¿Con sangre?
-No.
-¿La fiebre ha pasado de 38?
-No. Según este termómetro, no.
-Por lo que me dices, no tienes la gripe A. Si te sube la fiebre, acude al médico. En recepción te dejo la receta de un jarabe para la tos.

Me quedé más tranquilo. Total, cuando alguien va a la consulta de su médico de cabecera, ni lo miran ni lo tocan. Los doctores están todo el tiempo rellenando una ficha en el ordenador. Son trabajadores de la salud puestos allí para tramitar recetas y visitas con los especialistas. Así que la consulta telefónica vino a ser casi igual. Y no tuve que moverme de la casa. Yo mismo me había suministrado paracetamol, abundante líquido y reposo antes de hablar con la doctora.
Esa misma tarde, mi mujer salió a recoger la receta y comprar naranjas para hacerme zumos naturales. Mientras tanto, me puse a mirar la prensa por internet y encontré un curioso caso. Una mujer de Barcelona se salvó de las consecuencias de un tumor de hipófisis gracias a un diagnóstico que le realizó una doctora en un viaje ordinario de autobús. Sin conocerla, la médico le extendió un papel en el que le indicaba unas pruebas. La mujer guardó el “recado” en el bolso, no exenta de asombro. Sin saber si se trataba de una adivinadora o de una especialista, decidió explorarse y el resultado dio positivo. Tenía un tumor. Luego de operada, sana y salvada, envió un mensaje a su ángel de la guarda a través de un periódico. Esta historia ponía de relieve la importancia de los diagnósticos puntuales.
(léase el caso completo aquí).
Mi mujer entró por la puerta cargada de bolsas. Sobre todo, traía naranjas. Había pasado por la farmacia para comprar el jarabe. Yo seguía igual, metido debajo del edredón de entretiempos, con la nariz roja y la barba crecida. En fin, con un aspecto feo y desaliñado.
-Mira lo que traigo aquí-me dijo tratando de pescar algo dentro de una de las bolsas. Cuando lo consiguió, saltó a la vista una caja rectangular con aspecto farmacéutico.
-¿Qué es eso?-pregunté.
-Un termómetro digital. Esto es más exacto y, además, te avisa con un pitido cuando debes retirarlo. A ver, levanta el brazo…

viernes, 23 de octubre de 2009

Fátima, ese candor en la mirada



Hubo un tiempo poblado de caprichos y malas sañas. Fueron años –no es poca cosa-, en los que brotó el rencor entre los vecinos, los mismos que se enfadaban si no bajábamos a tomar café recién hecho. No era culpa nuestra la mala comunicación (gritos, manguerazos, insultos y hasta una hoja de puñal agitada al vacío). La culpa la tuvo el Estado, ese gobierno que teníamos (todavía los que siguen ahí lo tienen) que nos obligó a criar cerdos en los patios traseros, en las azoteas y en las bañaderas de uso personal.
Yo no llegué a tanto; quiero decir, que no llegué a criar un cerdo en ningún lado, pero mis vecinos sí. El único alivio que tuve durante aquellos desgraciados años fue una obra de teatro que se encargó de contar lo que nos estaba pasando. En ella me sentí representado, reconocido por un ente público que, con mucha osadía, criticaba el salvajismo oficial. A nadie se le ocurriría criar ganado porcino en el centro de la capital, pues, locura aparte del criador, las autoridades le pondrían una multa por vandalismo sanitario.
En Cuba hay que decir que ocurrió todo lo contrario. El gobierno incentivó la cría de cerdos y, por consiguiente, el odio, la traición, el crimen entre vecinos.
En aquella época, mi vecina de al lado bautizó con el nombre de Fátima a una cerdita que tenía. Quiso darle el nombre de un personaje de la telenovela que paralizaba el país a las nueve y media de la noche. Nada que ver el personaje con el animal. Fátima, en la telenovela brasileña “Vale todo”, era una joven mujer luchadora por los derechos ciudadanos; luchaba contra la corrupción del gobierno, contra los malos tratos en sentido general. Lo que pasaba en nuestro país a principios de los 90 –y antes y después- era que se bautizaba lo más querido o lo más odiado con el nombre del protagonista de la teleserie brasileña de turno.
(De ahí el nombre de los catarros de época: Leoncio, por ejemplo).
Con el tiempo, Fátima, la de al lado de mi casa, fue creciendo y su familia se encariñó con ella. Incluso yo, que sufría sus irritantes chillidos a las seis de la mañana. Era bicolor, medio rubia y medio morena. Tenía una expresión tierna en la mirada, como si te agradeciera ese plato de comida que no tirabas a la basura pensando en ella, la pobre, criada entre rejas en un sótano húmedo. Aunque después la odiabas, cuando te despertaba antes de tiempo y recordabas, entre sábanas mojadas por el sudor, que vivías en un barrio alto. Lo que fue un barrio alto, porque con ese gobierno los límites se perdieron incluso a niveles zoológicos.
El día que la mataron todavía estaba en pantalla “Vale todo”. Las novelas brasileñas –en Cuba se denomina novela a los culebrones de la tele- duraban casi medio año. Eran el aliento perdido en medio de tanta desesperación. Eran el canal de reconciliación entre hombres y mujeres, incluso entre vecinos.
Fátima lloró de dolor hasta que sus fuerzas se agotaron del todo. Los propietarios nos habían avisado para si queríamos estar presente en el sacrificio. Yo dije que tenía una reunión en mi trabajo a esa hora. Era mentira, estaba en casa escribiendo para el periódico como siempre hacía por la mañana. Los gritos se escucharon a través de las ventanas cerradas. Yo me había trasladado con la máquina de escribir para la otra punta de la casa, la más alejada de la escena. Aun así, mientras tecleaba una reseña teatral sobre una obra que había visto en esos días, Fátima se fue al otro mundo. Contaba con la alegría que debía haberme dado su desaparición, pero no contaba con que me influiría más el recuerdo de sus ojos agradecidos.
Debí estar enloqueciendo. Y luego fue peor porque la serie continuaba en el aire recordándome, por asociación de ideas, los gritos matutinos de la última vez que la sentí allí al lado, enclaustrada, la pobre, en la antigua caseta que había en el jardín lateral de la casa y que fue concebida para un perro guardián.



La actriz que encarnaba a Fátima en Vale todo era Gloria Pires, arriba en la foto. Dentro de un par de meses estrenarán una película sobre la vida del presidente brasileño en la que ella actúa en uno de los papeles principales. Ya no hace de joven mujer, sino de la madre de Lula. El tiempo pasa.

martes, 20 de octubre de 2009

Polly and Lempika



Como un happening que nadie se espera –valga la redundancia-, salió una voz del fondo ejerciendo todo su derecho. Sí, ella estaba allí; estaba en su habitación de atrás del corredor, estaba allí incluso antes que todos nosotros.
La anciana rompió la intimidad del lugar presentándose a sí misma. Se llama Polly. Tiene unos ochenta años y una memoria espectacular. Su vida ha transcurrido una parte en La Habana y otra en España, península donde nació y a donde regresó a morir. La gente ya no es como antes, dice. La gente ya no habla como antes.
Polly lleva unas gafas graduadas enormes, un pañuelo atado debajo del mentón, gigantes asentaderas y unos zapatos de antaño. Su cuerpo escorado descansa en la rigidez de un bastón de madera. Primero se alarma de lo destruida que está La Habana, según le han dicho, y luego cambia bruscamente hacia la deconstrucción del idioma, impregnado de anglicismos. Polly los colecciona, los suelta de carretilla mientras la gente que estaba tomando una copa y conversando en la penumbra del salón no sale del asombro. Esa señora se ha robado la atención.
Dentro de Polly hay un actor. Juan Carlos Rod es delgado cuando no representa a Polly; es, digamos, la antítesis de ella. Así que requiere falsear la voz, armarse con una estructura de varillas y untarse medio kilo de maquillaje. Tiene que doblar sus vértebras lumbares y mantenerse así hasta que Polly se marcha a su habitación. Cuando lleva a cuestas a la anciana nadie logra reconocerlo.
Hace una buena caracterización.
Desde la última fila, Alejandro lo observa atentamente. Piensa que cuando haya acabado el happening tendrá a Juan Carlos tomándose un ron en el patio de butacas. Alejandro lleva ese local con suma dedicación. Es un sitio alternativo dentro de El Raval, la zona sin dudas más mestiza, intrincada y oscura de Barcelona. Su público, sin embargo, no es del barrio; Alejandro se vale de los “niños” bien de los barrios altos, de los que viven en las márgenes de ese perímetro urbano que ofrece sexo, drogas, cervezas y miradas frías en las esquinas. También Alejandro es anfitrión de muchos extranjeros europeos que pasan en Barcelona una temporada. Es excelente anfitrión, diligente, conocedor de la coctelería tradicional e inventor de combinados.
Ofrece un salón ecléctico, lleno de tarecos que sugieren la utilería de un teatro, la ambientación de una puesta que siempre está en cartel. Cosas antiguas, desalojadas de otro tiempo o de un pasado que insinúa haber sido bueno, no mejor. Alejandro es cubano. Su acento no lo delata. Esto hay que averiguarlo pero ya lo digo aquí. A las nueve de la noche abre las puertas del Lempika, un nombre que viene de las artes plásticas y el diseño. Alejandro es postmoderno. Bueno, no hay que ser absoluto. Su bar/teatro seguro que lo es.



“¿Lluspiquinglis?”, un monólogo del también cubano Juan Carlos Rod. Mañana miércoles última función en el Lempika, en la calle Carretas 18, El Raval. Entrada libre.

domingo, 18 de octubre de 2009

Los justos van al cielo



Un emigrante nigeriano –inmigrante, diría la prensa regional y la nacional- entró a una sucursal bancaria para utilizar el cajero automático. Cuando iba a colocar la tarjeta de débito en la ranura correspondiente, vio que en la ranura por donde sale el dinero había un paquete de billetes. Lo retiró y, alarmado, contó 800 euros.
Si el hombre tiene trabajo en España, esa cantidad correspondería a un salario normal y corriente, una mesada que para él significaría una fortuna. Sin pensarlo dos veces, salió a la calle porque la oficina donde utilizó el cajero estaba cerrada. Era sábado, un sábado apacible de comienzos de otoño.
Se dirigió caminando a la comisaría más cercana de la localidad de Manresa, en el interior de la geografía catalana. Allí se presentó con el fajo de billetes y narró lo ocurrido, agregando que su religión no le permitía apoderarse de algo ajeno.
Paralelamente, en la ciudad de Barcelona, un periodista de La Vanguardia está apostado en la recepción de un hotel céntrico. Su objetivo es entrevistar a la mujer asturiana que, horas antes, había recibido el más reciente Premio Planeta de novela, dotando con unos 600 mil euros. La escritora, bella y discreta, baja de sus aposentos y se coloca en un sofá azul para ser entrevistada, como si el mueble fuera un inmenso mar tranquilo por donde navega la búsqueda de la felicidad.
Su novela recoge la historia de una mujer caboverdiana que llegó a Asturias para trabajar en el servicio doméstico. Planchar, lavar, cuidar a unos niños, en fin, hacerle la vida más cómoda y llevadera a una familia española carente de tiempo para esas cosas. Con el dinero de su trabajo, la asistenta del hogar sacará adelante a sus hijos que están lejos, les pagará sus estudios.
Según la ganadora del Planeta, quien no escribía una novela en mucho tiempo, el espíritu y la fuerza de su empleada doméstica, su biografía marcada por los abusos de toda índole, le van tejiendo un argumento en la cabeza hasta que, con la autorización de la emigrante –inmigrante, vista por la prensa española- construye un texto novelado y lo presenta a concurso. Es por ello que el dinero del Planeta se repartirá con la dueña de la historia, aseguró la esbelta mujer laureada.
Habría que entrevistar ahora a la mujer de Cabo Verde para ver qué piensa de todo esto. Ella se marchó a Portugal y allí se volvió a colocar como “chacha”, en un país que habla su propia lengua.
Yo en su lugar no daría entrevistas y no contaría a nadie lejano qué va a hacer con el dinero, al igual que ha hecho el joven de Nigeria que no buscó publicidad y entregó silenciosamente en comisaría lo que no es suyo. Aunque al final siempre hay un periodista por ahí que encuentra la noticia. Lo más asombroso de estas “pinceladas” ocurridas este fin de semana es que la ganadora del Planeta haya decidido compartir el metálico premio, aunque no ha dicho el porcentaje de la repartición. Yo ella hubiera hecho lo mismo. No estaría con la conciencia tranquila el resto de mi vida.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Tres horas con Juan Carlos Rod



Entró en mi casa con una botella de cava fría. La traía extendida como si el continente resumiera un sinfín de explicaciones de lo que ha pasado en todo este tiempo.
Los dos sabemos que el marasmo vivido en años de exilio es inenarrable en tres horas, cuatro, diez, y que la otra parte de la historia –los momentos de gloria- la pondríamos con fluidez sobre una mesa mientras cayera la noche. El agasajo de la bebida catalana cerraba una temporada a la que parece estamos predestinados. De una parte, emigrar nos enseña a retirarnos del cuerpo la falsa señal de que todo anda bien, de que somos inquebrantables, criaturas divinas y superiores. De otra, estar aquí nos obliga a reaccionar ante el inevitable paso del tiempo, algo que en nuestra querida isla funcionaba como una vida paralela, huidiza, abstracta y muchas veces renegada.
Emigrar es un cursillo acelerado en el que se tantea –o no- el uso óptimo de nuestro lugar en el espacio. Y la gran mayoría de las veces nos vemos obligados a reciclarnos para solventar este dilema.
Juan Carlos Rod, el que acababa de entrar con la botella de cristal a prueba de balas, es un magnífico actor de carácter que, como hizo este que escribe, lo dejó todo sin pensar en las consecuencias. Y, también como este servidor, no se arrepiente de nada. Sus días en Teatro Estudio, bajo la tutela de los hermanos Raquel y Vicente Revuelta, indiscutibles maestros, pasaron como un álbum de fotos después del café, abierto el cava helado y servido como se debe en copas de media caña. Estuvimos tres horas hojeando el material y revisando el texto, como hace un buen intérprete en sus períodos de estudio, sin perturbarse pero sin dejar a un lado la emoción.
El texto no era otro que la palabra viva, la cita oral de todo o casi todo cuanto vivimos en ese mundo de las tablas que ahora nos quedaba tan lejano en el espacio. Los festivales de Camagüey, los de Santa Clara, los estrenos de cada agrupación de puntera que tenían unos actores con nombres y apellidos. Juan Carlos Rod sabía cómo eran por dentro esos nombres y yo tenía claro lo que se veía en el escenario.
También repasamos nuestras vidas en Barcelona, porque aquí coincidimos seis años después de cohabitar la ciudad y no saber que estábamos tan cerca. Él, una parte del tiempo, en una envasadora de pescados, y yo, paralelamente, en una tienda de electrodomésticos jugando a ser un actor, con la sonrisa histriónica para vender más y mejor. Y así pasaron los días hasta que nos vimos a propósito del teatro. El teatro y siempre el teatro.
Él no se deja llevar por la corriente. Se busca y se encuentra, que es lo ideal. Se cierra un ciclo justamente con esa palabra en cartelera, porque, junto con sus antiguos compañeros de promoción, suben a las tablas el filosófico texto de Eleuterio González. En esos momentos ya él andaba buscando espacios en bares y locales de fiestas de la gran urbe catalana, se había reciclado, otra vez, y había vuelto de un viaje por carreteras secundarias. Ostenta la memoria como un arma eficaz y de ella se vale en todo momento. Se recuesta a la silla de la terraza con un puro encendido dándole vueltas con los dedos y persiguiendo el hilo de humo, observando cómo avanza gloriosa la brasa redonda. Señal de que el tiempo pasa.
Brindamos a cada momento, por una cosa y por otra, por viejos amigos, por nombres casi sagrados. Raquel Revuelta murió, su maestra y curadora, la que apenas lo dejaba ejercer en otros canales. Vicente continúa el curso de los años en su apartamento del Vedado, alejado de los escenarios, yendo al cine los domingos como un ser anónimo que jamás fue ni será. Pasamos lista y volvemos a brindar, por los presentes y los que no. Muchos se han ido de la isla. Demasiados. Estamos en todas partes. Algunos han muerto y otros, literalmente, se han suicidado.
Hay que dar gracias a la vida, ahora sin Mercedes Sosa que es otra que recién entró en el panteón de los indígenas de Tucumán. Hay que reírse un poco, sacar fuerzas para volver al ruedo a la mañana siguiente. Es una lástima que la noche, como una obra que nos ha mantenido expectantes, tenga final.


Nota: Juan Carlos Rod se presenta hoy y el próximo miércoles 21 en la trastienda del bar Lempika, en la calle Carretas 18, en el Raval. Sube a escena su monólogo de la abuela Polly, sobre el uso de anglicismos en el español contemporáneo. Entrada libre, a las 22:00. La foto de arriba corresponde a la puesta de “Ciclos”.

domingo, 11 de octubre de 2009

Whatever Works


Nunca es tarde
Después de ver "Vicky/ Cristina/ Barcelona" pensé que yo no vivía en esta ciudad, o, de lo contrario, que el genial Woody Allen había rodado en otra parte. Entonces me sentí engañado, timado por un talentoso director que sabe captar las “atmósferas” mejor que nadie. Le dije adiós, sin más.
Pero me reconcilié.
Este año realizó una fabulosa historia neoyorkina que acabo de ver ayer sábado, desgraciadamente, y por vagancia, en una sala que solo proyecta copias dobladas. Aún así, salí del cine con ese buen sabor de boca que dejan las cintas inteligentes de Allen.
Aunque parezca más de lo mismo –de cierta manera lo es-, el sentido del humor de sus filmes neoyorkinos está muy bien construido y siempre nos dejamos llevar; incluso, por un tipo tan insoportable como es el nihilista que protagoniza "Whatever Works". Un tipo desgraciado por su inadaptación al medio social. Un tipo incluso comunista, incluso en estos tiempos. Desagradable, ríspido, procaz. Un tipo que le habla a la cámara como burlándose del último fantasma que anda por ahí. Ah, pero Woody Allen sabe envolver al espectador y mostrar la psicología de sus personajes sin que esto parezca una hazaña.
Más de lo mismo porque, al igual que en “Melinda and Melinda”, la historia parte de una mesa redonda donde se discuten asuntos coloquiales. También porque vuelve a utilizar el recurso del cine dentro del cine, porque Allen repite hasta el cansancio su interés en exponer la doble moral, pero –será con los años- ya no utiliza esos enormes planos secuencias de los interiores de las viviendas, de los que se valía para dar una perspectiva más íntima y teatral. Aunque, si nos fijamos bien, en "Whatever Works" hay cierto aliento del cine documental.
Otra vez Nueva York y otra vez la “captura” de excelentes locaciones que nos dejan ver la ciudad sin abrir demasiado el encuadre. Y de nuevo un exquisito reparto. Esos actores que encajan tan bien con sus personajes y que muchas veces nos dan la impresión de que su mundo ideal es el teatro, ya sea por el trabajo de dirección o por la madera de ellos mismos.
Jamás olvidaré esa pareja imposible construida por Allen, ese destartalado hombre senil (Larry David) y esa bellísima ninfa que parece no haber salido aún de la pubertad (Evan Rachel Wood), y sus excelentes diálogos, claro.
Incluso el director se permite textos tan de comedia de cabaret -"Dios es gay”- mezclados con otros tan exquisitos como “pareces sacada de una novela de Faulkner”. Y la mención a Obama, a la crisis económica, por aquello del tono documental. Funciona todo muy bien.
Luego, la cinta incorpora un menàge a trois, un ligue homosexual y un encuentro divino con el más allá en nombre del amor. Una serie de personajes pintorescos, anormales que, gracias al discurso resolutivo y el buen ensamblaje de Woody Allen, vemos que esos personajes están en todas partes, o por lo menos pueden estar.
Confieso sin que me quede nada por dentro –¡qué pretencioso soy!- que prefiero mil veces las tomas del barrio chino, de las pescaderías a pie de calle de Nueva York que las especulaciones de este mismo director en los emplazamientos de la cámara en Barcelona.
Y, bueno, de la comparación entre las historias que narran las dos películas mejor ni hablar.
Con Allen, ya está dicho, prefiero quedarme en Manhattan.



Nota: Siempre espero algo más de los inexplicables títulos comerciales en España. A esta película le pusieron “Si la cosa funciona”. Coloquial, pero cursi.


jueves, 8 de octubre de 2009

La última vez que lo vi



Viajaba por la zona del puerto de La Habana en un automóvil del periódico cuando nos cruzó un ciclista. Nuestro carro estaba detenido en un intercambiador de vías de tren desahuciadas. El hombre superó los raíles rebotando sobre una bicicleta china, que eran las que había entonces.
Tengo la mala costumbre –según mi mujer- de mirarlo todo. Así que, cuando pasó delante del parabrisas, dejé lo que leía y alcé la barbilla. Lo vi sin que me viera, como quien está sentado en un palco guarnecido por la circunstancia del espectador.
Era él, sudado como cualquiera de los ciclistas de la ciudad y, como todos, llevaba una mochila llena de cosas.
El semáforo parecía atascarse, o tal vez la dilatación del tiempo fue un instinto de seguir al ciclista con los ojos hasta que se perdiera entre los camiones del puerto, el hollín, la grasa y el arcoíris a contraluz que proyectan los restos de combustible en el asfalto.
Mientras lo estudiaba, pensé que podíamos haberlo llevado si nuestro automóvil tuviera un maletero más grande para la bicicleta. Me pareció surrealista que un profesional de esa talla anduviera en medio del tráfico de la zona del puerto maniobrando sobre dos ruedas, porque sabía muy bien que él no estaba haciendo deporte, sino que iba para su trabajo, desde Mantilla hasta el Vedado, unos diez kilómetros, aunque quizá pueda exagerar.
Era él, Leonardo Padura, escritor prolífico de sagas policíacas, un ejemplo del periodismo de investigación de aquel momento y, además, hizo de oponente en la discusión de mi tesis de grado, algo así como un fiscal en un juicio.
Todos íbamos en bicicleta. Cuando el automóvil del periódico me dejara en la redacción, me esperaba un ciclo igual que el que llevaba mi insigne colega. Bueno, no debemos exagerar. No todos íbamos en bicicleta, pero a Padura no sé por qué nunca lo había imaginado pedaleando.
Años después supe que el gobierno le había dado la posibilidad de comprar un coche, como se llama en España un vehículo automotor de cuatro ruedas de tamaño medio. Sin embargo, aquella fue la última vez que lo vi, así, como el más común de los ordinarios ciclistas de la ciudad.
En estos días estuvo en Madrid, promoviendo su más reciente investigación literaria –le encanta la novela histórica-, un libro que intenta descubrir la trama que fabricó Stalin para asesinar a Trotsky en México. El periódico El País le ofreció un espacio para responder preguntas de los lectores casi en tiempo real. Vi que esa era mi oportunidad para preguntarle si el personaje de su saga policíaca Mario Conde tiene algo que ver con el ex banquero/ex convicto español. Y, por supuesto, le lancé la interrogante. Pero Padura no me respondió. O el sistema de la versión digital de El País no pasó mi duda. No sé.
Espero que la vida nos ponga cara a cara alguna otra vez. Se lo preguntaré. Mientras tanto, le deseo éxito con su nuevo título. Padura es uno de los intelectuales cubanos que ha preferido quedarse a vivir en la isla, mientras otros, tal vez demasiados, nos marchamos de allí prácticamente sin mirar atrás. Por lo menos a este servidor, la bicicleta, el hastío, la falta de perspectivas, de libertad de palabras y la alimentación básica se le hacían una cuesta arriba.