domingo, 7 de septiembre de 2008

Ike, no te empeñes…



Después de varios días intentando comunicarme con mi madre que está en La Habana, su voz apareció muy a lo lejos en el auricular del teléfono.
-Mijo, ya me extrañaba que no me hicieras una llamadita-me reprochó acostumbrada a que desde aquí se origine el contacto.
-Llevo días marcando tu número-respondí un poco cabreado y preocupado por su suerte, luego de que el ciclón Gustav atravesara la isla por la parte occidental y desconectara todo tipo de cables de electricidad y enlaces.
Hace unos pocos años, mi madre permutó nuestra casa de toda la vida –construida por su familia con fuertes muros de ladrillos- por un piso horroroso en uno de los edificios tipo Girón, cuyo sistema constructivo nos legaron nuestros hermanos del Consejos de Ayuda Mutua Económica del antiguo campo socialista. Ahora vive encaramada en una mole prefabricada prácticamente sin ventanas o, en su defecto, con las ventanas remendadas. Sopla el viento en su casa como si ese enemigo invisible se originara en las entrañas de las cuatro paredes que cambió mi madre, un trueque mal hecho y sin sentido. Porque la urgencia por mejorar en la estancada Cuba lleva a mucha gente a perder la cabeza muy a menudo.
-Es la primera vez que paso un ciclón aquí-continuó hablando entre el garrasposo sonido de la línea telefónica-¡Y me da un miedo tremendo!
Mi madre se ha quedado sola.
En épocas de huracanes, yo aseguraba las ventanas, la tapa del tanque de agua y nuestra mata de aguacates. Esta semana no estaré, pero tampoco nos queda un patio ni aguacates colgando de un árbol legendario. No nos queda más que el recuerdo de aquellos días en los que suponíamos que, con el tiempo, las cosas irían a mejor.
Según las noticias ofrecidas por los telediarios españoles, esta noche comienza el barrido de este a oeste que realizará otro ciclón, el Ike, por lo que, a mediados de semana, estará mortificando las ventanas de aluminio de mi madre, colándose como agua impertinente en el interior de su alma.
Solo te pido, Ike, que modifiques tu ruta y que no dañes a nadie. Que desaparezcas, que te enfríes, que te evapores, porque a día de hoy ya te convertiste en noticia.
No castigues a mi país, que ya bastante tenemos con el legado desastroso de nuestros hermanos marxistas, quienes se empeñaron en sovietizar esa parte del Caribe por donde andas ahora.
Vete lejos, Ike, y no vuelvas, ni tú ni tus primos ni alguien que se parezca. Te estaré vigilando.
Nadie en este mundo te necesita.
O sí, alguien sí.
Quise decir ningún país.