martes, 20 de noviembre de 2007

Cuéntame cómo pasó (II)



Esta es la historia de mi paso por la vida de otro Jaime, al final de su carrera por alcanzar los rayos del sol. Tripulaba una silla de ruedas de aire comprimido, sin mandos mecánicos excepto las palancas de frenos. Manejaba perfectamente los mandos a distancia, a viva voz, gritando en muchas ocasiones las órdenes. Era un anciano con aspecto de duque bien peinado, oloroso a afeites matinales que hacían un recordatorio a que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Vivió demasiados años para el final elucubrado de un importante hombre de negocios, aspirante a permanecer siempre entre paños planchados con calma, almidonados en los puños y en el cuello. Al arribar a sus 92 abriles, el almidón había desaparecido de los vestidores de su casa y quedaba solamente en la reserva de la despensa. Aun así, la señora de la limpieza y encargada de abastos generales procuraba mantener la estética de los años 60 del ambiente barcelonés de alcurnia. Jaime tenía en su reino otra empleada para su cuidado personal, la que lo levantaba en peso para meterlo en el cuarto de baño.
En su casa se resumían dos promociones de emigrantes toda vez que la encargada principal era una andaluza sesentona que llegó aquí para trabajar en las oleadas de braceros de los tiempos franquistas, y la otra suplementaria era una boliviana de espaldas anchas recién aparecida, capaz de elevar a un toro por los cuernos. Yo entroncaba en la segunda etapa, como socorrista temporero que localizaba cada medio día los bancos soleados del Paseo de Sant Gervasi.
Jaime era amante del sol. Dialogaba con el astro de cara a él, en silencio total, con unas gafas oscuras de vidrio auténtico, queriendo ascender –como Remedios La Bella- hasta las capas más lejanas del espacio azul e infinito. Pocas veces abría la boca. Llegó a confesarme que la vida no vale nada para vivirla en soledad, y que por tal motivo se quería morir. Era un caso atípico de ser matrimonial que sobrevivió varios años la ausencia de mujer. Todavía en el buzón de su casa estaba el nombre de su cónyuge porque, supongo, nunca aceptó su partida. Es por ello que, a pesar de toda la infraestructura creada por sus hijos para garantizarle una calidad de vida mejor, su mente sucumbía invariablemente ante el recuerdo. Vivía en otra época. Firmaba cheques todavía, con una letra inquieta cada vez más indescifrable por el banco.
A mí me contrató para salir cada día a la calle, una hora solamente. Vivimos unos meses transitorios entre el invierno y la primavera, pasando por delante de las mismas personas que lo habían visto apagarse. Lo primero que me preguntó, por teléfono, fue que si yo sabía conducir correctamente una silla de ruedas. Esa hora que estábamos juntos llegó a multiplicarse con el paso del tiempo, debido a charlas más profundas que debo adjudicar únicamente al sol. Esa fuente de luz y calor le sacaba el verbo escondido, hasta el punto de que me animé para proponerle una entrevista de personalidad. Me dijo que no. Entonces capté la idea de que debía tomar notas en la mente.
Su aspecto era legendario, pero, tanto las mujeres de servicio como yo, sabíamos que estábamos echando una partida mortal.
Jaime había sido el responsable de que en este país se vieran de manera ininterrumpida las grandes películas americanas, incluyendo a Latinoamérica. Fue el representante de una de las grandes distribuidoras del mundo. Conoció perfectamente la censura del celuloide en España, y la aceptó como medio natural del franquismo, porque, me dijo varias veces, Franco fue un ser providencial. Su nombre, el de Jaime, aparece en los recuentos de la historia de la cinematografía ibérica, como distribuidor y mecenas de un tiempo diezmado por la dictadura. Pero a él, como a otros hombres de negocios, le fue bien. Poco antes de morirse en mis manos, me enseñó un papel amarillo, acuñado con tinta china, que decía que le conmutaban la pena de muerte por falangista. Según me contó en las alturas de un parque tranquilo de Barcelona, estuvo preso por los rojos en un barco fondeado en el puerto, una especie de corredor de fusilamientos del que salió para un juicio rápido que falló a su favor. Leyendo el acta escrita por un estado de emergencias, pensé que tal vez España se hubiera quedado sin las películas de Cantiflas, de María Félix. Jaime no accedió nunca a ponerse delante de una grabadora de voz, por mucho que insistí y hasta rogué que me dejara ejercer entre bambalinas. Yo suponía que su insistencia en querer morir por aquellos días era una estrategia propia de un anciano, algo más de los chantajes afectivos que me hacían todos de una u otra manera. Pero no. De un día para otro dejó de comer y se fue apagando su escasa voz. Llegaron dos enfermeras de un grupo de asistencia a domicilio para pacientes terminales e indicaron inyectarle cloruro mórfico al 2 por ciento cada ocho horas y una ampolla de escopolamina cada 4. Ese mismo día, a la espera de la llegada de sus hijos, vio como último fotograma de su vida la imagen de una boliviana enorme y un cubano tragando en seco la impotencia que causa una muerte contada por el segundero de un reloj.
Al día siguiente leí la esquela de La Vanguardia, confeccionada por sus vástagos, quienes tuvieron el detalle de incluir los nombres de las dos mujeres que conservaron al anciano con los paños tibios hasta el final de la epopeya.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola!!! Jorge.
Este es otro de los relatos maravillosos. LLenos de ternura y con el toque de una buena pluma. Saludos, Eduardo.
PD.Salon del Libro en Barcelona 21 al 25 Nov. Feria de BCN. es una oportunidad para sondear Editoriales.

Jinetero… ¿y qué? dijo...

Me ha gustado mucho esta serie de posts.

Gracias

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