lunes, 29 de junio de 2009

El trasvase de poderes



Durante una cena internacional en casa de unos amigos, el sábado pasado, cayó la pregunta que siempre me hacen para entablar una conversación.
Salí a fumar al balcón y me encontré a un argentino que ya estaba allí echando humo. No tardó en lanzar la interrogante:
-¿Cómo va Cuba?
Cuando me proyectan ese dardo inevitablemente tengo que tomar aliento para contestar. Creo que fuera de la isla las noticias están servidas, pero, claro, entiendo a las personas que quieren escuchar un testimonio de primera mano, o, aunque le digan lo que se sabe, siempre el interlocutor capta en la mirada un complemento noticioso. Capta eso que no se ve en los telediarios, la desesperación girando alrededor de las pupilas y la boca torcida indicando compasión.
No. La pregunta no es vacua. Todavía hay gente que cree que con Raúl Castro las cosas pueden cambiar. Y esa es una ilusión lógica provocada por el optimismo. Los cubanos, sin embargo, estamos cansados de soñar con los cambios, y los que pudimos salir del territorio nacional, en una primera etapa nos ocupamos de encaminarnos para optimizar –¿esta palabra tendrá algo que ver con el optimismo?- el tiempo de vida restante, que, en no pocos casos, no es toda una vida.
En una segunda etapa, nos dedicamos a mantenernos sobre la base de los logros alcanzados –no encontré otra manera de decirlo ahora, aunque la frase parezca sacada de un panfleto comunista-, y de vez en cuando nos asomamos a la ventana para ver qué está pasando allá adentro; o sea, en Cuba.
En una tercera etapa, a la cual no he arribado aún, comenzamos a pensar en planes de pensiones, viajes subvencionados en autocares, así como en la casita en el campo donde, si no tienes la suerte de poseer una personalidad atractiva, nadie te va a visitar.
Cuando me lanzan la flecha en una terraza después de los postres, la palabra que me viene a la cabeza es dinastía. No hay otra más esclarecedora para significar el medio siglo que llevamos arrastrando la misma familia en el poder. Bueno, yo llevo menos tiempo en eso porque durante algunos años me creí que estaba bien ubicado. Porque no conocía otra cosa, claro.
Así que, a mi acompañante del círculo de fumadores, le respondí con una sola palabra.
-Mal.
Sonó a secas, aunque no me preocupé por algún tipo de descortesía, ya que mi inconsciente se había encargado de la apoyatura correcta de los ojos.
No se puede decir que Cuba esté bien, ni regular. El caso de la doctora Hilda Molina, quien obtuvo una carta de libertad para viajar a Argentina luego de quince años solicitándola, me venía como anillo al dedo.
-Sí, sí, ha sido inhumano ese castigo a la neurocirujana-comentó mi acompañante casual.
-Pero, te digo una cosa. No te extrañe que Hilda regrese-. Y ahí quedó desconcertado el interlocutor.
Todavía lo mantengo. No fue una idea loca la que solté. Sé perfectamente que el miedo que nos siembran es muy grande. No olvidemos que la doctora tuvo que firmar una carta dirigida a Raúl Castro en la que se comprometía a volver.
Ojalá que no mire atrás, por su propio bien.

viernes, 26 de junio de 2009

Transformismo



Hace algunos años, en un canal de televisión por cable, encontré un documental sobre personas trasformadas en animales. Más que utilizar disfraces de atrezzo, se habían sometido a operaciones de cirugía estética para convertirse en reptiles y felinos, entre otras especies.
Sentí que estaba delante de algo insólito y grabé el video, en VHS, en el cassette que tenía de guardia. De aquella operación –sin quirófano- resultó la pérdida de un importante documento sobre la historia política de Cuba que había en la cinta, pero no le di mayor importancia al asunto, al del documento histórico, aunque sí al de las necesidades de algunas personas de lucir diferentes, de negar el aspecto que le fue otorgado por la naturaleza.
Fuera de la campana vacua -esa isla a veces remota- donde vivíamos, comencé a conocer verdaderamente el mundo circundante. Supe que, con solo rebuscar en los canales de la tele, incluso la tele que no es de pago, a altas horas de la noche uno puede encontrar de todo. En aquella época, vivía solo en un apartamento del centro de Barcelona, donde tuve que conversar conmigo mismo las cosas de la pequeña pantalla y las cosas de la calle, que también son un muestrario impactante de escenas que nunca habíamos visto.
He pensado un millón de veces acerca de las transformaciones radicales de la apariencia, y, por supuesto, me refiero a algo más que a los retoques. Supongo que deba ser terrible vivir dentro de un cuerpo indeseado, dentro de un rostro molesto. Hace muchos años, cuando vivía allá, pensaba que el cambio de tez y de facciones de Michael Jackson era un asunto banal, una excentricidad altamente temeraria. Pero aquellos documentales vistos en la intimidad de una noche de desvelo, me pusieron a pensar en la tragedia que podía haber dentro de la cabeza del rey del pop, para hacer una cosa así. Para llegar a eso e, incluso, renegar aparentemente de su raza, debió existir un conflicto parecido al de una persona cuya alma es sexualmente opuesta a su cuerpo.
Hoy, con la noticia de la muerte prematura del genio que fue Michael, pensé que el pobre hombre había tocado fondo con tantas pruebas de identidad a las que tuvo que someterse. Recordé aquel documental, el de los transformistas zoológicos cuya tragedia no debió haber sido menor.
Michael, aquel niñito negro de la familia Jackson, hizo todo lo que pudo por demostrar su valía, su talento, y terminó buscándose en caminos prefabricados. Es una pena que la historia de la música y de la humanidad nos vuelva a dar una noticia como esta.
Ahora, desgraciadamente, comienza a tejerse el mito.

jueves, 25 de junio de 2009

Adiós a los electrodomésticos



No dejo los electrodomésticos como consumidor. Me perdería el placer de “fabricar” en casa el café con espuma, el arroz basmati en tiempo récord, el sándwich de queso que en Cuba llamábamos Disco Volador. Me perdería, para no seguir la lista y para no desviarme del tema, un sinfín de placeres.
No soy tan tonto. Sin embargo, respeto a quienes viven el día a día de una manera artesanal.
Se trata de que, al cabo de un largo tiempo en el sector, dejé mi puesto como vendedor de artefactos eléctricos, un trabajo que me permitió divertirme, conocer gente y husmear en la cultura popular de muchos barrios de Barcelona.
Luego de transitar por al menos siete tiendas de una importante cadena de esta ciudad, me llamaron por teléfono para trasladarme a otro comercio, y entonces le dije algo imprevisto al coordinador, un tipo bajito de cabeza cuadrada que jamás hubiera triunfado como político, de habérselo propuesto, porque no sabe persuadir a los empleados. No tiene recursos, digamos, más que el abuso de poder. Le dije, por teléfono, ya que no fue capaz de utilizar el cara a cara para evitar los gestos:
-Mira, fulano, dime qué tengo que hacer para tramitar la baja voluntaria, porque hasta aquí llegué. No vengo por la tarde.
Mis compañeros me miraron con los ojos a cuadros. No podían creer lo que estaba pasando. Dejar el trabajo, más en tiempos de crisis económica, voluntariamente, sin derecho a la prestación monetaria del paro, puede parecer una locura.
-¿Y ahora qué vas a hacer?-preguntaron a coro.
-Ya se verá, pero estén seguros de que esta decisión mía es para bien.
Sin restarle atención a mis colegas, me vino a la mente cómo conseguí ese trabajo. Fue caminando por la zona del puerto; atravesé una puerta movido por un cartel que buscaba personal para la campaña de invierno. La aventura duró dos años. Pero, antes de atravesar esa puerta, había dejado, como mismo ahora, el puesto de trabajo, aquel desempeño que me estaba comiendo el alma paulatinamente, hasta que me di cuenta de que la misma ocupación me estaba haciendo chantaje, algo muy difícil de probar. Escribí entonces una carta de despedida al hombre que yo cuidaba –tenía parkinson- y se había convertido en mi amigo. Rompí, dejé un salario seguro -¡pobre hombre enfermo!- y me lancé a la calle, hasta que, de repente, me convertí en vendedor de electrodomésticos.
De la más reciente faena me salieron crónicas para este blog. Me salieron un par de amigos de la empresa, y rescaté el lugar que ocupo en el espacio. O sea, el que puedo ocupar sin temores. El de sentirme un ser común. Porque si algo malo tiene emigrar tardíamente es la dificultad para “empatarse” uno con la dinámica del nuevo país. Por vender, hasta me he vendido a mí mismo –nunca utilicé el argumento de que la pieza estaba impecable tratándose de una de exposición- , y también he practicado el catalán sin estar forzado a hacerlo. Ha sido una aventura. Una experiencia enriquecedora que, como diría un poeta cubano ya fallecido, el inexplicable Luis Suardíaz, con quien trabajé años en un periódico, “todo lo que tiene fin es breve”.
Ahora supongo que me ocuparé un poco más del blog. O no, porque estar en el “aire” también corroe el alma.
Un saludo cordial a todos los lectores desde la nueva época de Segunda Naturaleza.

martes, 23 de junio de 2009

En nombre de Freud (V y final)



Ingenuos, incautos, soñadores. Llegamos a la universidad en el año 1987, momento histórico en el que el campo socialista comenzaba a tirar la toalla. Nuestra información, lógicamente, arribaba de trasmano. Era una coincidencia iniciar así los altos estudios, con el mundo patas arriba, pues en realidad nuestros pensamientos estaban en la novedad del ámbito universitario, en la muchachada, las fiestas de la Facultad, los deseos de escribir cualquier cosa, de aprender mecanografía, taquigrafía, fotografía y utilizar nuestras primeras grabadoras de mano, artefactos gigantes comparados con los nanograbadores de hoy.
Vestíamos con tres o cuatro combinaciones, las mejores galas salidas más a menudo de nuestros roperos. La universidad nos enfrentaba por primera vez a un universo civil, toda vez que, hasta la fecha, y desde que nacimos, la enseñanza en Cuba nos obligó a llevar uniformes de todo tipo y colores, correspondientes a cada nivel escolar y cuyos atuendos iban acompañados de al menos un complemento, que era la pañoleta –azul o roja- que tanto odiábamos. Muchas veces, en invierno, en la Europa mediterránea donde vivo, me ha sorprendido el recuerdo de aquella tela distintiva, colocándome una bufanda. Es un reflejo involuntario, obviamente, que me perseguirá toda la vida.
También me perseguirá la imagen de los zapatos ortopédicos de Randy, el muchacho designado por Hugo Rius para leer A sangre fría.
Muchos años después, cuando trabajábamos en los medios de comunicación y una considerable parte del grupo había emigrado a Miami, me encontré con él en las escaleras del Instituto Cubano de Radio y Televisión. Yo conducía un programa radiofónico nocturno, una especie de colchón de compañía sin guión previo, aunque –no estaría de más acotarlo- censurado el hilo telefónico y el selector de canciones. Para mí fue una experiencia inigualable después de casi una década trabajando en la prensa escrita. Porque esa transmisión me abrió el deseo de emigrar definitivamente de Cuba. Vivir la madrugada tan intensamente me llevó a la conclusión de que había muchas personas llevando una doble vida, la doble existencia partida entre la realidad que comenzaba con la alarma del despertador, y otra mitad alienante, que era la más libertaria, agazapada en la oscuridad, en la intimidad de una voz –la mía- que hablaba de cosas light y remontada casi siempre en la nostalgia, en la música de los años ochenta, como también en un interlineado casi subversivo que se podía leer solamente en la intención del programa.
Saliendo del edificio –inmueble que compartíamos porque ahí estaba el centro gestor de toda la propaganda audiovisual-, sobre las cuatro de la madrugada, coincidimos en la escalera. Automáticamente me dio por bajar la vista y encontré su calzado ortopédico, entonces más moderno. Otro acto reflejo de los que nos persiguen sin nosotros saber racionalmente por qué. Me imagino que será porque registramos el hecho de una manera particular, sin analizarla pero con una cuota de afecto –también a veces por rechazo, aunque este no es el caso.
Observé su portafolios, más inflado aun que el de la universidad. Iba con un traje de pantalón y saco sin corbata. Llevaba bien colocadas sus gafas de miope –espejuelos, en Cuba se utiliza esa palabra tan antigua y cariñosa-, y recolocó su sonrisa suave, la misma de los años de la Facultad de Periodismo.
Tanto Randy como yo utilizábamos los micrófonos de la Frecuencia Modulada nacional –él en la televisión y yo en la radio-, pero con conceptos distintos, inmensamente separados. Fue tan breve el encuentro que me quedé con deseos de preguntarle sobre el efecto del libro de investigación periodística entregado por el maestro. Para esa fecha, unos quince años después del primer día de clases, ya yo me había leído A sangre fría, durante unas vacaciones que pasé sentado en el portal de mi casa. También me hubiera gustado preguntarle si devolvió el ejemplar prestado, y, sobre todo, si sacó partido de aquella inmensa investigación periodística de Truman Capote.
Ahora supongo que fue breve el reencuentro porque estaba seguro de que Randy tenía poco tiempo para atenderme, y además porque estaba custodiado y yo salía de la nada. Claro que no salía de ningún lugar, puesto que acababa de emerger del ascensor del edificio, pero no tuve tiempo para esquivar el sobresalto que provoca encontrarse de repente con uno de los hombres del grupo de apoyo de Fidel Castro.
Randy, el portavoz más increíble de la propaganda castrista –digo lo de increíble porque no sé cómo pudo llegar a tanto un muchacho introvertido y, por ende, discreto- había pasado las de Caín en sus años de estudiante, como cualquier otro becario de provincias, obligado a alimentarse con un solo menú, consistente en arroz y potaje de chícharos. Resultó el mejor expediente de nuestro año, cosa que no asombró a ninguno de nosotros.
Aquella madrugada tuvimos un diálogo casual.
No hacía falta que yo le preguntara por dónde le habían llevado los caminos de la vida. Ante el temible silencio que se originaría allí, de transcurrir un segundo más, en la escalera vacía de los estudios de radio y televisión, me preguntó qué hacía despierto a esa hora.
Entonces le conté que conducía un espacio intimista, tanto así hasta donde las realidades políticas me dejaban llegar. No le hablé de mis insomnios, del insomnio general que había descubierto al otro lado del micrófono, en los hogares, donde el hastío fumaba su pipa de murciélagos.
Lo normal hubiera sido un abrazo espontáneo, el abrazo cómplice de los años de la carrera. A esas alturas, ya yo tenía pensado marcharme del país, en silencio, como ha tenido que ser obligatoriamente, para asegurarnos de que el avión despegue con nosotros dentro.
No se produjo el abrazo. ¡Quién lo hubiera imaginado unos años atrás!


Nota:
La imagen superior corresponde a la puesta en escena de
La tempestad, en la versión del grupo Buendía. El actor es Pablo Guevara, sobrino del Ché, a quien nunca se le ocurrió utilizar su apellido como patente. Solo se ha dedicado al teatro. Esto último también lo afirma el teatrista Rodrigo Kuang en su blog.





miércoles, 3 de junio de 2009

En nombre de Freud (IV)


Los performance de encadenamientos a los postes de la luz, metáfora de la represión en la isla, nos dejaron con la duda de si las cosas estaban cambiando. Y en realidad cambiaban, pero no en nuestro patio, sino en tierras tan remotas como la mancha que hacía el campo socialista en el mapa europeo.
Allende los mares.
Pero, claro, si el poder supremo –la extinta URSS- movía sus coordenadas, por qué no iban a moverse las nuestras si todo, o casi todo, llegaba de allí. Nuestro país era una estructura calcada y tropicalizada de la armadura soviética; todo estaba dispuesto de manera que, si caía el “país hermano”, no habría manera de sostener el caribeño. Y entonces veíamos luces de cambios que, como siempre ha sido a lo largo de la historia, las reflejaríamos en primera instancia los intelectuales y pichones de intelectuales. Todo esto era un ambiente del que no se hablaba en público y sí se sentía próximo. Mis condiscípulos compartían el tiempo entre asimilar las novedades políticas y conocer la capital, sus recovecos, el destape verbal en las tertulias íntimas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC),y, más fuerte todavía, el desarrope total o parcial de las obras de teatro.
Por aquellos días se estrenó La cuarta pared, un título y puesta de Víctor Varela que hacía alusión al espectador como soporte básico de una función escénica. Se hablaba de romper, de transgredir, de penetrar lo hasta entonces intocable, de responder al llamado libertario de muchos, de casi todos nosotros. Dije “se hablaba” sin querer. En realidad era una puesta gutural, absolutamente gestual que se estrenó primero en una sala doméstica – la propia casa del director- con un grupo reducido de público. Hasta que se consiguió subirla a las tablas del Teatro Nacional. Aunque había varios antecedentes de este tipo de representación en Francia y Europa en general, en Cuba , con las condiciones de dominación del individuo y el miedo estatal al metalenguaje que siempre existió y existe, pues era impensable una función así.
Tuve el privilegio de verla en las dos salas, la minúscula y la grande. Ahora que todo ha pasado se puede contar el final. Después de una hora y algo imaginando lo que el autor nos quería informar, incluyendo el parto de un personaje femenino que alumbra por el nudo de la puesta, más o menos, y de gritos desoladores, y claros deseos de expansión, los cinco actores –creo que tres hombres y dos mujeres- se desnudan completamente y se meten dentro del "respetable", con todas sus vergüenzas al aire, quiero decir, al aire viciado de una sala oscura donde todos respiramos el “oxígeno” de la propuesta artística.
Tuve la impresión de asistir por primera vez en mi vida a una sesión de espiritismo, de hipnosis, de psicoanálisis, de reiki, de provocación impúdica, de evasión de la realidad. Todo eso junto. Por las dimensiones estrechísimas de la sala de pruebas, llegué hasta sentir las emanaciones de los cuerpos al pasar junto a mí. O sea: aquella puesta en escena te ofrecía su sudor, para que te dieras cuenta de hasta qué punto es ficticia esa llamada cuarta pared que divide al escenario de las filas de asientos.
La puesta de Varela –otro que se marchó del país un tiempo después- tomaba “prestados” elementos de la danza contemporánea, de la plástica no académica como manifestación metafísica, de la música incidental y del mundo del clown, pues estaba cargada de gags y acciones efectistas. No tengo el dato de cuántos de mis compañeros de la universidad la vieron. Me gustaría saber qué reacción le provocaría este espectáculo en cueros a un joven –por no decir adolescente- que llega a la capital, como decía en otro capítulo, virgen de cuerpo y mente.
Sin embargo, el episodio de La cuarta pared, aunque emergiera a la cartelera oficial, siempre tuvo carácter underground, por su propia naturaleza, por el ataque de los medios de prensa gubernamentales, y por el miedo que daba enfrentarla. Supongo que este evento desamarró lastres en no poca gente. Levantó ronchas en los estratos de poder porque invitaba a revolcar los deseos, que, tarde o temprano, son los resortes que mueven el mundo.

(Continuará…)

Nota: la imagen de arriba corresponde a la obra de teatro Los sueños prohibidos de Sor Juana, de Pepe Santos, una puesta de los 90.