jueves, 19 de agosto de 2010

El viaje de Silvia. Retrospectiva



El papel aguanta todo lo que le pongan, aunque se puede corroborar (II)

El último día en Barcelona se despertó temprano, desayunó sola y bajó al metro como si viviera aquí, con el camino prendido a la ropa.
Es fácil orientarse en una ciudad que discurre entre la montaña y el mar. Un norte y un sur psicológicos. Luego están los laterales. A la izquierda, digamos, Madrid, y hacia la derecha Francia. Así se lo enseñé el primer día para que tuviera un mínimo sistema de orientación caminando por la calle. Pero en el metro, donde nada se ve, si uno no sabe bien la dirección estas referencias se pierden.
Llegó sin problemas hasta el Corte Inglés de Plaza Catalunya, ese edificio horrible –no tiene otra descripción- que construyeron en el centro más cosmopolita de todos los centros de la gran urbe catalana. Un búnker gris hecho de piedra lisa, rompedor e incómodo para la vista. Nada tiene que ver con la arquitectura modernista del Eixample, con los edificios señoriales del Passeig de Gràcia y sus travesías colindantes. Lo único bueno del Corte Inglés, además de su función de gran almacén de variedades, es que resulta inconfundible. Es como un entronque de carreteras que bien podían haberlo reducido.
A pocas calles de allí, Silvia encontró su objetivo. Lo había visto en las guías del viajero y también en innumerables revistas de arquitectura. Es una de las joyas del modernismo catalán, ese movimiento artístico que revolucionó la piedra junto con el cristal y el hierro, al mismo tiempo en que los vecinos franceses mostraban al mundo su Art Noveau. Pero el objetivo de Silvia está escondido, metido para adentro desde una entrecalle de la Vía Laietana. Estaba algo nerviosa porque se le echaba el tiempo encima. No solo se conformaba con ver las fachadas, sino también se apuró para conseguir una visita guiada por el interior de ese palacio, más conocido aquí como el Palau de la Música.
Entró con un grupo de japoneses tan mañaneros como ella. Estuvo cerca de una hora recorriendo los espacios recargados de adornos, las salas de concierto, las escalinatas, recorriendo con la vista el órgano inmenso de ese lugar mítico. Salió de allí con el pecho apretado, emocionada al ver cumplido uno de sus sueños. Silvia es una mujer muy sensible que disimula su excitación hablando sin parar, narrando hasta lo evidente. Su relación con Barcelona viene de atrás, de las letras de Serrat, del bosquejo del Mediterráneo que todos, o casi todos, hemos hecho alguna vez en la mente antes de llegar aquí.
Los que vivimos en Barcelona ya no lo apreciamos tanto. Quiero decir: tenemos la arquitectura modernista a mano, como algo natural que forma parte del paisaje diario. Incluso la hemos morado –la hemos pernoctado- durante algunos años. El Eixample –Ensanche, en castellano- es, según me enteré hace poco por televisión, el distrito más grande toda España. Resulta prácticamente imposible caminarlo en una o dos jornadas. Y es una joya urbanística pensada por Idelfons Cerdá a mediados del siglo XIX, cuyas manzanas cuadriculadas y achaflanadas en las esquinas ofrecen una de las vistas aéreas más singulares del mundo. Es un tablero de ajedrez. Pero es tan inmenso que habría que visitar puntualmente las fachadas más regias para no perdérnoslas.
Tal vez por este motivo, habiendo estudiado antes en la biblioteca de Malmö, al sur de Suecia, donde vive, Silvia traía objetivos señalados en su guía de viaje. Su guía de papel, porque tuvo otra de carne y hueso que fui yo, hasta que mi mujer tomó vacaciones y se incorporó al peregrinaje. Entonces formamos una especie de trío Matamoros que iba cantando nuestros recuerdos sincopadamente por todos los rincones. ¡Ay, estos cubanos con su nostalgia!

(Continuará…)

Foto del autor
Una de las tiendas más antiguas de Barcelona, entre la calle Petritxol y la Plaza del Pi, en el barrio gótico. Se trata de una cuchillería donde además venden todo tipo de aditamentos para afeites y consumos de vino. Su vidriera modernista es un clásico portal catalán.


2 comentarios:

Silvita dijo...

Japoneses?
Biblioteca?
!
Pues... me inquietas. Adónde me llevarás con este espejo donde me reconozco y no me reconozco?
:)
Espero con ansiedad!
Besos a los dos!
s.

Jorge Ignacio dijo...

es posible que hubiera nipones; son los más grandes admiradores de la arquitectura modernista, jjajaja.