jueves, 21 de mayo de 2009

En nombre de Freud (I)



Cuando comencé a vivir en Barcelona, muy rápido me vino a la mente su apellido. Y volví a repasar aquella primera clase que no fue exactamente eso, sino un alarde de psicoanálisis, un espectáculo de presentación en el que todos nos quedamos con la boca abierta.
El profesor Hugo Rius –yo no sabía entonces que su apellido catalán equivalía a Ríos- era un emblemático periodista de agencias y de prensa escrita en general, enigmático hombre que administraba las palabras de una manera eficiente, como muchos seres humanos quisiéramos para no fallar nunca en un juicio emitido.Al cabo del semestre en que lo tuve delante, quedé sólo en la puerta de su mundo interior.
Bebimos de su sapiencia a cántaros, lo que me resulta una paradoja si me pongo a pensar en su poder de síntesis. Impartía la asignatura de Introducción a la Especialidad.
El primer día, entró por la puerta con dos maletas. Estábamos todos esperándolo, esperando al profesor, a un profesor X que sería el encargado de inaugurar nuestro recorrido de cinco años por los altos estudios. La primera clase, el primer día, el primer maestro.
Llevaba una camisa de mangas cortas y unas gafas graduadas montadas al aire. Era medio chino, curiosamente, ahora recapitulando, un chino con ascendencia catalana, pero no es de extrañar que estas simbiosis ocurran en Cuba. Saludó. Saludamos a coro. Apenas nos conocíamos los del grupo. Nuestra clase era una especie de Torre de Babel nacional, eran alumnos superdotados de todas las provincias occidentales y centrales cuyos resultados académicos habían puesto en sus manos la única plaza para Periodismo de cada municipio. Yo, en cambio, era un estudiante corriente. Yo llegaba allí luego de un extenso periplo por unidades de tanques blindados del servicio militar.
El profesor tomó asiento en su estrado y desde allí improvisó un soliloquio magistral, la manera más atípica que encontró para presentarnos. Fue la introducción de cada uno de los 30 aprendices que, si la vida lo quería, compartiríamos un mismo techo abanicándonos con libretas, revistas y esperpentos de fibra vegetal. Ocupábamos una de las mansiones que dejó la burguesía habanera al marchar definitivamente del país, convertido el inmueble en la universidad de nuevo tipo. Las aulas eran los antiguos dormitorios, con grandes ventanales de carpintería francesa, pero siempre echamos en falta la ventilación asistida por algún equipo eléctrico.
No sé exactamente por qué lo recuerdo con una camisa naranja. Un bigote plano, escaso, y un cigarrillo en su conjunto. En clases no se fumaba, aunque el cigarrillo sigue en sus manos mientras emprendo esta retrospectiva. Previamente, el profesor había participado en un panel de examen que se dio en llamar Pruebas de Aptitud. Aun teniendo la carrera otorgada, si alguien no acertaba el escrutinio, no cursaría Periodismo. Se le cambiaba por otra especialidad. Era un método, visto ahora desde lejos, bastante cruel. Siempre me pareció una depuración de depuración, lo que en el mundo actual se estila frecuentemente como entrevistas personales para optar por un puesto de trabajo. En aquel caso existía el contrasentido de que ya teníamos la plaza en las manos.
Era más frustrante todavía si no pasábamos la exploración.
De ahí, precisamente, nuestro mentor extrajo un perfil de personalidades. Entonces, el primer día de clases, Hugo Rius fue llamándonos –quizá me invente algún detalle- por orden alfabético y a cada uno nos entregó un libro que extrajo de alguna de las maletas. Llegaban a nosotros en calidad de préstamo, pues todo el material pertenecía a su biblioteca particular. Lo más asombroso fue comprobar cómo este instructor recordaba detalles nuestros y nos enlazó con la temática del texto.
-Léanlo sin prisa-dijo- y regrésenmelo sin compromiso.
A mí me entregó Peleando con los milicianos, un mediano volumen de Pablo de la Torriente Brau sobre la participación de este intelectual en la guerra civil española. Todavía no tengo claro si el pedagogo conjugó mi paso por el servicio militar obligatorio en Cuba con la entonces lejana posibilidad de que yo emigrara a España. O si todo fue pura casualidad.

Foto del autor: Performance en Las Ramblas, Barcelona.


Continuará…

6 comentarios:

Silvita dijo...

Recuerdos, recuerdos, recuerdos...
Mi primera clase fue de Gramática, con una profesora muy bonita y femenina que tenía embobados a todos los muchachos del aula.
Espero la siguiente entrega!
Saluditos desde el balcón!
Silvita.

Jorge Ignacio dijo...

¿quién era esa profesora, silvita? sigo recordando, que es volver a vivir. un abrazo desde la terraza.

Silvita dijo...

Pues no recuerdo su nombre!
Era como de 30 años, alta, de piel morena aceitunada, cuerpo delicioso de líneas suaves, cabellos largos y ondulados, rostro redondo, ojos de almendra... y sobre todo una elegancia natural en los gestos que me entretenía muchísimo en observar, en lugar de seguirle la pista a los análisis gramaticales aquellos.
Otro abrazo para ti, y saludos a María.
(Ya voy por la segunda parte! De tu libro, digo.)
Levaba vestidos a media pierna, que insinuaban sin marcar demasiado su silueta.
La voz era dulce y suave, y qué difícil era no dormirse en los turnos de por la tarde, acunada por los verbos irregulares!!! Con aquel calor tremendo que te dejaba boba!

Lisset SJ dijo...

Santo Dios!, que memoria tienes y que bella manera de narrar y llevarme al pasado. Me recuerdo de esa clase, pero no me recuerdo que libro me entrego Hugo Rius. Por favor si alguien se recuerda...
Gracias por tus palabras hacia nosotros "los provincianos". Cuantas verdades y sentimientos has escrito. Espero con ansiedad la proxima edicion.

Jorge Ignacio dijo...

Gracias a ti, Lisset, por entrar aquí. fueron años inolvidables. espero no herir a nadie con estos recuerdos. un abrazo desde barcelona.

Ivandarx dijo...

Silvia:

La profesora de Gramática se llamaba Milagros y causó mucho más que admiración en ciertos condiscípulos. Recuerdo que Alfredo una vez la esperó al terminar una clase, y recuerdo lo desesperanzado que quedó al enterarse de que era casada. Antes de terminar la carrera nos dijeron que se había ido a México. ¿o fue la otra, la de Redacción? Esa sí nos hacía dormir en clases con sus explicaciones sobre el anacoluto, por algo le pusieron La calabacita. Irene se llamaba, creo. No sé, pero siempre pensé que nuestra primera clase fue de la simpar Nuria Nuiry.
Yoyi, acabo de comprar tu libro. En una semanas te empiezo a leer. Mientras tanto sigo con el blog.