lunes, 5 de octubre de 2009

Ciudad impersonal



A la misma hora, en el mismo lugar, está el hombrecillo de piel cobriza, con la mirada fija en un punto de la pared de enfrente. Su escenario es un largo pasillo sin ventanas, enterrado unos diez metros, justo debajo de una gasolinera, debajo de uno de los cruces más importantes de la ciudad.
Su cuerpo permanece quieto como su mirada. Casi inerte. Sus manos pulsan las cuerdas de una guitarra de cajón, en cuyo interior se esconde un micrófono que va conectado a un amplificador portátil. No tiene algún atractivo. Es indio, un indio latinoamericano. Tiene alrededor de cincuenta años y parece llevar una prótesis debajo del pantalón, en el lado derecho. Aunque la pierna artificial ha sido realizada e instalada con sumo cuidado, la rigidez es evidente de la parte derecha.
Las personas pasan corriendo a esa hora. Alguna gente choca con el estuche de su guitarra en la maniobra que hacen para esquivar a los que viajan en sentido contrario. Otra gente salta el estuche que está abierto y donde se depositan las monedas de caridad.
El pasillo es demasiado estrecho en hora punta. Fue construido cuando la cuidad solo tenía un millón de habitantes. Ha sido restaurado pero todavía no lo han ensanchado. No es un lugar para estar. Es solo un camino de tránsito que sirve de enlace entre las dos líneas de metro que discurren por allí, dos de las más importantes.
A esa hora el movimiento de pasajeros es frenético, de manera que el cuerpo del hombrecillo queda arrinconado en un área ínfima que es como una campana de cristal, instalada a mitad del trayecto del intercambiador. Nadie se fija en él. La mayoría son personas que van a trabajar o a las escuelas. Casi todos llevan auriculares, un bolso cruzado y un paraguas.
El pasadizo está enchapado de azulejos blancos y en algunas paredes han pegado publicidad, fundamentalmente de viajes al exterior del país. Aunque hay anuncios de estrenos de cine.
El músico está allí aferrado a la idea de que arriba del túnel hay más competencia, más ruido y menos personas comprimidas por metro cuadrado. Alberga la esperanza de que caigan algunas monedas en el estuche negro de su guitarra, como en efecto caen, de manos diferentes que hurgan dentro del bolso cuando la figura del hombrecillo aparece a lo lejos y en perspectiva. Luego esas manos arreglan el pelo, sacuden la lluvia de los abrigos y ajustan los auriculares en el pabellón auditivo.
Él está allí a la misma hora de siempre y siempre pasan los mismos que hacen el mismo recorrido para llegar a tiempo al trabajo o a la escuela. Es un espectro familiar, un maniquí de ojos tristes y recurrente, sombrío, un cuerpo inerte que interrumpe el paso por una determinada zona del túnel. Siempre queda sincronizada con la escena una misma canción. Su voz es fuerte, valiente, segura. Las personas en su gran mayoría se pierden el texto, una pieza de León Gieco que dice:


Sólo le pido a Dios
que el dolor no me sea indiferente,
que la reseca muerte no me encuentre
vacío y solo sin haber hecho lo suficiente


Lo bordean, corren escaleras abajo al final del pasillo, saltando los peldaños para alcanzar el sonido de un tren que, sin embargo, superó los decibelios del altavoz del hombrecillo y penetró por los oídos taponados de una mar de personas con rostros alarmantes que no tienen tiempo siquiera para ofrecerle gracias a la vida.




Nota: Para Mercedes Sosa, que acaba de morir a los 74 años y había nacido en Tucumán, tierra indígena de Argentina. Llegó a cantar "Caruso" con Luciano Pavarotti. También creyó en el socialismo cubano, pero, por suerte, el tiempo le alcanzó para descubrir detrás de la revolución una dictadura. In memorian, "Negra".