viernes, 30 de octubre de 2009

La vista hace fe



Parece que soy una esponja. Hace unos días fui a un cumpleaños donde había un alto riesgo de contraer la gripe común propia de los cambios de estaciones. Lo sentí en el ambiente entonces y lo corroboré a las siguientes 48 horas. Me levanté con dolor de cabeza, tos, estado febril.
He pasado tres días metido en la cama temblando de frío, con un termómetro de mercurio instalado en las axilas, alternativamente, para controlar que la fiebre no subiera de 38. Pero el termómetro, según mi mujer, no era fiable. Dice ella que ya no los venden, que ahora son digitales y no contaminan el medio ambiente. No lo dudo, pero, contradije, toda la vida he usado los termómetros de mercurio, así que me fío de él.
Como no me levantaba de la cama, mi mujer llamó por teléfono a nuestro médico de cabecera, que es una doctora. Ésta pidió hablar conmigo:
-¿Cómo es la tos?
-Perruna, perruna.
-¿Con sangre?
-No.
-¿La fiebre ha pasado de 38?
-No. Según este termómetro, no.
-Por lo que me dices, no tienes la gripe A. Si te sube la fiebre, acude al médico. En recepción te dejo la receta de un jarabe para la tos.

Me quedé más tranquilo. Total, cuando alguien va a la consulta de su médico de cabecera, ni lo miran ni lo tocan. Los doctores están todo el tiempo rellenando una ficha en el ordenador. Son trabajadores de la salud puestos allí para tramitar recetas y visitas con los especialistas. Así que la consulta telefónica vino a ser casi igual. Y no tuve que moverme de la casa. Yo mismo me había suministrado paracetamol, abundante líquido y reposo antes de hablar con la doctora.
Esa misma tarde, mi mujer salió a recoger la receta y comprar naranjas para hacerme zumos naturales. Mientras tanto, me puse a mirar la prensa por internet y encontré un curioso caso. Una mujer de Barcelona se salvó de las consecuencias de un tumor de hipófisis gracias a un diagnóstico que le realizó una doctora en un viaje ordinario de autobús. Sin conocerla, la médico le extendió un papel en el que le indicaba unas pruebas. La mujer guardó el “recado” en el bolso, no exenta de asombro. Sin saber si se trataba de una adivinadora o de una especialista, decidió explorarse y el resultado dio positivo. Tenía un tumor. Luego de operada, sana y salvada, envió un mensaje a su ángel de la guarda a través de un periódico. Esta historia ponía de relieve la importancia de los diagnósticos puntuales.
(léase el caso completo aquí).
Mi mujer entró por la puerta cargada de bolsas. Sobre todo, traía naranjas. Había pasado por la farmacia para comprar el jarabe. Yo seguía igual, metido debajo del edredón de entretiempos, con la nariz roja y la barba crecida. En fin, con un aspecto feo y desaliñado.
-Mira lo que traigo aquí-me dijo tratando de pescar algo dentro de una de las bolsas. Cuando lo consiguió, saltó a la vista una caja rectangular con aspecto farmacéutico.
-¿Qué es eso?-pregunté.
-Un termómetro digital. Esto es más exacto y, además, te avisa con un pitido cuando debes retirarlo. A ver, levanta el brazo…