miércoles, 26 de marzo de 2008

INTRAMUROS



Guardia de honor (VII)

-Seguramente te acordaste de mí cuando leíste la noticia de la huelga…
- No hace falta un agente externo, siempre me vienes a la mente, incluso durmiendo- apostilló él de prisa.

Estaba sugiriéndole a Cristina la posibilidad de un sueño o de varios, un episodio íntimo del cual solo el portador era dueño. Ella lo miró sin decir nada, sin pronunciar palabras. Sus ojos brillaban con un intenso color verde que variaba los tonos en dependencia del ángulo de la cara; nadaban en un ligero líquido cristalino, suaves, como una nave al pairo en medio de una mar tranquila. La muchacha poseía la virtud de concentrarse en todas las situaciones que se le presentaban delante. Había aprendido a no mezclar pensamientos, mucho menos los pensamientos rutinarios que producen estrés, desequilibrio, desasosiego. Para su trabajo era necesario no perder la calma, observar todo a su alrededor con cierta frialdad, aunque por dentro llevara el alma tibia. Su proyección era el equivalente a una mujer ejecutiva que pasea sus encantos de un lado a otro por un amplio salón, manteniendo una línea divisoria entre el contacto puramente profesional y el íntimo, suscitando mientras tanto un profundo deseo de cercanía en el ámbito donde se mueve. Cristina tenía una gracia natural que consistía en equilibrar su belleza con la palabra exacta y el gesto preciso, sin que se notara que cada uno de sus movimientos había sido estudiado antes. Sabía guardar silencio cuando la dinámica de una conversación lo requería, y, a veces, como en este instante en el que David se pronunció desbordado, lo colocaba como estrategia para ganar tiempo.
El diálogo ocurría en una cafetería pequeña del barrio de ella, cayendo la noche. Estaban tan concentrados el uno en el otro que lograron abstraerse del escándalo de un televisor futbolero, así como de una peña de aficionados al deporte y a la cerveza. Ambos habían pedido café con leche. Se refugiaron allí mediante una cita que David improvisó, mientras le explicaba todos y cada uno de los botones del aspirador para suelos y muebles que él mismo le había vendido a la joven.

-O sea, que me traes a este bar bullicioso, actuando casi con nocturnidad, para confesarme que sueñas conmigo. ¿Quién te ha dado semejante derecho…?- bromeó Cristina inesperadamente.
-¿Derecho a qué? ¿A traerte a este bar o a soñarte?
-Lo del bar es pasajero, David.
-Pues los sueños son libres. ¿Quién te ha dado derecho a manipular incorrectamente los aparatos electrodomésticos, a ver?

Sonrió la muchacha. Su mirada se perdió unos segundos en un cenicero vacío que había sobre la mesa. Levantó la vista y preguntó:

-¿Te molesta que fume?
-Por supuesto que no. Y creo que a aquellos cerveceros tampoco. Te traje aquí para que fueras libre como el viento, para que fumaras, gritaras, hicieras cuanto te apetezca delante de mí. Hace días que tengo el deseo de verte con toda naturalidad. Lo que no sé bien es cómo has aceptado esta invitación, si me habías dicho que no tienes tiempo.
-Pero el tiempo se hace. Hoy es un día especial. Le pedí a mi madre que se quedara con la niña para poder estar sola y escaparme de mi rutina. Ya ves, no puedo estar sin hacer nada. Pudiendo estar tumbada con un libro en las manos, me puse a limpiar…
-Te ves espléndida, serena, irradias felicidad- interrumpió David desbordado otra vez.
-Si supieras… Te equivocas. Hoy estoy más turbada que nunca.

David interceptó en el vuelo el juego de palabras y lo hizo suyo. Cristina no quiso decirlo, solo se le escapó la frase, una frase, además, que casi nunca utiliza. Cuando se dio cuenta de lo que había salido por su boca, ya era tarde:

-No te preocupes…Todos tenemos momentos de intimidad, de regodeo con nosotros mismos; un paréntesis de distensión dentro del día siempre viene bien- comentó para ver qué pasaba.
-Yo no hablo de eso, David. Hice una pausa entre palabra y palabra y dije más turbada, lo que quiere referirse a más preocupada, ofuscada, atormentada si se es preciso- remató Cristina en voz baja, sonriendo como él.
-Pues son cosas muy diferentes, quiero decir: son sensaciones o estados de ánimo totalmente opuestos. ¿A cuál de los dos estados de ánimo te refieres, guapa?
-Al segundo, guapo. Estoy preocupada por el resultado de la huelga. No sé si llegaremos a un acuerdo ,y, por otra parte, me sabe mal que gente trabajadora como tú tenga que romper sus esquemas de transporte y llegue tarde al trabajo.
-¿Cómo sabes que llegué tarde?
-Lo supongo.
-Pues sí, llegué tarde. Me acordé de ti y te eché de menos. Subí y bajé del metro en la misma estación. Hice el papel del tonto y perdí unos quince minutos en la parada. Por favor, Cristina, no puede ser que mi vida dependa de las casualidades, del azar. Dame un teléfono, una dirección, un norte, por favor. Dame esperanzas.
-Esperanza es un nombre de mujer. ¿Qué esperanzas quieres? La vida es así de complicada y, en verdad, no hay tiempo para mucho más de lo que hacemos. Es una suerte incalculable que hoy estemos aquí tomando un café con leche.

Cristina no quería complicarse la vida. Se había acostumbrado a estar sola, a repartir sus horas entre el trabajo y su hija. Hacía un par de años que lograba salir de un divorcio traumático que tuvo que resolverse mediante los tribunales. Su ex y ella no se dirigían la palabra. La niña estaba por el medio y la vida debía continuar. Como salida emergente se había parapetado con una estructura rígida de forma de vida en la que no daba cabida a ningún hombre. Estaba dañada, lacerada por el maltrato psicológico de una pareja que había sido la única hasta los días corrientes, un hombre que cambió de la noche a la mañana, o que, quizá, ella no conocía bien. Aquel hombre dejó de ser cortés con ella; dejó de llevarle flores, de planificar salidas, de proyectarse hacia nuevas empresas idealistas como antes hacía. Se volvió un hombre gris, mudo, postrado frente al televisor con las piernas encaramadas encima de la mesita del centro. Comenzó, un buen día, a seguir los partidos de fútbol. Cristina odiaba el fútbol. Dejó correr el tiempo, hasta que se aburrió. Le planteó el divorcio y no hubo manera de que él lo aceptara.
-Dime una cosa, David. ¿Cómo llegaste a vendedor de electrodomésticos?
-Es largo de contar. Primero me gustaría que me respondieras cómo fue que aceptaste esta invitación. Estoy verdaderamente sorprendido- volvió atrás el otro, inesperadamente.
-Hay algo en ti que me inspira confianza. Aunque eso es una tontería. Las apariencias engañan. En principio, ni yo misma lo sé. Solo sé que esta mañana estaba ordenando mi casa, luego sucedió lo del aspirador, y ahora estoy aquí. Debe haber funcionado algún automatismo, con tan buena suerte de que no tengo a la niña…
-No te insisto más. Es posible que yo haya perdido la perspectiva de que dos seres humanos se puedan conocer libremente sin que alguien los presente. Esas cosas suceden también, aunque escasean. ¿Ves? Ahora a mí me gustaría preguntarte como fue que llegaste a conducir profesionalmente un autobús metropolitano.
-Yo me tengo que ir, David. No lo tomes como un desaire. Esa pregunta es muy fácil de responder: Me hice conductora profesional porque siempre me gustó conducir; además, no pagan mal.
-¿Sólo por eso?
-Sí, ¿por qué más?
-Por un desafío o algo así.
-Te complicas demasiado la cabeza. Mira, ¿el sábado que viene cómo tienes la noche para salir? Sé que trabajas hasta las ocho y media o las nueve?
-No tengo nada previsto. Podríamos quedar.
-Perfecto.
-¿Aquí mismo?
-No, por favor, este ambiente no me gusta. Espérame en la puerta de tu tienda.
-¿Y si me raptan?
-Yo pagaré el rescate, no te preocupes.

Cristina se marchaba y él miraba sus movimientos a través del cristal de la cafetería. Tenía bonita figura. Llevaba un bolso a juego con las botas. Caderas anchas, cintura de avispa, tacones firmes y, nunca mejor dicho, lejanos. A David se le escapaba de las manos un conjunto armónico de voz y estilo, de sensualidad y provocación juntas. Acaba de descubrir que la muchacha fumaba, que tenía sentido del humor, que poseía control y sabía jugar con ese recurso. David había dejado de fumar por lo menos un par de años atrás. El olor del tabaco era algo que conocía perfectamente y, sin embargo, por razones inexplicables, no lo había asociado a aquella treintañera aficionada al suspense. Prefirió quedarse allí sentado un rato más, entre el humo y el grito coral de los espectadores del fútbol. Hacía mucho tiempo que huía de las despedidas a la intemperie. Estaba recogido, satisfecho por haberla tenido tan cerca y, sobre todo, porque Cristina hubiera aceptado un café. Estaba tan feliz de esos últimos momentos que había olvidado una nueva cita, un nuevo desafío del tiempo que lo situaría, como un soldado del Kremlin, en la puerta de su establecimiento.


(Continuará…)