lunes, 17 de noviembre de 2008

Regreso a Ítaca



El mundo es un rincón (VI)

La despedida de soltero de mi padre fue en el 1830; no en ese año, lógicamente, sino en la mansión habanera de igual nombre situada a orillas del mar, en una punta rocosa que divide un municipio de otro y que ocupa una porción del “Delta” del río Almendares. Luego de haber visto desde el aire el Delta del Tajo, en Lisboa, da risa utilizar ese nombre de accidente geográfico para el Almendares, pero se me ocurrió en vez de Desembocadura.
No obstante –y supongo que fue por esto que salió la palabra Delta-, esa lengüeta marina fue para nosotros un lugar misterioso y evasivo, al menos yo lo sentía así cuando la bordeaba en bicicleta. Ver los barcos de pequeño calado amarrados allí me transportaba a otro mundo. Me proporcionaba una fuga emocional. En Cuba a menudo se nos olvidaba que éramos isleños.
Y los somos todavía.
Pero se nos olvidaba con frecuencia y una prueba de ello es que llamábamos así solo a los provenientes de Islas Canarias.
Es muy probable que el elemento mar lo sintiéramos solo por un costado, por las inmensas dimensiones de nuestra ínsula; de manera que nuestro corazón siempre fue más terrestre. Me refiero al corazón habanero, al de la gran ciudad.
Tengo guardadas las fotos de la despedida de soltero de mi padre celebrada en el caserón del Vedado, con todos sus amigos de traje y corbata, o pajarita, enfilados en la escalera de mármol del interior del inmueble. En blanco y negro, se conservan como el primer día. Las fotografías de la época –años 60- se imprimían en papel duro, acartonado, y se lavaban bien, por lo que la química del revelado se marchaba completamente y las estampas no se ponían amarillas.
El álbum de fotos del matrimonio de mis padres –y de las respectivas despedidas de solteros- lo traje en este viaje de La Habana. Mi madre me lo regaló. Pero no he sido capaz de hojearlo en la distancia. Recuerdo aquella imagen de mi padre con sus amigos porque siempre me llamó la atención la escalera del 1830, aquel restaurante de etiqueta por el que pasábamos al menos una vez al año para celebrar un cumpleaños familiar.
De regreso estos días a La Habana, la vida quiso que volviera por esos predios llenos de recuerdos. El gran amigo del que he hablado en estas páginas, al mismo tiempo en que se ocupaba conmigo del destino de los restos de mi padre, organizaba una boda en los salones de la mansión. Y me invitó, por supuesto. Llegué tarde, pero tuve tiempo de recorrer los espacios del caserón, escapado del ambiente nupcial.
Me vi solo recorriendo los jardines de piedra -¡vaya paradoja del material, pero es que los concibieron así por la proximidad al mar!- buscando en mis recuerdos una gruta rocosa en la que tenían a un mono enjaulado. El primate ya no está.
Tuve un padrastro al que le encantaba ese lugar, por la calidad de una copa de ron aireada allí con un punto de sal, y el sonido de la libertad zumbando en los oídos como un aparecido. Recuerdo que la proximidad al mar nos insuflaba ese efecto, espontáneamente. Recordé el Cadillac negro de mi padrastro aparcado afuera, y sus gafas de miope gruesas y pesadas, y su rostro grabado por la acné juvenil, y su buen gusto, y su cariño.
Me palpé la cintura y comprobé que había dejado la cámara fotográfica en la casa. Estaba cansado de llevarla encima. Esa tarde fue la única vez en todo el viaje en que me puse una camisa de mangas largas, blanca, de hilo. Siempre la llevo en mi equipaje por si acaso. Pensé en que un lugar físico como era ese podía ser un punto de encuentro ideal, pero me entristeció que ya mi padre no estaría. El agua que llegaba en pequeñas olas y chocaba con los muros de piedra estaba sucia, llena de desperdicios y colillas de cigarros, repleta de abandono, como casi todo el caserón, aunque sé bien que cuando uno está inmerso en un espacio cotidiano no ve el deterioro igual que el forastero.

(Continuará…)