martes, 15 de marzo de 2011

Máscaras



Españoles en el Mundo, el programa semanal que emite TVE, por fin visita La Habana. Así lo dijo orgullosa la reportera Tirma Pérez, sentada como una estrella del carnaval en las faldas de un Ford descapotable de los años 50.
Ese “por fin” vino a confirmar la sospecha de que algo pasaba con la agenda cubana de estos documentales folclóricos que nos vende cada martes la televisión pública. Se hizo esperar, aun a sabiendas de que los nexos históricos –anteriores y posteriores a la revolución castrista- son suficientemente importantes en la península, por muchas razones sentimentales. La mayor parte del refranero popular cubano nos viene de aquí.
“Más se perdió en la guerra de Cuba”, cuando se rompe un sueño cualquiera.
También no era de extrañar que el periplo habanero fuera una postal costumbrista bañada de pátinas superficiales. En definitiva, viendo otras ciudades por ellos mismos, uno concluye que el objetivo primordial es mostrar lo bien que viven los españoles en cualquier confín del planeta, lo felices que son en su destino elegido por voluntad propia, aunque solo arrancaran con el dinero suficiente para el billete de avión.
Es un programa que no pretende profundizar en nada pero sí dejarnos las ansias del explorador, al menos inyectarnos directamente en vena la duda de si estamos bien situados. Porque lo que sí está claro es que hoy por hoy cualquier español puede largarse de su país sin pedirle permiso a nadie.
Todo lo contrario de esa Cuba alegre y sensual mostrada anoche sin vergüenza, esa isla maniatada a las costumbres de una dictadura cincuentenaria a la que muchas veces no conviene mirar de frente. Porque los españoles entrevistados, que viven allí como reyes del mambo, hacen las concesiones necesarias para poder gozar de esos pequeños privilegios que les ha dado la vida. ¿O es que narraron a la cámara que por emitir un juicio político equivocado se puede terminar en la cárcel y los editores de TVE segaron el material?
De las historias personales de diversa índole que presentó el metraje, me quedo procesando la de Juanita Mateo, aquella peluquera de la high life habanera cuyo nombre siempre sonó asociado a los círculos de poder, y hasta anoche no pude ponerle rostro. Natural de Vilafranca del Penedés, no muy lejos de donde yo vivo ahora, fue contratada hace muchos años para poner estilismo en las vidas de las mujeres de los ministros, viceministros, militares de alto rango y todo ejemplar de compañero y compañera que integraba la élite de la revolución. Por supuesto, se enamoró de La Habana y se llevó a sus hijos para allá.
En el documental, Juanita, con un profundo acento catalán que lucha contra el tiempo, mostró sus fotos con Fidel y además la casona señorial de uno de sus retoños, situada en el otrora lujoso barrio residencial de El Vedado. Quizá fue un mensaje para esta Catalunya trabajadora donde es tan común hacerse de una hipoteca eterna por una vivienda de unos 50 metros cuadrados.
-¡Vean esto. Es posible hacer las Américas en cualquier época y al precio que sea necesario!- pareció entendérsele entre líneas.
Los que venimos de allá, huyendo de la dictadura, sabemos perfectamente lo que hay detrás del telón.

Foto de María García
Un plano como este, del Capitolio de La Habana, mostraba anoche Españoles en el Mundo.

lunes, 14 de marzo de 2011

Nacerá el sol, una vez más



De pequeños, en tiempo de clases, nos encantaba trasladarnos hacia el balneario de Tarará, para continuar allí las materias en un emplazamiento a cielo abierto, con nuestros profesores de siempre y la ilusión de tomar yogures a borbotones por las noches. No sabíamos entonces que ese mismo lugar iba a ser un centro de curación y recreo para niños ucranianos, víctimas del terrible accidente nuclear ocurrido en 1986 en las cercanías de Kiev.
Luego, los vimos llegar y compartimos mar con esos inocentes que, para nuestro total asombro, llevaban las cabezas rapadas y el cuerpo manchado de vitiligo. Eran recién nacidos o nacidos después en la zona radiactiva, pero se les veía felices, jugando con las pequeñas olas espumosas que entrega el Mar Caribe cuando toca esa arena blanca de la costa norte de Cuba. Esos niños –me los encontré todavía de adulto en Tarará, porque mi familia conservaba una casita en esa playa cercana a la capital- tendrán hoy cerca de veinte años. Yo no los he podido olvidar nunca, en primer lugar porque me pareció trágico tener que viajar desde tan lejos para tomar el sol y jugar con la arena.
Los he vuelto a recordar viendo las imágenes dantescas del terremoto de Japón, las imágenes del mar de leva o tsunami que sucedió a ese desastre natural para el que no encontramos más que compañía espiritual en la distancia. Hay pueblos enteros desaparecidos bajo el agua salada, gente deambulando entre el barro y barcos estacionados en los semáforos de las ciudades. De la misma manera desparecieron trenes que, lógicamente, circulaban por tierra. Es altamente asombroso lo que está ocurriendo con la naturaleza en diferentes confines del mundo. Es para asustarse de veras. Y ahora, para colmo, los nipones vuelven a sufrir el acoso nuclear.
Estamos a la espera de que se enfríen los reactores de la ciudad de Fukushima para poder respirar sin que se nos cierre el pecho. Japón es un ejemplo de perseverancia, aplomo y diplomacia en la historia de la humanidad, aún cuando sus emperadores algún día decidieron invadir la Manchuria y este capricho expansionista provocara la Segunda Guerra Mundial. Pero el pueblo de Japón, luego de ser blanco de las bombas atómicas, supo hacer las paces elegantemente con los norteamericanos. Y luego les vendió a los gringos su tecnología electrónica y automovilística (de las mejores del mundo).
Piedra a piedra –en el mejor estilo oriental-, Japón se convirtió en la tercera potencia económica del planeta y estamos seguros de que volverá a sacudirse el polvo de encima en poco tiempo. Eso no nos preocupa tanto como el recalentamiento de los reactores nucleares. Recemos –en el mejor estilo oriental- por que los cielos, aguas y tierras en el país del sol naciente no carguen otra vez con el veneno de la energía atómica. Los niños, esos “locos bajitos”, no merecen manchas de laboratorio en su piel.

Foto toma de El País digital. Y Shimbun (AFP).

viernes, 11 de marzo de 2011

La orilla sur del Mediterráneo también existe


¿El llamado Mundo Árabe entra en la era postislamista?

Aunque todavía escépticos y expectantes, los cuatro humanistas árabes que se presentaron ayer ante el público en Caixa Forum, en Barcelona, gozaban el orgullo de pertenecer a un mundo en revolución; un mundo que, sin lugar a dudas, está dando ahora mismo lecciones de coraje a Occidente.
Hafid Aarab, portavoz de la Liga de Imanes de España; Basel Ramsis, cineasta y bloguero egipcio; Sirin Adlbi, profesora de Estudios Mediterráneos de la Universidad Autónoma de Madrid, y Rachid Aarab, profesor de Historia del Islam de la Universidad Autónoma de Barcelona, expresaron su convencimiento de que las revueltas del Magreb sólo acaban de comenzar y llegarán hasta el Golfo Pérsico, dando lugar a una nueva era y ordenamiento mundial. Es un efecto dominó, dijeron, cada uno en su turno, durante un debate de casi dos horas en el que también el público tomó la palabra.
Tres de ellos, marroquíes asentados en España, en compañía del joven egipcio que estuvo en el centro de las manifestaciones de la plaza Tahrir. Están convencidos de que el mundo árabe busca su dignidad y legitimidad; que no puede bajar el ritmo de reivindicaciones que lleva porque se ha roto el muro del miedo y, además, no hay nada que perder. “Estamos decidiendo nuestro futuro. La velocidad que llevamos hay que medirla por segundos y no por minutos”, aseguró Rachid Aarab, sentado en un extremo del panel. Precisamente, ni él ni sus compatriotas creen en las reformas de descentralización de poder que acaba de anunciar el rey marroquí Mohamed VI, ya que se trata de una estrategia nada democrática, para calmar los ánimos en el vecino país africano.
Por su parte, el cineasta Basel Ramsis, quien ha sido torturado por la policía secreta del depuesto dictador Mubarak, no cree en la benevolencia del ejército, que es quien está ahora dirigiendo Egipto. “Ni en Túnez ni en Egipto hay democracia todavía. Cayeron las cabezas principales pero no el régimen”, expresó con profundo convencimiento de que su país está en un compás de espera, ante la ausencia de líderes populares que puedan garantizar unas elecciones democráticas. Según su punto de vista, es posible que Egipto esté mirando hacia el modelo turco para decidir su futuro.
Con respecto al papel de las redes sociales de internet, utilizadas a diario por él mismo, el creador audiovisual dijo que, en efecto, fueron claves para la convocatoria inicial, pero luego, cuando el gobierno cortó las conexiones, funcionó perfectamente el boca a boca y la gente continuó organizada y firme en la plaza Tahrir. Basel recordó que en los tiempos de la Revolución de Octubre no había Facebook y, sin embargo, triunfó el poder soviético.
Sirin Adlbi, la única mujer del grupo, sentada a la izquierda del moderador, prefirió dirigir el debate hacia el prejuicio que existe en Europa sobre la posible instalación, en los futuros gobiernos, del islamismo radical. Con acento español y un yihab tapándole el cabello y el cuello, aseguró que éste ha sido el argumento perfecto para que los regímenes árabes totalitarios se instauraran en el poder. Y, en este sentido, Afganistán es una metáfora perfecta. ¿No fueron los propios Estados Unidos los que armaron a los talibanes, ahora enemigos, para luchar contra la expansión soviética?, preguntó. “Estamos ahora en plena revolución por la libertad, por nuestros derechos sociales y civiles. En este sentido sí podría hablarse de un postislamismo”, expresó de cara a una sala de reuniones en la que no cabía ni un alfiler.
Pero no concluyó su turno, casi al final, sin recordar por qué Libia se ha sumado a la revolución. Hizo memoria de los actos terroristas cometidos por Gadafi a lo largo de su historia; recapituló que el propio dictador que hoy masacra a su pueblo compró su perdón con millones de dólares y ha sido indultado por presidentes europeos, desde Aznar hasta Berlusconi. Este último, en una escena ridícula y cutre, expuso la profesora, llegó incluso a besarle la mano.
¿Pero por qué, entonces, Estados Unidos y las fuerzas de la OTAN no acaban de intervenir en Libia?, voló la pregunta cuando el moderador Ignacio Cembrero, periodista del El País, anunció que nos quedábamos sin tiempo.
Fue Basel Ramsis, el bloguero egipcio, quien dio una respuesta, más o menos discutible pero que parece tener lógica:
“Están esperando a que se produzca una gran guerra civil en Libia y entonces intervenir, para, de esa manera, comunicar a los demás países árabes que hasta ahí llegó la revolución”.
El momento más dramático de la tarde/noche sobrevino sin dudas cuando nos quedamos sin tiempo. Una mujer del público contó que tiene a su marido e hijo enfrentados en la revuelta libia. En ambos bandos. El periodista de El País no perdió la ocasión para preguntarle:
-¿Y de qué bando es usted?
A la mujer, micrófono en mano y con la sala en absoluto silencio, no le tembló la voz:
-Estoy con mi marido; o sea, con los rebeldes. Él está en Bengasi.

En la foto publicada por El País, dos jóvenes egipcios exigen la salida inmediata del dictador Hosni Mubarak.
Versión de El País, aquí.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Plazos traicioneros



Mientras la comunidad internacional –o las instituciones globales que nos representan- se ponen de acuerdo, el tirano se rearma. Se le está ofreciendo aire a un Gadafi soberbio y cínico que necesita tiempo para no correr la misma suerte de los dictadores de Túnez y Egipto, consecutivamente, que acaban de caer: Que acaban de huir.
Aferrado al poder desde 1969, el déspota libio no ha encontrado otra salida que masacrar a la población para amedrentarla y continuar él en esa especie de trono delirante del que no ha bajado por culpa del olvido. El mundo se olvidó de quién manejaba el petróleo a golpe de porrazos y prohibiciones, pero bien que ese mundo utilizó el mismo crudo para sus asuntos, echando la vista a un lado. ¡Y todavía se lo piensan para emitir una orden consensuada de exclusión en el espacio aéreo libio, una intervención militar cueste lo que cueste!
Muanmar el Gadafi es un hombre terco y enfermo de poder, como mismo lo es su amigo Fidel Castro, que morirá en su alcoba tranquilamente habiendo dejado un país precioso hecho trizas y, de paso, una nación distribuida por todo el planeta, como los judíos que huyeron del holocausto.
A decir verdad, nunca faltaron voces de denuncia, en ninguno de los dos casos de estos expertos dictadores; pero se ha fugado la responsabilidad de organismos internacionales, como una salida de paseo por el jardín que ayuda a desembotar la mente. Ha tenido que ser la juventud, en alianza con las nuevas tecnologías de comunicación, la que ha roto el estambre en el Magreb y, por consecuencia, en Libia.
En Cuba –un punto geográfico demasiado lejano del área de conflicto- pasará lo mismo algún día, cuando internet se escape de las manos del gobierno y una cuarta generación de nacidos allí esté desintoxicada, totalmente, del miedo que nos han metido en el cuerpo.
Teníamos que haber apostado por nosotros mismos.

En la foto: Gadafi en el centro de dos de sus aliados latinoamericanos, Daniel Ortega y Fidel Castro.

Mañana jueves tendrá lugar un debate abierto con especialistas en la revolución árabe, en la sede barcelonesa de Caixa Fórum. Con entrada libre, será a las 19 horas, según indica El País, organizador del evento.

viernes, 4 de marzo de 2011

Bessons



Esta vez superé la mudanza en menos tiempo que otras, quizá debido al entrenamiento del emigrante. Recuerdo que, diez años atrás, por muy pocas cosas que llevara en un traslado, cada cambio de vivienda me suponía un proceso de adaptación doloroso. Ahora es muy fácil definir las estrategias para embalar las cosas: Los zapatos aparecerán algún día entre las cajas de la cocina. Y, por otra parte, he aprendido a conseguir transportistas emergentes con mejores precios.
En definitiva, ellos también llevan la casa encima como un caracol, igual que yo. Así que nos entendimos a la primera seña. Se hizo la migración en un solo día, con golpes leves y clases de español. Uno de los braceros, de Pakistán, acababa de llegar a Barcelona. Mientras me esforzaba por manejar mi rudimentario inglés, el hombre, de casi dos metros de altura y sonrisa fácil, me pidió encarecidamente que le hablara mi lengua, para aprender a defenderse en esta selva asfáltica. Un poco torpe, eso sí, al término de la jornada era capaz de sustituir el “The end; torn right” por “Al final del pasillo, a la derecha”. Olía mal, a bracero, por supuesto, y tenía al menos un hábito "primermundista”: Tomaba agua embotellada.
Al cabo de un mes de abandono de este blog (quizá algún día cuente con lujo de detalles qué pasó en todos estos días), continúo con el rostro del transportista delante de mí, como si ese hombre intentara decirme más cosas. Ahora que acabo de encontrar la caja con mis zapatos, pienso en que he sobrevivido con los puestos sin que sucediera algo grave. Pienso en él y en su familia de Pakistán, en las distancias de este mundo cuyo eje central parece estar en Europa, a juzgar por la cantidad de apariciones internacionales que observo desde que llegué.
Otro de los trajines que me ha robado toda la energía –y las letras del blog- viaja paralelo con la mudanza. Como si dos migraciones se hubieran puesto de acuerdo para compartimentar el tiempo y hacerme olvidar -¡qué tontas!- lo revuelto que está el mundo árabe. Antes de comenzar a recoger nuestras pertenencias y empaquetarlo todo, mi mujer me había anunciado que estaba embarazada, con esa alegría espectacular que solo se puede ver en el rostro de una hembra encinta. Sus hormonas comenzaron a revolverse desde que hicimos el amor a final de año en una habitación de Calella de Palafrugell, según notó en su interior en la noche vieja, pero no fue hasta los días previos a la mudanza que confirmamos la gestación.
Lo que yo no sabía era que aquello, lejos de ser un problema adicional, era un cambio de rumbo muy profundo en mi vida, y un orgullo personal, dicho sea de paso. No solo me lo había pedido la edad que tengo, sino, además, lo solicitó mi madre el verano pasado en su lecho de muerte: “¡Tengan un hijo!”, suplicó en voz baja apretándome la mano derecha. Entonces, quizá por esto y por varias razones prácticas y espirituales –sin querer restarle méritos, como inspiración, a la Costa Brava catalana-, sucedió el “milagro” de la reproducción. Con 45 años, inexperto en guarderías, paralicé todo mi mundo en función de un cambio de casa en el que, por primera vez, mi mujer empaquetó todo pero no embarcó ni una caja. Se dedicó a vigilar el camión mientras dos pakistaníes y este servidor se echaban bultos en la espalda.
Así fue como llegamos a un precioso apartamento –más amplio según lo previsto- en el que hemos sobrevivido sin internet y sin combinaciones de zapatos y bolsos. En el vientre de mi mujer había algo vivo aunque abstracto, revolviendo todos los alimentos cada día y cada noche. Los vómitos fueron a más, por lo que pensé que debíamos realizar una visita a Urgencias de manera prioritaria. No sería la comida pre elaborada, calentada en el microondas la culpable de un cambio de régimen vital. No sería la angustia de la mudanza; no sería la ilusión de un nuevo espacio.
La ecografía mostraba claramente –antes los ojos estupefactos de mi mujer, porque a mí me dejaron en la sala de espera- un embarazo gemelar con dos placentas y dos bolsas amnióticas. Parece ser, según hemos podido reconstruir los hechos, que hubo dos fecundaciones producto de una doble ovulación. Sin quererlo conscientemente, estábamos cerrando el 2010 con importantes consecuencias para el futuro. Uno de los bessons –mellizos, en catalán- se produjo el 28, Día de los Inocentes, en la habitación de matrimonio que dejábamos atrás; mientras que el otro fue creado la noche del 31 en la escapada a Calella de Palafrugell, como símbolo marinero que une a Cuba con Catalunya.
Ahora sabemos más o menos lo que sucedió; por qué teníamos que cambiar de espacio y por qué el vientre de ella se portó “tan mal” desde finales de diciembre. Ahora -y al margen de las movidas con los transportistas y la difícil localización de algunas cajas- es que puedo continuar mi diario; con las metas cumplidas. Me refiero al reclamo de mi madre. O, lo que es lo mismo, al reclamo de la vida.

Foto del autor:
Artesanía en latón, tela y acuarelas que nos regaló una pareja de amigos el año pasado. Todo un vaticinio.