viernes, 7 de agosto de 2009

Principio peninsular



Su dejadez saltó a la luz de las bombillas de halógeno, mostrándole una herida superficial. Hace días estuvo pensando en cambiar las cuchillas de afeitar, o sea, tirar esas y sustituirlas por un paquete de hojas nuevas que se encuentran en cualquier supermercado.
Lavó la herida con agua corriente pero la pequeña brecha no cerraba. Terminó el afeitado enjuagando todo el rostro con abundante agua y a continuación se puso un after shave en emulsión, pero el refrescante líquido blanco no fue capaz de contener la sangre que supuraba lentamente. Recordó que, con un trocito de papel sanitario, pegado a la piel, se clausuraba la herida, y, al estirar su cuerpo para alcanzar el papel, sintió una agradable presión del lavamanos contra el sexo.
No hacía falta mirarse. Mientras se afeitaba, sentía el latido frecuente de una erección que lo acompañaba desde que salió del dormitorio esa mañana. Sabía que estaba ahí como de costumbre, levantando los bóxers en forma de montaña indiscreta. Decidió no hacerle caso, pero la compresión del lavamanos contra esa zona removió los dispositivos sensoriales hasta estremecerlo totalmente.
El trocito de papel higiénico se tiñó de rojo enseguida. Por una asociación de ideas, pensó que sería entretenido y gustoso preparar gazpacho andaluz para desayunar. Terminó de secarse la cara suavemente, puso la toalla en su lugar y se dirigió a la cocina. Mientras limpiaba una mesa auxiliar, el borde de madera de la mesa coincidió con su erección. Con el sexo, empujó el tablón hacia la pared y ahí lo detuvo, o se detuvo, jugando con las casualidades de esa mañana en la que varios objetos tropezaban o coincidían con él.
La pequeña herida había dejado de supurar, en efecto. El residuo de papel estaba pegado a su cara todo el tiempo, mientras preparaba con un cuchillo un kilo de tomates maduros, media cebolla blanca, un pimiento verde cortado a cuadritos, y un pepino igual de troceado. La fuerza eréctil mantenía los bóxers estirados, por lo que la piel ahí seguía tersa pero invisible.
Decidió echar un vistazo retirando la tela hacia un lado y vio un material nervudo que parecía una península. No podía concentrarse en la confección del gazpacho mientras un accidente geográfico estuviera a punto de estudio, porque ambas acciones, intelectuales y mecánicas, resultaban excluyentes entre sí.
Volvió a cubrir aquella península y se sentó en la cocina, en un taburete de bar, a fumarse un cigarro. Estiró un brazo y alcanzó el mando de la televisión. Daban un despacho de noticias que parecía no tener alma, como si el alma fuera una parte y un todo en los telediarios, pero, aun así, este informativo carecía de entusiasmo, parecía sofocado por los días de verano. Cambió de canal hasta llegar a uno de cocina que, increíblemente, a esa hora, estaba en el aire narrando una receta hindú a base de arroz con coco.
Apagó el cigarrillo y la tele y comenzó a tirar los ingredientes en la batidora americana. Agregó una taza pequeña de aceite de oliva, dos cucharadas de vinagre, doscientos gramos de miga de pan del día anterior remojados en agua –porque desde el día anterior sentó las bases, por si le apetecía el plato-, y ajo al gusto, dos dientes enteros se puso.
Estaba de vacaciones, ensayando una nueva vida en unos nuevos horarios. Por ese motivo adelantó el gazpacho para el desayuno, para jugar en todo caso a romper las reglas de la degustación. Se estaba imaginando una mesa puesta en la terraza con servilletas de papel, una cuchara honda, pan frito para acompañar la taza, el vaso de la batidora puesto allí, el sol a punto de aparecer en una esquina del toldo a rayas, cuando escuchó un sonido agudo que parecía un improperio. Se acordó que así sonaba el intercomunicador de la casa con el portal. Se levantó a toda prisa y agarró con rabia el telefonillo:
-Correo comercial. ¿Me puede abrir?-dijo la voz solícita de un hombre de unos cincuenta años.
-¿Usted no ha leído en la portería que aquí no se admite correo comercial?-preguntó el inquilino como si hubiera recibido una ofensa a través del manófono.
Colgó iracundo el aparato.
Volvió a la cocina para terminar el gazpacho y, sin pensarlo, hundió el índice derecho en el botón que marcaba el número tres de la batidora. La máquina rugió estrepitosamente. La ausencia de la tapa superior había dejado una vía para que toda la materia prima del gazpacho saltara con fuerza y manchara el techo, las paredes y sus bóxers blancos.
También sin pensarlo, como el momento en que levantó el auricular de la puerta, se arrancó los bóxers del cuerpo y los tiró en el cubo de la basura. Revisó grosso modo todos los desperfectos y entonces vio que el accidente geográfico había desaparecido. En su lugar había quedado una piel ajada con manchas rojas y semillitas que increíblemente penetraron hasta ese lugar.

4 comentarios:

la margarita mia dijo...

hola, di con tu blog por esas casualidades de la vida, estuve de viaje por tus entradas antiguas y me ha gustado mucho, ya me tendras mas a menudo por aqui, bueno el post este, saludos desde canarias.

Jorge Ignacio dijo...

hola, margarita (mía): bienvenida. el blog, como se podrá ver, es mi refugio. así que seguiré contando mis historias. un fuerte abrazos y nos vemos algún día. disfruta tu isla.

Anónimo dijo...

MUY DIVERTIDO RELATO,AUTOBIOGRAFICO?
UN DETALLE TECNICO:LAS HERIDAS SANGRAN,SOLO "SUPURAN" SI ESTAN INFECTADAS,EL TERMINO "SUPURAR" INFIERE SECRESION PURULENTA:PUS.
PERDONA LA CORRECCION PERO,MEDICO AL FIN,ME PARECIO NECESARIA LA ACLARACION.
UN CORTE AL AFEITARSE "SANGRA",SOLO SUPURARIA SI DIAS DESPUES SE INFECTA Y EN ESE CASO HABRIA QUE PREGUNTARSE POR DONDE "COLLONS" HAS PASADO LA CUCHILLA ANTES!
UN SALUDO;ROBERTO

Jorge Ignacio dijo...

Gracias, Roberto. tienes toda la razón, y me fío de ti. no sé si arreglarlo o darle continuación al relato con la pista que me das de por dónde ´pasó la cuchilla antes. un abrazo.