viernes, 16 de julio de 2010

Los sobrevivientes (X y final)



Ayer, casualmente, conocí a un negro cubano que lleva treinta y un años viviendo en Catalunya, en un pueblo pequeño de la costa mediterránea donde yo tomaba una cerveza por la tarde y miraba el mar.
Debo haber dicho algo en voz alta para que él me identificara como cubano. No hubo otra manera porque no nos conocíamos de ninguna parte. Lo cierto es que terminamos de conversar cerca de las ocho, cayendo el sol, dos horas después de que él me preguntara si soy de Cuba y yo lo invitara a sentarse a mi mesa.
Pagamos, alternativamente, cada uno varias rondas de Estrella Damm, de la clara, porque la versión tostada de la cerveza catalana nos hubiera enredado la lengua.
Llegó aquí en un barco mercante, en 1979, siendo un chaval de veintipico. Había zarpado en Santiago de Cuba, de donde es natural, a bordo de un carguero que comerciaba con los antiguos países socialistas de Europa Oriental y cubría esa vez una ruta por el Mediterráneo, con final en Odessa, atravesando el estrecho del Bósforo. Pero en una escala técnica en Barcelona, Basilio quedó en tierra escondido de todos y hasta de él mismo. No sabía por qué, pero Barcelona le sonaba bien.
Aquí acababa de triunfar la democracia, luego de una agónica dictadura que duró cuatro décadas y terminó con el caudillo mismo, aunque enfermo, propiciando la transición por intermedio de la antigua monarquía. En este contexto, Basilio comenzó a tirar cuerdas para amarrarse a un lugar, como una operación de cabotaje que asegura en poco tiempo que la nave no quede al pairo. En aquellos años era muy raro ver a un negro por aquí, y más raro aun que hablara español. Los pocos que había eran africanos que, según Basilio, fueron los que comenzaron con el tráfico de droga en España, de droga dura.
Con ese hándicap obligatorio, tuvo que acostumbrarse a que lo confundieran y le solicitaran documentación a cada rato. Luego vinieron las construcciones para las Olimpiadas del 92 y fue el momento en el que el santiaguero, más negro que un teléfono ruso, se afianzó definitivamente en Barcelona, como ayudante de obras. Hoy tiene un trabajo fijo en el ayuntamiento de uno de los pueblos del Maresme, donde vive y lo encontré; está casado con una catalana y piensa jubilarse con ella en un piso que compraron en Tenerife. Tiene cerca de 60 años, aunque, como sucede con la gran mayoría de los negros, aparenta mucho menos.
-¿Has vuelto a Cuba?-le pregunté.
-Solo una vez y fue hace muy pocos años. Pero ese viaje me sirvió para reafirmar una sospecha…La sospecha de que ya no soy de allí. Me sirvió para terminar de amarrar la nostalgia a un árbol, con siete candados de hierro e incluso estoy pensando en tirar las llaves al mar.
-¿Cómo fue el encuentro con Santiago?
-Aquello está para regalárselo a quien lo quiera. Nada funciona, todo destruido, está para entregárselo a la providencia y que haga con esa tierra lo que le dé la gana. En treinta años las cosas están peor que cuando decidí no volver, así que con esto te lo digo todo. Mi mujer lloraba con la pobreza que vio a ambos lados de la carretera, porque fuimos en guagua desde La Habana, un viaje que seguramente no realizaré jamás. ¿Y tú? ¿Has vuelto?
-Acabo de regresar de la isla. Estoy todavía procesando todo aquel desastre. Mi madre estaba ingresada en el que dicen es el mejor hospital general público del país, el Ameijeiras, y aquello era un desastre. Los ascensores tardaban casi media hora en llegar…
-Es que no sé a quién se le ocurrió hacer un hospital tan alto, cuyo funcionamiento descanse en los ascensores, en un país donde no hay piezas de recambio y casi no existe el mantenimiento…
-Es que ese edificio iba a ser un Banco, no un hospital.
-¿Y cómo está la vieja?
-La vieja murió. Falleció a los pocos días de yo regresar de allí. Tenía cáncer. Lo peor es que, en el estado crítico que estaba, la enviaron para la casa, a que muriera allí. La pasamos verdaderamente muy mal, no había condiciones para que no sufriera tanto, ni pañales desechables, ni toallitas jabonosas, ni alimentos líquidos como aquí. Me dolió mucho, Basilio, no sólo porque fuera ella, sino porque en ella vi el final que nos ha deparado este gobierno a nosotros como nación. Simbólicamente sentí que, con mi madre, se iba el daño que nos han hecho, sentí que comenzaba a marcharse la dictadura, fíjate…
-Lo siento, Jorge. Me imagino lo que habrás pasado. ¿Qué te queda en Cuba?
-De sangre, solo un medio hermano muy joven. Con los amigos que quedan en La Habana hice un pacto verbal, firmado con ron, en el que juré no olvidarlos nunca. Creo que ya me despedí de aquello, como tú. Mi padre también murió y mi casa la perdí legalmente al marcharme. Mi casa que fue construida por mi familia antes de que llegara este gobierno.
-¿Entonces, qué planes tienes?-preguntó Basilio mientras servía cerveza en ambos vasos, tal vez esquivando la mirada a mis ojos que en esos momentos comenzaban a ponerse cristalinos, húmedos.
-Hacer como tú-dije-. Buscar un árbol viejo, lleno de raíces, y amarrar ahí la nostalgia, con candados. Las llaves de momento estarán en un cajón de mi armario. No me queda otra, Basilio. ¿Estamos o no estamos jugando a vivir?


Foto del autor
Un ficus ha reventado la acera de una calle del Vedado, en La Habana. Lleva años así, ante la mirada resignada de la gente que tiene que dar la vuelta para seguir su camino.

11 comentarios:

Maite dijo...

Hola Jorge,
Entre paciente y paciente que le pasaba a la consulta de Robe lei tu post hoy, ya sabia lo de tu mami pues mi hermanito me lo dijo ayer y por supuesto me dolió muchisimo, leerlo con tus palabras me ha sacado definitivamente las lagrimas pues todos llevamos la misma vestidura en estos tiempos.
Hace rato me habia dado cuenta de lo alejada que estaba de Cuba, ahora lo compruebo cuando viviendo en Canada hace año y medio me emociono y lloro cuando hablo de Sudafrica donde vivimos casi 11 años, donde se nos permitió convertirnos en ciudadanos del mundo; sin embargo de mi Isla solo me quedan las llamadas mensuales a mis padres y el rencor de tener la familia Garcia diseminada por el mundo.
Un beso grande y sentimos muchisimo que perdieras a tu mami, al menos pudo verte y se ( como madre al fin ) que debe haber sido bien feliz en ese momento.
Pleaseeeeeeeeeeeeeeeee continua las crónicas.

Anónimo dijo...

Hola
Siento el fallecimiento de tu madre.
Al menos pudiste acompañarla en sus ultimos momentos. QDEP
Maria Luisa

Jorge Ignacio dijo...

Muchas gracias, Maite. Muchas gracias, María Luisa. Sí, me queda el consuelo de haberla visto. Hacía dos años que no nos encontrábamos. Ha sido el viaje más puntual de mi vida.

Anónimo dijo...

Hola Yoyi, siento mucho lo de la vieja, recibe mi abrazo fuerte.
Estuve siguiendo la serie "Los Sobrevivientes" y creo haber leido entre lineas el fatal desenlace pero preferi pensar que no, que habia sido una falsa idea que me habia hecho.
Mis condolencias a ti y a Robert.
Hasta la vista
Pepe Rovira

Kerala dijo...

JI esas llaves las llevamos en el bolsillo desde hace años y siempre es la parte de la familia, ese grillete cuando se rompe el que nos hace tirarlas, definitivamente, al mar. Como tu amigo, hace años, sé que no hay vuelta atrás. No hay más sueños de huecos vacíos, de llaves goteando, de lluvias dentro del hogar. No hay más maletas perdidas, ni ventanas abiertas al vacío en cualquier hospital, ya no hay nada más que el sufrimiento que nos depare nuestro destino, pero hecho a cincel, para que la queja sea personal y dependa de nuestra templanza o falta de ella. TE abrazo.

Jorge Ignacio dijo...

lindas palabras, Kerala. No esperaba menos de ti. gracias.

Anónimo dijo...

Maldita sea!.. Historia Comun!.. Lo siento!!... Por cierto.. la foto, creo que es un Algarrobo gigante, en la acera de 21, entre H y G.. me equivoco?..

Jorge Ignacio dijo...

Cuando la vida aprieta nos lo hace hasta la vuelta de tuerca más ajustada, amigo. Es cierto, es posible que sea un algarrobo, aunque siempre pensé que eran ficus gigantes. y sí, está en esa misma calle. un abrazo.

Anónimo dijo...

JORGE SOLO HASTA HOY HE PODIDO LEERTE,RECIBE MIS MAS PROFUNDAS CONDOLOENCIAS POR LA MUERTE AHORA DE TU MADRE.ES INCREIBLE LO QUE NUESTROS CORAZONES PUEDEN LLEGAR A AGUANTAR.YO TAMBIEN, COMO MUCHOS OTROS, VOY EN VIAS DE CONVERTIRME EN OTRO "BASILIO".UN SALUDO,ROBERTO.

Jorge Ignacio dijo...

Muchas gracias por tu apoyo, Roberto. un abrazo fuerte desde Barcelona. Seguimos tirando del carro.

Tania dijo...

Yoyi, he estado "desconectada" del mundo durante casi dos meses, y por supuesto, no sabía lo de tu madre. Lo siento muchísimo,amigo. Fuerza y adelante. Un abrazo,
Tania