viernes, 17 de agosto de 2007

Desdoblamientos (falaces y honestos)



Esta semana transcurrió de la siguiente manera:

El lunes al mediodía viajaba en la línea amarilla del metro, en un vagón medio lleno. Al cerrarse las puertas, en la estación de Llucmajor, me percaté de que algo extraño iba a ocurrir, pues recuerdo que llevaba la suspicacia a flor de piel. Como casi siempre hago, iba mirándolo todo, una manía que se me quedó de los días en que practicábamos la observación en clases de Periodismo, incrementada varios años después desde que ocurrió la matanza brutal en los trenes de Madrid. Sentí, por tanto, algún indicio de extroversión que estaba a punto de estallar. Al poco tiempo de entrar en el túnel, justamente en el tramo más largo entre estaciones de toda la red de metro de Barcelona (entre Llucmajor y Maragall), estalló una voz en el extremo del vagón opuesto a mí, y a continuación otra a mi lado, y acto seguido una tercera desde la puerta del centro. Tardé unos cuatro segundos en darme cuenta de que eran actores. Hacían una especie de happening sobre rieles con la finalidad de recopilar información, supongo, para un trabajo de curso, porque no pasaron el cepillo. Se trataba de que cada uno de los pasajeros señaláramos nuestro país en una pelota de playa que llevaba el mapamundi dibujado. El acto tenía un trasfondo sociológico y se valía del factor sorpresa. Duró, creo, poco más de tres minutos, el tiempo de trayecto sin parada más extenso que les ofrecía el metro de esta ciudad. En esos tres minutos, los comediantes sacaron como resultado que la población inmigrante ha crecido enormemente en los últimos años, y también que no estamos preparados para las emboscadas, que el miedo habita en los túneles que llevamos dentro del cuerpo.

El martes por la tarde, después del trabajo, de camino hacia unas gestiones burocráticas, subió un joven latinoamericano a mi vagón, esta vez en la línea roja. Se apoderó de un tercio del coche al desplegar un retablo ancho y alto, y enseguida conectar un equipo de amplificación. El tercio del vagón ocupado, donde iba yo, quedó entre bambalinas, mientras que el resto sirvió de platea baja: las butacas ya estaban llenas. Era un titiritero con un repertorio mínimo y no por eso poco interesante. Se trataba de El panadero y el diablo, una pieza magistral del dramaturgo argentino Javier Villafañe. El sistema de personajes estaba recortado, aunque la esencia del argumento viajaba férreamente en la línea de las sorpresas. A los que nos tocó bajar antes de que cayera el telón, nos dio vergüenza interrumpir. El actor estaba preparado para todo tipo de lanzamientos. No se molestó, ni se desconcentró. Todo lo contrario: puso a prueba, gustoso, su flexibilidad en los espacios poco convencionales.

El miércoles tenía marcada en mi agenda una gestión odontológica. Me atiendo de urgencias en una clínica del Paseo de Gracia, que es la única abierta durante el mes de agosto, me atrevería a decir que en toda la metrópolis catalana. Al salir todavía anestesiado, me cruzó el paso un hombre totalmente desnudo, excepto los pies. Tendría unos 60 años y un pene descomunal en estado de reposo. Me fijé en su apéndice porque tenía enganchado un piercing en la punta, una imagen extraña que incluso me dolió. Era absolutamente calvo, delgado, de mediana estatura, tatuado en los brazos. Fumaba un puro tranquilamente mientras avanzaba cuesta arriba en dirección a la Diagonal, en la banda de la derecha. Quise comprobar si era una grabación atrevida, pero no encontré cámara de ningún tipo. El hombre iba solo. Dos ancianas que lo vieron, casi rozándolo, se tiraron las manos a la cabeza ante el desconcierto. En el tramo en que me cruzó el hombre, no vi a la policía. Llegué a casa convencido de que ha aumentado la tolerancia, el exhibicionismo y la introspección a la vez. Las playas de nudismo han encontrado sitio intramuros, o el asfalto se ha expandido. Me quité la ropa -en casa- y esperé cómodamente a que llegara mi mujer para contárselo.

Ayer tuve que hacer un encargo de trabajo en la zona vieja. Mientras abrían la tienda a la que iba, me senté bajo un árbol en la Plaza del Pi, un poco incómodo, en un peldaño cerca de la entrada a la iglesia, en un milagroso hueco que había entre un grupo de turistas. De una de las bocas de calles, de Petritxol, salió acaloradamente un británico trajeado, hablando por el móvil. No hablaba, exactamente vociferaba. Mi inglés de baja intensidad me tradujo que aquel discutía unos asuntos de negocio, encabronado. Al pasarme cerca, le tiré el observatorio de la Facultad y fue cuando comprendí que estaba delante de un performance bursátil, toda vez que el tema seguía siendo una compra/venta de acciones. Era un simulacro puesto en escena, tal vez para denunciar a los sistemas capitalistas. El británico, a quien pude fotografiar, llevaba un sombrero de hongo algo fuera de época, aunque este pequeño detalle, así como el tono de su voz, hoy en día forma parte del folclor cosmopolita de Barcelona. Me fijé en que el teléfono era de utilería y el maletín llevaba grabado el signo de los dólares. Nadie filmaba. Es posible que no fuera un loco, sino alguien dispuesto a hacernos reflexionar a primera hora de la mañana, observó mi mujer al hacer juntos el balance del día.

Por la tarde, mi jefa llegó descompuesta al trabajo. Menstruaba, según me dijeron unas colegas que la conocen bien, pero este detalle malhumorado estoy dispuesto a tolerarlo siempre con mi mujer, así que la superiora no me sacó de paso. Un rato más tarde, me gruñó sin mirarme a los ojos, despectivamente, sin motivos visibles. No era la primera vez que me trataba como un trapo. Le reproché el tono y me dijo que ese era su timbre dado por la naturaleza. Sin mirar la más mínima consecuencia del otro lado de la puerta, me marché definitivamente. La dejé con la palabra en la boca. Como era jueves, mi mujer estaba en casa en la segunda media jornada, lo que me ilusionó en primera instancia para canalizar con ella la impotencia.
-Dimití- le dije.
-¿Cómo que dimitiste?
-Sí, dejé el trabajo, estoy en la calle…Me cansé de mi jefa.
-¿Me estás tomando el pelo, verdad?- preguntó casi segura de que era una broma mía.
-No, mi amor, esto no es un performance, es una declaración de principios que me hubiera gustado no tener que vocalizar.

Verano 2007

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