jueves, 31 de marzo de 2011

La pipa y el murciélago


En La Habana lo mimaron siempre, no se podría decir otra cosa. Lo he visto llegando en primera clase de Iberia y entrando por la puerta de protocolo, entrando a un salón VIP donde lo esperaba su amigo Pablo Milanés junto a la prensa nacional, entre la que figuraba este servidor.
Flores en un centro de mesa; rones exquisitos; juegos de living tapizados con piel; un salón, en fin, diáfano. Después de tantas horas de vuelo es la mejor recepción para un viajero, sin pasar controles de aeropuerto en los que abunda la mirada fría. Estaba allí una joven llamada Vicky, morena, con el pelo corto. Era la máxima autoridad del salón; era la representante del gobierno en nombre de la juventud comunista.
Joaquín Sabina, que luego ofrecería un concierto en el Teatro Karl Marx, atravesó la parafernalia sin mayores dificultades, para caer cómodamente en los brazos de Pablo Milanés. Los de la prensa preguntamos cuatro chorradas como siempre, porque en Cuba los periodistas acostumbramos a preguntar casi nada. Nos ceñimos a un guión, folleto, díptico o tríptico que nos dan impreso. Estamos en las recepciones para figurar, para hacer la foto y para tomar ron y bocadillos.
Ya le habían derrumbado la Fundación que llevaba el nombre de su amigo cantautor, porque, según se dijo extraoficialmente en aquella época, Pablo le estaba haciendo competencia al Ministerio de Cultura. Un golpe bajo, sin dudas, que los dolientes directos fueron capaces de pasar por alto. Sabina no tuvo reparos en reunirse con el dictador más tarde, hacerse fotos, en fin, con Fidel, abrazadísimos los dos. Ese camaleón verde y viejo no le haría daño directamente a él, aunque sí a millones de cubanos que hemos tenido que elegir entre la miseria y el exilio.
No es comprensible que ahora, ante una eventual visita a Miami y gira artística por los Estados Unidos, Sabina afloje diciendo que “Cuba ha sido un fracaso histórico”. No, señor. En todo caso el error lo ha cometido el Estado. Los nacionales no tenemos la culpa de ese fracaso.
Siga usted fumando tranquilamente y disfrutando de las noches bohemias en donde quiera que vaya. Piense antes de hablar y, por favor, respete al pueblo que admira sus letras.

Foto del autor tomada en la extinta Fundación Pablo Milanés, en La Habana, 1994.
Nota: Joaquín Sabina anda de gira por Latinoamérica en estos días, presentando el espectáculo El penúltimo tren. En Montevideo ha sido noticia, además, por fumarse un cigarrillo durante una rueda de prensa en un sitio público con prohibición para el tabaco. La actitud rebelde del artista -quien fue avisado de la prohibición- le ha costado una multa al hotel Sheraton de la capital uruguaya.

1 comentario:

¿Para que un nombre? dijo...

Yo a eso le llamo la «nostalgia del hashish»,. Se trata de los clichés, malas yerbas, que brotaron a la par de aquellas letras talentosas que se sembraron en las huertas de eso que llaman progresismo. Era la moda, ¿cómo renunciar a ello? Es muy fácil ser nostálgico con poco de yerba, sea cual sea, y vagar entre las musarañas de aquellas imágenes de pañoletas rojas, sin sentir ese olor por la falta desodorante, ni el sonido de la tripas vacías a media noche. Ese es el problema de poner los pies sobre la tierra cuando se tiene alas.

Felicidades por tu Blog y felicidades por el talento, aunque creo que, ambos, estamos solos en el espacio virtual. No es el tipo de Blog al que suele concurrir esa gran mayoría que prefiere las cosas más fáciles de digerir.