miércoles, 21 de marzo de 2007

Las miradas vuelven

Vivir en Barcelona, además de para devanarse los sesos pensando uno en cómo entender a esta ciudad y sus gentes, sirve para recibir visitas inesperadas. Ya lo he dicho antes: por aquí pasa todo el mundo. Esta semana me llamó una amiga a la que yo hacía viviendo en Cuba. Pero no, también ha marchado de allí. Lleva algo más de un año instalada en Barcelona y ninguno de los dos sabíamos que habitábamos la misma ciudad. A partir de una conversación con un conocido, éste le indicó de mi presencia en la Ciudad Condal y le dio mi teléfono. Mi amiga, María del Carmen, intentó especular telefónicamente con la típica escaramuza: “¿A que no sabes quién soy?”. Pero ya un corresponsal me había puesto en alerta. Le maté la ilusión, lo siento, pero no sé mentir en estas cosas. Ella estaba en Montjüic cuando me llamó, haciendo de guía de turismo a una amiga suya que, además, pernoctaba en su casa esa noche y se marchaba a Madrid a la siguiente. Calculé que en dos horas ya podía haber bajado de la montaña y la cité para el Zurich, en el entorno de la Plaza de Catalunya, la cafetería donde se encuentra uno con la gente por primera vez. Su voz no le había cambiado nada (siempre nos pareció una quinceañera hablando). Ahora quedaba por ver cómo la habían tratado estos últimos seis o siete años. María del Carmen , sin yo preguntarle, me dijo antes de colgar:
-Oye: voy con Yolandita Ruiz.
-¿Yolandita Ruiz es Yolandita Ruiz?-pregunté asombrado.
-Sí, la misma. Yolandita Ruiz.
-Perfecto. Nos vemos dentro de dos horas.
Yolandita Ruiz, en mi infancia, fue una de esas mujeres inalcanzables de las que uno nunca llegó a saber si eran o no reales. Fue la musa de al menos dos generaciones desde la pequeña pantalla, aquel cuadrado de madera dura que nos hicieron llegar los soviéticos en diferentes versiones: primero en versión de tubos catódicos –que era el popularísimo Krim 218-, y luego en la tropicalizada versión de transistores, el Caribe, ensamblado en el patio pero con componentes de la antigua URSS. Este último modelo lo armaban, si no recuerdo mal, en la escuela vocacional cubana de ciencias exactas Vladimir Ilich Lenin. Todo cuadraba, como se podrá apreciar. Lo que no cuadraba mucho era la belleza y el sexapeal extraordinarios de esta mujer metidos en los horrorosos televisores donados por nuestros hermanos soviéticos. No cuadraba sobre todo el kitch inevitable de la gran mayoría de nuestros hogares, en los que el televisor –el Krim o el aplatanado Caribe- figuraba en el centro de cualquier sala que se respetase, con el invariable muñequito de yeso encima, la fotografía de los 15 años de la niña de la casa enmarcada en varillas plásticas provenientes de unas paleticas de helado de producción nacional; el tapetico tejido a crochet soportando la figura de yeso y la foto; y, si se acomodaba bien todo, una lámpara de artesanía criolla y el aparato de teléfono si acaso lo tuviera la familia. Todo encima de la tele, cuya versión de montaje más popular, si no me equivoco, fue la de las cuatro patas de madera dura que, en caso necesario, y destornillándolas, servían como arma de defensa.
En el centro de la pantalla, toda una vida, el rostro encantador de Yolandita Ruiz. Primerísimos planos a unos ojos que para mí eran azules con unas pestañas de esas que, con el parpadeo, echaban fresco al televidente. Una sonrisa de niña-mujer tenía Yolandita, una sonrisa seductora que nos servía de bálsamo para poder dormir obligados, a las diez de la noche, en las escuelas al campo. Una voz algo grave, pero también aniñada. Un cuerpo escultórico bien cuidado por los tiros de cámara, un cuerpo que fue el reposo de nuestras pasiones de adolescente durante muchos años; un cuerpo del que se nos antojaba un volumen equis, porque la televisión tiene eso: que nos permite soñar a nuestra manera. Yolandita fue nuestra creación de rubia tropical más deseada por muchos hombres y niños –y mujeres- durante la larga epopeya de la mal llamada revolución en un país sofocador; fue el patrón de belleza angelical y consistente que se escapaba del mejunje de aquel mueble ruso que todos tuvimos. Nos perseguía en nuestra imaginación como futuros padres de familias, y nos trasportaba al mundo del nunca jamás con el que realizamos la otra parte de la epopeya: intentar hacernos a nosotros mismos.
Yo diría que, entre los carnavales de La Habana, las escuelas en el campo, los baños en el Malecón, la música que corría por todas partes y las teleseries protagonizadas por Yolandita Ruiz transcurrieron los mejores años de nuestras vidas, los ahora lejanos 70 y 80.
Cuando llegué al Zurich y comencé a buscar con la vista a mi amiga María del Carmen, me comieron los nervios por dentro. Me puse pálido, transversal, agorrionado, melancólico, insoportable. Por fin nos divisamos. María del Carmen se había cortado el cabello ensortijado de toda la vida. Estaba igualita. Sonriente y guapa. Parecía una brasileña de fuego. Nos abrazamos llenos de felicidad. Cuando nos soltamos, me giré hacia la persona que iba con ella, que debía ser Yolandita Ruiz, y también la abracé. Como si nos conociéramos de siempre. Entre otras, esta es una de las mejores cosas que tiene el exilio: que muchas veces no hacen falta palabras para expresar los sentimientos. Llevaba unas gafas de sol exageradamente grandes, que le cubrían todo el rostro. En lo primero que pensé fue en los famosos escondiéndose de los paparazzis. Pero aquí nadie la conocía. Así que lo de las gafas era una cuestión estética. Se las quitó para saludarme y vi sus ojos. Era Yolandita Ruiz, pero en lugar de ojos azules, tenía ojos verdes. Movía las pestañas como cuando me encontraba con ella a las siete y media en el espacio fijo de Las Aventuras. Lucía una cabellera rubia rizada, enleonada. Estaba guapísima. Estaba intacta. Apresuré la idea de tomarnos un café para, disimuladamente, ver su cuerpo. Estaba intacto. Respondía a mis elucubraciones de televidente. En la cafetería, por pura casualidad, cayó a mi lado en una barra alargada; o sea, entre María del Carmen y yo. Hablamos como si nos conociéramos de toda la vida. Aunque de cierta manera sí nos conocíamos. ¿Quién no conoce a Yolandita Ruiz? Sentí deseos de besarla apasionadamente, de besarle los ojos y, por supuesto, las pestañas. La pasamos muy bien los tres recordando cosas. Al final de la tarde, anotó mi teléfono en la memoria de un móvil viejo y aparatoso y escurridizo que llevaba. Se lo anoté yo, mejor dicho, porque me confesó que ella lo que nunca había sido era miembro de la NASA, y por tanto se llevaba muy mal con las tecnologías de punta. Venía recalando del norte de Italia, luego de un largo tiempo asentada en Caracas. Ahora, hacía un año, vivía en Madrid. Ciertamente, su imagen fue una de las que desapareció de la tele a principio de los noventa, junto con un extenso grupo de actores que buscaron importantes capitales latinoamericanas alternativas, huyendo de lo que era el comienzo de la depauperación máxima de nuestro país.
Así comenzó nuestra diáspora. Quiero decir: la segunda gran escapada de nuestro imaginario popular, de nuestras raíces, de nuestra familia y de nuestros mitos bellos y adorados. Los carnavales –fui testigo presencial como reportero de prensa- habían quedado a finales de los 90 en un paseo decadente de comparsas sin entusiasmo.
La visita de Yolandita a Barcelona, además de para reencontrarse con María del Carmen, era para actuar en un bar pequeño de la Gran Vía, una noche, y de ahí regresaba directamente a Madrid. Me invitó y acepté, con el temor por dentro de verla buscándose la vida en una de las miles de facetas que tenemos que asumir en el exilio, y que no siempre, la mayoría de las veces, tiene que ver con nuestro estilo. Me dijo que recitaría unos poemas musicalizados de Pablo Neruda. Me imaginé el escenario y se me rompió el alma. Sin embargo, el gran poeta en su boca no debería quedar nada mal. Las grandes estrellas, las de verdad, saben hacer de todo.
A la noche siguiente estuve puntual en el bar. Compartíamos mesa, nuevamente, María del Carmen, Yolandita Ruiz y yo. Por respeto a las dos, a las dos bellezas de mujeres que me acompañaban, cuando Yolandita fue unos minutos al baño, no pregunté a mi amiga la edad real de la actriz. Me moría de curiosidad, pero me aguanté y creo que hice bien. Sí le dije a María del Carmen que me recordara un solo nombre de los tantos personajes que encarnó Yolandita. “Uno solo, por favor”, le pedí; “necesito soñar con ella esta noche”. Pero María del Carmen no recordaba nada. Ni yo. Nos quedamos en blanco.
La noche comenzó a envejecer y el guitarrista que debía acompañar a Yolandita no apareció jamás. Eran las 12. El local estaba casi vacío. Pedimos algo ligero, una ensalada griega, creo, y tres gin-tonic. A la una en punto Yolandita dijo que, si no se marchaba ya, perdería el tren.

-Te acompaño a la estación- le ofrecí premeditadamente.
-Te lo agradezco. No quisiera dejar esta ciudad estando yo sola en el último momento.

María del Carmen se quedó en el bar.
Por el camino –yo arrastraba la maleta de ruedas de Yolandita Ruiz-, le pregunté que si le había gustado la ciudad. Me dijo que estaba encantada, que en realidad no le apetecía irse, pero tenía compromisos de trabajo en Madrid, en pequeños bares, como era el caso.

-¿Por qué me has acompañado hasta aquí -dijo al llegar a la estación.
-Las cosas se hacen completas, o, de lo contrario, no se hacen- le respondí.
-Nunca te olvidaré. Soy una mujer que vive bajo el signo de Libra con bastante equilibrio, aunque no lo parezca.
-¡Qué casualidad! Estuve casado con una mujer Libra de apellido Ruiz- exclamé de repente.
-¿Sería yo?-preguntó Yolandita.
-No, te hubiera identificado enseguida- bromeé y ella sonrió dulcemente, como siempre.
-Dime una cosa –me apresuré antes de que subiera al tren y me dijera adiós detrás del cristal-. ¿Por qué toda una vida te he pensado con los ojos azules?
-Por una sencilla razón: recuerda que nuestra televisión, a la que tú te refieres, era en blanco y negro.
Nos abrazamos con fuerza. Nos miramos a los ojos con tanta profundidad que vimos el paso del tiempo en una milésima de segundo. Lo que duró esa mirada, porque no podía durar más.
-Gracias por todo- me dijo.
-Adiós, rubia.
Y se fue.


Febrero 2006

4 comentarios:

Ysondra dijo...

Hola,

Encontré tu blog en La Vanguardia, la verdad es que el trabajo en la oficina deja mucho tiempo libre y a la que me dejan me pongo a surfear.

Empecé a leer porque, a diferencia de lo que hacen habitualmente (publicar blogs de viajeros dando la vuelta al mundo) este era diferente.

Tengo un amigo, él es exiliado de otro lugar y a veces me pregunto qué vio que no explica; qué lleva dentro y no quiere contar y cómo ve el mundo ahora. Me dio curiosidad y empecé a leer tus historias.

Yo nací en Uruguay, pero esa queda muy lejos ahora, sólo lo recuerdan mis padres. Y a más gente conozco de Sudamérica de la época más me pregunto hasta qué punto fue se vinieron porque sí, y hasta dónde fue imperativo.

Supongo que no importa, la cosa es que paramos aquí.

Espero seguir leyéndote un tiempo más.

Saludos desde Barcelona.

Jorge dijo...

Ysondra: tienes las puertas abiertas de par en par. Creo que funcionan mejor los relatos que las crónicas periodísticas. ¿no? en este caso, se trata del paso por Barcelona de una actriz muy conocida en Cuba. Estuve viendo al vuelo tu blog y volveré sobre él. Veo que compartimos plantilla de blogger. Te deseo lo mejor. (el autor)

Cristian dijo...

Hola. Hace un tiempo que te escribi en relacion con este mismo relato que acabo ded releer...el de Yolandita Ruiz. Cuando era un chamaquito una de las imagenes que mas me impactaba de cada television de verano era la vision de aquella preciosa rubia corriendo en medio de su locura por el bosque envuelta en gasa blanca. Claro que me refiero a su Anne Catherick. Nunca he podido ver ni un fragmento de aquella inolvidable "Dama de blanco". Si aun te escribes con Yolandita, dile que aquel papel nos marco a muchos de mi generacion.

Jorge Ignacio dijo...

Cristian: aunque intercambié teléfonos con Yolandita, no la he llamado nunca. aquello fue un encuentro fugaz. supongo que la vida me la pondrá delante otra vez,a ella. pero se lo diré de tu parte si me la encuentro. creo que vive en madrid. gracias por visitar el blog nuevamente. te envío un fuerte abrazo y mucha buena suertte.