miércoles, 28 de marzo de 2007

Sábanas blancas


Al cabo de cinco años, volví a pasar hoy por La Casita Blanca. Me la señaló Jaime desde el autobús, cuando regresábamos del dentista.
-Esa es La Casita Blanca- indicó en tono informativo y confidencial, codificado entre dientes y sonrisa socarrona.
Se suponía que yo le preguntara qué cosa es La Casita Blanca, pues Jaime me toma todavía como un advenedizo; me trata a veces como un padre que le muestra historias de la ciudad a su hijo, que siente la necesidad de hacerle descubrir un mundo nuevo y, de paso, dejar huellas. Es una manera de reproducción, me parece entender a veces. Y me ofrece libertades, claro, ¡aunque le gustaría tanto dejarme pasmado con las nuevas noticias!, pero en ocasiones como la de hoy le hago darse cuenta de que también coexisto en sus historias, de manera actualizada y mía. Coexisto, con un cariño diferente, no tan filial, sino un cariño desprejuiciado y libre de trampas históricas. Desde el primer día en que viví aquí subí de copiloto a un motor, y así empecé a conocer la ciudad. Le narré, pues, mi paso por La Casita Blanca.
-Me llevó- le dije- una mujer de unos 45 años, en un Citroen AX, de esos a punto de extinción, lo que demuestra que todos los organismos vivos necesitamos las emociones hasta en los últimos rodajes. No me dijo adónde íbamos, ni siquiera qué cosa es La Casita Blanca. Simplemente dimos unas cuantas vueltas hasta llegar allí. Ella vivía sola, en un piso precioso del Eixample, pero se ve que le daba morbo desplazarse hasta allí en el automóvil. No sé de dónde salió un tipo flaco, escurridizo, y abrió una puerta de garaje haciéndonos señas de que avanzáramos a toda prisa. Ella pisó el acelerador. Entramos a un aparcamiento cubierto de sábanas blancas pendientes del techo y hasta el suelo. Al menos así lo recuerdo, aunque pudiera ser una ilusión óptica. El hombre levantó una sábana para que nuestro automóvil entrara en un cubículo forrado de blanco. Rápidamente tapó nuestra matrícula con un paño también blanco. Bajamos del coche, levantamos la sábana que nos pareció la salida; lo encontramos esperándonos con diligencia , como si estuviéramos de contrabando en un almacén. Nos indicó que lo siguiéramos. Así hicimos hasta una puerta numerada, luego de desandar un largo pasillo enmoquetado, girar por una esquina donde, si no recuerdo mal, había un surtidor de agua funcionando, y pasar por una supuesta recepción donde no había nadie. Entramos a la habitación. Nos enseñó los interruptores –incluido el de la tele pequeña colgada del techo- y nos dijo: “Para pedir las bebidas aprieten este botón. Si no van a pedir nada, pues hasta mañana. Recuerden que no pueden salir si no es apretando el mismo botón”. Cerró la puerta y ahí quedamos. Te puedo asegurar que en las horas que estuvimos en el recinto no vimos a nadie más que a ese hombre. Lo demás tú lo debes conocer –continúe con ánimo de concluir-.
Jaime movió la cabeza positivamente, pero quería saber más.
-Bueno- seguí- no te voy a contar los detalles, pero lo que sí te puedo asegurar es que jamás me imaginé que existiera un sitio tan cursi en Barcelona.
-Cursi e histórico. Ese lugar forma parte de nuestra leyenda urbana-acotó.
-Sí, eso lo supe después. Incluso alquilé un documental sobre el sitio, un mediometraje que investiga sucesos políticos y hechos de sangre vinculados con el meublé.
-¿Cómo sabes esa denominación?-me preguntó.
-Investigando. He ido a otros, pero ninguno tan misterioso como La Casita Blanca.
-¿Te llevó la misma persona a los otros?
-Sí, fue una época inolvidable. A ella le apetecía vivir cierto misterio, inventado, porque era soltera. Así fui conociendo lugares.

Debido a las obras de la Plaza Lesseps, La Casita Blanca ha quedado al descubierto. La fachada, quiero decir. Hoy se puede ver a lo lejos desde el autobús. Ya no hay que subir por la avenida del Hospital Militar. No la cubren edificios. Se tiene una perspectiva del inmueble totalmente desabrigada, lo que desmitifica la institución. Al pasar, recordé un texto de la película El lado oscuro del corazón, en el que la protagonista dice: “Nunca veas a una prostituta a plena luz del día. Es como encontrar en la cola del pan al actor que estupendamente hace de Hamlet”. Al pasar de lejos en el autobús, comprobé que las paredes de La Casita Blanca son grises, y que de día tienden las sábanas en la azotea. Las muestran descaradamente.
-¿Aquella noche te fijaste en el espejo del techo de la habitación?- me preguntó Jaime.
-Sí, claro, inmenso. Y también en que las ventanas están clausuradas. ¿Qué pasa si ocurre un incendio?
-Aprietas el botón que te indicaron. No hay otra salida.



Primavera del 2007

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