miércoles, 9 de mayo de 2007

El otro Samuel

Salimos del cine el sábado por la noche y la calle Verdi parecía igual que siempre, pero nos dimos cuenta de que algo raro pasaba al llegar a Gran de Gracia, ese plano inclinado y de alcurnia, fiel exponente de la Barcelona modernista por donde algunos caminan entretenidos de tienda en tienda, de fachada en fachada, de tribuna en tribuna. Como el Art Noveau indiscreto de las vidrieras, la gente pasa mirando los brazos de farolas que derrochan el metal, y otros, otra gente que tropieza contigo, absorta como va, hablando por el móvil. Ni te ven, ni te sienten, te aplastan. Lo peor es que creo que no miran las fachadas y hasta pudieran ignorar la fabulosa ferretería que hay subiendo por la izquierda, en donde te venden los moldes de repostería más insólitos, o cualquier otro instrumento culinario del que no has tenido noticia en mucho tiempo desde que se acabó el anecdotario de la abuela. Me encanta ese trayecto, a cualquier hora del día, incluso por la noche, cuando los comercios cierran y queda la luz artificial como sustituta del gran caché compacto, porque el Paseo de Gracia, la continuación en dirección al mar, tiene, desgraciadamente, una alcurnia menos cálida, si es que cabe la expresión.
Pues algo raro pasaba en Gran de Gracia. Anna y yo nos leímos el pensamiento el uno al otro. Solo un puente de fin de semana por la segunda Pascua no sería capaz de dejar desolada esa calle. Algo bueno había: teníamos menos probabilidades de tropezar con uno que hablara por teléfono, pero, de todas maneras, no daba gracia andar por Gracia (valga la cacofonía) carentes del elemento humano, al decir de los fotógrafos profesionales que hubieran logrado allí una pésima instantánea. O, visto de otra manera, con un buen pie de foto hubieran resuelto el ambiente:
22: 30. Exterior de la estación de metro de Fontana. Sábado 14 de mayo. El Barça discute el título de la liga española.
“Sin comentarios”, me dijo Anna. Así que aprovechamos para soltar las piernas dando vueltas por allí y llamar a unos amigos por el móvil, ya que, repito, tendríamos menos posibilidades de chocar con otro que hiciera lo mismo en ese mismo instante. No quedamos con nadie. Todos nuestros amigos estaban fuera de la ciudad, cumpliendo con el mejor mandato de rebaño que nos caracteriza. ¡Hay que salir! ¡Hay que salir a las afueras aunque sean cinco minutos! ¡Aunque nos pasemos el fin de semana y el lunes siguiente limpiando el lugar adonde vamos! ¡Aunque regresemos todos a la misma hora del mismo día y la carretera se colapse! La cuestión es hacer lo que toca.
Nosotros, como se ve, no nos fuimos. ¡Ay! Disfrutamos unos instantes de paz alternativa. Vimos a una pareja de cincuentones besándose apasionadamente, agazapados bajo el chorro de luz de una de las farolas modernistas de Gran de Gracia, creyéndose, ¡al fin!, solos; pero no, pasábamos nosotros. Anna sugirió que debían estar buscando un sitio donde cenar antes de entrar al Imperator, que tomaban, mientras, un vermutet salival, que el perfume los delataba, perfume de Imperator.
Felices, alternativos también, ni se dieron cuenta de que pasamos. Volvimos a encontrarlos más abajo, precisamente en la calle del Imperator, que aún no había abierto sus puertas. ¿Dónde está la gente? Una gran mayoría, ya sabemos, se ha marchado fuera de la ciudad; otro grupo numeroso de jóvenes de los que quedaron estaba terminando su función en los cines Verdi; un segmento de la población sexagenaria, de haber quedado en Barcelona, debía estar cenando en los alrededores antes de entrar a bailar al Imperator; el resto estaría viendo el fútbol en bares de fútbol.
Seguimos a la pareja aquella que se besaba en Gran de Gracia hasta un restaurante aparentemente tranquilo, donde, acto seguido, encontramos mesa para dos. La comida era excelente, con precio razonable. El servicio, ágil. El ambiente seguía siendo alternativo para nosotros pues era, en efecto, pre-Imperator. Teníamos al lado a dos mujeres de unos cincuenta años bien llevados, par de amigas que cocinaban algo “del corazón” antes del baile, con sendos escotes pronunciados para pechos voluminosos, que los tenían; ellas con mucho estilo y resolución femenina, “cargando pilas” para revolcar al más pinto del palomar que osara negarles una pieza. Y en la barra, ¡ah, cómo no!, la tele daba el partido de fútbol que en breve definiría el comportamiento del orden público. Hacía cinco años que el Barça no ganaba una copa de la liga nacional. Se jugaba mucho en ese partido: cambio de dirección técnica, nuevos goleadores, el pintoresquismo de Ronaldiño, mulato con demasiados dientes que llevaba loca a la gente; la valentía de Samuel Eto’o, un negro camerunés empeñado en que no le ofendieran los rivales diciéndole mono, que talento, simpatía y dinero le sobra. Y se jugaba, como siempre, una bofetada sin manos aunque intestina para el Real Madrid. El volumen de la tele no nos llegaba a la mesa; sin embargo, pudimos ver a medias, sobresaliendo por detrás de una lámpara de techo, una esquina de la pantalla que mostraba el decisivo gol de Eto’o para la victoria final por puntos, el empate con el equipo de Levante. Mediante la mímica del camerunés, pudimos interpretar que se dirigía al público con los brazos abiertos de par en par gritando algo así como:
-¡Ahora díganme negro mono!
Y salió la gente a la calle. Y las motos mordieron el polvo, como fieras mal heridas. Salieron de todas partes. Y coches también, sonando los claxon, aplastando vidrios. Disparos, humo, pirotecnia, gritos voladores. Los abuelos del bar donde estábamos corearon ¡Viva el Barça!, pidieron cava, por supuesto, y ninguno, en medio de la emoción, tuvo la idea de invitar a los presentes. Pagamos y nos marchamos con otra ciudad por delante, esta vez subiendo por Torrent de L’Olla, contra el tráfico, involucrados en el frenesí general. Esquivábamos las motos y los petardos, hasta alcanzar la puerta de Anna. Una bengala nos cruzó a pocos metros. Anna me dijo que no nos rompió los tímpanos porque Dios debe ser del Barça. Un grupo de jóvenes envueltos en banderas catalanas divisó a un negro que subía medio despistado, al parecer buscando el nombre de una entrecalle, y lo abordó de repente. Lo abrazaron todos a la vez. Uno le besó la mejilla gritando: ¡Viva Samuel Eto’o! El negro, desconcertado, se reía con un poco de miedo. Se asustó por el factor sorpresa. Siguió su camino volteando la vista hacia atrás cada tres pasos. Anna y yo subimos al balcón y nos servimos un ron. La noche prometía ser larga, ruidosa. Nos abrazamos con deseos de comprender mejor este mundo, de alterar, cada vez que se pueda, el rumbo de las culturas de masas. Acompañamos, moralmente, al personal de limpieza que tendría que encargarse a primera hora de la ciudad; trazamos el dibujo tentativo sobre el estatus del negro que subía la calle: Anna dijo que parecía un cura, y yo lo situé más bien en el ejército de sin papeles que acaba de acogerse al proceso de regularización extraordinario para inmigrantes puesto en marcha por el PSOE. Nos fuimos a la cama con las puertas de la primavera abiertas, y cerramos la noche con tres conclusiones básicas:

1. Los jóvenes que van a los cines Verdi no siguen el fútbol.
2. El salón Imperator tiene su público pase lo que pase.
3. Un desconocido blanco puede abrazar por la calle a un desconocido negro dependiendo de ciertos eventos deportivos.


Mayo del 2005