martes, 23 de noviembre de 2010

Toda una vida


Cuando lo conocí, yo tenía alrededor de veinte años y comenzaba a redactar mis primeras notas de prensa, después de haber sido tanquista en el Servicio Militar Obligatorio. Por supuesto, me había dejado crecer el bigote, una larga añoranza de los soldados sin vocación marcial. Y él también llevaba un mostacho identificador de respeto, ahora anticuado, pero entonces era tan normal como soñar a diario con un futuro mejor.
En 1984, coincidiendo con el argumento de la novela futurista de George Orwell, dejé concluido el bachillerato y pasé a las armas sin opción alguna de hacer otra cosa. Me tocaba eso, o una cárcel por deserción. Paralelamente, Guillermo Bernal escribía en las páginas de Verde Olivo, la revista de las Fuerzas Armadas Revolucionarias que, como toda publicación de la isla y para disimular el tono militarista, incluía una sección cultural. Él escribía sobre espectáculos y era civil.
En 1987, al desmovilizarme del ejército y entrar en la Facultad de Periodismo, coincidimos en el periódico Juventud Rebelde, adonde me enviaron de prácticas. Bernal seguía escribiendo de temas culturales. Una vez fuimos a una fábrica de muñecas muy conocida en Cuba, cuya microsociedad había servido de inspiración para una telenovela que pasaban en ese tiempo en la tele. Nuestra idea –la de él- era entrevistar a los verdaderos protagonistas de la historia y proponer un reportaje para las páginas centrales. Una vez dentro de la fábrica, Bernal me dijo que la mayoría de los trabajadores estarían en una reunión del sindicato y no íbamos a encontrar a nadie interesante.
Yo estaba sorprendido de que pudiera adivinar las cosas y le pregunté cómo lo sabía de antemano.
-Es muy fácil, sólo tienes que mirar los carteles en los lugares antes de entrar- dijo como un sabio oriental, sin aspavientos.
De manera que el ejercicio de la observación, del que tanto me hablaron en la Facultad, lo aprendí verdaderamente en la práctica. Y nunca se me olvidó.
Bernal pasó a Radio Rebelde –nuestros medios llevan mayormente esos nombres belicosos- y aprovechó su voz grave para interactuar con otro público, siempre desde los temas de la farándula más exquisita de la cultura nacional. Ya estábamos en las puertas de eso que, eufemísticamente, el gobierno denominó Período Especial y que no era otra cosa que una profunda miseria colectiva motivada por el desplome del Muro de Berlín. Entonces, tal vez vaticinando el desastre mayor, emigró a Buenos Aires para seguir en las andanzas del arte como observador. Se metió en el mundo porteño de a lleno y, según tengo entendido, allí fue barman, profesor de bailes tropicales y siempre escritor. Mientras tanto, yo redactaba una columna de Teatro en el periódico más importante de Cuba, el Granma –también un nombre belicoso- y recordaba a mi maestro cada vez que no había programa de mano antes de entrar a una función.
Veinte años más tarde, puse su nombre en Facebook y apareció entre los primeros Guillermo que hay. Lo solicité y me respondió enseguida. Estaba viviendo en Madrid, muy cerca de mí, pero, para mayor asombro, llevábamos el mismo tiempo en España. Yo había visitado varias veces la capital sin saberlo.
Ahora es especialista en marketing en IFEMA, la segunda feria comercial más grande de Europa. Habla por teléfono con los clientes y los envuelve, como mismo hacía antes desde las páginas militares o desde la radio belicosa. Además, diariamente escribe El lagarto verde, un blog personal. Nos encontramos la semana pasada y fuimos al Museo del Prado. Antes de llegar a un par de salas cerradas por mantenimiento, ya él lo sabía.
-¿Tú eres brujo?-le pregunté mirando su cabeza rapada y, en general, su rostro sin un pelo.
-Lo ponía en la entrada. ¿No lo viste?
Entonces, muertos de risa, recordamos el reportaje que hicimos para las páginas centrales de Juventud Rebelde, el de la fábrica de muñecas Lilí. Luego, en la cafetería, tiramos veinte años atrás, o lo que es lo mismo: toda una vida.

Foto del autor
Bernal en la cafetería del Museo del Prado, a finales de la semana pasada

2 comentarios:

Guillermo Bernal dijo...

Me siento muy halagado por tu trabajo y te agradezco que sigas siendo tan buen amigo. Un abrazo y una invitación permanente para Volver que 20 años nos es nada...es la influencia de Gardel. Saludos a María

Álvaro de Álvarez dijo...

Hola, Yoyi... Disfruté tu crónica. Un abrazo para los dos.