viernes, 18 de mayo de 2007

La bienvenida se tomó su tiempo

Mi anfitrión se fue a la guerra. ¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!, diría, parafraseando, la canción. Una semana más tarde de darme la noticia de su designación como corresponsal de una importante cadena televisiva española, se marchó y nunca más lo he vuelto a ver en persona. En la pequeña pantalla sí, reportando desde puntos muy diversos de la geografía planetaria. Me acostumbré a convivir con su rostro enmarcado en 14 pulgadas, primero, y 21 luego, cuando adquirí una tele más grande. Ese hombre del Empurdá fue mi enlace con Cataluña, tierra políticamente conflictiva donde todavía estoy, desde donde continúo escribiendo impresiones de la vida globalizada, además de rayar en la intimidad de mis recuerdos, que versan fundamentalmente sobre la isla de Cuba. Hay personas que desaparecen para siempre. Este hombre no. Se quedó en mi vida como un fantasma universal de las telecomunicaciones, y nunca mejor dicho. Ya vamos para seis años y el reportero aún sigue allí, plasmado.
Antes de marchar para Afganistán, me dejó con mi maleta en casa de un amigo suyo. Digamos que me encomendó. Su amigo era un viejo desgraciado e infeliz, enfermo de varios padecimientos que lo único que tenían en común era habitar el mismo cuerpo. Era un ser perverso, además. Con ese infeliz conocí Barcelona desde la ventanilla del copiloto de su automóvil, mirando yo y guardando imágenes para después. Un después que he ido repasando progresivamente en el tiempo, incluso ahora, esta tarde, porque dentro de una ciudad hay muchas ciudades. También he conocido la ciudad en sucesivas mudanzas, hasta completar diez o doce (hablando como un conservador), en las que ha tomado partición siempre mi maleta que vino de La Habana, más otras dos que he comprado, una televisión y una computadora personal. Tengo escrito el periplo por los barrios. Lo dejaré caer en otra entrega.
Sobre el infeliz que me llevaba como su asistente por la ciudad juré no hablar nunca más. Pero ha sido en vano. Hoy he vuelto a retocarlo en estas líneas porque me encaja su figura en la reconstrucción de los hechos. Su nombre no interesa. Sus actos sí. Con él la vida puso a prueba mi dignidad después de muchos años. Yo no conocía a nadie en esta ciudad. Y ni siquiera sabía que ciertas humillaciones suelen ser el pan nuestro de cada día en una metrópolis del llamado primer mundo, en una urbe como Barcelona que solo había recibido los flujos migratorios intrapeninsulares, que no estaba preparada “mentalmente” para asentarse como destino de muchos países denominados tercermundistas.
Un ser infeliz como el que me tocó a mi lado por aquellos días (un par de meses aguanté), debió alimentar su autoestima con la desventaja de los demás, dejó aflorar su mezquindad porque hubo de sentirse impune; se permitió la perversión porque no tenía nada que perder. Nada ni nadie podía curar sus múltiples padecimientos físicos y ya le estaba bien andar con su maltrecha alma, porque disfrutaba del poder.
Me habían dejado en la miseria espiritual de un hombre amputado por sí mismo, que gozaba, entre sonrisas, con mi ilegalidad. Cuando uno emigra, y cuando uno queda en un limbo legal como quedé yo durante cuatro años, pues no me reconoció ni el país de origen ni el de destino, se tropieza uno con muchos oportunistas. Uno está más expuesto. Será por eso.
No sé dónde estará aquel ser malvado que conducía un automóvil timbrado para minusválidos. Desde que dejé su casa, porque uno siempre encuentra alguien mejor, no había vuelto a mencionarlo. Supongo que tendrá otro edecán. Ha pasado mucho tiempo y, en realidad, esta hermosa ciudad se abrió visualmente a mis ojos cuando comencé a viajar en autobuses, haciendo rutas largas y sinuosas. Un buen día, dejé deliberadamente de viajar en metro, lo que me suponía salir más temprano de casa. Fue una buena idea. Busqué una guía de autobuses para comprender mejor los trayectos. Desde la superficie, progresivamente, logré hacer coincidir el subsuelo de las estaciones del metro con el plano real de Barcelona, que era el que yo vivía, el que veía desde el autobús y no desde la escala ficticia del plano del suburbano.
Desde los autobuses, también, aprendí a tomarle el tiempo a la ciudad.
Hoy en día me explayo cuando viene alguien y le hago de guía. Gozo, me regodeo alternando trayectos, aunque eso es cosa mía, pues la mayoría de la gente que guío por aquí no tiene conexión entre sí. Pero soy muy exigente y no acepto repetirme. A nadie le cuento la triste historia de aquel hombre malsano que jamás identificó para mí una fachada o una plaza. Eso supongo que se olvida cuando el entorno y la historia que tienes por delante da para largo. Y la gente viene con prisa a ver los edificios tópicos de Gaudí, y yo los embosco por las calles enrevesadas del barrio antiguo.
Esta cuidad ha cambiado mucho. Me han contado el antes y el después de 1992, pero ahora soy yo quien a menudo lo cuenta.

Primavera 2007

1 comentario:

Anónimo dijo...

YOYY; ESTO ME PARECE GENIAL,CÓMO PUEDE SER QUE TENGAMOS LAS MISMAS SENSACIONES E IMPRESIONES SIN HABERNOS VISTO NUNCA SUQUIERA?!!!!
ME PARECE QUE ES HORA DE QUE TE PLANTEEES PUBLICAR EN SERIO, SI NO LO HAS HECHO YA... AYMEE