martes, 2 de marzo de 2010

Copenhague y Malmö: la huella del deshielo



Verde, te quiero verde (II)

Un fin de año en La Habana, se me acercó misteriosamente un antiguo compañero del periódico donde trabajábamos. Su objetivo era venderme –en dólares- una caja de cervezas Carlsberg. Según me explicó el colega –quien fungía como uno de los jefes de redacción-, la mercancía se la había traído un amigo marino, pero a él no le interesaba tanto como el dinero.
Compré el paquete de latas verdes con unos dólares que tenía guardados. Esa noche, en torno a un puerco asado, mientras tomábamos alegremente “el material”, pensé que tal vez la vida me llevaría en algún momento a Dinamarca, mirando la letra pequeña que consignaba, grabada en la hojalata, el origen de esa cerveza.
De esta anécdota me acordé -¡cómo no!- mientras caminaba por las calles frías de Copenhague, sobre todo porque con el mundo danés, si no recuerdo mal, nunca he tenido otro contacto que no fuera el de las Carlsberg “tropicalizadas” que en su día viajaron en la parrilla de mi bicicleta de camino a casa.
Deben ser muy listos los daneses cuando se atrevieron no solo a colonizar la gran isla de Groenlandia, sino también a “venderla” como un territorio verde. Se sabe, a la vuelta del tiempo, que allí solo hay hielo; o sea, un blanco rotundo. Herederos de la cultura vikinga, y a medio camino entre la Europa continental y la insularidad más auténtica del Báltico, su manera callada de hacer las cosas les provee de un estilo de vida tranquilo, sin mucho estrés.
Al menos así me lo pareció recorriendo las antiguas arterias de la capital, delimitadas por canales o lenguas de agua como si fueran cuadrantes de un tablero de mesa. Incluso, estando congelados los canales –los barcos dormían una eterna siesta esperando el deshielo próximo-, el tráfico de la gente por los bordes era de asombro. Familias enteras andando o en bicicleta como si pasearan tomando el sol.
Allí, realmente, en esta época lo único que se puede tomar es humedad, o una Carlsberg de barril en uno de esos bodegones típicos, que casi siempre están enterrados en los bajos de los edificios. Supongo que el secreto está en acostumbrarse, porque a los lugareños se les veía felices. Mi mujer y yo caminábamos con el tiempo ajustado y con pocos deseos de sacar las manos de los bolsillos. Es por esto que hicimos escasas fotos.
Copenhague es una ciudad cómoda para andar y atractiva, limpia, histórica, absolutamente cuidada. La mayoría de la gente utiliza la bicicleta porque las calles están preparadas para ello y porque, seguro lo digo, hay una cultura ciclística a la que no le importa la nieve. Vimos ejecutivos, con sus trajes de oficinas, pedaleando alegremente, incluso después de las cinco de la tarde cuando se hace de noche. Eso me dio la medida de que el desarrollo será sostenible primeramente si se aplica en un lugar donde la gente tenga conciencia de ello, donde su cultura mire en primer lugar hacia la atmósfera celeste y luego hacia el interior de cada cual. Pero, claro, el alto grado de civismo, de buena educación, sin más, está relacionado con el clima.
Como si no les bastara con los bellísimos canales del centro de la ciudad –serán sus parques, supongo, en verano-, Copenhague tiene unos inmensos lagos segmentados por puentes, ahora helados pero es de sospechar que en otro momento esos lagos funcionen como oasis. Eso sí: los comercios cierran temprano.
Allí la vida comienza con un buen desayuno a las ocho de la mañana y termina con una cena ligera doce horas más tarde.
Guardo para mis memorias –al lado del recuerdo escénico de mi primera Carlsberg- el buen trato que recibimos en todos los lugares en la capital danesa. Los detalles de personas con las que tropezamos caminando; el interés por dejar muy alto el papel de anfitrión en una taberna que entramos, donde trajeron la carta en español e intentaron dirigirse a nosotros constantemente en nuestro idioma.
Supongo que habrá sido por el frío que tenía en la garganta, pero lo cierto es que en ese lugar, que se llama Kanal Cafeen Af, me pedí una copa de vino de la casa en lugar de una Carlsberg de barril. La copa de vino, al cambio de moneda, me costó seis euros. ¡Qué escándalo!
(Continuará)

Foto del autor. Una bici de uso ordinario, con diseño retro, estaba aparcada en la puerta de la Estación Central.

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