lunes, 19 de abril de 2010

Cenizas y diamantes



El cine, metafóricamente, lo predijo

No se ven desde mi terraza, pero dicen que están ahí. No parece ser un problema identificable a simple vista; sin embargo, es alarmante el hecho de que las partículas emitidas por la erupción del volcán islandés Eyjafjallajokull sean capaces de pulir un avión como haría una piedra pómez a nuestra piel.
Hace unas pocas semanas, al despegar de Copenhague, quedé sorprendido por el tejado compacto de nubes que tapa a los países altos, a los noruegos, daneses y suecos que poco ven el sol de este mundo nuestro. Para mí fue un espectáculo fascinante sobrevolar el sombrero de alas grandes que usan involuntariamente estos antiguos vikingos, aunque al mismo tiempo me sobrecogió observar, y comprobar, que viven bajo una gran humedad.
El cielo parece impredecible, precisamente por lo largo y ancho que es. Las partículas de cristales de cuarzo emitidas desde el fondo de la tierra dicen estar volando sobre nuestras cabezas y no se sabe adónde se dirigen. También anuncian más en los próximos días. El caos en las terminales aéreas europeas, debido a la cancelación de más del 50 por ciento de los vuelos habituales, pone de relieve la preponderancia de la naturaleza, sus caprichos y seguramente su venganza. Para contrarrestar esto no hay tecnología posible, no existe una máquina capaz de recolectar en breve tiempo la ceniza mortífera esparcida sobre nuestras cabezas. Se habla de pérdidas millonarias en materia de transporte aéreo y también de cancelaciones de cónclaves importantes en Europa.
Con la creación de los vuelos de bajo coste –una suerte para los trabajadores comunes y corrientes que vivimos en el viejo continente- se han acercado las distancias entre los amigos, parientes y objetivos turísticos. En ocasiones, no pocas, es mucho más factible comprar un billete de avión que uno de tren. Incluso, paradojas de la vida, resulta más económico, desde Barcelona, viajar por ejemplo a París o a Roma que a La Coruña. De esta manera, Centroeuropa y el occidente europeo se montó la vida contando con un avión. Viajes de negocios y de placer se hicieron realidad como mismo funcionaron siempre los itinerarios domésticos. Si uno es capaz de olvidar que está en el aire, y si su rutina laboral se basa en los traslados, tal parece que viaja en un autobús de línea. Sube y baja, almuerza aquí y desayuna allá y protege tu equipaje de mano. La compra y confirmación del billete se puede hacer desde casa, sin que medie un rostro aeronáutico hasta que pasamos el control de seguridad en la terminal.
Ahora todo este tinglado dinámico -¡quién lo iba a decir!- se ha paralizado hasta nuevo aviso. Ayer el aeropuerto de Barcelona estuvo cerrado totalmente durante casi toda la tarde. Los empresarios, artistas y comerciales en apuros tuvieron que alquilar un taxi para moverse por Europa. Miles de euros por esas carreras cobraron los taxistas. Dice la prensa que Mika, el cantante anglo libanés que daba anoche un concierto aquí, llegó en taxi procedente de París y estaba previsto que continuara hacia Madrid también en un coche de alquiler. Lo que quiere decir que, al menos durante unos días, volvemos a las carreteras como primera opción.
La polémica está servida porque dicen las compañías aéreas que han realizado vuelos de reconocimiento sin pasajeros y todo está OK, que no pueden continuar perdiendo dinero. También, desde México, comentan que el volcán Popocatépetl está activo desde hace tiempo y nadie teme allí por sus cenizas. Particularmente, me asusta no ver los aviones que con gran frecuencia pasan por mi terraza a baja altura. Me acostumbré a esa dinámica y a pensar que, mientras existan esos corredores, el mundo se mueve. Debería pensar diferente viniendo de una isla donde nos tenían prohibido viajar por cuenta propia. Una isla por donde apenas pasan aviones. Al menos, si pasan, no se ven.
Pero uno se acostumbra a la realidad circundante por fuerza mayor.
Veamos en qué termina este episodio dictado por la naturaleza, que ella tiene personalidad, carácter y memoria.

Foto de María García
En estos días, el cierre del tráfico aéreo europeo es una realidad frustrante que genera impotencia tanto a los viajeros como a las compañías de vuelo. Obsérvese el rostro agobiado de este pasajero en tránsito.


1 comentario:

Rocío dijo...

Yo creo que las cenizas ya han pasado la peor época y que se va a poder viajar sin problemas. Además, las compañías aéreas ya han tomado todas las medidas para evitar seguir con tantas pérdidas y todos los inconvenientes que les están ocasionando a los usuarios.