miércoles, 24 de agosto de 2011

La emboscada y los llamadores de ángeles


Crónicas desde Can Ruti (XXVI y final)

Ayer 23 de agosto se precipitó una humedad absoluta sobre la ciudad de Barcelona; el cielo estaba medio gris y el calor arreció.
Teníamos cita en Can Ruti, de donde acabábamos de salir de alta 48 horas atrás. Era, suponíamos, una visita rutinaria, de control fetal anti estrés. Poco antes de salir, mi suegra nos llamó por teléfono para comunicarnos que debíamos presentarnos rápidamente. La habían llamado del hospital. Le dijeron que nuestros números móviles y el fijo no contestaban. María y yo nos encogimos de hombros.
Llegamos a las once de la mañana y nos hicieron pasar inmediatamente. El fabuloso doctor Adriá nos estaba esperando. De camino a un cuartucho donde se realizan ecografías, observé que estaba la gran mayoría de los médicos que nos habían atendido durante estos dos meses.
Adriá siempre logra que María se relaje. Tiene magnetismo con ella, además de que es un excelente médico y comunicador, sensible y equilibrado. Acostaron a mi mujer y comprobaron que los niños estaban bien, sin estrés, de cabeza como siempre estuvieron al final del embarazo. María continuaba sin dilatación procedente para un parto, sin disminuir la altura del cuello del útero, sin tapón mucoso y, lo más asombroso de todo, sin contracciones.
-Todo está bien-dijo él y agregó:-Tengo que comunicarles algo. ¿Prefieres sentarte o quedarte acostada?
-Me quedo acostaba- respondió María.
-Nos hemos reunido y decidimos inducirte el parto hoy.
María rompió a llorar de alegría. Sollozó suavemente.
Yo también me alegré.
Nuestro coche tenía la gasolina justa para bajar de esa montaña una sola vez. El bolso con la ropa de los niños estaba en casa. En mi billetera hallé sólo cinco euros. Las ventanas de casa habían quedado abiertas para refrescar el interior. Mi portátil, el cargador del móvil, mi libreta de notas no estaban conmigo.
Repasé todo sin salir de la sorpresa.
Quince minutos más tarde, María estaba tumbada en un cubículo especial a dos pasos de un quirófano, con dos enfermeras permanentes, desnuda debajo de una bata de hospital, de esas abiertas en la espalda. Yo vestía un pijama azul y unas polainas verdes.
Miré la batería del móvil. Estaba en el mínimo. Desconecté entonces el teléfono y aseguré lo que quedaba para cuando hubiera que llamar a mis suegros.
El doctor Adrià pasó a despedirse. Detrás de él, Cristian, otro médico que no sé por qué siento amigo.
Se presentó la doctora Montserrat Serra, tan joven como el doctor Adrià. Con ella, su ayudante, la doctora Alejandra. Reconocí a Montse (en mi mente se llamaba así): Fue quien nos ingresó cuando llegamos a Urgencias con 28 semanas y un altísimo riesgo de parto muy prematuro. “El círculo se cierra”, pensé.
Comenzaron a inducir a María mediante un tampón reactivo vaginal. Estaba monitorizada, no solo ella, sino, además, lógicamente, los bebés. Al cabo de dos horas, el monitor avisó de que algo no iba bien. Vinieron corriendo. Extrajeron el tampón y todo se normalizó. Los latidos de los corazones de Marc y Lucía tomaron su ritmo habitual. Al poco rato, colocaron de nuevo un tampón. Nos dijeron que había que esperar seis horas en total; según esto último, nos quedaban un par de horas. Me cambié de ropa y salí a avisar a los padres de María que estaban en el vestíbulo del hospital. Los insté a marcharse a casa y esperar una llamada mía, con la aclaración de que la batería del móvil podía no responder. Se marcharon confiando en los horarios tentativos.
Cinco minutos antes de la hora cumbre –que serían las siete de la tarde-, el pequeño Marc avisó que sufría. Su ritmo remitía, remitió bastante. Corrieron. Se perdió la señal de Marc. Inyectaron Ventolín (salbutamol) en la vía venosa. La doctora Alejandra hundió mucho el sensor de Marc. Mientras, vi cómo corrían detrás preparando el quirófano. Se suponía que, a las siete, comunicaban la decisión final: si continuar con el trabajo mecánico de parto o pasar directamente a una cesárea. No hizo falta colegiar más: El propio Marc avisó que no aguantaba.
Apareció el doctor Julià, cirujano y ginecólogo jefe. Lograron estabilizar a Marc. Se llevaron a María corriendo. Ella lloraba. Julià se acercó y me dijo:
-No te asustes, nosotros siempre corremos, pero todo está controlado-. Fue un detalle. Era la primera vez que ese médico hablaba conmigo.
Me senté en el cubículo vacío. Miré la bolsa de plástico donde estaba guardada nuestra ropa de calle. Miré mis polainas verdes. Se nubló mi vista con la cabeza gacha. Comencé a recordar todos los llamadores de ángeles que comadronas y ginecólogas llevaban colgados en el cuello. Incluyendo a la doctora Serra, a Montse, como la llamaba mi interior.
“Si esta gente es sensible a la metafísica, por obligación tienen que ser buenos médicos”, dijo una voz desde la boca de mi estómago. Pasaron alrededor de diez minutos y una comadrona salió corriendo del quirófano a buscar nuestra libreta de familia para anotar la hora y los datos de talla y peso de los niños. Los escuché llorar. Automáticamente se me estrujó el corazón al darme cuenta de que no tenía noticias de María.
No disfruté el primer encuentro con mis hijos, ni siquiera me atreví a cortar uno de los dos largos ombligos. No estuve totalmente allí de cuerpo y alma hasta que me dijeron que María estaba bien.
El tiempo se me echaba encima.
Se llevaban a Marc. Me ofrecían a Lucía.
Me acordé del teléfono. Estaba apagado. Debía elegir entre hacer un par de fotos o reservar la carga para llamar a mis suegros. Me temblaban las manos. Aun así, logré encender el aparato. Estabilicé la cámara y detuve a la pediatra que se llevaba a Marc y que, minutos antes, me había explicado al detalle el estado natal del varón sin yo escuchar nada.
Fotografíe al niño y a continuación congelé la imagen de Lucía, mientras la vestían.
Me la quedé dentro, a la niña. La metí dentro del camisón de mi pijama azul, directamente en contacto con mi piel. Me dio la sensación de que siempre estuvo allí.
A los diez minutos más o menos trajeron a María. Estaba drogada todavía, pero me vio con Lucía. Se sonrió levemente. Se quejó del dolor.
Miré mi móvil. La pantalla me avisaba de que se apagaría en cualquier momento. Marqué el número de mi suegra. Había mucho ruido en su línea.
Dije:
-¡Están bien los niños! María se recupera. Ha sido cesárea-. Y se apagaron todas las funciones. El dispositivo se convirtió en una baraja oscura.
Las doctoras Montse Serra y Alejandra se acercaron para ofrecerme detalles de la operación. Eran dulces, explícitas, preciosas con sus tapabocas colgando de sus cuellos, con sus gorros verdes, sus pijamas quirúrgicos.
Todo salió bien.
-Enhorabuena-, dijeron.
Quedamos solos María, Lucía y yo. Faltaba encontrarnos con Marc.
Veinticuatro horas más tarde, María aún no lo había visto. Mejor dicho, no se habían encontrado. Lo vio a través de aquella foto fugaz.
Tendrá tiempo para disfrutarlo.
Escribo esta crónica final sin el contacto simultáneo entre los cuatro, sin que los hermanos se hayan tocado la piel en este nuevo mundo.
Continuamos en el hospital, en el ingreso posoperatorio y en la recuperación de Marc. Llegaron visitas, agasajos y un mensajero con un hermoso arreglo floral, de parte de la empresa de María. Cerramos luego la puerta de la habitación para descansar lo más posible. Creo que nos iremos con la duda de por qué los médicos arriesgaron tanto al final, si tenían la batalla contra la fatalidad ganada. Tuvieron todo el tiempo a su favor.
Gracias de nuevo, a todos.
FIN

Foto del autor
Llegaron flores a nuestra habitación de parte de los compañeros de trabajo de María. Es lo tradicional, lo más lógico para una aventura con final feliz.

5 comentarios:

Mari-Carmen Marcos dijo...

Jorge, leo esta última crónica "Desde Can Ruti" y caen cuatro lagrimitas por mis mejillas, una por cada uno de los integrantes de esa preciosa familia que sóis. Somos más de uno los que hemos estado en vilo, siguiendo día a día tus informes y con el estómago apretado. Ahora mis lágrimas son un adiós a esa intranquilidad y una bienvenida emocionada a Marc y a Lucía, los dos bebés afortunados que aún no saben la suerte que han tenido de llegar a vuestro hogar. Les daremos todo el cariño que tenemos, que es mucho :-)

en tierra firme dijo...

Pues una despedida para Can Ruti, que recién empieza la mejor parte. Un abrazo a los 4.

la margarita mia dijo...

solo decirte felicidades, he seguido tus cronicas desde can ruti, bienvenidos a una nueva vida a los cuatro, gracias por compartir tus letras con nosotros.

Silvita dijo...

Ay, Jorge, me emocionas con tus crónicas, cada vez que las leo. Besitos a todos!

Anónimo dijo...

Yo espero mellizas y me da pánico pensar en todo lo que puede salir mal....he llegado a tu blog desde el link de la noticia de la vanguardia sobre la carta que enviaron al bebé muerto...en fin, tendré que esperar para saber mi desenlace...espero que tenga el mismo final que tu historia.