jueves, 20 de septiembre de 2007

Lotería


Montse estaba en mi camino. Eso hubiera dicho alguien empleado a fondo en el espiritismo. Pero yo tengo tantas dudas acerca de lo casual y lo causal que ni siquiera me planteo nada del destino. Vivo apurado, volando sobre los días y las horas en una carrera desenfrenada que no tiene propósitos. Mejor así, porque , mentalmente, podría llegar muy lejos sin moverme de una silla. Quiero decir que elucubrar es un placer en mi vida, pero elucubrar situaciones sin derroteros. Por eso cuando alguien interesante se cruza en mi rumbo, en primer lugar no tengo capacidad de reaccionar como me gustaría en el trascurso de la situación, y, luego, me quedo días pensando en diálogos que nunca ocurrieron. Es una manera muy romántica de construir increíbles argumentos sociales en el aire. Con Montse, que apareció detrás de una puerta de enfermería articulando mi nombre de pila ante unos veinte o veinticinco espectadores, tuve la oportunidad de jugar a las palabras; y no lo hice. Me puse nervioso. Tosí más de la cuenta, moví demasiado las manos, tuve al menos cuatro lapsus mentales, olvidé mi capacidad de síntesis –la profesional, porque naturalmente no la tengo-; desaproveché magníficas zonas de silencio, generalicé conceptos a la desbandada, pregunté cuestiones personales que jamás toco en un primer encuentro, sugerí rasgos de mi personalidad que más alejados no podían estar de mí; cedí planos de pequeñas conquistas siendo, como suele ocurrir a veces, tan seductor.
Y todo por culpa del factor sorpresa.
Uno de los argumentos ideales que he construido entre la enfermera y yo ha quedado así:
-¿...Y ese acentillo que tienes de dónde viene?- me preguntó ella lejos de toda comunicación profesional.
-De una isla remota, aunque vigente, si te empeñas- dije.
-Canario no eres. De eso estoy segura.
-¿Cómo lo sabes?
-Por la gestualidad.
-¿Y entonces?
-Eres sudamericano.
-No.
-Ahora sí estoy perdida.
-Soy del Caribe.
-Entonces eres sudamericano.
-No, el Caribe es otro contexto geográfico. Lo que pasa es que aquí en España se tiende a generalizar...-expuse cariñosamente, con mirada sensual y sonrisa cómplice.
-Ah, perdóname...-suplicó ella enterneciendo sus cándidos ojos azules, también sonriendo con sus labios infantiles.
-Pero eso no es un problema serio –seguí-. Lo importante es que sepas que soy un cubano tratando de aterrizar desde hace años en esta hermosa ciudad.
-Ya sabía yo que ese acento me resultaba familiar.
-Por la televisión, seguramente. Hoy en día tenemos a un par de compatriotas tristemente célebres que se han convertido en fuertes referentes, ya sea por la chulería o por la marginalidad. Se crean estereotipos de los que no podemos escapar. Te puedo asegurar que estoy estigmatizado a partir de estos personajes mediáticos...-me impulsé, manteniendo el tono cordial, pero creo que se me notaba un aire de soberbia.
-No, es que mis padres tienen una pareja de cubanos de vecinos, y a veces nos visitan- argumentó la joven paramédica, que debía tener unos 28 años.
-¿Y se portan bien en el edificio?
-Sí, claro. Imagínate que mi padre incluso les habla en castellano.
-Bonito detalle...
-Es que mi progenitor es un catalán cerrado, recalcitrante.
-Eres muy valiente en reconocerlo. Debo confesar que yo nunca he tenido un catalán recalcitrante frente a mí, pero sé que existen. Por cierto, ¿cómo te llamas?- pregunté a sabiendas de que en el programa informático de mi Centro de Atención Primaria figuraban todos mis datos personales, y recordando que la bella muchacha de bata blanca me había llamado en público por mi nombre de pila.
-Montse- contestó muy resuelta, otra vez sonriendo.
-Llevas un nombre muy catalán, lo cual no es de extrañar. Por cierto, ya he visitado el monasterio de la virgen de Montserrat, y me encantó aquel lugar.
La conversación iba transcurriendo mientras Montse retiraba cuatro puntos de hilo que yo llevaba en la espalda. Ahora supongo que sonreía, pero en realidad la tenía detrás de mí, detrás de mi torso desnudo, de mi nuca, de mis ojos. Cuando se identificó con su nombre, sí tuvo la delicadeza de dejar por un instante su trabajo y presentarse de frente, inclinándose en un giro contorsionista por debajo de mi barbilla, y enseguida se retiró hacia atrás como una tortuga. Así que me quedé con su voz hasta que me vestí y, a propósito, me senté a la mesa como si la consulta no hubiera concluido. Clavé mi mirada en sus ojos, sin temor a explayarme.
-Me has alegrado la vida, Montse. Eres un oasis- ataqué para desconcertarla y para que me preguntara por qué.
-No me eleves tanto, que si me dejas caer...
-En serio: he encontrado poca gente como tú que se atreve a preguntar sobre mi acento. La gran mayoría se puede estar muriendo de curiosidad pero se queda con la duda. Y, sin embargo, esa es una magnífica oportunidad para entablar una conversación.
-Es cierto que los catalanes somos, por lo general, secos, reservados, pero te encontrarás personas que rompen el estereotipo, como tú dices. A mí me encantaría volverte a ver, y no precisamente en este despacho, para que no tengas que pasar de nuevo por cirugía menor.
Se me anudó la garganta y reconozco que no fui ni la mitad de lo ágil que era en mis tiempos de cubaneo, pero aun así saqué una tarjeta de presentación que me había mandado a imprimir hacía muy pocos días, en cuyas letras solo aportaba un dato nuevo a la enfermera, que era mi profesión. Supongo que ese particular no aparecía en el formulario que tuve que rellenar para darme de alta en la red informática del ambulatorio, o al menos yo no recordaba que me hubieran preguntado por mi titulación. En tiempos “normales” yo le hubiera propuesto recogerla a la salida de su trabajo esa misma tarde, pero fui más comedido porque no tenía todavía claro si Montse me estaba vacilando o no. Sus manos, angelicales, aniñadas, sanas, extremadamente cuidadas, portaban sendos anillos, y uno de ellos era de compromiso. Así que, por primera vez en mi vida, di margen para que me hicieran la corte.
-Aquí tienes mis señas –le dije extendiendo la tarjeta-. Aunque, total, tú sabes todas mis generales, hasta mi signo zodiacal si te fijaras en eso. Llámame cuando quieras.
-¿Y por qué no me llamas tú?-alternó inconscientemente.
-Porque tú estás casada y no quiero molestarte- dije mirando el anillo.
-Esta alianza es vieja. Quiero decir que ya no vale.
-Y por qué la llevas aún.
-Para ahuyentar a gente que no me interesa.
Sin dudas se trataba de una hermosa declaración oral. Me ruboricé y quise tirar atrás todos mis prejuicios sobre las catalanas, pero no tenía tiempo para esa limpieza. Tenía que reaccionar rápido y con elegancia. Estaba con el tronco desnudo otra vez, aunque de otra manera. Increíblemente cambié de conversación.
-Tu compañera, el martes pasado, también fue muy amable. Un poco más distante, eso es verdad-fue lo que se me oyó decir.
-Laura es muy buena persona...¿Por qué no te quitó ella los puntos?
-Intentó pero todavía no estaban maduros...Me dio cita contigo para hoy. Todo estaba dispuesto para que nos conociéramos- volví a la carga algo recuperado.
En ese momento tocaron a la puerta. Se asomó una señora mayor y le preguntó a la enfermera si tardaba mucho. Montse respondió que no, que enseguida la llamaría. Se cerró la puerta y acto seguido recogí disciplinadamente mis bártulos. Me puse de pie. Hubo un silencio hiriente, indeseado por ambos, supongo. Entonces pedí disculpas por mi desvío del terreno profesional y le extendí la mano a la joven para despedirme. Ella dijo que estaba encantada de haberme conocido y, como me robó la iniciativa otra vez, solo sonreí. Abrí la puerta y sentí su voz en mi retaguardia:
-¿No quieres que te dé hora para el mes que viene, a ver cómo sigue la herida?
La señora a la que le tocaba el turno esperaba a menos de dos metros de mí, y me miró fijamente como preguntando si ya yo no tenía bastante. Supe instantáneamente que Montse no me llamaría, y que quería programar otra visita a la enfermería para quedarse al menos con la posibilidad del reencuentro. Entonces no sé cómo pude expresarme con toda la pasión que me caracteriza y que, por fortuna, en ese instante no me traicionó:
-Yo no puedo esperar un mes para volverte a ver- exclamé en el umbral de la puerta antes de dejar pasar a la señora quien, por supuesto, me escuchó perfectamente.
-Pues ven cuando quieras- redondeó y ambos nos despedimos con una sonrisa y las palmas de las manos abiertas.

El diálogo real no fue así. Fue cálido, inusual, con insinuaciones, pero no llegamos a tanto. Esto, como había dicho arriba, me lo he imaginado después. No obstante me sorprendió mucho una alegoría:

Al salir por la puerta principal del edificio, había un chico con bata de médico vendiendo cupones de lotería. Me brindó uno y le dije que no, que yo no tengo suerte en los juegos de azar.
-Nunca se sabe-dijo.
-Sin embargo, sí tengo suerte en el amor- aseguré de pronto dándome la vuelta, porque ya casi había alcanzado la acera. -Dame uno que termine en 67- le supliqué casi, al recordar el número de la puerta de la enfermería. Y marché jubiloso a mi casa y todavía hoy no sé qué pasará después de escribir estas líneas.


Noviembre 2005

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